EL DÍA DE
HONRAS EN NUEVA YORK
Ayer fue día de honras. Durante horas desfilaron
millones de hombres por la Avenida de las Américas: sabios, soldados y héroes; gente de
todos lo tiempos, tierras y razas del Continente. Vinieron aztecas de pluma y bronce, al
día de honras, y parecían fantasmas al lado de llaneros, gauchos y guajiros sobre sus
caballos orgullosos. Los negros viejos y en silencio, andaban calzados de hierro para
decirlo todo; los jóvenes rezaban moviendo el aire con sus banderas de color. Es
impresionante ver tantos hermanos juntos que se llevan siglos: el chaquetón prudente al
lado de la levita romántica; el hongo junto al fieltro; falda, enaguas y cintas enlazadas
en una misma dirección, con las vestiduras de todas las edades. Había espadas
sólo las que se esgrimen para que no vuelva a ser usadas; y pechos con medallas:
allí la condecoración del justo, del que no quiere favor que cueste pena al semejante;
allá la del mártir, del que pone su fatiga al servicio del débil. Y muchas cabezas
orladas de laurel: todo linaje de sabiduría: el poeta, el que calcula el futuro, el que
construye un templo para la vida vinieron al desfile de las Sexta Avenida, aquí en Nueva
York, ayer, el 28 de enero, en día de honras.
En la precesión había un militar que sin gesto de mando lo tenía todo: llevaba de la
brida el caballo en señal de humildad, y en la mano el sombrero. Iba al centro de aquella
muchedumbre, y a su lado, con uniforme de brillo, grande como el otro, quien nunca hizo
sombra para que no la tuviera su fama. No menos notable andaba a distancia un cura rodeado
de indios, tan alto que parecía prestado del cielo el azul de sus ojos, y entre ellos,
como discípulo, pensando en su pueblo, uno, enjuto y abrazado de banda verde, blanca y
roja en señal de jerarquía. Un señor de breve perilla y aires de presidente llevaba,
hacia donde todos iban, un manojo de flores y de hijos que lo miraban con respeto: era de
esos que, cuando pasan, los dedos señalan y juntas las cabezas para que murmuren sus
voces la admiración. Iba éste al frente de aquella tropa que el silencio y la lluvia
hacían de espectros, y el gigante al lado del decano parecía más negro y daba más luz
cuando alzaba la vista. Atrás, cerrando el cortejo, como para resumirlo, iba el carro
tirado de leones: en él las liras y todo linaje de ángeles, ojos tristes y melenas de
esperanza, y cantos, cantos como los que se oyen cuando resucitan las águilas.
Y no todos los que vinieron en el día de honras, ayer, a la Sexta Avenida, eran de la
misma América. A la solemnidad acudieron también norteamericanos ilustres haciendo
justicia al lugar de la cita: el filósofo de la naturaleza, el que hizo los tiempos del
futuro y el que por ellos habló: el predicador austero, el millonario generoso, el obrero
rey. Faltaron sólo los que viven en cuevas y llevan, donde no debe llegarles el capricho,
el buitre en que cabalga la ambición. Los demás vinieron, los príncipes sin nombre, con
sus mujeres y sus niños, y la mirra en sus bolsa humildes.
Apretada en un solo fervor vino la América buena a rendir la rodilla ante el mejor
americano, ante la estatua de José Martí, al cumplirse los setenta y cinco años de su
muerte. Muchos neoyorquinos cruzaron la Avenida sin descubrir el desfile que se hundió en
las tinieblas del Central Park. De un salto volvieron a sus pedestales los caballos con
alas de Bolívar y San Martín, y cuantos viven en bronce o mármol a ellos volvieron más
puros y eternos; y los versos con los poetas a los libros de versos; y las razas a las
glorias de su puestos; mientras, revoloteaban en el cielo mil palomas.
Al rendirse la tarde cansada de prisas, a nombre de todos lo que sufren por la patria
del Apóstol, de sus mártires, de los que no saben de otra pena ni afrenta que la de
Cuba, ni quieren otra gloria que el verla libre de toda servidumbre, al pie de la mole
negra, una mano piadosa tejió un lirio a un cesto de basura; y allí quedó, toda la
noche en vela, aquel blanco, triste y diminuto, también como testimonio de la ingratitud
de miles de Cubanos.
|