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Carlos Ripoll

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EN "LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO"

"Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño", dije aquí a los 27 años, cuando por segunda vez llegué a Nueva York. Venía de una España trabada en su historia, y de mi patria, víctima de ella, y me propuse estudiar este pueblo original que ahora encuentro de anfitrión satisfecho, en la mesa del porvenir, leccionando al mundo.

"Y ¿qué no podría añadir ahora sobre esta ciudad gigante, rugida de gentes durante el día, y luego, como en sueño de rey asirio, escena de estrellas asomadas a sus millones de ventanas?"

Fue entonces su tamaño mi primer asombro. Recuerdo haber dicho que "la medida y el número" eran "los elementos de su grandeza". Y ¿qué no podría añadir ahora sobre esta ciudad gigante, rugida de gentes durante el día, y luego, como en sueño de rey asirio, escena de estrellas asomadas a sus millones de ventanas? La Estatua de la Libertad, el Puente de Brooklyn, el Ferrocarril Aéreo, Coney Island, la Quinta Avenida, y cuanto hace un siglo abría en pasmo los ojos al recién llegado, son juguetes ante lo que ahora brota de aquellos amagos de opulencia. Parecen lanzas de colosos en busca de cielo los edificios que sirven de refugio y despacho a esta multitud afanosa y apurada. Vivir en Nueva York se ha hecho adentrarse en la lucha de los polos de la existencia: el movimiento detenido, que ha de ser el espacio, y su distensión, que sería el tiempo: uno corta acá, y el otro larga, y sufre el hombre en la recia contienda. "Monstruo" llamé a esta tierra por su porte magnífico, y por su rareza; y le viví la "entraña" como a la mar el pescador de perlas: con el puñal al diente para ahuyentar la alimaña, y la cesta en la mano para el regalo de las conchas. Abrumadas de calentura andaban entonces nuestras tierras de América, con los ojos clavados en el Norte como modelo. Se oyó así un aplauso imprudente y pensé que urgía darles a conocer a este pueblo "para no tropezar como él", y advertí que no se debían de "ver sólo las cifras de afuera, sino levantarlas y ver sin deslumbrarse, a las entrañas de ellas". Pecábamos en aquellos días por temor de ser originales, y se pecó después, y donde más me duele, por un deslumbramiento candoroso ante fórmulas ineficientes y bárbaras, ya desacreditadas hasta en su lugar de origen.

Andan ahora en galas los Estados Unidos por la inauguración de un presidente. "Jamás monarquía alguna celebró fiesta de reyes con más brillo". Es que allí no se corona sólo a un hombre sino que entra en trono y gobierno todo el pueblo, o buena parte de él. Al terminar la campaña, siempre ruin y cruel, se ven los bandos: unos cuentan los aciertos del elegido, otros la pena de la derrota. Tiempo después, asentado el lodo del fondo del lago, en la toma de posesión, ya son todos el soberano. Así estuvieron llenas de triunfadores las calles de Washington, y fue como día de fiesta en los hogares. Parecían todas las mujeres primeras damas, y los hombres todos hijos del presidente, por las sonrisas y saludos, y los besos y apretones de manos. No hubo página de periódico, altavoz o pantalla en toda la Unión ajena al acto: el juramento breve, la Biblia arrugada, la multitud atenta, los discursos bruñidos, el orgullo de los magistrados y congresistas, y el gozo inquieto de sus familias; un abuelo explica el suceso al oído de un niño; un pastor negro mira a la esposa como si fuera aquello su regalo de bodas; una rubia de ojos de primavera reza en silencio de mano de la madre que también pide a Dios por el presidente nuevo. Y luego, al terminar la fiesta, la procesión de la concurrencia: los desconocidos dejan de serlo y se hablan como cuando vuelven a casa en domingo de la iglesia. No importa cuántas veces se haya estado en la ceremonia, "se busca uno sobre las sienes la corona, y se siente que la tierra está más firme bajo sus plantas".

Ahora que entra en su tercera centuria la jura de un presidente, podría repetir algunas de las impresiones que me sacó la de Benjamín Harrison cuando se cumplía exacto un siglo de la inauguración de George Washington. Pero ¿quién recuerda hoy a aquel soldado de sangre fundadora que había elogiado Abe Lincoln ("el mejor de todos"), que lo hizo general por su valor en la batalla de Peach Tree Creck, y fue después abogado de influencia y senador por Indiana ? ¿Quién recuerda a Carolina, la esposa de Harrison, la maestra en la iglesia presbiteriana de Indianápolis, que sembró fresas en el jardín de la Casa Blanca y que, de tanto pintar tapices y acuarelas, se le murió al presidente, y luego, ya triste, no supo éste ganar la reelección? ¿Ni quién recuerda el gobierno deslucido de aquel republicano que reunió en Washington, en la Primera Conferencia Internacional Americana, "bajo el águila temible", a los pueblos de nuestra América, con "el plan insensato" de alejar a Cuba de la libertad y de convertirla en presa de "un nuevo amo"? El hombre y el político sólo están en las páginas menores de la historia y en la letanía de presidentes que enseñan en las escuelas. Pero lo que nunca se ha de comer el tiempo, porque estas ceremonias lo mantienen en el recuerdo, es que con regularidad impresionante cambian aquí los gobiernos y que, a fuerza de ensayos y empujones, cobra vigor el sistema en el que se siente el ciudadano dueño de su destino. Por su uso terco y frecuente, el voto sigue siendo "el instrumento más eficaz y piadoso que han imaginado para su conducción los hombres", ya que logra imponer, sobre el vano augurio de unos pocos, el remedio soberbio de la mayoría.

Al escribir mis "Escenas Norteamericanas" sostuve que "el deber de remediar la miseria innecesaria era un deber del Estado". Vi entonces, prometedor, "al pie de cada llaga erguido un sacerdote", y hoy encuentro llagas curadas; he podido ver exclusos de ayer en la tribuna y en los puestos de mando, y a algunos hasta del lado del privilegio, y suele estar el gobierno a la puerta de la escuela con la llave para todos, y la del hospital y la casa de ancianos; y no deja el tesoro público que quede sin pan la mesa del huérfano o del obrero sin trabajo. Pero aún por razas se reparte la suerte y toca más a algunas la pobreza, y todavía hay quienes llevan en los ojos el color de su piel y no han aprendido a descubrir el prójimo en todos los hombres. Otras llagas siguen con pus, y duelen a quien las tiene, y repugnan a las almas sensibles. La redención ha de ser completa, y llegar también hasta esas tierras desafortunadas y con hambre que son aún la vergüenza del mundo. Será a costa de esas riquezas insolentes, más hijas de la estirpe y de la usura que del trabajo, y de extravagancias de guerra que sirven mejor la vanidad del militar y el bolsillo de la industria que a la defensa de la nación. Pues ¿cómo se han podido mudar en tanta maravilla las fuerzas de la naturaleza y anda el desamparo por estas mismas calles de Nueva York a la distancia de un aliento del exceso y de la hartura ? Llega un disparo a la luna pero queda el pobre sin cobija y la cama al suelo, o en habitación sin lumbre o infesta, y siempre con el asedio de la violencia y del vicio. Sin que caiga en manos del demagogo que la deslustra y trastorna, hay que echar a andar la piedad social, pero también sin miedo a equilibrar entre los hombres la posesión de la fortuna; "hay que poner brazos largos a los que los traen cortos", como se da bastón al tullido y guía al ciego, que también hay inválidos de la mente y del ánimo. "Los débiles deben ser como los locos eran para los griegos: sagrados". Hay siempre, sí, que cultivar el comerciante, aunque no es lo mejor del hombre, por lo que produce y reparte, pero también hay que cultivar el misionero para que no viva el espíritu como la paloma en el fondo de una cueva.

"Pero aún por razas se reparte la suerte, y toca más a algunas la pobreza".

No fue un acierto el juicio que mereció a mis ojos la mujer americana. La raza poética de la que yo venía me las hizo ver varoniles en sus oficios y aspiraciones. Tanto trajín de calle y cátedra pensé que iba a "disminuir la salud de la casa". Andaba yo entonces con los suspiros melancólicos de Bécquer atravesándome el pecho, y les censuré "su frialdad estudiada, su desdén por las pasiones y sus secas y prácticas nociones de la vida". Recuerdo haber dicho en un periódico de Venezuela que el hombre del Norte no veía en la mujer "aquella frágil copa de nácar" que en los países cálidos buscamos nosotros, "aquella criatura purificadora a quien recibimos como a nuestras hijas, ni aquel lirio elegante que perfuma los balcones y las almas": el hombre del Norte quiere en la mujer "brazos rudos para batallar". Siempre sentí admiración, sin embargo, por la firmeza de la mujer aquí, superándose en la labor y en el estudio, y por su deseo de vivir a la par del hombre como su compañera, y no a sus pies como un juguete hermoso", y no fue remiso mi aplauso al ver jóvenes capaces y triunfantes en las aulas de Harvard, Cornell y Vassar College. Por su participación en la vida ha ganado la sociedad y sirven de ejemplo al mundo, aunque aún no se le tasa el mérito como merece. Hoy una es ejecutivo de empresa o juez, otra obrera o médico, otra agente del orden o atleta; luego, al cumplir la jornada, saltan sobre el accidente de la ocupación, se tocan el labio con una pincelada de carmín, y un punto de sombra los ojos, y reinan sobre el impulso del hombre o van a posar su ternura sobre las cabezas de sus hijos. ¡"Flores de piedra" las llamé un día!

"Ver grandezas hace grande" dije hace tiempo al hablar de la ciencia, y hoy, que en sus ganas de paz tienden a ser más grandes los hombres, cabe preguntarse si no será la ciencia quien le ha quitado presunción al profeta y obliga a preferir lo que junta y no lo que separa a los pueblos. Más que el temor une la sorpresa, y parece como si en presencia de lo maravilloso, en el diálogo de las naciones, cupieran menos el recelo y la ira. Al igual que la invención de Scheherezade supo quietar la venganza del rey de Sassán, los prodigios de la Física han logrado entretener algunos conflictos del mundo. Las torres de Babel las construye la soberbia: ver grandezas también enseña humildad, pues ¿de qué sirve el más sabio programa de la tierra cuando la puede destruir un solo rayo de la misma fuerza que la ata?

Manejaba Edison en mi tiempo sus primeros artefactos para encerrar la luz en un vaso de vidrio y oír a distancia por un cordón de cobre, la estufa de Lantensach y Biltner habían logrado transformar sin dinamo, en electricidad, el calor, e iba en seis días fogosos y humeantes de México a Boston el tren de la Atchison, Topeka y Santa Fe, y creíamos aquellos días de maravilla. Hoy canta un tenor en Viena y lo escuchan— ¡y lo ven!— los públicos de Roma y de Los Ángeles, y por el mismo camino de nubes le envían su aplauso por el lied brilloso y voladero; hablan dos gobernantes y les vigilan sus pueblos los ojos para saber cuál es más pródigo en el concurso de armonía. ¡Cuánto puede servir a la historia, desconfiada y con miedo por su último siglo de cañones y cadáveres, ese poder instantáneo y completo de correspondencia! "Los hombres son como los tiempos en que viven": ahora que son más grandes los tiempos, sean más grandes los hombres.

"¡Oh todo, todo podrá inventarse, menos las alas!". En el desfile del progreso humano aún tiene asegurado su pedestal la poesía. Época de magia es ésta en que una quimera se convierte, con la prisa del lucro, en librea del ama de casa o en anuncio de nuevo milagro. De la edad teológica se pasó a la científica, y ahora se anda en ésta, de prodigio en prodigio, como en tiempos de hadas. Todo el saber de Galileo cabe ya en el puño de un niño; un remedio feliz dobla al hombre su tiempo de vida, y otro podría haberle curado en un soplo todos los achaques a Carlos V; en un túnel enorme le pega el látigo al tiempo para sentarlo, como el domador a la fiera, en el taburete de un circo; hay máquinas que leen y máquinas que dictan, y otras, sí, que calculan por millones de cerebros...; pero antes saldrá un buitre del huevo de un colibrí, que de todo el saber de la ciencia un soneto de Shakespeare.

Arriba, vista, desde el puente de Brooklyn, de la parte baja de Manhattan en tiempos de Martí, y, a la derecha, vista actual desde el mismo lugar. Abajo, la Grand Central Station, antes y después en su entrada de la calle 42.

Los Estados Unidos siguen siendo la admiración y el susto del mundo. El milagro de su vitalidad y su talento para la reforma son aún motivo de aclamo y de temor. A veces parecía que iban a caer pero, sin el riesgo de un corcovo mayor, supieron desmontar al jinete que les erraba el camino. Enferma de dinerismo y no sobrada de refinamientos del espíritu, esta Cartago moderna ha logrado, sin embargo, temperar discreta su poder y su arrogancia. ¡Ah, la libertad! ¡La libertad, fragua de todos los bienes ! Aunque algunas veces sólo en promesa, también la vi entonces como "la expansión y expresión de las cualidades más nobles del hombre, y más necesaria para la grandeza y la paz de los Estados".

Ahítos de pena, y en su cólera por la injusticia, algunos pensadores desahuciaron en otras tierras al hombre libre, e impusieron de fuerza el mando de los antiguos siervos. Bajo su dictado, de amos ya, se convirtió el gobierno en convite de funcionarios y policías. Y ahora buscan en esos países entumidos, sobre excesos de sangre, sus dirigentes nuevos, la fórmula del esfuerzo natural y franco para que dé más trigo la cosecha, mueva con brío sus aspas el molino, y crezca altivo y luminoso el pensamiento. Pero el pan no es sólo la medida de harina, de agua y levadura, es también el horno y el hornero que lo cuecen...

JOSE MARTI, tal como se lo dijo a Carlos Ripoll.

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