EN
"LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO"
"Estoy, al fin, en un país donde cada uno
parece ser su propio dueño", dije aquí a los 27 años, cuando por segunda vez
llegué a Nueva York. Venía de una España trabada en su historia, y de mi patria,
víctima de ella, y me propuse estudiar este pueblo original que ahora encuentro de
anfitrión satisfecho, en la mesa del porvenir, leccionando al mundo.
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"Y ¿qué no
podría añadir ahora sobre esta ciudad gigante, rugida de
gentes durante el día, y luego, como en sueño de rey asirio,
escena de estrellas asomadas a sus millones de ventanas?"
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Fue entonces su tamaño mi primer asombro. Recuerdo haber dicho que "la medida y
el número" eran "los elementos de su grandeza". Y ¿qué no podría
añadir ahora sobre esta ciudad gigante, rugida de gentes durante el día, y luego, como
en sueño de rey asirio, escena de estrellas asomadas a sus millones de ventanas? La
Estatua de la Libertad, el Puente de Brooklyn, el Ferrocarril Aéreo, Coney Island, la
Quinta Avenida, y cuanto hace un siglo abría en pasmo los ojos al recién llegado, son
juguetes ante lo que ahora brota de aquellos amagos de opulencia. Parecen lanzas de
colosos en busca de cielo los edificios que sirven de refugio y despacho a esta multitud
afanosa y apurada. Vivir en Nueva York se ha hecho adentrarse en la lucha de los polos de
la existencia: el movimiento detenido, que ha de ser el espacio, y su distensión, que
sería el tiempo: uno corta acá, y el otro larga, y sufre el hombre en la recia
contienda. "Monstruo" llamé a esta tierra por su porte magnífico, y por su
rareza; y le viví la "entraña" como a la mar el pescador de perlas: con el
puñal al diente para ahuyentar la alimaña, y la cesta en la mano para el regalo de las
conchas. Abrumadas de calentura andaban entonces nuestras tierras de América, con los
ojos clavados en el Norte como modelo. Se oyó así un aplauso imprudente y pensé que
urgía darles a conocer a este pueblo "para no tropezar como él", y advertí
que no se debían de "ver sólo las cifras de afuera, sino levantarlas y ver sin
deslumbrarse, a las entrañas de ellas". Pecábamos en aquellos días por temor de
ser originales, y se pecó después, y donde más me duele, por un deslumbramiento
candoroso ante fórmulas ineficientes y bárbaras, ya desacreditadas hasta en su lugar de
origen.
Andan ahora en galas los Estados Unidos por la inauguración de un presidente.
"Jamás monarquía alguna celebró fiesta de reyes con más brillo". Es que
allí no se corona sólo a un hombre sino que entra en trono y gobierno todo el pueblo, o
buena parte de él. Al terminar la campaña, siempre ruin y cruel, se ven los bandos: unos
cuentan los aciertos del elegido, otros la pena de la derrota. Tiempo después, asentado
el lodo del fondo del lago, en la toma de posesión, ya son todos el soberano. Así
estuvieron llenas de triunfadores las calles de Washington, y fue como día de fiesta en
los hogares. Parecían todas las mujeres primeras damas, y los hombres todos hijos del
presidente, por las sonrisas y saludos, y los besos y apretones de manos. No hubo página
de periódico, altavoz o pantalla en toda la Unión ajena al acto: el juramento breve, la
Biblia arrugada, la multitud atenta, los discursos bruñidos, el orgullo de los
magistrados y congresistas, y el gozo inquieto de sus familias; un abuelo explica el
suceso al oído de un niño; un pastor negro mira a la esposa como si fuera aquello su
regalo de bodas; una rubia de ojos de primavera reza en silencio de mano de la madre que
también pide a Dios por el presidente nuevo. Y luego, al terminar la fiesta, la
procesión de la concurrencia: los desconocidos dejan de serlo y se hablan como cuando
vuelven a casa en domingo de la iglesia. No importa cuántas veces se haya estado en la
ceremonia, "se busca uno sobre las sienes la corona, y se siente que la tierra está
más firme bajo sus plantas".
Ahora que entra en su tercera centuria la jura de un presidente, podría repetir
algunas de las impresiones que me sacó la de Benjamín Harrison cuando se cumplía exacto
un siglo de la inauguración de George Washington. Pero ¿quién recuerda hoy a aquel
soldado de sangre fundadora que había elogiado Abe Lincoln ("el mejor de
todos"), que lo hizo general por su valor en la batalla de Peach Tree Creck, y fue
después abogado de influencia y senador por Indiana ? ¿Quién recuerda a Carolina, la
esposa de Harrison, la maestra en la iglesia presbiteriana de Indianápolis, que sembró
fresas en el jardín de la Casa Blanca y que, de tanto pintar tapices y acuarelas, se le
murió al presidente, y luego, ya triste, no supo éste ganar la reelección? ¿Ni quién
recuerda el gobierno deslucido de aquel republicano que reunió en Washington, en la
Primera Conferencia Internacional Americana, "bajo el águila temible", a los
pueblos de nuestra América, con "el plan insensato" de alejar a Cuba de la
libertad y de convertirla en presa de "un nuevo amo"? El hombre y el político
sólo están en las páginas menores de la historia y en la letanía de presidentes que
enseñan en las escuelas. Pero lo que nunca se ha de comer el tiempo, porque estas
ceremonias lo mantienen en el recuerdo, es que con regularidad impresionante cambian aquí
los gobiernos y que, a fuerza de ensayos y empujones, cobra vigor el sistema en el que se
siente el ciudadano dueño de su destino. Por su uso terco y frecuente, el voto sigue
siendo "el instrumento más eficaz y piadoso que han imaginado para su conducción
los hombres", ya que logra imponer, sobre el vano augurio de unos pocos, el remedio
soberbio de la mayoría.
Al escribir mis "Escenas Norteamericanas" sostuve que "el deber de
remediar la miseria innecesaria era un deber del Estado". Vi entonces, prometedor,
"al pie de cada llaga erguido un sacerdote", y hoy encuentro llagas curadas; he
podido ver exclusos de ayer en la tribuna y en los puestos de mando, y a algunos hasta del
lado del privilegio, y suele estar el gobierno a la puerta de la escuela con la llave para
todos, y la del hospital y la casa de ancianos; y no deja el tesoro público que quede sin
pan la mesa del huérfano o del obrero sin trabajo. Pero aún por razas se reparte la
suerte y toca más a algunas la pobreza, y todavía hay quienes llevan en los ojos el
color de su piel y no han aprendido a descubrir el prójimo en todos los hombres. Otras
llagas siguen con pus, y duelen a quien las tiene, y repugnan a las almas sensibles. La
redención ha de ser completa, y llegar también hasta esas tierras desafortunadas y con
hambre que son aún la vergüenza del mundo. Será a costa de esas riquezas insolentes,
más hijas de la estirpe y de la usura que del trabajo, y de extravagancias de guerra que
sirven mejor la vanidad del militar y el bolsillo de la industria que a la defensa de la
nación. Pues ¿cómo se han podido mudar en tanta maravilla las fuerzas de la naturaleza
y anda el desamparo por estas mismas calles de Nueva York a la distancia de un aliento del
exceso y de la hartura ? Llega un disparo a la luna pero queda el pobre sin cobija y la
cama al suelo, o en habitación sin lumbre o infesta, y siempre con el asedio de la
violencia y del vicio. Sin que caiga en manos del demagogo que la deslustra y trastorna,
hay que echar a andar la piedad social, pero también sin miedo a equilibrar entre los
hombres la posesión de la fortuna; "hay que poner brazos largos a los que los traen
cortos", como se da bastón al tullido y guía al ciego, que también hay inválidos
de la mente y del ánimo. "Los débiles deben ser como los locos eran para los
griegos: sagrados". Hay siempre, sí, que cultivar el comerciante, aunque no es lo
mejor del hombre, por lo que produce y reparte, pero también hay que cultivar el
misionero para que no viva el espíritu como la paloma en el fondo de una cueva.
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"Pero aún por
razas se reparte la suerte, y toca más a algunas la
pobreza". |
No fue un acierto el juicio que mereció a mis ojos la mujer americana. La raza
poética de la que yo venía me las hizo ver varoniles en sus oficios y aspiraciones.
Tanto trajín de calle y cátedra pensé que iba a "disminuir la salud de la
casa". Andaba yo entonces con los suspiros melancólicos de Bécquer atravesándome
el pecho, y les censuré "su frialdad estudiada, su desdén por las pasiones y sus
secas y prácticas nociones de la vida". Recuerdo haber dicho en un periódico de
Venezuela que el hombre del Norte no veía en la mujer "aquella frágil copa de
nácar" que en los países cálidos buscamos nosotros, "aquella criatura
purificadora a quien recibimos como a nuestras hijas, ni aquel lirio elegante que perfuma
los balcones y las almas": el hombre del Norte quiere en la mujer "brazos rudos
para batallar". Siempre sentí admiración, sin embargo, por la firmeza de la mujer
aquí, superándose en la labor y en el estudio, y por su deseo de vivir a la par del
hombre como su compañera, y no a sus pies como un juguete hermoso", y no fue remiso
mi aplauso al ver jóvenes capaces y triunfantes en las aulas de Harvard, Cornell y Vassar
College. Por su participación en la vida ha ganado la sociedad y sirven de ejemplo al
mundo, aunque aún no se le tasa el mérito como merece. Hoy una es ejecutivo de empresa o
juez, otra obrera o médico, otra agente del orden o atleta; luego, al cumplir la jornada,
saltan sobre el accidente de la ocupación, se tocan el labio con una pincelada de
carmín, y un punto de sombra los ojos, y reinan sobre el impulso del hombre o van a posar
su ternura sobre las cabezas de sus hijos. ¡"Flores de piedra" las llamé un
día!
"Ver grandezas hace grande" dije hace tiempo al hablar de la ciencia, y hoy,
que en sus ganas de paz tienden a ser más grandes los hombres, cabe preguntarse si no
será la ciencia quien le ha quitado presunción al profeta y obliga a preferir lo que
junta y no lo que separa a los pueblos. Más que el temor une la sorpresa, y parece como
si en presencia de lo maravilloso, en el diálogo de las naciones, cupieran menos el
recelo y la ira. Al igual que la invención de Scheherezade supo quietar la venganza del
rey de Sassán, los prodigios de la Física han logrado entretener algunos conflictos del
mundo. Las torres de Babel las construye la soberbia: ver grandezas también enseña
humildad, pues ¿de qué sirve el más sabio programa de la tierra cuando la puede
destruir un solo rayo de la misma fuerza que la ata?
Manejaba Edison en mi tiempo sus primeros artefactos para encerrar la luz en un vaso de
vidrio y oír a distancia por un cordón de cobre, la estufa de Lantensach y Biltner
habían logrado transformar sin dinamo, en electricidad, el calor, e iba en seis días
fogosos y humeantes de México a Boston el tren de la Atchison, Topeka y Santa Fe, y
creíamos aquellos días de maravilla. Hoy canta un tenor en Viena y lo escuchan ¡y
lo ven! los públicos de Roma y de Los Ángeles, y por el mismo camino de nubes le
envían su aplauso por el lied brilloso y voladero; hablan dos gobernantes y les
vigilan sus pueblos los ojos para saber cuál es más pródigo en el concurso de armonía.
¡Cuánto puede servir a la historia, desconfiada y con miedo por su último siglo de
cañones y cadáveres, ese poder instantáneo y completo de correspondencia! "Los
hombres son como los tiempos en que viven": ahora que son más grandes los tiempos,
sean más grandes los hombres.
"¡Oh todo, todo podrá inventarse, menos las alas!". En el desfile del
progreso humano aún tiene asegurado su pedestal la poesía. Época de magia es ésta en
que una quimera se convierte, con la prisa del lucro, en librea del ama de casa o en
anuncio de nuevo milagro. De la edad teológica se pasó a la científica, y ahora se anda
en ésta, de prodigio en prodigio, como en tiempos de hadas. Todo el saber de Galileo cabe
ya en el puño de un niño; un remedio feliz dobla al hombre su tiempo de vida, y otro
podría haberle curado en un soplo todos los achaques a Carlos V; en un túnel enorme le
pega el látigo al tiempo para sentarlo, como el domador a la fiera, en el taburete de un
circo; hay máquinas que leen y máquinas que dictan, y otras, sí, que calculan por
millones de cerebros...; pero antes saldrá un buitre del huevo de un colibrí, que de
todo el saber de la ciencia un soneto de Shakespeare.
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Arriba, vista, desde
el puente de Brooklyn, de la parte baja de Manhattan en tiempos
de Martí, y, a la derecha, vista actual desde el mismo lugar.
Abajo, la Grand Central Station, antes y después en su entrada
de la calle 42.
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Los Estados Unidos siguen siendo la admiración y el susto del mundo. El milagro de su
vitalidad y su talento para la reforma son aún motivo de aclamo y de temor. A veces
parecía que iban a caer pero, sin el riesgo de un corcovo mayor, supieron desmontar al
jinete que les erraba el camino. Enferma de dinerismo y no sobrada de refinamientos del
espíritu, esta Cartago moderna ha logrado, sin embargo, temperar discreta su poder y su
arrogancia. ¡Ah, la libertad! ¡La libertad, fragua de todos los bienes ! Aunque algunas
veces sólo en promesa, también la vi entonces como "la expansión y expresión de
las cualidades más nobles del hombre, y más necesaria para la grandeza y la paz de los
Estados".
Ahítos de pena, y en su cólera por la injusticia, algunos pensadores desahuciaron en
otras tierras al hombre libre, e impusieron de fuerza el mando de los antiguos siervos.
Bajo su dictado, de amos ya, se convirtió el gobierno en convite de funcionarios y
policías. Y ahora buscan en esos países entumidos, sobre excesos de sangre, sus
dirigentes nuevos, la fórmula del esfuerzo natural y franco para que dé más trigo la
cosecha, mueva con brío sus aspas el molino, y crezca altivo y luminoso el pensamiento.
Pero el pan no es sólo la medida de harina, de agua y levadura, es también el horno y el
hornero que lo cuecen...
JOSE MARTI, tal como se lo dijo a Carlos Ripoll.
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