Páginas sobre
José Martí

Carlos Ripoll

  Índice general
  Índice particular
  Búsqueda

fondob.gif (357 bytes)

 

VIDA

NUEVA YORK EN JOSÉ MARTÍ

LUCES Y SOMBRAS DE NUEVA YORK
EL CLIMA

"DONDE LAS MIRADAS NO SALUDAN"

CONCLUSIÓN

 

Estación del New York Elevated Railroad, sobre The Bowery y Canal Street, en una pintura de 1895, cuando empezó a usarse en la ciudad la luz eléctrica.

Cuando el marino genovés Juan Caboto, por encargo del rey de Inglaterra, Enrique II, llegó a las costas americanas, al igual que Colón en Cuba, creyó haber dado con las tierras del Gran Kahn y que pronto hallaría Cipango, donde estaban las riquezas que motivaron su viaje. Después de una escala en Terranova y de explorar el golfo de San Lorenzo, siguió hacia el Sur pasando por Cape Cod hasta la isla de Manhattan, habitada entonces por una tribu de indios algonquines que llamaban a aquella tierra Majican; y cuenta la leyenda que al no encontrar allí ni el oro ni las especies que buscaba, además de las incomodidades de la isla, dijo al emprender el regreso: "Este lugar está bien para visitarlo, pero a nadie se le ocurriría vivir en él".

Fue esa opinión de fines del siglo XV la primera de que se tiene noticia sobre el sitio que ocupa hoy la ciudad de Nueva York. Por todos los inconvenientes de la vida en ella, que fueron creciendo con el tiempo, se hizo costumbre repetir el juicio de Juan Caboto, y cuatro cientos años después Martí unió el suyo al nutrido coro de burlas con estos versos:

Dicen sabios en dolor
Y pensadores profundos,
Que el mayor mal de los mundos
Es vivir en Nueva York.

Hasta la llegada en 1524 del florentino Giovanni da Varrazano, quien por orden de Francisco I, el rey de Francia, exploraba la costa del Atlántico en la América del Norte, no se supo apreciar el valor de la bahía: desembarcó en su parte más baja —en el lugar del puente que hoy lleva su nombre—, fue recibido con cierta amistad por los indígenas y tuvo buenas palabras sobre la isla destacando su "belleza" y posible "valor". Muchos años más tarde el inglés Henry Hudson, contratado por una compañía comercial de Holanda, exploró el río que le debe su nombre hasta donde ahora se encuentra Albany, la capital del Estado. En el camino los indios le facilitaron valiosas pieles a cambio de cuchillos y adornos de cristal, y fue aquella semilla de comercio la que estimuló la colonización de los holandeses, quienes fundaron una pequeña villa en el extremo inferior de la isla que nombraron New Amsterdam. Un año más tarde, en 1626, el supervisor de la colonia les compró a los indios los 14 mil acres que tiene Manhattan por el equivalente de 24 dólares, un territorio que hoy se estima con un valor billones y billones de dólares. Pero la prosperidad de Holanda provocó la envidia de los ingleses, y en 1664 el rey Carlos II, sin respetar derechos de posesión, le regaló a su hermano, el duque de York, amplios territorios americanos: el duque despachó una flota con 450 soldados, desembarcaron en Brooklyn, intimaron la rendición de New Amsterdam y ocuparon la isla; y en honor de quien había patrocinado la empresa nombraron New York la antigua posesión de Holanda.

No fue aquella atrevida conquista muy diferente de la toma de La Habana por Inglaterra un siglo más tarde, ni muy distintos los cambios que produjo en el progreso de las dos ciudades la presencia inglesa. El puerto de Nueva York y el puerto de La Habana, por sus condiciones naturales, excitaban el interés de las potencias maritimas; y también a ese regalo de la geografia deben La Habana y New York sus más notables caracteristicas: las bahías magnificas estimularon el comercio y los contactos con el exterior, padres de la codicia y de la tolerancia, de la soberbia y de la condescendencia, de la descortesía y del neutralismo, de la prisa y de la hospitalidad. Tan utilitarios eran los neoyorquinos que cuando fueron derrotados los ingleses en Yorktown, en 1781, asustados por el triunfo de los rebeldes, la tercera parte de la población emigró al Canadá. Y solamente un héroe mayor produjo en la guerra de independencia, el capitán Nathan Hale, quien después de la batalla de Harlem Heights se ofreció para penetrar las filas enemigas: apresado por espía en Long Island, lo ahorcaron, y dijo antes de morir, para vergüenza de sus coterráneos: "I only regret that I have but one life to lose for my country." Y ¿no es notable, también, hablando del egoísmo de Nueva York, que en Cuba, con una nómina tan alta de mártires en sus luchas por la independencia, la ciudad de La Habana, con la excepción de Martí, y un reducido grupo de conocidos patriotas (José Antonio Aponte, Eduardo Facciolo, Domingo Goicuria, Francisco León, Juan Bruno Zayas, y pocos más...) se vea pequeña al compararla con otras ciudades de la isla? A pesar de su mayor población, no tuvo La Habana en su siglo XIX un Joaquin de Agüero, un Céspedes, un Perucho Figueredo, un Agramonte, un Serafin Sánchez, unos Maceo...

Terminada la guerra, Nueva York se convirtió en la capital del país, y aquí juró su cargo el presidente George Washington, y estuvo el Congreso, pero los patriotas se sentían incómodos por el gran número de comerciantes del lugar, quienes sólo pensaban en ganar dinero y hacían mucho ruido alrededor del Federal Hall, por lo que decidieron trasladarse y establecer la capital en la orilla del río Potomac, en la ciudad de Washington, donde la política, fuente de otras miserias, iba a dominar la vida.

LUCES Y SOMBRAS DE NUEVA YORK

No había cumplido 22 años Martí cuando, en tránsito hacia México, por vez primera llegó a Nueva York; y cuando, también deportado por España, vino a establecerse en la ciudad, en 1880, no había cumplido los 27. Y allí vivió casi sin interrupción los últimos quince años de su vida, excepto unos meses en Venezuela, y unas pocas semanas durante los viajes de propaganda política a partir de 1892.

Con esta portada publicó en 1868 M. H. Smith el libro en que contrastaba, como hizo Martí, la riqueza y la miseria de la ciudad. Arriba, en el dibujo, se ve la mansión del millonario Alexander T. Stewart, en la esquina de la calle 34 y la Quinta Avenida; y abajo The Five Points Mansion, en el barrio más pobre de la ciudad.

Sus impresiones de Nueva York anuncian los caminos que seguiría en general su juicio sobre los Estados Unidos: admiración por lo bueno y censura por lo malo. Al llegar de Cuba, oprimida por España, y de España, oprimida por la monarquía y el ejército, dijo con admiración en el periódico The Hour:

Estoy, al fin, en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Se puede respirar libremente, por ser aquí la libertad fundamento, escudo y esencia de la vida.... La actividad dedicada a los negocios es ciertamente inmensa. Nunca sentí sorpresa en ningún país del mundo. Aqui quedé sorprendido. Al ver las caras de los apresurados hombres de negocios que eran a la vez fuentes y volcanes; cuando maleta en mano, abierto el chaleco, la corbata deshecha, vi a los diligentes neoyorquinos corriendo de aquí para allá, ora comprando, ora vendiendo, sudando, trabajando, medrando; cuando noté que nadie permanecía estacionado en las esquinas, ninguna puerta se mantenía cerrada un momento, ningún hombre estaba quieto, me detuve, miré respetuosamente a este pueblo y dije adiós para siempre a aquella perezosa vida y poética inutilidad de nuestros países europeos.... Estoy hondamente reconocido a este país, donde los que carecen de amigos encuentran siempre uno, y quienes buscan honestamente trabajo encuentran una mano generosa. Hay que ser inteligente; eso es todo....

Pero ya en ese mismo escrito modera el entusiasmo, que luego hará más selectivo, y comenta:

El gran corazón de América no puede ser juzgado por la vida desdibujada, la pasión morbosa, los deseos ardientes y angustiosos de la vida neoyorquina. En esta marejada turbulenta no aparecen las corrientes naturales de la vida. Todo está oscurecido, desarticulado y polvoriento; no se pueden analizar a primera vista las virtudes y los vicios. Se esfuman tumultuosamente mezclados. Los prejuicios, la vanidad, la ambición, todos los venenos del alma, borran o manchan la naturaleza americana....

Y le produce una "impresión penosa" la miseria que descubre por la calles, y añade:

Un anciano vestido en aquel estilo que revela al propio tiempo la buena fortuna que hemos tenido y los tiempos malos que comienzan se pasea silenciosamente debajo de un farol. Sus ojos, fijos sobre los transeúntes, estaban cuajados de lágrimas; tenía en la mano un mísero pañuelo. No podía articular una sola palabra. Sus suspiros imploraban auxilio. Un poco más allá, en la calle Catorce, un sonido intermitente, como un lamento distante, se levantaba desde la sombra. Una pobre mujer estaba arrodillada en la acera, como si buscara su tumba, o fuerzas para levantar el órgano ronco, cuya manigueta era movida por su mano cansada. Pasé por Madison Square y vi a cien hombres robustos padeciendo las angustias de la miseria. Se movían con dificultad, como si desearan borrar de la mente sus pensamientos dolorosos...

Hay muy buenos libros sobre la vida de Martí en alguno de los lugares en que residió: de España, el de Emilio Roig; de México, el de J. de J. Nuñez y Domínguez; de Guatemala, el de David Vela; de Santo Domingo, el de Emilio Rodríguez Demorizi. No lo hay de Martí en los Estados Unidos, o Martí en Nueva York. Sobre el tema se han hecho algunos trabajos, pero falta el estudio mayor que merece el asunto. Nadie influyó en él tanto como los americanos, desde los fundadores (Washington, Jefferson) hasta los filósofos (Emerson, Thoreau), desde los apóstoles y los políticos (Wendell Phillips y Henry George) hasta los poetas (Longfellow y Walt Whitman); ni nada le marcó la vida como su estancia aquí, por lo que era admirable el país y por lo que vio le faltaba; por lo que se le podía imitar y por lo que se le debía temer: por la dualidad de "la tierra de Lincoln y la tierra de Cutting," de las que más tarde hablaría.

Los quince años de Martí en Nueva York contribuyeron de manera decisiva a su desarrollo intelectual, su entendimiento del mundo y su ideología. El supo de la influencia del medio sobre el hombre: adelantándose al vitalismo de Ortega y Gasset en su tesis de "yo soy yo y mi circunstancia", Martí afirmó, casi con las palabras que luego usaróa el filósofo español, "Dos madres tienen los hombres: la Naturaleza y las circunstancias". Hablaba de Roebling, el ingeniero alemán del puente de Brooklyn, de cómo el haber venido a América hizo de él el hombre que fue: con estas pinceladas logró su retrato: "En cierto modo la mente de Roebling, prusiana de naturaleza, se tornó en americana; del goce de la libertad y de la presencia permanente de la grandeza surgió, como refundido en molde nuevo, un nuevo hombre. Así, cuando tuvo un hijo, no le puso Arminius, sino Washington...." Por esa influencia del medio en la persona lleva este trabajo el título de "Nueva York en José Marti," y no el de José Martí en Nueva York, por la resistencia del agente a reducirse a mero escenario, y por su condición de agonista en el drama del hombre.

How the Other Half Lives es el título de un libro que publicó J. A. Riis, reportero del periódico Tribune, en 1890. Con numerosas fotografías puso en evidencia la miseria en Nueva York, que era "de echarse a llorar". Arriba, una casa de vecindad en Roosevelt Street; al lado una italiana de Jersey Street con su hijo en una habitación sin muebles; y en la parte inferior se ven varios huéspedes de una casa de dormir, en Bayard Street, que cobraba "Five cents a spot".

No tuvo la ciudad de Nueva York en el siglo XIX cronista más ilustre y honrado que José Martí. Ni quizás toda la nación americana. Y hasta puede afirmarse que ningún extranjero dio nunca, en idioma alguno, una visión tan amplia y acertada como la de Marti de este país. Por eso no es excesivo el homenaje de Nueva York con el monumento suyo a la entrada del Parque Central. Desde 1880 hasta 1892, cuando todo su talento lo puso al servicio de la independencia de Cuba, Marti hizo conocer en Hispanomérica, a través de varios periódicos, a los Estados Unidos. Y aún no se ha sabido apreciar del todo el servicio que le prestó con sus crónicas a lo que él llamaba con cariño Nuestra América. A fines del siglo pasado, en la Conferencia Internacional Americana, celebrada en Washington entre 1889 y 1890, se hizo evidente que la más peligrosa admiración por los Estados Unidos cegaba a muchos hispanoamericanos, y fue él quien les despertó el entendimiento y las conciencias con su oportuna prédica, la misma que han sacado hoy de su cauce original algunos demagogos para su propio beneficio, y para el provecho de otros países y de nuevos mercaderes.

Al establecerse en Nueva York, Martí se propuso analizar los Estados Unidos; dijo:

Estudiaré el pueblo más original desde su origen, en la escuela; en su desenvolvimiento, en la familia; en sus diversiones: en el teatro, en los clubs, en la calle Catorce, en grandes y pequeñas reuniones familiares. Un luminoso domingo, bajando por la elegante Quinta Avenida, iré a la concurrida iglesia a escuchar a un predicador hablando de la paz, o sobre politica o el campo de batalla. Veré muchas tonterías y grandes hazañas; veré a politicos que protegen el país aunque podrían, sin gran esfuerzo, volver a los tiempos del militarismo arrogante, del atropello de la voluntad nacional, de la corrupción de la moral pública. Veré bondadosas caras de hombres y caras desafiantes de mujeres, las fantasías más caprichosas y censurables: todas las grandezas de la libertad y todas las miserias de los prejuicios....

Y de esa manera habló sobre Nueva York: de sus funcionarios y de la política; de los colegios y las universidades; de los museos y las bibliotecas; de los espectáculos (el teatro, el circo, la ópera) y de los deportes (el boxeo, las carreras, el futbol); de los grandes acontecimientos (de la inauguraci6n del Puente de Brooklyn, de la Estatua de la Libertad y del entierro del general Grant); de las calles (la Quinta Avenida y la calle Catorce), de los parques (el Central y el Battery) de las playas (Coney Island y Bath Beach); de los visitantes famosos, de los artistas y de los escritores; de las huelgas y de los obreros; de los inmigrantes y de las religiones; de los barrios pobres y de los barrios ricos: desde los palacios de los millonarios hasta de los fumaderos de opio en el barrio chino...

Dibujo de Wall Street publicado en una periódico de Nueva York en 1884. Dos años más tarde Martí hablaba de la ciudad como de una casa de locos: "Nadie duerme, nadie se despierta, nadie está sentado: todo es galope, escape, asalto, estrepitosa caída, eminente triunfo. Es una procesión de ojos sedientos, montados sobre piernas aladas--las piernas de Mercurio. Van los unos tras los otros, como persiguiéndose, alcanzándose, abatiéndose…"

A continuación se reproducen varios de sus juicios sobre Nueva York que pueden servir para conocer su aprecio de la ciudad. Al describir "La vida neoyorquina" en el periódico La Nación, de Buenos Aires, destacaba aspectos por los que a veces la vida se le hacía tan desagradable: por la agitación, la angustia, la fatiga; decía comparándola con otros lugares:

La vida en Venecia es una góndola; en París, un carruaje dorado; en Madrid, un ramo de flores; en Nueva York, una locomotora de penacho humeante y entrañas encendidas. Ni paz, ni entreacto, ni reposo, ni sueño. La mente, aturdida continúa su labor en las horas de la noche dentro del cráneo iluminado. Se siente en las fauces el polvo; en la mente, trastorno; en el corazón, anhelo.... Se vive a caballo en una rueda. Se duerme sobre una rueda ardiente. Aquí los hombres no mueren, sino que se derrumban: no son organismos que se desgastan, sino Ícaros que caen.

Tres años más tarde, en 1886, en el mismo periódico argentino, asocia el loco vivir de Nueva York con la pasión de sus habitantes por los bienes materiales, y explica:

Acá apenas se tiene tiempo para vivir. El cráneo es un circo, y los pensamientos son caballos azotados. " La neurosis de París", dicen los diarios de Francia: ¡porque no han venido a ver esta otra neurosis! Nadie se duerme, nadie se despierta, nadie está sentado: todo es galope, escape, asalto, estrepitosa caída, eminente triunfo. Es una procesión de ojos sedientos, montados sobre piernas aladas —las piernas de Mercurio. Van los unos tras los otros, como persiguiéndose, alcanzándose, abatiéndose. La médula se retuerce, y encoge como un cuero húmedo puesto al sol, el alma se va del cuerpo como de un pomo roto las gotas de esencia...

Y en otras de sus "Escenas Norteamericanas," en el mismo lugar y año del juicio anterior, después de describir la ciudad "en otoño", de nuevo recurre a imágenes expresionistas para señalar cómo tan absurda vida fomenta el egoísmo y reduce, y hasta a veces ahoga, toda espiritualidad; dice:

Se mira aquí la vida, no como el consorcio discreto entre las necesidades que tienden a rebajarla y las aspiraciones que la elevan, sino como un mandato de goce, como una boca abierta, como un juego de azar donde sólo triunfa el rico. Los hombres no se detienen a consolarse y ayudarse. Nadie ayuda a nadie. Nadie espera a nadie.... Todos marchan empujándose, maldiciéndose, abriéndose espacio a codazos y mordidas, arrollándolo todo, todo por llegar primero. Sólo en unos cuantos espíritus finos subsiste, como una paloma en ruina, el entusiasmo. No es malevolencia, sino verdad penosa, que acá ni en los niños siquiera se notan más deseos que el de satisfacer sus apetitos, y vencer a los demás en los medios de gozarlos.... Colosales hileras de dientes son estas masas de hombres. Aquí se muere el alma por falta de empleo.

Llevaba Marti tres años en Nueva York cuando se produjo una crecida del río Ohio, por la que murieron muchas personas y hubo grandes pérdidas. Como es costumbre ante desgracias semejantes, se organizaron actos y recolectas para ayudar a los damnificados; los neoyorquinos, según contó Martí, dieron muestras de su insensibilidad, y los presentó al narrar el acontecimiento como apáticos tahures ante la mesa de juego:

No se paran en New York, grandes mientes, en la bárbara desgracia.... New York, con el ruido de la fragua de oro, no oye el clamoreo. Estas grandes ciudades bursátiles tienen la prisa, el fervor, la absorción, la indiferencia de las mesas de juego. No hay más batallas para los jugadores que las que va a ganar el rey de copas, ni más inundaciones que las que barrerán la mesa de dineros: toda la tierra gira con el dado. La más espantable desventura del mundo exterior los halla en estupor lúcido, ebrios de un vapor verde. Si un payaso les pide con la copa del gorro unos cuantos dineros, o una dama de caridad alivio para los pobres, tomarán del montón de monedas manadas de ellas, sin ver a lo que llenan, ni dar calma a su fiebre, ni quitar los ojos de la fragua de oro.

Aún no había llegado la primera vez Martí a Nueva York, a mediados de 1870, cuando empezaron a correr los trenes elevados por las avenidas Segunda, Tercera, Sexta y Novena. Solamente los propietarios de esas empresas y los políticos que se habían beneficiado con las concesiones no protestaban de aquel transporte, molesto por el humo y las cenizas de las locomotoras, y por el ruido, las vibraciones y los accidentes que provocaban a su paso. También dejó Martí constancia de esa otra incomodidad de la vida neoyorquina de entonces. Sus quejas por el ferrocarril elevado complementan la visión apocalíptica que tenía del lugar, y nos lo presentan encogido y abrumado por aquel inconveniente que más debía afectar a los que, como él, se ganaban la vida pensando y escribiendo; dijo también en La Nación:

Pierde la vida íntima mucho de su pudor, y la de la ciudad mucho del recogimiento relativo que le conviene, con esa intrusión constante del ruido brutal en todos los actos y pensamientos.... Tal es la angustia en que el ir y venir del ferrocarril elevado pone a quien por desdicha haya de viajar mucho en él, o tenerlo cerca, que no parece a veces, sobre todo en los meses de calor, que atraviesa el aire sobre sus rieles suspendidos, sino que ha hecho un tunel en la cabeza vacía, y atraviesa el cráneo.

No ha de pensarse, sin embargo, que no tuvo ojos Martí en Nueva York más que para lo desagradable, y que pecó de parco, o de injusto, al callar lo que merecía elogio. No son escasas sus páginas de aplauso sobre la ciudad y sus habitantes, cuando estaba justificado, en igual medida que no lo son las que dedicó a encomiar las virtudes de este país y el mérito de algunos americanos, pero, como aquí interesa más lo que le disgustaba que lo que le complacía, puesto que de ahí nace lo negativo de su estima de Nueva York, puede bastar este pasaje preciosista, con toques quevedescos, sobre la Quinta Avenida, en el que traslada al lector al Domingo de Pascuas de 1889:

De trajes vistosos era el río un día después, y masa humana la Quinta Avenida, en el paseo de Domingo de Pascuas. El millonario se deja en calma pisar los talones por el tendero judío: leguas cubre la gente, que va toda de estreno: los hombres de corbata lila y clavel rojo, de gabán claro y sombrero que chispea; las mujeres con toda la gloria y pasamaneria, vestidas con la chaqueta graciosa del Directorío, de botones como ruedas y adornos de Cachemira, cuando no de oro y plata. Perla y verde son los colores en boga, con gorros de húsar, o sombreros a que sólo las conchas hacen falta, para ir bien con la capa peregrina. A la una se junta con el de las aceras, el gentío de seda y flores que cantaba los himnos en las iglesias protestantes, y oía en la catedral la misa de Cherubini. Los vestidos cargados van levantando envidias, saludando a medias los trajes lisos, ostentando su precio....

Pero más que esa Quinta Avenida abundante y vistosa gusta Martí de su paralela, de la Sexta, hoy Avenida de las Américas, que termina en su estatua a caballo, en el Parque Central, junto a las de Bolívar y San Martín. En esa Sexta Avenida paseaban los negros y los obreros, los cuales prefería Martí, a pesar de su menor refinamiento y su gusto extravagante en el vestir; y añade a continuación de lo anterior:

...Pero en la avenida de al lado es donde se alegra el corazón, en la Sexta Avenida: ¿qué importa que los galanes lleven un poco exagerada la elegancia, los botines de charol con polaina amarilla, los cuadros del pantalón como para jugar ajedrez, el chaqué muy ceñido por la cintura y con las solapas como hojas de flor, y el guante sacando los dedos colorados por entre la solapa y el chaleco? ¿Qué importa que a sus mujeres les parezca poco toda la riqueza de la tienda, y carguen túnica morada sobre saya roja, o traje violeta y mantón negro y amarillo? Los padres de estos petimetres y maravillosas, de estos mozos que se dan con el sombrero en la cintura para saludar y de estas beldades de labios gruesos, de cara negra, de pelo lanudo, eran los que hace veinticinco años, con la cotonada tinta en sangre y la piel cebreada por los latigazos, sembraban a la vez en la tierra el arroz y las lágrimas, y llenaban temblando los cestos de algodón. Miles de negros prósperos viven en los alrededores de la Sexta Avenida. Aman sin miedo; levantan familias y fortunas; debaten y publican; cambian su tipo físico con el cambio del alma: da gusto ver cómo saludan a sus viejos, cómo llevan los viejos la barba y la levita, con qué extremos de cortesía se despiden en las esquinas las enamoradas y los galanes: comentan el sermón de su pastor, los sucesos de la logia, las ganancias de sus abogados, el triunfo del estudiante negro, a quien acaba de dar primer premio la Escuela de Medicina: todos los sombreros se levantan a la vez, al aparecer un coche rico, para saludar a uno de sus médicos que pasa.

Una sombra más requiere este epígrafe antes de cerrarlo, y es la de los pobres en Nueva York, sobre los que Martí escribió siempre con ternura y compasión, conmovido y quejoso. Le molestaba la injusticia, y que a muchos, como en nuestros días, les pareciera mal socorrer la miseria por el miedo de que más infelices acudieran a ella. Escribió en el periódico La América, de Nueva York, sobre el "verano" :

...En los barrios pobres, es de echarse a llorar. De día, las casas de vecindad, repletas de gente miserable, los maridos ebrios querellan con sus mujeres desesperadas que intentan callar a sus hijuelos, comidos por el Cholera infantum. Parecen los míseros niños como si un insecto enorme les chupara las carnes, aposentado en sus entrañas. Miran desde cavernas. Tienden sus manecitas como pidiendo socorro. Por entre la piel, se ve asomar la cabeza de los huesos. Los malvados se convertirían a la virtud viendo espectáculo semejante: pero no, que hay muchos que viven impasibles, y pasan a su lado coléricos de que tal miseria les salga a los ojos. Y hay filósofos modernos que escriben que no es bueno consolar esas miserias, ¡porque consolándolas, las miserias se harán mayores!

Y en otro verano, el de 1888, insiste sobre la pena para dar a conocer la verdad sobre los Estados Unidos, que no todo era progreso y regalo, ni justicia y promesa:

No es el estío de Nueva York odioso por lo que arde, que mientras dura el león por el cielo es mucho, sino por lo que atormenta a la gente infeliz que no tiene más parque que el techo de las casas, caldeado por el día, o el fresco de las baldosas, que con la luz de la luna parecen menos quebradas y miserables. De los techos de las casas de vecindad, que son las más en los barrios pobres, cuelgan racimos de piernas... En la acera los niños consuelan el vientre sediento echándose de bruces sobre las baldosas tibias, se tienden al pie de un árbol canijo o en los peldaños de la escalinata, las madres exagües, desfallecidas por la rutina de la casa, mortal en el verano: las mejillas son cuevas; los ojos, ascuas o plegaria; de si se les ve el seno no se ocupan; apenas tienen fuerzas para acallar el alarido lúgubre de la criaturita que se les muere en la falda. También eso se ha de venir a ver aquí, no sólo Saratogas y Long Branches.... Muy hermosas son estas playas, y las de Atlantic City, donde va lo mejor de Filadelfia, y tantas más; ¡pero ha de conocerse también lo triste! El hombre acaba por envilecerse, y la mujer por afearse, cuando no templa de vez en cuando el amor exclusivo a su bienestar con el espectáculo de la desdicha ajena. Sólo es feliz el bueno. El mundo no es palacio. El mejor amigo de los hombres es el que los pone delante de su deber, y les dice: "Mira".

Y como Martí entendía, con razón, que "la miseria no es una desgracia personal" sino que "es un delito público", para más llamar la atención sobre la pobreza, dijo en otra de sus crónicas:

Sin brisa ni poesía arde Nueva York cargado de pestes, el verano. Se suicidan los infelices a racimos: se desploman los caballos en las calles: en las plazas públicas se anda sobre hombres acostados: hornos encendidos de pútridas bocas parecen en la sombra las enormes casas de vecindad donde viven, a seis por cuarto, los obreros: las mujeres de los pobres, exasperadas y sedientas, se están hasta la madrugada en los portales, con sus niños sobre las piernas, moribundos: los niños, de pronto, exhalan un grito que se recuerda después como un remordimiento, y mueren...

La Quinta Avenida en un Domingo de Pascuas. A la derecha, en la esquina con la calle 51, la catedral de San Patricio y, junto a ella, el Buckingham Hotel, hoy Saks Fifth Avenue. Martí describió el paseo: "Los hombres, de corbata lila y clavel rojo; las mujeres con toda la gloria y pasamanería, vestidas con la chaqueta graciosa del Directorio…"

EL CLIMA

Sobre cuanto le disgustaba a Martí de Nueva York, ocupa lugar prominente el clima, en particular el invierno, no sólo por el frío, sino también por la oscuridad. Tenia Martí una curiosa teoría sobre la luz y el ánimo, de cómo cambia el carácter de acuerdo con las estaciones del año. Y no estaba equivocado. Según las más recientes investigaciones médicas, y por lo que aquí se expone, puede afirmarse que Martí padecía de lo que hoy se conoce en este país como "Seasonal Afective Disorder", especie de estado depresivo durante el invierno debido a la menor exposición a la luz. Parece que la oscuridad reduce el nivel de melatonina en la sangre, la hormona que segrega en el cerebro la glándula pineal, y que por ese motivo la persona es más proclive a la melancolía cuando las noches son más largas. Por ese amor a la luz pidió Martí en sus Versos sencillos:

No me pongan en lo oscuro
A morir como un traidor:
¡Yo soy bueno, y como bueno
Moriré de cara al sol.

El "traidor" es el que debe morir en la oscuridad; el "bueno," "cara al sol." Preguntaba, desde Nueva York, en El Partido Liberal, de México, "¿Quién no conoce la relación visible del sol y la elocuencia? La palabra abrigada y resplandeciente en los países de hielo, se caldea y va dorando conforme entra en zona más fecunda, hasta que ya al llegar a la cinta del sol, consumidos por la excesiva luz los cuerpos frágiles que la contienen, los sacude y arrastra, cual arúspices a quienes echa a tierra la fuerza del oráculo, y fluye, llena de esmaltes y atavíos, como aquellos arroyos de agua clara de que cuenta Mahoma, que corren por sobre rubíes, topacios y amatistas...."

Y al describir "Un mes en la vida norteamericana", en febrero de 1887, afirma:

Precipita la vida este tiempo sombrío. Parece que la luz incuba el alma como el calor de la madre a los polluelos: y allí donde no hay luz salen las almas malhumoradas y canijas, como pollos que ha calentado mal la madre, y faltan en los actos y pensamientos aquella generosidad y buenhombría que quitan veneno a las más recias contiendas.... En los inviernos fangosos, como éste, estos trabajos [las ocupaciones diarias] se enconan con la áspera ventisca, la pedrea de granizo, la triste sábana de nieve, los odiosos lodazales. No hay mujer que parezca bella, ni hombre que parezca joven en una de estas mañanas coléricas, criminales, dolorosas, negruzcas....

Y en una crónica que le publicó La Opinión Pública, de Montevideo, insiste:

Trae el verano acá como un frenesí, que en los felices extrema el gozo, cual si quisieran en estos meses de árboles poner la vida del año entero... Los pintores andan a trancos por las montañas, con el caballete de morral, buscando puestas vívidas y albas curiosas; los trenes vienen henchidos de parejas ahítas de amor, que se duermen a la pastora, hombro con hombro, en la media luz de los carros; los niños florecen y pían por las playas y las alamedas, y ostentan orgullosos las ronchas que les levanta el sol....

Y tampoco se queda corto de elogios del verano en una de sus cartas a La Nación; dice con entusiasmo:

¡Oh, sagrado verano, estación de poetas y de héroes, de amores que fecundan, viajes que fortifican, canciones que aletean, cielo que protege, estrellas que hablan! ¡Oh estación de desborde y alegría, que echa de la ciudad, como de cárcel, y llena de buscadores de placer los vapores de ríos y ferrocarriles, las claras playas, bordadas de hoteles, los afamados manantiales entre montañosos edificios sofocados, y los discretos retiros, abiertos en lejanas y fragantes selvas! ¡Oh verano, día del sol, padre de emociones, de movimientos y de ideas! Como se dan a la libertad los pueblos oprimidos, así a la luz los pueblos invernosos.... ¡Oh, verano clemente, padre de gozos y de pensamientos, que pones manto de oro y corona de astros al espiritu! Porque con él no vienen solamente estos reboses de júbilo, y desperezos y alborotos del cuerpo en el invierno entumecido, y frivoleos y son de amores de la acre y solitaria vejez de la ciudad, y de la adocenada muchedumbre....

Y todavía dispersos en otros de sus escritos, aparecen felices juicios: "Con las hojas de los árboles viene a mujeres y hombres un frenesí de alegría: se abren al aire casas y almas". "El sol calienta las ideas en el cerebro y les vuelve su entereza y gallardía". "No hay meses, si se les mira por el alma, más hermosos que estos de verano". "En el invierno se gruñe: en junio el padre es más amante; más cortés el esposo; el niño más gentil; más galana la dama; el decidor, más ameno; el tétrico, locuaz; azul el mar y el alma". "La inauguración de monumentos... siempre es en los meses de sol, como si la gloria tuviera parentesco con la luz". "¡Hierven al sol las fuerzas de la vida!". "Las almas, con las primeras luces del verano, se visten de amores, como los parques de ramos de lilas...."

Y en unos versos dedicados a Adelaida Baralt se compara con un colibrí que está "loco de luz y hambriento de verano"; le cuenta su viaje desde Manhattan a Brooklyn, donde lo esperaba su padre, en 1884.

Ayer, linda Adelaida, en la pluviosa
Mañana, vi brillar un soberano
Arbol de luz en flor, ¡Ay! un cubano
Floral, nave perdida en mar brumosa.

Y en sus ramas posé, como se posa,
Loco de luz y hambriento de verano,
Un viejo colibrí, sin pluma y cano
Sobre la rama de un jardín en rosa.

Pudo Martí, durante algunos veranos, como otros neoyorquinos, escaparse del calor con viajes a las montañas o a las playas: refugios suyos fueron los Catskills, junto al río Hudson, y Bath Beach, junto a Coney Island. Pero de los inviernos no se podía escapar, y la calefacción en la mayor parte de los lugares era escasa y defectuosa; dijo: "El otoño trae muertes; el alma de adentro se vivifica y decae con el alma de afuera, y por el espíritu del hombre se entran los fríos que encogen en noviembre el Universo". Y en otra ocasión: "Con más dificultad se abre paso el espíritu por entre las brumas húmedas de este mes de marzo [de 1882], que lo espantan y contristan, y lo invitan, no a salir de sí, sino a reentrar en sí". Y en otra explica cómo con el invierno "vuelven al sur las golondrinas, a su desnudez los árboles, y a las ciudades los viajeros....", pero advierte, "ya no sonríen en el vaso de flores los nardos de abril, ni la mostaza graciosa, ni los jacintos de julio; sino los colores violentos y las plantas tristes, el geranio rojo, el asterisco morado, y el espárrago, el lirio pobre, con sus campanillas colgantes como en un templo chino y su corona de espigas plumadas...." Y en una carta:

Despiértase en las mañanas de nevada el hombre del trópico cuyo cráneo parece natural aposento de la luz, que lo engalana y lo arrebola todo, como hombre que viviese hambriento y sediento; y huraño como lobo, encerrado en las paredes fosforescentes de una vasta sepultura. Imagina su cabello encanecido. Amenaza con el puño a aquel enemigo alevoso. Su mano hecha a grabar en el papel los relámpagos que iluminan su mente, pósase en él hinchada y aterida y aletean, en su cráneo encendido, las águilas rebeldes....

Viendo que se acercaba el invierno, en 1886, así se lamentaba: "... En los escaparates ya no se ven chalecos de dril, hamacas de henequén y sombreros de paja, sino capotes de goma, gorras de pieles, guantes fuertes de pelo de camello, [y ese] espectáculo encoge lo poco que queda aquí de alma en los pechos tropicales..."

También a los Versos Sencillos llevó Martí su división del clima, guía del ánimo y la palabra, del pensamiento y la conducta, y de la caridad con el prójimo, al número XXXIX, su conocido programa, como antes se dijo, a todas luces tomado del libro de los Proverbios (24, 30), del Antiguo Testamento:

Cultivo una rosa blanca,
En julio como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo
Cardo ni ortiga cultivo:
Cultivo una rosa blanca.

Al analizar su juicio sobre la oscuridad y la luz, sobre el invierno y el verano, él que se siente en Nueva York "loco de luz y hambriento de verano", se entiende mejor su mensaje. No sólo recomienda la bondad con el amigo y el enemigo, sino que con ambos aconseja someterse a ella tanto si se tiene la más favorable inclinación para el bien, en el verano, "en julio", como cuando no se la tiene, en invierno, "en enero": la caridad no debe de estar controlada, como a veces sucede con el comportamiento, por los cambios de las estaciones. Algunos críticos en Cuba —de"esos cultos", que dijo Martí tienen "todas las tiranías"— queriendo halagar a las autoridades y ganar prebendas, han hablado de esos meses de Martí como de un presagio, al escoger para sus versos julio y enero, por su relación con el proceso revolucionario: el 26 de julio, inicio de la lucha contra Batista, y el primero de enero su triunfo...

Por lo que se ha visto hasta ahora parece evidente que julio y enero fueron símbolos que Martí escogió en ese momento para representar su idea de la mayor o menor disposición hacia el bien. Enero, al comenzar el año, con sus 31 días, se inicia una semana después del solsticio de invierno; y julio, en el medio del año, también con 31 dias, se inicia una semana después del solsticio de verano. Y aun parece, al revisar su biografía, como que los meses de enero le hubieran sido más difíciles o ingratos, mientras que julio solía presentársele más prometedor o alegre. Algunos ejemplos, hasta la publicación de sus Versos Sencillos, en 1891, bastarán; son los siguientes: después de siete años de exilio, el 27 de julio de 1878, aprovechándose del Pacto del Zanjón sale de Guatemala hacia La Habana acompañado de su esposa; el 8 de julio de 1880, The Sun, de Nueva York, el más importante diario de los Estados Unidos en que aparecieron sus trabajos, se los empieza a publicar; en 1881, el primero de julio, salió en Caracas, el número inicial de su Revista Venozolana; el 15 de julio de 1882 escribió su primera crónica para La Nación, de Buenos Aires, el periódico de mayor circulación en Hispanoamérica, donde escribían los más notables hombres de letras; en julio de 1889 sale La Edad de Oro, quizás el preferido de todos sus empeños editoriales; el 24 y el 30 de julio de 1890 lo nombraron, respectivamente, cónsul en Nueva York la Argentina y el Paraguay; a principios de julio del año siguiente vinieron a visitarlo la mujer y el hijo, a quienes no veía desde hacía varios años; y en ese mismo mes su amigo Enrique Trujillo se comprometió a publicarle los Versos Sencillos... Por la otra parte, el 15 de enero de 1871, todavía sin cumplir 18 años, salió desterrado hacia España; el 14 de enero de 1875 llegó por vez primera a Nueva York, después de pasar un temporal en el viaje desde Liverpool; en 1877, el 2 de enero, se vio obligado a irse de México por el derrocamiento del gobierno liberal que él apoyaba, y fue a La Habana, escondido como Julián Perez, para conseguir una recomendación y poder establecerse en Guatemala; otra vez en enero, el día 3, en 1880, llegó por segunda vez a Nueva York, escapado del destierro en España y añorando reunirse con su mujer y su hijo a quienes tuvo que dejar en La Habana; un año más tarde, fracasado el empeño revolucionario de Calixto García, sin recursos, abandonado por la mujer y el hijo, se vio obligado a embarcarse para Venezuela con la esperanza de allí encaminar su vida; a fines de enero de 1888, después de una visita de dos meses en Nueva York, la madre de Martí, a quien hacía ocho años no veía, y que no volvería a ver, regresó a La Habana y, por último, el 20 de enero de 1890 comenzó la Conferencia Internacional Americana, en Washington, donde Martí confirmó sus temores de que por el empuje expansionista del Norte corrían peligro los países de la América Latina, y muy en particular la independencia de Cuba: Fue ése el "invierno de angustia" que recordó en el prólogo de sus Versos Sencillos.

"DONDE LAS MIRADAS NO SALUDAN"

Daba Martí los primeros pasos en su carrera de revolucionario, a principios de 1869, acabada de empezar la Guerra de los Diez Años, cundo salía de La Habana para el destierro, perseguido por las autoridades, el erudito investigador Antonio Bachiller y Morales, y fue también a vivir a Nueva York. Al igual que Martí, regresó a Cuba cuando España, forzada por la guerra, les hizo algunas concesiones a los cubanos, en el Pacto del Zanjón. Pocos días después de su muerte, en La Habana, el 10 de enero de 1889, Martí publicó en El Avisador Hispanoamericano, de Nueva York, una hermosa semblanza de Bachiller y Morales, en la que, además de sus méritos intelectuales y virtudes, hablaba de su estancia en la ciudad, de la que de nuevo aparece su visión negativa de la misma; dijo:

...Cuando vino por tierra toda razón de fe en la justicia española, Bachiller, como todo el país, sintió el rostro encendido e impacientes las manos. "¡La guerra es bárbara", dijo, "y no creo que será nuestra la victoria; pero entre mi país a quien le niegan lo justo, y el tirano que se lo niega, estoy con mi país!" Y dejó su casa de mármol, con sus fuentes y sus flores, y sus libros, y sin más caudal que su mujer, se vino a vivir con el honor, donde las miradas no saludan, y el sol no calienta a los viejos, y cae la nieve...

En 1908 se hizo muy popular esta canción sobre Nueva York titulada "In the City Where Nobody Cares"; era la misma idea expresada por Martí sobre la ciudad, "donde las miradas no saludan." La letra y la música eran de Chas K Harris, quien se había hecho muy famoso con otra que aún se recuerda, "After the Ball".

En ese mismo escrito destacó Martí que Nueva York vivía "harto ocupada para cortesía", por lo que inventó la frase que encabeza este epígrafe, y que con acierto resume uno de los rasgos menos gratos de la ciudad. Al hacer un contraste entre Nueva York y los pueblos en que las colonias de cubanos fundaban en la Florida y en Georgia, donde disfrutaban de cierto reposo y no padecían los rigores del clima, escribió Martí en Patria: "...acá el cubano anda acogotado en su gabán, y pálido y murmurón, porque no encuentra cara que no sea pared, y la ciudad lo echa u olvida, y el clima lo azota..." Y en uno de sus apuntes dejó esta breve y graciosa anécdota que confirma su juicio sobre la pedantería de muchos neoyorquinos; bajo el titulo de "La frase del criado del Murray Hill Hotel", contó lo sucedido; le preguntó Martí "¿Conoce Ud a un caballero sudamericano, muy alto, que come aquí desde hace un mes?" y esto fue lo que contestó el criado: "No sé. Entran y salen. Él no se ha hecho conocer de mí" ('He has not made himself known to me')." Y comenta Martí: "Y la mirada de desprecio, y el resto de ¡deje Ud en paz al Emperador! con que acompañaba la respuesta. Vive uno en los Estados Unidos como boxeado. Habla esta gente, y parece que le esta metiendo a uno el puño debajo de los ojos". See entiende así el juicio de Miguel Tedín, su amigo argentino, quien dijo sobre Martí: "Su alma sensible y delicada sufría con las asperezas del alma yanqui... A pesar de los largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse con la vida americana..." Y la afirmación de Enrique Trujillo, quien escribió sobre él en 1890:

José Martí es esencialmente latino, incondicionalmente cubano, y el idioma, literatura, gentes y costumbres del medio en que se mueve, son antitéticos a su carácter, que, como constituye personificación de su raza, no puede asimilarse a ninguna otra.

Y no podía faltar en sus versos el reflejo de algunas de las quejas de que se ha hablado aquí, dice en "Amor de ciudad grande", sin duda pensando en Nueva York:

De gorja son y rapidez los tiempos. [...]
¡Jaula es la villa de palomas muertas
Y ávidos cazadores. [...]
Se ama de pie, en las calles, entre el                                                  [polvo
De los salones y las plazas; muere
La flor el día en que nace. [...]
Pues ¿quién tiene
Tiempo de ser hidalgo?. [...]
¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena
De copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tomad vosotros, catadores ruines! [...]
¡Yo soy honrado, y tengo miedo!

Y escribió en una composición de las agrupadas como "Flores del destierro", otra vez con Nueva York presente:

Envilece, devora, enferma, embriaga
La vida de ciudad: se come el ruido,
Como corcel la yerba, la poesía.
Estréchanse en las casas la apretada
Gente, como un cadáver en su nicho:
Y con penoso paso por las calles
Pardas, se arrastran hombres y mujeres
Tal como sobre el fango los insectos,
Secos, airados, pálidos, canijos.

Y en unos versos que dedicó a Isabel Aróstegui por la fiesta que daba en su casa, en 1889, donde iba a recitar Cocola Fernández del Castillo, se lee, ya refiriéndose directamente a la situación del cubano:

Vivimos las pobres flores
Cubanas, en estos hielos
De Nueva York, cual sin vuelo
Y sin voz los ruiseñores.

Tiene el pájaro de nieve
En su alto nido colgante,
Aire propio, brisa amante
Que goce y fuerza le lleve.

Pero a nosotros, perdidas
Aves de otra floresta,
¿Quién viene a alegrar la fiesta?
¿Quién viene a animar los nidos?

Vamos por hermosas calles,
Tristes, ignoradas, solas,
Cual aves sobre las olas
En busca de patrios lares.

Vamos por hermosas salas
Para nuestras almas yermas
Como palomas enfermas
A quienes pesan las alas...

Podría uno preguntarse por qué, ante tanto disgusto, permaneció Martí en Nueva York. En una carta de 1886 le decía a su amigo mexicano, Manuel Mercado: "Todo me ata a Nueva York, por lo menos durante algunos años de mi vida: todo me ata a esta copa de veneno". Las ataduras eran las siguientes: a Cuba no quería ir, ni por corto tiempo, ni con la excusa de ver al hijo y la mujer, por aquel acertado juicio suyo, de tanta vigencia hoy para sus compatriotas en el exilio, de que "visitar la casa del opresor es sancionar la opresión"; a España no podía regresar puesto que abandonó el país estando en la libertad bajo fianza, que le concedieron en Santander; ya había probado fortuna en México, Guatemala y Venezuela, y de los tres países se tuvo que ir por sus tropiezos con los gobiernos abusivos —en alguna ocasión pensó irse al Perú o a la Argentina, pero debieron parecerle demasiado lejos de Cuba, y sabía que, como sucedió en el pasado, en Nueva York era donde iba a dar fruto la semilla de la siguiente guerra de independencia; en la misma carta a Mercado le explicaba que, siendo su "instrumento de trabajo" la "pluma", y lo que les interesaba a los periódicos que publicaban sus escritos en Hispanoamérica las noticias y los acontecimientos de esta ciudad, no podía deshacerse de las ataduras que a ella lo unían.

CONCLUSIÓN

No ha cambiado mucho Nueva York desde los tiempos de Martí. Sigue siendo la "copa de veneno" de que él habló, donde uno "anda acogotado en su gabán, pálido y murmurón, porque no encuentra cara que no sea pared"; donde aún a veces "se muere el alma por falta de empleo"; donde, con el invierno, todos los quehaceres "se enconan por la áspera ventisca, la pedrea del granizo, la triste sábana de nieve y los odiosos lodazales"; donde siguen mirando la vida como "un mandato de goce, como boca abierta, como un juego de azar donde sólo gana el rico"; donde "nadie ayuda a nadie y todos marchan empujándose, maldiciéndose, abriéndose espacio a codazos, a mordidas, arrollándolo todo, todo por llegar primero"; donde ver "los barrios pobres es echarse a llorar..." Nueva York sigue siendo, en su esencia, como era a fines del siglo pasado, y, en algunos aspectos, quizás, peor.

A pesar de sus quejas y protestas, el verdadero motivo por el que Martí permanecía en Nueva York aparece en su crónica del 3 de agosto de 1885, que no es distinto del que retiene hoy en la ciudad a muchos cubanos; dijo: "Triste, sí, uno se siente triste en Nueva York, pero firme también. Se siente uno tan firme que, cuando se aleja de estas playas, en no siendo para las de la patria, donde la roca es dulce, parece como que se aparta uno del goce digno de la libertad real, que se aleja de sí propio...."

Subir