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ISMAELILLO: UN ARTE DE
SER PADRE
Hace un siglo salió impreso
en Nueva York un librito al que nadie prestó mucha atención,
pero que con el tiempo iba a convertirse en uno de los hitos de la
poesía en lengua española. Era Ismaelillo, dedicado por
Martí a su hijo José Francisco, que entonces tenía tres años.
La forma de los versos es la que requería el tratamiento del
tema, como un juguete, seguidillas y romancillos, pero las
metáforas y las imágenes resultaban demasiado atrevidas para su
tiempo. Uno de los más famosos críticos cubanos de la época,
Carlos Navarrete y Romay, cuando se lo dio a leer Vidal Morales,
dijo en una carta: "Devuelvo Ismaelillo por si otro
amigo logra descifrarlo. No puedo juzgar lo que no entiendo".
La obra literaria de Martí, como buena parte de sus actos, no fue
apreciada por sus contemporáneos; pero él no ignoraba esa
suerte, y escribió en profecía: "Mi verso crecerá, bajo la
yerba yo también creceré".
José Francisco había nacido el 22 de noviembre de 1878, a los
tres meses de llegar Martí y su esposa a La Habana, y antes de
que cumpliera el primer año, las autoridades deportaron al padre
que de nuevo estaba conspirando contra los españoles. En marzo de
1880 se reúne con la mujer y el niño en Nueva York, y empieza a
escribir Ismaelillo, pero poco más tarde vuelve a quedarse
solo y hace un viaje a Venezuela, donde termina el libro, que
entrega a la imprenta a su regreso. Como título le puso el nombre
del personaje bíblico que se caracteriza por su fortaleza
espiritual y amor a la libertad, Ismael, porque lo creyó el mejor
modelo para el hijo.
Nunca un amor de padre ha logrado crear tanta riqueza lírica
en tan corto espacio. En las quince composiciones de Ismaelillo
aparecen como fuegos de artificio cuantos milagros y primores
pueden imaginarse a impulsos de la ternura. Martí presenta al
hijo con los atributos que convienen para rendirle el mejor
homenaje: lo llama "mi reyezuelo", "mi
tirano", "mi caballero", porque sólo así, alzando
el objeto amado, puede rendir pleitesía el amor. Los poetas de la
alta Edad Media se declaraban vasallos de sus damas, a las que
llamaban "señor" y "dueño", para que en el
ejercicio de esa humildad les saliera claro el mensaje afectivo. Y
después, cuando la poesía religiosa imitó la cortesana, la
Virgen María y el Niño Jesús recibieron el mismo tratamiento
para resaltar la sumisión de los fieles.
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Martí con su hijo,
en La Habana, a mediados de 1879, poco antes de su
segundo destierro.
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Como la amada para el caballero, y las figuras del culto para
el cristiano, el hijo en Martí se convierte también en motivo de
perfeccionamiento, en camino hacia la virtud. Por eso Rubén
Darío llamó a Ismaelillo, en 1913, "un arte de ser
padre"; pero no ha de entenderse la palabra "arte"
como conjunto de reglas para realizar una actividad, sino como la
mayor perfección de ella. Presentan estos versos de Martí toda
la belleza espiritual y fuerza para la vida que puede generar la
paternidad. El amor al hijo, como en sus otros afectos, como en
todo amor verdadero, purifica a Martí, a tal extremo que de él
nace otro hombre. Y ése es el primer milagro, pues el padre se
convierte, más que en causa, en consecuencia de lo que ha
engendrado; dice:
Mi espíritu encendido
Me echa a raudales.
Por mis mejillas secas
Lágrimas suaves.
Me siento cual si en magno
Templo oficiase:
Cual si mi alma por mirra
Vertiese al aire;
Cual si en mi hombro surgieran
Fuerezas de Atlante;
Cual si el sol en mi seno
La luz fraguase:
¡Y estallo, hiervo y vibro,
Alas me nacen![...]
Venga por cause nuevo
Mi vida lance.[...]
¡Hijo soy de mi hijo!
Él me rehace.
Amor que no es entrega es falso amor, porque sólo en el
renunciamiento puede el cariño conmover al amante; no hay otra
que su voluntad, ni más deseo que el suyo, y de esa manera se
describe el padre en Ismaelillo:
Él para mí es corona,
Almohada, espuela.
Mi mano que así embrida
Potros y hienas
Va mansa y obediente
Donde él la lleva.
Si el ceño frunce, temo;
Si se me queja,
Cual de mujer mi rostro
Nieve se trueca;
Su sangre, pues, anima
Mis flacas venas:
Con su gozo mi sangre
Se hincha o se seca.
Martí escribió en el prólogo-dedicatoria de este libro:
"Hijo, espantado de todo, me refugio en ti. Tengo fe en el
mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la
virtud, y en ti". Refugio, pues, para el vivir del padre, y
no al revés, como podría pensarse, de éste como amparo del
hijo. Al ser el bien supremo, el amor se convierte en el arma más
segura contra los embates de la vida, y, protegido por él, Martí
reta a los enemigos que acechan:
No temo yo ni curo
De ejércitos pujantes,
Ni tentaciones sordas,
Ni vírgenes voraces. [...]
Cada cual con sus armas
Surja y batalle:
El placer con su copa,
Con sus amables
Manos en mirra untadas,
La virgen ágil;
Con su espada de plata,
El diablo bátame. [...]
Por aquí, verde envidia;
Tú, bella carne,
En los dos labios muérdeme,
Sécame, mánchame;
Por acá los vendados
Celos voraces;
Y tú, moneda de oro,
Por todas partes.
Y como junto a él está el mejor guardián, vence con su
concurso en la singular contienda:
El vuela en torno mío,
El gira, él para, él bate;
Aquí su escudo opone,
Allí su clava blande;
A diestra y a siniestra
Mandobla, quiebra, esparce. [...]
Ya la enemiga tropa
Huye, rota y cobarde:
Hijos, escudos fuertes,
De los cansados padres!
Dentro de la tradición mística, Martí describe los portentos
que se logran con la superior experiencia amatoria. Una vez que se
consigue vaciar la atención de otros intereses, cuando se llega a
aquel "desasimiento grande de todo", de que hablaba
Santa Teresa, el alma está preparada para el mágico éxtasis.
Como en el Cantar de los Cantares y en San Juan de
la Cruz, aparecen los efectos del amor en una alegoría donde todo
se ilumina y florece con sola la presencia del amado. En Ismaelillo
el hijo, como labrador milagroso, ha producido la más rica
cosecha, y Martí le pregunta el secreto:
Dígame, mi labriego
¿Cómo es que ha andado
En esta noche lóbrega
Este hondo campo?
Dígame ¿de qué flores
Untó el arado,
Que la tierra olorosa
Trasciende a nardos?
Dígame ¿de qué ríos
Regó este prado,
Que era un valle muy negro
Y ora es lozano?
Otros, con dagas grandes
Mi pecho araron;
Pues qué hierro es el tuyo
Que no hace daño?
Y esto dije, y el niño,
Riendo me trajo
En sus dos manos blancas
Un beso casto.
Dijo en sus Odas Horacio, el poeta latino, que
"escondido en el pecho del hijo/está y vive el ejemplo del
padre". Ese es el compromiso que ve Martí, y ha de ser
virtuoso si quiere que lo sea su hijo, y no dar oportunidad de que
se hiera por la perversión del modelo. Otra vez se presenta en
estos versos de Ismaelillo como predicador en actos: la
mejor lección es su repudio de los males del mundo:
Yo fiero rehúso
La copa labrada,
Traspaso a un sediento
La alegre champaña,
Pálido recojo
La tórtola hollada,
Y en su fiesta dejo
Las fieras humanas,
Que el balcón azotan
Dos alitas blancas
Que llenas de miedo
Temblando me llaman.
A un siglo de su publicación nadie logra sustraerse del
encanto de estos versos, ni de su mensaje. Las excelencias de la
paternidad es Ismaelillo, un inventario lírico de las
galanuras a que puede llevar ese ejercicio amoroso. ¿Quién
podrá resistir semejante sortilegio, donde lo que se tiene por
vigilia se convierte en descanso, y en ofrenda lo que deuda
parecía? Sobre su mérito artístico, como doctrina, han de
leerlo los padres y, como homenaje a ellos, todos los hijos.
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