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José Martí
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ARTE
LA
PINTURA Y
EL PINTOR EN JOSÉ MARTÍ
LA REVISTA ARTÍSTICA
EL DIBUJANTE
EL ILUSTRADOR
LA TRANSPOSICIÓN
CONCLUSIÓN
Se ha dicho que en todo poeta hay un crítico y en todo crítico un poeta; y es cierto:
el acto creativo esta acompañado de una valoración, más o menos consciente, que aprecia
la obra; y el ejercicio de la crítica, a su vez, exige un saber mínimo del oficio del
artista. No quiere esto decir, desde luego, que pongan en práctica el quehacer del otro,
que el poeta se ejercite de crítico y, al revés, que el crítico haga poesías, ni aun
que sepan manejar el arte que no es suyo: basta la potencialidad del oficio, o su simple
adivinación. Pero en Martí se dan cabales los dos, en el justo significado de esos
términos: crítico, por sus orígenes, el que califica y estima; y poeta, también por su
etimología, el que crea. Y no solamente en la letra impresa el autor de
valoraciones y de poemarios sino en el arte de la pintura. Como juez, en la
apreciación de las artes visuales, es más conocido; el pintor con sentido
prestado, el que "pinta" con la palabra y el que profesa el arte de la
pintura el pintor, ya no se le conoce tanto.
LA REVISTA ARTÍSTICA
De una manera o de otra, en la biografía de Martí, siempre está presente la pintura.
A los 14 años se matriculó en la Academia de San Alejandro, en la clase de Dibujo
Elemental que comprendía, según programas de la época, "geometría de dibujantes,
estudio de la figura humana y el ornamento". En ese año 1867 Martí vivía en
Peñalver número 53, entre Manrique y Campanario, a pocas cuadras de San Alejandro, en
Dragones 62, entre Rayo y San Nicolás, pero, aun tan cerca, a poco de iniciarse el curso,
se dio de baja, quizás obligado por los apremios del hogar y los estudios en el colegio
de San Pablo y el Instituto de La Habana. El dato, sin embargo, sirve para confirmar su
temprana vocación por la pintura.
Vienen luego los viajes: Madrid, Zaragoza, París, México, Guatemala, y allí,
siempre, los museos, las academias, las tertulias y los talleres de pintores amigos. Ya se
había ejercitado en la crítica de arte en la Revista Universal, de México,
cuando logra, en ese mismo campo, su primer trabajo en Nueva York. Tuvo la suerte de
conocer, recién llegado, al pintor santiaguero Guillermo Collazo, otro emigrado
político; escribió Martí en su Cuaderno de Apuntes:
De manera que sé de pintura. Ha comenzado a publicarse en N. York un periódico de
artes y salones, The Hour, y sus redactores principales habían encargado a un
cubano artista, maestro afamado del creyón, a Collazo, un crítico de arte. Collazo
habló de mí. Y heme, con dos papeletas para ver museos, camino de la colección de Mr.
Stebbins y de Wolfes, y obligado a hacer de ellos una revista crítica en inglés. Yo
pasé una tarde valiosísima en compañía espiritual con los más afamados maestros.
Y aclara sobre esa experiencia: "Yo escribí temblando mi revista artística. Yo
sabía que escribía en español con palabras inglesas". Es evidente su falta de
dominio del idioma: su primera crónica, sobre el pintor español Raimundo de Madrazo,
empieza así: "He is a delightful fellow but it is especially on canvas that he shows
what he is: gay, brilliant and radiant..." Pero en el mismo apunte en que habló de
sus comienzos en The Hour, hay un testimonio de su aprecio artístico: allí
confiesa:
Yo amo tenazmente el arte. Hoy tenía un peso y lo he gastado en tazas de Japón. He
penetrado los misterios del color, he sorprendido en la obra de mármol los secretos del
cincel; una obra bella es para mí una hermana; un golpe de color, para mí revelación
clarísima de los pensamientos e ideas que agitaban el alma del pintor. He sentido dentro
de mi alma frotarme algo, en el Louvre, ante los medios tintes de Murillo. Las lágrimas
agradecidas, por el bien que de la contemplación de la obra recibía, se me han saltado
de los ojos ante el boceto de "La batalla de Wad-Ras", de Fortuny. He hundido
tímidamente el dedo en un lienzo del mexicano Rebull para convencerme de si aquel acerado
azul era lienzo o nube. He hablado a solas con "La Maja" de Goya. He tenido
largas pláticas con las Venus del Ticiano. Me he traído una a casa, y vivimos castamente
en deleitosa compañía.
Amplía luego el crítico su radio de acción en otros periódicos en Nueva York
y en la América española, y en ellos deja huella creciente de su "tenaz
amor" por el arte. Y aun a las puertas de la guerra, y de su muerte, cuando instruye
a Gonzalo de Quesada sobre cómo ordenar sus escritos, no olvida las revistas artísticas
que pide se recojan en un volumen; escribió en su testamento literario: "...El
Dorador pudiera ser uno de sus artículos, y otro Vereshagin y una reseña de los pintores
Impresionistas, y el Cristo de Munkacsy..." La primera nunca se ha podido encontrar;
las otras tres son pilares del crítico de arte, pero olvidó varias que también merecen
lugar preferente. Félix Lizaso recomendó su publicación: "Todas ellas han de
juntarse", dijo, "para que permitan apreciar la profundidad del juicio
artístico de Martí y su increíble dominio en esa difícil materia". Y tan valiosa
antología debiera ir ilustrada, y a color, por la experiencia de encontrar en la
reproducción la sorpresa, el develamiento y el dictamen del árbitro artista.
EL DIBUJANTE
Más que otros de sus principios, el romanticismo defendió la dualidad humana, la
materia y el espíritu, por lo que era necesario romper los límites y las reglas que los
separaban para encontrar la verdad. Al rebelarse contra los convencionalismos de la época
anterior, el hombre romántico defendía la mezcla de los contrarios, la fusión de los
géneros y la unidad de las artes: juntas la religión, la ciencia y la filosofía; ni
tragedias o comedias puras, sino el drama, con su contenido de lo sublime y de lo vulgar;
y las artes temporales y espaciales en sola un alma: la música, la literatura, la pintura
y la escultura. Con mayor frecuencia que antes hay préstamos e intercambios en los
artistas: los músicos crean poemas sinfónicos; hay cuadros en prosa y se esculpe el
verso; y hay canciones y serenatas en poesía.
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Frontispicio de L'Artiste;
proclamaba la unión de las artes: pintores, músicos,
escultores y poetas con un solo ideal de vida.
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En esa vertiente, la publicación más típica del romanticismo francés fue L'Artiste,
fundada en 1831 por Achile Ricourt, amante de las letras y de la pintura. La revista, que
duró hasta 1904, escogió el título con el valor de la palabra en latín medieval, del
maestro en artes, el que rompía los amarres de la vida común y dedicaba su talento al
culto de la belleza. El frontispicio de L'Artiste presentaba su programa: las
letras, la pintura, la escultura y la música en una cofradía. La Habana, siempre alerta
a los modos del mundo, tuvo en 1848 una imitación de la revista parisiense, El Artista,
fundada por José Quintín Suzarte, quien luego sería el primer crítico de Ismaelillo,
y Rafael María de Mendive, el maestro de Martí. También con láminas, retratos, música
y literatura, debió ser recreo de Martí en sus años de colegio. Quizás en aquellas
páginas germinó el gusto por la pintura que lo llevó a San Alejandro; además del
ejemplo de su maestro, "aquel enamorado de la belleza", al decir de Martí,
"que la quería en las letras como en las cosas de la vida". Más tarde dirá el
discípulo, muy metido en su época y resumiendo las influencias que sobre él actuaron:
"En todo gran escritor hay un gran pintor, un gran escultor y un gran músico".
Al igual que otros literatos del siglo XIX, Martí se dedicó a poner ideas en dibujos.
Resulta curioso que uno de los mejores ejemplos aparezca en un elogio al instrumento de su
oficio, "A la palabra"; es ahí donde se le escapa más insistente a la pintura
la pluma: pinta un león y dice en sus versos:
León, león rugiente
De la Montaña,
Que como alud de oro
Al valle baja,
Y en el villano impuro
La garra clava,
Y en el dormido alumbra
El sol del alma.
Y dibuja también las liras, una en la montaña, y otra en la tierra:
Lira, lira imponente
En la más alta
Cúspide de la tierra
Serena, alzada.
En dos troncos de robles
Corvos las blandas
Cuerdas mordiendo, y trenzas
De rosas blancas.
Y en forma muy rudimentaria puede adivinarse el esbozo de la "cinta de fuego, la
pastorcilla y el árabe fiero" de que también habla la composición.
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Dibujos de Martí,
"A la palabra": "León, león rugiente / De la
montaña / Que como alud de oro / Al valle baja, / Y en el
villano impuro / La garra clava".
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En un cuento aún no recogido en sus Obras Completas, en que él mismo aparece
como protagonista, Martí se describe siguiendo la autocaricatura de esa época
madrileña; dice en ese cuento (su primer paso en la literatura de ficción) exagerando
los rasgos del personaje: "Era un hombre soberbiamente feo. De cabello rebelde, de
cabeza erguida... de mirar altivo, de barba osada... Ni había en aquellos labios vestigio
de sonrisa. Miraba, y parecía que gemía. Hablaba, y hacía daño su tristeza, y miradas
y palabras brotaban de aquella fisonomía como escondido dolor y como lágrimas".
No es extraño que en la descripción de algunos de los personajes inventados Martí
incluya características propias (en el Juan Jerez y el pianista Keleffy, de Amistad
funesta), ni en los históricos, puesto que los admiraba (Luz y Caballero, Cecilio
Acosta, Víctor Hugo), pero es notable la coincidencia de rasgos, al escribir y al
dibujar, cuando el tema es Bolívar; así lo describe: "... la frente noblemente
inflada, se alza en cúpula; al fuego de aquella alma se ha encogido; surcan la hondas
arrugas. En arco se alzan las cejas, como cobijando mundos. Las mejillas enjutas echan
fuera el labio inferior, blando y grueso, como amigo de amores, y el superior contraído,
como de hombre perpetuamente triste". Y en otra ocasión, en un discurso, lo ve como
"hombre de frente montuosa, de mirada que le ha comido el rostro". Y en la
página del Cuaderno de Apuntes donde aparece el dibujo de El Libertador, Martí
escribió "Mirada desvastadora como hecha para penetrar hombres y montes; enjuto como
espíritu puro: triste como hombre alto; de labios gruesos y casi belfudos, como hombre
hecho a dominar palabras hervidoras, de frente que ofrecía ancha plaza a la luz..."
De esta manera, sobre todo otro rasgo de la fisonomía, destaca la frente exagerada que,
como se sabe, está más cerca del autorretrato que del retrato de Bolívar...
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"Era un hombre
soberbiamente feo. De cabello rebelde, de cabeza erguida, de
mirar altivo, de barba osada…
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Además de por el pintor escondido (se ha dicho que dejó un "croquis al
óleo", en México), el dibujar en Martí era como una catálisis del poeta. Así se
entienden los dibujos, aún no publicados, que se conservan en su papelería, siempre
junto a pasajes del mismo asunto: un Pegaso sobre un abismo, un león acariciando el
hombro de una mujer, instrumentos musicales, objetos arqueológicos, paisajes, insectos,
aves, figuras humanas... Y el sortilegio del pintor se entiende en parte al leer una carta
a su amigo Manuel Mercado: "... y yo", le dice, "que a veces estoy, con
toda mi abundancia, dando media hora vueltas a la pluma y haciendo dibujos y puntos
alrededor del vocablo que no viene, como atrayéndolo con conjuros y hechicerías, hasta
que al fin surge la palabra decidora y precisa".
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Bolívar en un
dibujo de Martí, y autorretrato. |
EL ILUSTRADOR
No le era extraño a Martí el mundo de la palabra impresa: fue desde corrector de
pruebas hasta director de revistas y periódicos. "De todos los oficios", dijo,
"prefiero el de la imprenta", y era por el bien que le había hecho a la
humanidad. Por la unión de las artes fue moda de la época ilustrar la literatura, no
sólo como adorno sino también como parte del mensaje. En el primer número de su revista
para los niños, Martí escribió:
Los artículos de La Edad de Oro irán acompañados de láminas de verdadero
mérito, bien originales, bien reproducidas por los mejores métodos de entre las que se
escojan de las obras de buenos dibujantes, para completar la materia escrita y hacer su
enseñanza más fácil... El número constará de 32 páginas de dos columnas de fina
tipografía y papel excelente, con numerosas láminas y viñetas de los mejores artistas,
reproduciendo escenas de costumbres, de juegos y de viajes, cuadros famosos, retratos de
mujeres y hombres célebres, tipos notables de máquinas y aparatos de los que se usan en
las industrias y en las ciencias.
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Viñetas de Ismaelillo
en: 1) "Hijo del alma", 2) "Musa traviesa",
3) Tábanos fieros", 4) "Príncipe enano", 5)
"Brazos fragantes" y "Mi caballero", 6)
Valle lozano", 7) "Amor errante",
8) Tórtola blanca".
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Y como prueba de su cuidado por los detalles visuales hizo que la cubierta de La
Edad de Oro se imprimiera en papel de tenue color azul. Solamente las ilustraciones de
"Los zapaticos de rosa" y de los cuentos "Nené traviesa" y "La
muñeca negra" son originales, pero aunque siguen el texto, la ejecución del dibujo
es pobre, y no parecen de Martí.
Es en Ismaelillo donde se descubre bien al ilustrador, esa vertiente de su
vocación de artista. Martí se esmeró en ese poemario que fue a la imprenta por la ayuda
del venezolano Juan A. Pérez Bonalde quizás en gratitud por el
"Prólogo" que le escribió Martí a su Poema del Niágara. De su
interés en este libro dijo Gonzalo de Quesada: "Y tanto amor pone en este tierno
breviario que cuando va a publicarlo fija cada detalle de la impresión a la casa Thompson
& Moreau, escoge el formato, pequeño y fino como en consonancia con la menudez de su
hijo, y de la propia mano esbozará los dibujos simbólicos que luego, en acabadas
láminas artísticas ornarán el librito". Por eso resulta tan revelador comparar las
viñetas del Ismaelillo con la poesía que las acompaña, como en los ejemplos
siguientes:
1) Niño sobre una hoja:
Un niño que me llama
Flotando siempre veo! [...]
Tú flotas sobre todo,
Hijo del alma.
2) Paisaje árabe:
Hala acá el travesuelo
Mi paño árabe [...]
¡Oh, Jacob, mariposa,
Ismaelillo árabe! [...]
Y por los anchos pliegues
Del paño árabe
En rota vergonzosa
Mis libros lance [...]
La risa, como en taza
De ónice árabe
3) Un pantano:
Venid, tábanos fieros
Venid, chacales [...]
Parezca que la tierra,
Rota en el trance
Cubrió su dorso verde
De áureos gigantes [...]
Su diente en lodo afilen
Pardos chacales:
Lime el tábano terco
Su aspa volante.
4) Un pájaro y una madriguera:
Sus dos ojos parecen
estrellas negras:
Vuelan, brillan, palpitan
Relampaguean [...]
¡Venga mi caballero
Por esta senda!
¡Entrese mi tirano
Por esta cueva!
5) Una mujer en reposo, otra trabajando y una esfinge:
Sé de brazos robustos
Blandos fragantes:
Y sé que cuando envuelven
El cuello frágil,
Mi cuerpo, como rosa
Besada se abre [...]
¡Lejos de mí por siempre,
Brazos fragantes!
6) Mariposas:
Sobre la piel, curtida
De humanos aires,
Mariposas inquietas
Sus alas baten [...]
Cual si de mariposas
Tras gran combate
Volaran alas de oro
Por tierra y aire.
7) Un lago:
Hijo, en tu busca
Cruzo los mares:
Las olas buenas
A ti me traen:
Los aires frescos
Limpian mis carnes
8) Niño con alas y una fecha en la mano:
¡Venga mi caballero,
Caballero del aire!
¡Véngase mi desnudo
Guerrero de alas de ave! [...]
¡Caballeruelo mío
Batallador volante!
LA TRANSPOSICIÓN
Anuladas las fronteras entre los artistas, algunos escritores
del siglo pasado, en particular dentro del simbolismo, se propusieron crear una lengua que
llegase al lector por todos los sentidos. Los caminos nuevos se habrían de lograr por
medio de ritmos y cadencias, la musicalidad de la frase, la alteración de la sintaxis y
la búsqueda de vocablos poco usados, y por la elegancia y novedad de los temas,
reduciendo a un mínimo, para alcanzar esos objetivos, la lógica y los sentimientos en el
mensaje. Se huía, en el verso y en la prosa, de los lugares comunes que impuso la primera
emotividad romántica, y siempre, por medio de la palabra, tras los efectos más propios
de la música y la pintura que de las letras. En Francia uno recomendaba trabajar el verso
como si fuera un "camafeo"; otro, al igual que el escultor, el
"mármol", se proponía como dogma "la música ante todo", porque con
la música se descubrían "los esplendores situados más allá de la muerte"; y
se hablaba de los colores en los "sonidos" y hasta en "las vocales".
Triunfó la sinestesia, el libre comercio de sensaciones, para sorprender, como en las
otras artes, en la literatura, "el temblor furtivo de la impresión".
La moda de esta "escritura artista", como la llamaron los franceses, era lo
nuevo, no el recomendar la técnica del pintor al arte de escribir; el propio Martí
anotó en uno de sus Cuadernos de Apuntes (en una página en la que también hay
dibujos) el consejo de Horacio: "Ut pictura poesis" la poesía, como
pintura. Pero durante la segunda mitad del siglo XIX la recomendación del poeta
latino se amplió e hizo fortuna, y, en la prosa de Martí, el castellano, en buena parte
por ese camino, alcanzó una de sus más altas cumbres. ¿Y qué tenía que aprender del
pintor el literato? En primer lugar el cuidado y el trabajo sobre la obra creada: en
palabras de Martí: "Quizás una superioridad de la pintura sobre las letras es que
aquélla obliga a la reflexión, al estudio, al mejoramiento y a los cambios. La pluma
tiene alas y anda demasiado aprisa; el pincel pesa y no vuela tan ligero". Por eso
dice en otra ocasión: "Es fuerza que se abra paso esta verdad acerca del estilo: el
escritor ha de pintar como el pintor." ¿Por qué? Lo explica en uno de sus Apuntes:
"El estilo tiene su plasticidad, y después de producirlo como poeta, se le debe
juzgar y retocar como pintor: componer las distancias y valores, agrupar con concierto,
concentrar los colores esenciales, desvanecer los que dañan la energía central. El
estilo tiene sus leyes de dibujo y perspectiva..."
Se trataba, pues, en Martí, de algo como de un cambio de instrumentos. En muchos de
los pasajes mejores del escritor no hay recuento, sino impresiones; no se discurre, sino
que se pinta. Si no por los aciertos del crítico merecen la antología sus revistas
artísticas por su condición de cuadros, recreaciones, sin abandonar del todo el mundo
del color y de la línea; más que libro sería museo, exposición viva. La transposición
artística logra fijar en palabras las impresiones visuales, y las palabras vuelven a
producir, a su vez, la impresión que tuvo el contemplador. Es, en su esencia, la técnica
de los pintores impresionistas, que Martí explica con un mínimo de referencias concretas
y buen número de recursos de la prosa de la misma escuela: "Quieren reproducir los
objetos con el ropaje flotante y tornasolado con que la luz fugaz los enciende y revista.
Quieren copiar las cosas no como son en sí por su constitución y se las ve en la mente,
sino como en una hora transitoria las pone con efectos caprichosos la caricia de la luz.
Quieren por la implacable sed del alma, lo nuevo y lo imposible. Quieren pintar como el
sol pinta".
Tres ejemplos de distintas escuelas, muestran el manejo de las palabras con la
intención de crear igual experiencia estética que la producida por el cuadro: "La
lista de la lotería", de José Joaquín Tejada; "El Cristo", de Munkacsy;
y "Los remadores del Sena", de Renoir. Dijo de su compatriota: "Pocas
dichas hay como la de hallar mérito superior en un hombre que ha nacido en nuestra
tierra, porque el placer de amar el mérito es más vivo cuando nos viene de quien padece
de nuestra misma humillación, y con su valer nos levanta y redime. Es como si de súbito
creciese la fuerza de nuestro derecho..." Y entonces pasa a describir la obra:
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"La lista de la
lotería", de José Joaquín Tejada.
"La bondad del
trabajo rebosa, y el alma madraza de la española pobre,
en la cuarentona de pañuelo y cesta que oye al vejete
parlanchín". |
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El grupo curioso ve los billetes en la lista de la pared. El mozo de cordel, con las
cuerdas por los muslos, nervudos y caídos del trabajo, y el chaleco alón, y la barretina
por la espalda, tiene el dedo rígido sobre su número feliz; a la modista se le ve la
lozanía por las ropas dóciles, y la salud del cabello, enroscado a la nuca; el
estudiante es lampiño y de cepa catalana, que desea y arriba; el empleado pálido empina
el triste hongo; a la cadera del blusón tiene la mano el aprendiz irreverente; conversan
las arrugas hondas del viejo de la blusa azul; cuelga el cesante, de capa y chistera, al
mocetón de espaldas, se le adivina la mano viril que rebusca por el bolsillo el billete;
la bondad del trabajo rebosa, y el alma madraza de la española pobre, en la cuarentona de
pañuelo y cesta que oye al vejete parlanchín; un porfiado valenciano, de alpargata y
montera, se lleva indiferente, a la otra parte del cuadro, su carro de lechero... Y dice
el lienzo todo que el trabajo da salud, que la mujer es hermosa y consuela, que la
humanidad codicia y hierve... En la tentación del color pudo caer, que es siempre
excesivo, en letra y pintura, durante la juventud; pero él tiene ya la suave tristeza del
hombre pensador, que ve a la vida sus velos y nubes, y a la ciudad ese vaho turbio que
atenúa el escándalo de los matices vivos.
Del gigantesco óleo de Munkacsy el pintor húngaro cuya patria, en tiempo de la
ocupación rusa "parecía una copa de colores quebrada por el casco de un
caballo" dijo Martí:
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"Cristo ante
Pilatos", de Mihaly Munkacsy.
"Un magnífico
soldado echa atrás con su pica a un gañán que vocifera
con sus brazos en alto; ¡figura soberana! ¡todos los
pueblos tienen a ese hombre bestial, lampiño, boca
grande, nariz chata, mucho pómulo, ojo chico y viscoso,
frente baja!" |
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El no ve a Cristo como la caridad que vence, como la resignación que cautiva, como el
perdón inmaculado y absoluto que no cabe, no cabe, en la naturaleza humana. El ve a
Jesús como la encarnación más acabada del poder invencible de la idea. La idea
consagra, enciende, adelgaza, sublima y purifica: da una estatura que no se ve y se
siente: limpia el espíritu de escoria, como consume el fuego la maleza... Ahí está con
su sayón flaco, huesudo; trae las manos atadas, estirado el cuello, la boca comprimida y
entreabierta, como para dar paso a las últimas hieles... A su lado se revuelve la
cólera, se atreve la insolencia, se discute la ley, se pide a gritos la muerte. Un
magnífico soldado echa atrás con su pica a un gañán que vocifera con sus brazos en
alto; ¡figura soberana! ¡todos los pueblos tienen ese hombre bestial, lampiño, boca
grande, nariz chata, mucho pómulo, ojo chico y viscoso, frente baja!... Algo más hay en
ese cuadro que el placer que produce una composición armónica y la simpatía a que mueve
el que emprende con ímpetu y corona con esplendor una obra osada. Es el hombre en el
cuadro lo que entusiasma y ata el juicio. Es la visión de nuestra fuerza propia, en la
arrogancia y claridad de la virtud. Es la victoria de la nueva idea, que sabe que de su
luz puede sacarse el alma, sin comercio extravagante y sobrenatural con la creación, ese
amor sediento y desdén de sí que llevaron al Nazareno a su martirio. Es el Jesús sin
halo, el hombre que se doma, el Cristo vivo, el Cristo humano, racional y fiero.
Y de su visita a la "Exhibición de los pintores impresionistas", en contagio
con lo que ve, y de nuevo por el camino donde fueron los pinceles, añade a lo que antes
dijo:
Ninguno de ellos ha vencido todavía. La luz los vence, que es gran vencedora. Ellos la
asen por las alas impalpables, la arrinconan brutalmente, la aprietan entre sus brazos, le
piden sus favores; pero la enorme coqueta se escapa de sus asaltos y sus ruegos, y sólo
quedan de la magnífica batalla sobre los lienzos impresionistas esos regueros de color
ardiente que parecen la sangre viva que echa por sus heridas la luz rota...
Y describe las pinturas como "ríos de verde, llanos de rojo, cerros de amarillo,
nubes vestidas de domingo: unas, todas azules; otras, todas violetas; hay mares cremas;
hay hombres morados; hay una familia verde..." Y el crítico, que conoce del arte y
de su historia, agrega este comentario sobre los artistas nuevos:
De Velázquez y Goya vienen todos, esos dos españoles gigantescos: Velázquez creó de
nuevo los hombres olvidados; Goya, que dibujaba cuando niño con toda la dulcedumbre de
Rafael, bajó envuelto en una capa oscura a las entrañas del ser humano, y con los
colores de ellas contó el viaje a su vuelta. Velázquez fue naturalista; Goya fue el
impresionista
Y termina la reseña con el cuadro de Renoir:
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"Los remadores
del Sena", de Auguste Renoir.
"El vigoroso
remador, de pie tras ellas, oscurecido el rostro viril por
un ancho sombrero de paja con una cinta azul, levanta
sobre el conjunto su atlético torso, alto el pelo,
desnudos los brazos, realzado el cuerpo por una camisilla
de franela, a un sol abrasante". |
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Pero de esos extravíos y fugas de color, de ese uso convencional de los efectos
transitorios de la naturaleza como si fueran permanentes, de esa ausencia de sombras
graduadas que hace caer la perspectiva, de esos árboles azules, campos encarnados, ríos
verdes, montes lilas, surge de los ojos, que salen de allí tristes como de una
enfermedad, la figura potente del remador de Renoir, en su cuadro atrevido, 'Remadores del
Sena'. Las mozas, abestiadas, contratan favores a un extremo de la mesa improvisada bajo
el toldo, o desgranan uvas moradas sobre el mantel en que se apilan, con luces de piedras
preciosas, los restos del almuerzo. El vigoroso remador, de pie tras ellas, oscurecido el
rostro viril por un ancho sombrero de paja con una cinta azul, levanta sobre el conjunto
su atlético torso, alto el pelo, desnudos los brazos, realzado el cuerpo por una
camisilla de franela, a un sol abrasante.
CONCLUSIÓN
El impulso que llevó a Martí a la Academia de San Alejandro no lo abandonó jamás.
¿Qué son, si no cuadros riquísimos de sus últimos días, los Diarios hasta Cabo
Haitiano y hasta Dos Ríos? ¡Qué mural podría hacerse, entonces en dirección
contraria, con las situaciones y los personajes que allí aparecen!: con la hija de Jesús
Domínguez ("de ojos verdes, con cejas de arco fino, el traje de percal carmesí, y
al pelo una flor"); con la Joaquina de Dajabón, que rebosa de sus dieciocho años;
con la "tienda azul" de Fort Liberté ("una sala embarrada de verde, con la
cenefa de blando amarillo y una lista rosada por el borde"); con "los flamencos
de alas negras" de Cabo Haitiano y el "David de las islas Turcas"...; y
luego, ya en Cuba, con Máximo Gómez y César Salas "lomeando" junto a él; y
con el bohío donde vio "una paloma y una estrella" la víspera de cuando lo
hicieron Mayor General; y con José Maceo, "formidable", y con Antonio, en el
"caballo dorado, en traje de holanda gris y con plata en la silla"; y con la
"mesa opulenta y premiosa, de gallina y lechón", de La Mejorana; y con la
lluvia y los ranchos de sus últimas jornadas del mes de mayo... Y con "el agua muy
turbia y crecida del Contramaestre", del día 19... ¡Qué mural!
No, nunca murió, en Martí, el poeta, el pintor.
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