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ARTE
LA PLAYA DE "LOS ZAPATICOS DE ROSA"
MARTÍ Y BATH BEACH
LA ABEJA DE BATH BEACH
EL COTTAGE EN LA PLAYA
EL OTRO BATH BEACH
Era Bath Beach, a fines del siglo pasado, de los mejores refugios para huir de los
calores de Nueva York. Aparte de sus atractivos naturales, la playa de Gravesend Bay
tenía fácil comunicación con Manhattan: en poco más de media hora se iba en tren hasta
la calle 39 de Brooklyn, donde se tomaba un ferry para cruzar la bahía de Nueva York y
desembarcar cerca de Wall Street. Se podía también ir en barco, pues en Bath Beach
había buenos muelles para los yates de los clubs que allí tenían lujosos edificios, y
para las embarcaciones que llevaban pasajeros a los hoteles, villas y residencias del
elegante balneario.
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En
esta foto de 1888 aparece una parte de Bath Beach, "La playa
de los
zapaticos de rosa". |
Tren del Bath Beach
& West End Railroad en el que se iba a "La playa de los
zapaticos de rosa". |
Fue en esa playa donde Martí halló tema y motivo para una de sus más conocidas
composiciones, "Los zapaticos de rosa", aquellos versos en los que se encuentran
dos niñas y dos madres, una familia rica y una familia pobre, y en los que se exalta el
triunfo de la caridad.
MARTÍ Y BATH BEACH
Carmita Mantilla, la fiel amiga de Martí, se dedicaba al negocio de casa de
huéspedes: en una de ellas, en el número 51 de la calle 29, entre las avenidas Park y
Madison, se hospedó Martí en 1880, al llegar por segunda vez a Nueva York. Viuda desde
1885, en una casa de Bath Beach en la que subarrendaba habitaciones, pasó algunos veranos
en compañía de sus cuatro hijos, y por supuesto, de Martí, para quien fueron los
Mantilla su verdadera familia.
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El Grand View Hotel,
en una foto de 1890, una de las lujosas construcciones que había
en la costa de Gravesand Bay.
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En unos "Recuerdos" que publicó el pintor Federico Edelman en 1927, en el Diario
de la Marina, contaba cómo había conocido a Martí: "Nunca podré
olvidar", dijo, "aquella tarde de fines de julio de 1889 en que tuve la inefable
satisfacción de conocerlo en su histórico despacho de 120 Front Street. Le fui
presentado el mismo día que desembarqué, por su íntimo amigo de la infancia, y tío
político mío, Antonio Carrillo y O'Farrill... Salimos al poco rato Martí, Carrillo y yo
para dirigirnos a Bath Beach, Long Island, lugar de temporada en donde había de pasar el
verano en casa de mi tía Irene Pintó de Carrillo, lugar donde también veraneaba Martí,
circunstancia ésta que me proporcionó la oportunidad de verlo a diario desde que lo
conocí, durante todo aquel verano".
Algunas veces no encontraba Martí la tranquilidad necesaria para su descanso en
aquella casa de larga familia y frecuentes visitas. En una carta al uruguayo Enrique
Estrázulas, le escribe desde Nueva York, en el verano de 1888: "Yo vine ayer de Bath
Beach, que ya sabe que está de Coney Island poco más lejos que Sheepshead Bay. Pero
tanta gente extraña afluyó a la casa, so pretexto de enfermedad o de parentesco con
Carmita, que la agarofobia se me enconó, y he vivido sin gusto para admirar a mis anchas
los árboles".
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"Bien sabe la
madre hermosa / Por qué le cuesta el andar. ¿Y los zapatos,
Pilar, / Los zapaticos de rosa? (Foto de 1890)
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Los versos de "Los zapaticos de rosa" aparecieron en La Edad de Oro a
fines del verano de 1889, que por el testimonio de Edelman sabemos Martí pasó en Bath
Beach. Entre los exclusivos balnearios de la playa había uno para los niños pobres:
allí tenía la New York Children's Aid Society una residencia en la que pasaban algunos
días centenares de desamparados: un periódico de 1893 da la noticia de que el millonario
John J. Astor había pagado los gastos para llevar de vacaciones, en grupos de a
trescientos, hasta cinco mil niños en aquel verano.
En una de sus crónicas para La Nación, de Buenos Aires, fechada el 3 de agosto
de 1888, Martí hablaba de una de aquellas "excursiones de caridad, en vapor de
ruedas", donde también él iba, pasajero a Bath Beach, donde se lee: "No es el
estío de Nueva York odioso por lo que arde, que mientras dura el león por el cielo es
mucho, sino por lo que atormenta a la gente infeliz que no tiene más parque que el techo
de las casas, o el fresco de las baldosas que con la luz de la luna parecen menos
quebradas y miserables. De los techos de las casas de vecindad, que son las más en los
barrios pobres, cuelgan racimos de piernas". Y Martí, siempre listo a reducir la
peligrosa admiración que sentían en las tierras del sur por todo lo yanqui, agregaba:
También eso se ha de venir a ver aquí, no sólo Saratogas y Long Branches, y los
Tuxedos, donde los mozalbetes sin quehacer, que rechupan el puño del bastón en el
invierno, imitan, de casaquín y calzón de punto, la caza de la zorra en Inglaterra...
Muy hermosas son estas playas, y las de Atlantic City, donde va lo mejor de Filadelfia, y
tantas más, pero ha de conocerse también lo triste. El hombre acaba por envilecerse, y
la mujer por afearse, cuando no templa de vez en cuando el amor exclusivo a su bienestar
con el espectáculo de la desdicha ajena. Sólo es feliz el bueno.
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"Yo
tengo una niña enferma / Que llora en el cuarto obscuro, /Y la
traigo al aire puro / A ver el sol y a que duerma" (Foto de
1890).
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Pero, por su espíritu de justicia, Martí siempre tuvo también el cuidado de señalar
junto a sus defectos lo que veía positivo en la sociedad norteamericana; y añadió
enseguida: "Suele haber compasión entre los pudientes, y es justo decir que hay
muchas sociedades, de señoras sobre todo, que cuidan de enviar por días, y aun por
semanas, a los niños pobres a la orilla del mar, donde les tienen campo libre, baños
salados, tíovivos y columpios". Y al llegar a esta parte de su crónica, sueña con
darle todo a aquellos niños menesterosos, igual que hará luego la señora rica de
"Los zapaticos de rosa", cuando descubra la miseria de la otra madre y de su
hija enferma; entonces escribe:
Se quisiera ser lluvia de oro, y sol, y aire puro, y tienda de ropa, y zapatería,
cuando se les ve llegar en fila, encogidos y medrosos a los muelles de donde los llevan a
las costas vecinas los vapores del río. Vienen a cientos, con un orden que aflige. Se
hablan cuchicheando, como si estuvieran en la iglesia. Algunos, los más cuidadosos, traen
un bulto, donde la madre puso juntos bajo una toalla desflecada, un pastel de ruibarbo y
una muda de ropa. Pero pocos cargan bultos, casi ninguno lleva sombrero. De diez, uno
tiene zapatos. Color, lo ostenta apenas, más como mancha de fiebre que como flor de la
piel, algún hijo de italianos o de griegos. Las orejitas de las niñas no tienen gota de
sangre...
No cabe duda de que una de aquellas niñas, descalzas y pálidas por la enfermedad y la
miseria, fue la que recibió de Pilar, compadecida, sus zapatos. La niña rica la
encontró al alejarse de su mamá, hacia el lugar que describe Marti en sus versos:
Lo alegre es allá, al doblar,
En la barranca de todos...
Dicen que suenan las olas
Mejor allá en la barranca
Y que la arena es muy blanca
Donde están las niñas solas.
Pilar se fue hacia ellas, "... allá, donde muy lejos,/Las aguas son más
salobres, /Donde se sientan los pobres,/Donde se sientan los viejos". Debió
producirse el encuentro en los alrededores de la Summer Home, de la Children's Aid
Society; y cuando "Pasó el tiempo, y pasó/Un águila por el mar", se supo del
gesto que conmovió a cuantos en la imaginación poética de Martí estaban presentes, y
luego a todo el que ha leído la tierna descripción. Pilar había regalado a la niña
pobre sus zapatos. He aquí el encuentro de las dos madres:
...Yo tengo una niña enferma
Que llora en el cuarto oscuro,
Y la traigo al aire puro,
A ver el sol, y a que duerma...
Me llegó al cuerpo la espuma,
Alcé los ojos y vi
Esta niña frente a mí
Con su sombrero de pluma...
No sé bien, señora hermosa,
Lo que sucedió después,
Le vi a mi hijita en los pies
Los zapaticos de rosa...
Y como la generosidad, al igual que la alegría, se contagia, la mamá rica quiso darlo
todo a la pobre:
...Abrió la madre los brazos:
Se echó a Pilar en su pecho,
Y sacó el traje deshecho,
Sin adornos y sin lazos.
Todo lo quiere saber
De la enferma la señora:
¡No quiere saber que llora
de pobreza una mujer!
"¡Si, Pilar, dáselo! ¡Y eso
También! ¡Tu manta! ¡Tu anillo!
Y ella le dio su bolsillo:
Le dio el clavel, le dio un beso.
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En
"la barraca de todos", de que hablan los versos de
Martí, estuvo el primer balneario para niños pobres de
este país; aquí se ve un grupo de ellos en el
"tiovivo" de Bath Beach (foto de 1895).
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Fue por la lección de caridad que esta poesía apareció dedicada "A mademoiselle
Marie", a María Mantilla, la niña preferida de Martí, la hija menor de Carmita.
LA ABEJA DE BATH BEACH
Cuando María Mantilla fue a La Habana, en 1953, con motivo del centenario de Martí,
la entrevistó mi maestro Félix Lizaso. Luego publicó en la revista Bohemia los
recuerdos de aquella señora de setenta y tres años que había sido la "Mademoiselle
Marie" de "Los zapaticos de rosa"; contó Lizaso:
Con frecuencia salían a caminar juntos, y de esos paseos conservaba algunas
fotografías. Entre ellas hablamos de aquélla hecha en Bath Beach, en que están sentados
en un banco, cerca de un árbol. Martí le había dicho que se estuviera inmóvil, pues
una abeja la rondaba. Ella lo hizo así, pero de todos modos la abeja la picó en la
frente... Y agregaba que esa tarde, como casi siempre, Martí estaba escribiendo, y
aprovechó el incidente de la abeja para recogerlo ese día en sus Versos Sencillos.
Y estando juntos esa tarde, había pasado cerca un fotógrafo ambulante; el que les hizo
aquella fotografía que ella guardaba como uno de sus tesoros, y que a pesar de ser un
daguerrotipo ha conservado bastante nítida la imagen.
El episodio de la abeja está recogido en una cuarteta de la composición inicial de
aquel libro, donde hay como una autobiografía lírica: su carácter, sus gustos, sus
experiencias, sus penas y afectos; y los momentos supremos de su vida: cuando fue
condenado en La Habana, cuando murió su padre, cuando lo abandonaron la esposa y el hijo.
Y entre ellos incluyó el dolor de ver sufrir a María:
Temblé una vez, en la reja,
A la entrada de la viña,
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.
El temblor se entiende por el cariño que siempre sintió por María Mantilla, que él
vio nacer, y de la qué fue padrino. Blanca Zacharie de Baralt ha contado cosas valiosas,
aunque no siempre exactas, de los años de Martí en Nueva York. Nadie sobre él ha
escrito con tanta autoridad: aquella culta francesa conoció a Martí en 1883, aún
soltera, cuando tenía 18 años; fue confidente de Carmita Mantilla, de quien era primo su
esposo, Luis Baralt, también íntimo de Martí, con quien se casó en 1886. En su libro El
Martí que yo conocí asegura que María "fue el ser que más amó en el mundo
Martí", y todo lo confirma: desde Baracoa, un mes antes de su muerte, le escribió:
Ah, María, si me vieras por esos caminos, contento y pensando en ti, con un cariño
más suave que nunca, queriendo coger para ti, sin correo con que mandártelas, estas
flores de estrella, moradas y blancas, que crecen aquí en el monte. Voy bien cargado, mi
María, con mi rifle al hombro, mi machete y revólver a la cintura, a un hombro una
cartera de cien cápsulas, al otro en un tubo, los mapas de Cuba, y a la espalda mi
mochila, con sus dos arrobas de medicina y ropa y hamaca y frazada y libros. Y al pecho tu
retrato.
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Martí
y María en Bath Beach, la playa de "los zapaticos de
rosa". |
La foto de que habló la que fue después señora de Romero, madre del artista de cine
César Romero, es bien conocida. La niña, mohina y seria, como que aún padece el
recuerdo de la abeja. La mano derecha de Martí, abierta y protectora, con la que atrae a
María, dice mucho de su amor por ella; y en la izquierda el sombrero, sobre la pierna
cruzada.
EL COTTAGE EN LA PLAYA
No era fácil averiguar dónde estuvo la casa donde vivió Martí en Bath Beach. La
única referencia que se conserva del lugar aparece en una carta de Martí a Teodoro
Pérez, el rico tabaquero de Cayo Hueso que tanto ayudó a la revolución cubana. En junio
de 1893 fue a Nueva York para ver a Martí, quien le escribió desde la playa:
Teodoro querido: Por supuesto que quiero abrazarlo enseguida. Ayer bajé a verlo y
volví deshecho. Lo espero con ansia para contarle cosas buenas; no salgo, no puedo salir
de este rincón donde a toda hora lo espero. He aquí las señas: The Bloom Stead Cottage
de Birmeng, South Bath Beach, casa de Mrs. C. Mantilla. Toma al pie de Battery Park el
vapor amarillo de South Brooklyn, y del otro lado toma el ferrocarril a Bath, sigue tres
cuadras a la vuelta derecha, a mitad de la cuadra, está la casa blanca. Venga enseguida a
ver a su agradecido José Martí.
Hace unos muchos años recorrí la zona donde supuse estaría la estación, con la
esperanza de hallar, no ya la casa, que era improbable existiera, sino, al menos, el lugar
donde se encontraba. Me acompañó en aquella pesquisa César García Pons, el ilustre
escritor y fervoroso martiano. Con información tan magra resultó un empeño imposible.
Ya no existían ni el ferrocarril ni su paradero, y sólo nos pudo orientar algo un viejo
sacerdote de la Saint Dumbar Church, en la calle 17 y Benson Avenue, donde en tiempos de
Martí hubo otra iglesia, nos dijo, que se llamaba Saint Finnibar's Church. Nos habló el
amable anciano de algunas familias que recordaba, de sus primeros años allí, pero nada
sabía de aquel cottage con el poético nombre de Bloom Stead, pues no había lugar en
Bath Beach donde brotaran flores... Caminamos en varias direcciones, casi sin punto de
referencia, pero sólo encontrábamos edificios recientes y calles que nada decían del
pasado. Ante el espectáculo tan distinto de como imaginamos aquellos lugares, mi
acompañante repetía a cada rato los melancólicos versos de François Villon: "¡Ou
sont les neiges d'antan!" Aquello no podía ser el Bath Beach de Martí. Nos
habríamos equivocado. Y renunciamos al empeño convencidos de que nunca se podría
descubrir lo que nos interesaba.
Años más tarde, ya muerto el inolvidable compañero de mi visita a Bath Beach, la
casualidad me puso frente a un dato curioso que podría resolver el misterio. Revisando el
número de 1921 de la Revista Martiniana, encontré una explicación del sombrero
de Martí que se conserva en el Museo Nacional de Cuba. Allí había llegado por donación
de Carlos Carbonell, quien a su vez lo había recibido, en Santiago de Cuba, de un tal
William A. Zell, quien decía haber sido vecino de Martí en la playa. La revista
reproducía traducida, la carta con que Zell acompañó el regalo; daba esta información:
Cuando el señor Martí se embarcó para Cuba, vivía en el piso de una casa que está
situada en la calle 18 Bay, entonces Avenida 18, en Bath Beach. Mi casa se encuentra al
fondo de la misma, en la calle 17 Bay, en donde yo vivo desde el año 1881. Una vez mudado
el inquilino que ocupaba el piso en cuestión, los dueños de la casa se encontraban
barriendo y limpiando los suelos, y como mi esposa era amiga de ellos, estaba presente por
casualidad. Entre otras cosas dejadas por esos inquilinos se encontraba el sombrero que el
dueño de la casa, ignorando la personalidad política de Martí, se disponía a tirarlo a
la calle. Pero mi esposa, sabiendo quién era, pues yo le había dicho que era el jefe y
el alma de la revolución cubana, lo conservó como un recuerdo del inmortal Martí.
Con estos datos ya sabía que el cottage estuvo en 18 Bay, pero esa calle se extiende
por muchas cuadras, y Zell no aclaró cuál era la suya. Decidí entonces continuar la
investigación que ya parecía labor de detective. Fui al Registro de la Propiedad, esta
vez en compañia de mi muy valiosa ayudante Linda B. Klein, pero no conservaban noticia de
tan antiguas inscripciones; y en los viejos directorios de la Biblioteca Pública de
Brooklyn no aparecía mencionado el supuesto vecino de Martí. Llegué a dudar de su
veracidad, pues ya tenía sospechas por aquella afirmación, que sabía errónea, de que
Martí vivía en Bath Beach cuando embarcó para Cuba. Antes de salir hacia Santo Domingo,
en el invierno de 1894 a 1895, Martí estuvo de viajes, a Tampa, Cayo Hueso, Jacksonville,
con las angustias de la guerra inminente, con la pena del fracaso en Fernandina. ¿Cómo
podía haber estado en Bath Beach en pleno invierno, antes de embarcar el 31 de enero
de1895, perseguido por los espías de España, y con tantos asuntos que atender? Y la Revista
Martiana aclaraba que la carta que reprodujeron era lo único que se sabía de aquel
norteamericano.
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La Long Island
Historical Society, en la calle Pierrepoint número 128, de
Brooklyn, donde se encontraron los documentos y los mapas con
los que se pudo determinar dónde estuvo el Bloom Stead
Cottage en el que vivió Martí.
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Por fin, con la ayuda eficiente de mi alumna, pude encontrar un antiguo plano de Bath
Beach, en la biblioteca de la Long Island Historical Society. Allí estaban los nombres de
los propietarios de las casas y terrenos, y las fechas en que los habían adquirido. Allí
aparecía William A. Zell como dueño de la situada en la parcela 14 de la calle Bay 17,
entre Bath Avenue y Rutherford Place. En eso no había mentido, según lo probaba aquel Atlas,
publicado en 1898. La casa del fondo, que sería la que alquilaba Carmita Mantilla durante
los veranos, ocupaba la parcela 4 del mismo lote, y sus propietarios habían sido Daniel
W. Morris, hasta 1890, y después John Koester, quien debió regalar al buen americano
Zell el sombrero de Martí. Ante aquellos mapas no fue difícil determinar que el famoso
Bloom Stead Cottage debió encontrarse en un terreno de 100 pies de frente, al cruzar de
un establo, a 225 pies de la esquina de Bath Avenue y la calle 18. Y allí también estaba
indicado lo que fue el ámbito de la poesía: los hoteles, los clubs de lujo, la orilla de
la playa, la barranca de los pobres...
EL OTRO BATH BEACH
Con esta precisa información fui otra vez a la playa de "Los zapaticos de
rosa". Estuve en el sitio del cottage, y cuadraron las señas de la carta a Teodoro
Pérez, y en el lugar de la estación de los trenes, en el del Hotel Lowery, en el del
Brooklyn Yacht Club, en el de la barranca de los niños pobres, en el del establo de
Stern, al cruzar la calle. Ya no podía dudar: aquél era el escenario, muy cerca de donde
antes estuve. Pero otra vez allí no había más que gentes y fachadas grises, y calles de
sombras. De playa sólo le quedaban a Bath Beach las olas, que ahora contiene un muro de
piedra, y un recuerdo de arena en el nombre. Me tuve que acordar de Villon: "¿A
dónde van las nieves de antaño?" ¿cuál sería "la calle del laurel"
donde "la madre cogió un clavel/ y Pilar cogió un jazmín?" ¿A dónde
habrían ido a dar "el aya de la francesa", y aquella anónima
"inglesa" y aun "Alberto, el militar"?
Me sentí defraudado. Pero cuando me iba, me puse a pensar si la ilusión de lo real no
me habría escondido la realidad verdadera, y descubrí el engaño. Bath Beach no era
aquello, quizás nunca lo había sido del todo. Bath Beach estaba en el refugio que le
construyó Martí, con sus señoras de sombrilla y sus caballeros de bastón, con su aire
puro y sus flores, y las niñas de balde violeta y las niñas descalzas. Recordé los
prodigios de la poesía, su milagro de salvación: en ella estaba cuanto había buscado.
En verdad las señas no eran las de la carta, eran otras, quizás las de la estrofa
última de aquellos versos de playa, las de "...la mariposa/Que vio desde su
rosal/Guardados en un cristal/Los zapaticos de rosa". Y también pensé, antes de
irme, en el encuentro de las dos madres, no allí donde me hallaba, sino en el otro Bath
Beach, con su cottage ya para siempre florido, el de la urna que vio la mariposa, donde se
entiende cabal el gesto de aquel día de "sol bueno y mar de espuma", cuando la
niña Pilar quiso "salir a estrenar/ su sombrerito de pluma".
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