LOS ESTUDIANTES DE 1871
No
empezó con el castrismo la práctica del crimen y el culto de la
injusticia en Cuba; ni son nuevos allá el imperio del terror y la
intimidación por turbas enardecidas. Aunque al régimen actual hay que
acreditarle males que nunca conoció el país, muchos de sus excesos
tienen antecedentes en nuestra historia. El marxismo- leninismo cubano
ha sabido emular cierto tipo de abusos, y refinarlos, pero por sus
nombres y formas originales no se le puede otorgar patente de invención.
El acoso de los que disentían en tiempos de la colonia anunciaba los
“actos de repudio” de hoy; antes eran “infidentes” los que
amaban la libertad, ahora “contrarrevolucionarios”; el arreglo
de los tribunales para condenar al acusado era e1 mismo, como lo
fueron la gran desproporción entre el delito supuesto y la pena, y la
impotencia de las autoridades para reducir a los rebeldes. Y el año
1871 también recuerda nuestros días por la consternación del mundo
civilizado ante la violencia de los mandones de turno.
|

|
"El fusilamiento de los
estudiantes"; óleo de M. Mesa. "Nadie se ha
despedido con más grandeza de la vida que ellos", dijo
José Martí.
|
Impotente
para someter la revolución iniciada el 10 de Octubre de 1868, el
gobierno español había desatado una campaña de terror en la isla:
encarcelamientos, torturas, ejecuciones. Por la censura muy poco se sabía
de los crímenes, pero la emigración los denunciaba ante el mundo. A
principios de 1870 el periódico El
Republicano, de Cayo Hueso, acusó a La
Voz de Cuba, que dirigía en La Habana Gonzalo Castañón. Irritado
éste por los ataques de los cubanos, cometió la imprudencia de ir al
Cayo a batirse con su colega de El Republicano. Llevó armas y padrinos; se hospedó en un hotel de
la calle Duval, y allí, en duelo irregular lo mató otro patriota,
Mateo Orozco.
El
entierro de Castañón en La Habana fue un estallido de ira de los
voluntarios españoles. Ante su tumba, en el cementerio Espada, juraron
venganza. En ese año murieron en garrote, entre otros, Domingo Goicuría,
Luis Ayestarán y los hermanos Diego y Gaspar Agüero. A principios del
siguiente se produjo el asesinato de la familia Mora
Mola en los montes de
Lázaro, en
Camagüey,
mujeres, niños y ancianos; luego, en Sancti Spiritus, el del
poeta Miguel Jerónimo Gutiérrez y el del general León Tamayo; y el 25
de agosto fusilaron en La Cabaña a Juan Clemente Zenea.
A
la entrada del cementerio Espada estaba el aula donde estudiaban anatomía
los alumnos de la Escuela de Medicina: un carro, “La Lechuza”, traía
los cadáveres al lugar. El 23 de noviembre de 1871 el profesor demoró
la clase, y a cuatro estudiantes se les ocurrió montar el carro y dar
una vuelta por la plaza; otro se adentró en el cementerio y arrancó
una flor. Al día siguiente hubo una clase normal, pero el 25 se presentó
allí la policía y detuvo a todos los estudiantes de ese primer año de
medicina. Eran más de cuarenta. Los acusaban de haber profanado la
tumba de Gonzalo Castañón, hasta de haber sacado el esqueleto y jugado
con los huesos. Los llevaron a la cárcel. Dijo Fermín Valdés Domínguez,
uno de ellos, autor de un libro en memoria de sus compañeros muertos:
“No cesamos de oír por el camino los insultos de las turbas. Yo no
quiero recordar los apóstrofes con los que nos saludaban al pasar”.
Es que las autoridades habían instigado al populacho para que se
lograra el mayor castigo. El primer Consejo que los juzgó sólo los
condenaba a penas leves. Con un valor que siempre le ha merecido la
gratitud de los cubanos, los defendió el oficial español Federico
Capdevila. No aceptaron el veredicto y se organizó otro
tribunal. Rechazando a los posibles testigos de la defensa, y sin
aceptar las pruebas que mostraban que los acusados eran inocentes,
condenaron a muerte a los cuatro que habían montado en el carro de los
cadáveres: a Anacleto Bermúdez, José de Marcos Medina, Ángel Laborde
y Pascual Rodríguez; luego, a Alonso Álvarez de la Campa, el que había
cogido la flor del cementerio —tenía 16 años. Pero faltaban tres,
que ocho víctimas era la dosis que reclamaba la “legión de
hienas”, como calificó Martí a
la plebe habanera de aquel día. Por sorteo se añadieron a la lista los
nombres de Carlos de la Torre, Eladio González y Carlos Verdugo, aunque
éste pudo probar que estaba en Matanzas cuando los hechos. Pero así
funciona el terror, sin lógica, con sus propias leyes envueltas en
magia y misterio, dislocados el efecto y sus causas, con un castigo que
amenaza a cada instante desde lo imprevisto y lo desconocido.

"Ciudadano, descúbrete
respetando así la memoria de los estudiantes fusilados en el
71 y de los patriotas que en esta punta ofrendaron sus
vidas".
|
A pesar de las amenazas
contra sus vidas y la de los suyos, otros españoles, además de
Capdevila, protestaron contra el juicio: el presbítero Mariano Rodríguez,
el capellán del cementerio; Domingo Fernández Cubas, el catedrático
de disección; el capitán Víctor Miravalle, juez en el primer Consejo;
el teniente Olavarrieta, el tutor de los hijos de Castañón... Ya en
capilla les dieron a los condenados unos minutos para que escribieran a
sus familiares. Los fusilaron en el Castillo de la Punta, contra la
pared del Barracón de Ingenieros, a las 4 y 20 de la tarde. “Nadie se
ha despedido con más grandeza que ellos de la vida”, dijo Martí. Él
había sido compañero, en el colegio de Mendive, de Anacleto Bermúdez
y de Alonso Álvarez de la Campa. En Madrid, donde estaba desterrado,
escribió “A mis hermanos muertos el 27 de Noviembre”:
...¡Déspota,
mira aquí como tu ciego
Anhelo ansioso contra ti conspira:
Mira tu afán y tu impotencia, y luego
Ese cadáver que venciste mira,
Que murió con un himno en la garganta,
Que entre tus brazos mutilado expira
Y en brazos de la gloria se levanta!
No vacile tu mano vengadora;
No te pare el que gime ni el que llora:
¡Mata, déspota, mata!
¡Para el que muere a tu furor impuro,
El cielo se abre, el mundo se dilata!
Con la misma arbitrariedad,
a los treinta y cinco acusados restantes se les condenó a penas de
prisión. El estado de aquel presidio en La Habana era similar al de las
cárceles de hoy en Cuba. La descripción de Valdés Domínguez detalla
los abusos de los carceleros: los castigos, las golpizas, los insultos.
Allí, aquellos estudiantes que habían sido condenados por un falso
delito político, estaban con los presos comunes. La alimentación era pésima;
las visitas y la comunicación con el exterior, mínimas; la atención médica,
una burla. Martí ya lo había dicho en El
presidio político en Cuba. Poco a poco se fueron conociendo en el
extranjero los horrores de las cárceles cubanas.
Protestaron figuras públicas
de todo el mundo, y España tuvo que mejorar las condiciones en que
cumplían sus condenas los jóvenes presos (las tiranías, que no tienen
pudor para atropellar en casa la justicia, corren apurados y cobardes
ante los extraños para ocultar sus abusos). Poco después se vieron
obligados a indultarlos: el gobierno americano se había quejado por el
fusilamiento y por aquellas condenas: el presidente Grant; el Secretario
de Estado, Hamilton Fish; el congresista Nathaniel Banks. El 9 de mayo
de 1872 se firmó el indulto. España no quiso reconocer ni su
error ni los motivos para el perdón, y dijo que era merecido
“por el indudable arrepentimiento de los jóvenes penados que en un
momento de funesto extravío faltaron a los sagrados deberes y
ofendieron altísimos sentimientos...” Mentira: no hubo tal
“arrepentimiento” porque no había culpa. Además, con el actual
lenguaje carcelario de Cuba puede decirse que no aceptaron “planes de
rehabilitación”, y podían considerarse “presos plantados”. Toda
esa palabrería es siempre una
cortina para esconder la humillación y la vergüenza.
Con el paso del tiempo se
hizo más evidente la injusticia del año 71. Los familiares y amigos de
los fusilados iniciaron una campaña para exhumar los restos y darles
cristiana sepultura: se les había negado honras fúnebres y se les
enterró en un cementerio “no católico”. En 1888 quedó terminado
el mausoleo en el cementerio de Colón, construido por suscripción
popular. Al pie de la columna de mármol están las estatuas que
simbolizan la Justicia y la Libertad: en una se lee “Verdad”; en la
otra, “Inocentes”.
Lograda la independencia, lo
primero que hicieron los cubanos fue honrar a sus muertos. A fines de
1898, a Antonio Maceo; luego se colocó una tarja en los fosos de La
Cabaña. Y cuando para ensanchar el Prado se iba a derribar el barracón
donde cayeron los estudiantes de medicina, se le pidió al gobernador
Brooke que respetara un pedazo de aquella pared. Terminada la intervención
americana, sobre ese muro se
grabó en 1909 este aviso: “Ciudadano, descúbrete, respetando así la
memoria de los estudiantes fusilados en el 71, y la de los patriotas que
en esta Punta ofrendaron sus vidas”.

El 27 de Noviembre de 1929, en el primer
desfile en memoria de los estudiantes, el licenciado Juan
Pablo Toñarely y Robles llevó la bandera de su curso.
|
En 1929 se acordó que
fueran todos los 27 de Noviembre “día del Graduado”. Ese año se
celebró con grandes festejos: se depositó una ofrenda floral ante el
Alma Mater de la Universidad, y desfilaron representantes de todas las
promociones universitarias. A la cabeza del desfile iban las más
antiguas: allí estaba la de los estudiantes de 1871, y tembloroso
de orgullo llevó la bandera de su curso el Licenciado Juan Pablo
Toñarely y Robles. Por la misma ciudad que recorrieron insolentes los
verdugos de antes, pasó devota aquella procesión que honraba sus víctimas.
Y entre los laureles de las calles se oyó otra vez la profecía de Martí:
“¡Mata, déspota, mata!/ Para el que muere a tu furor impuro,/ El
cielo se abre, el mundo se dilata”.
Aquel acto del 27 de
Noviembre de 1929, situado en el tiempo entre la muerte de dos
recordados estudiantes, Julio Antonio Mella y Rafael Trejo, fue como una
clarinada para las luchas contra Gerardo Machado, en las que tanto se
distinguió la juventud de Cuba. Parecía que estaban vivos los
estudiantes fusilados en el 71. Y quizás no han muerto del todo todavía;
tienen aún que hacer contra el “déspota” de hoy.
|

|
Monumento
de los estudiantes de 1871, donde se depositaron sus restos
después de varios años en el panteón de uno de ellos, Alonso
Álvarez de la Campa. También allí se enterró a su defensor
español, el coronel Federico Capdevila, en 1904; en 1908 al Dr.
Domingo Fernández Cubas, catedrático de la Universidad de La
Habana, también su defensor; y al Dr. Fermín Valdés Domínguez
en 1910, quien reivindicó la memoria de los estudiantes.
|
|
|
|
El doctor. Fermín
Valdés Domínguez, el teniente coronel Federico Capdevila y
el catedrático Domingo Fernández Cubas.
|
|