CAMBULA
Y LA BANDERA DE YARA
Hay
una leyenda de amor tras la epopeya de Carlos Manuel de Céspedes, el
Padre de la Patria cubana. Las luchas por la independencia ahogaron la
tierna pasión de Céspedes por la joven Candelaria Acosta, Cambula, del
ingenio Demajagua, donde se inició la Guerra de los Diez Años.
Andaba
harto el cubano de los abusos de España, y un grupo de hombres en el
oriente de la isla se unieron para derrotar la tiranía. Casi todos eran
ricos, pero más que en bienes lo eran en virtudes ciudadanas. Vieron
sus hogares como precio de la libertad, y en un arrebato generoso los
dieron, con el lujo y la vida, en pago de un sueño. Han dicho los que sólo
ven la historia movida a empellones de la materia, que a aquel
patriotismo lo movió la sisa de la monarquía española. Pero tal
opulencia era indiferente a tasas e impuestos, y, además, nadie se
juega la vida, y la de los suyos, por un rédito mayor de la fortuna.
Empuñaron armas que parecían crecer en sus manos apretadas por la
justicia, y eligieron a Céspedes como jefe de la empresa. Era el más
viejo de los principales. Frisaba en los cincuenta años. Había nacido
en 1819.

Bandera de Carlos Manuel de Céspedes, La
Demajagua,
10 de Octubre de 1968
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Así
vieron sus contemporáneos al caudillo; el poeta José Joaquín Palma:
“Gallardo de apostura... su busto era ancho como el de una estatua
griega, y su estatura pequeña...” Y Manuel Anastasio Aguilera, primo
del otro grande de aquella gesta, Francisco Vicente Aguilera: “En su
juventud fue muy elegante, bien parecido y de simpática figura. Se
distinguía mucho en el baile y la equitación... Siempre tuvo fe ciega
en el triunfo de la libertad sobre la tiranía”. Y Fernando Figueredo,
su ayudante: “Muy aficionado a la poesía, ni fumaba, ni jugaba, ni
nadie le vio jamás alzar una copa, y siempre se conservó limpio,
extremadamente aseado, con su cara perfectamente rasurada... Estaba
fabricado de la madera de los libertadores: en su ser se anidaba un
corazón con latidos de héroe...” Por su integridad y entereza Martí
lo llamó “hombre de mármol”.
La
más bella mujer de Bayamo era su prima, María del Carmen, y en 1839 se
casaron. A uno de sus hijos, Oscar, preso luego en la guerra, le
ofrecieron el perdón si el padre aceptaba el destierro, e imitando a
Guzmán el Bueno en el sitio de Tarifa, le contestó Céspedesa los españoles:
“Oscar no es mi único hijo: soy el padre de todos los cubanos que han
muerto por la revolución”. Ese gesto le mereció el titulo de Padre
de la Patria.
Viudo
en 1867, se enamoró de Cambula, hija del mayoral de su ingenio. Nacida
en Manzanillo en 1851, tenía entonces 16 años. Por una denuncia fue
necesario adelantar el levantamiento, pero no había bandera, y el
caudillo le confió la empresa a su tierna amiga. Tendría los colores
republicanos, cerca de la bandera de Chile, país que apoyaba la
independencia de Cuba, pero faltaban la tela. Del cielo de un mosquitero
sacó Cambula el rojo y de un corpiño el blanco, pero faltaba el azul.
Céspedes fue al velo sobre el cuadro de la esposa muerta, pero la niña
lo detuvo: “No es necesario”, le dijo, “Yo tengo un vestido azul
que puedo utilizar igualmente”. Sobre la estrella Cambula se lamentó:
“No sé bordar, y aunque supiera tampoco la haría porque no sé
dibujarla”. Pero allí estaba quien iba a ser el abanderado de la
tropa, el joven Emilio Tamayo, y dibujó la estrella en un papel que
Cambula fijó con alfileres sobre el lienzo y cortó y cosió en el
cuadrado rojo de la bandera.
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Carlos Manuel de Céspedes
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Durante
aquella noche de prisa y costura del 9 de octubre, Céspedes dio los últimos
toques al “Manifiesto” que saldría firmado en Manzanillo al día
siguiente. Aún tiene vigencia en su patria infortunada: “... Nadie
ignora que España gobierna a la Isla de Cuba con un brazo de hierro
ensangrentado... teniéndola privada de toda libertad política y
religiosa, sus desgraciados hijos se ven expulsados de su suelo a
remotos climas o ejecutados sin forma de proceso ... Los cubanos no
pueden hablar, no pueden escribir, no pueden ni siquiera pensar...
Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que
nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas
para salir de un estado tan lleno de oprobio... A los demás pueblos
civilizados toca interponer su influencia para sacar de la garras de un
bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso...
Amamos la tolerancia, el orden y la justicia en todas las materias...
admiramos el sufragio universal que asegura la soberanía del pueblo..,
y en general demandamos la religiosa observancia de los derechos
imprescriptibles del hombre...”
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Ingenio
Demajagua según un cuadro que Domingo Ramos hizo basado en un
deteriorado dagerrotipo de antes de empezar la Guerra de los
Diez Años. Junto a él, sus ruinas: del lugar quedó solamente
el asiento donde estaban la catalina y la voladora, la cual,
como para protegerla, la abraza un jaguey entre sus ramas.
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Foto de la casa de
vivienda del ingenio de Céspedes, tomada del libro Free Cuba; Her Past Oppression and Struggle for Liberty (1896), de
Rafael M. Merchán y Gonzalo de Quesada, en donde la
describen como el cuartel en el que se inició la Guerra
de los Diez Años ("The First Headquarters of the
Revoluciotn of 1868"). Abajo, de la misma fuente,
foto de la voladora del ingenio. |

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El
primer encuentro de los insurrectos fue en el poblado de Yara, el día
11, bajo la nueva bandera: fueron vencidos, pero Céspedes le dijo a los
que permanecieron a su lado: “¡Aún quedamos doce hombres, bastan
para hacer la independencia de Cuba!” Y siguió la guerra. Conocida
por los españoles la relación entre Cambula y Céspedes, tuvo que huir
con su padre a Manzanillo: un barco de guerra destruyó el día 13 a cañonazos
el ingenio. Poco después marchó a la manigua para acompañar a su
amante. Les nació una hija, Carmita, la adoración del caudillo. En la
Asamblea de Guáimaro, el 11 de abril de 1869, se proclamó la bandera
de Narciso López como la oficial de la República, pero quedó la de
Yara presidiendo la Cámara de Representantes.
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Salida
de Céspedes y sus hombres del ingenio Demajagua, con la bandera
de Cambula. Abajo, después de quemar la ciudad, salen de Bayamo
sus habitantes con la copia de la bandera de Cambula que había
cosido Canducha Figueredo (Color sobre dibujos de Juan E. Hernández
Giró).
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Para
unir a los camagüeyanos y los orientales, Céspedes, presidente de la
República en Armas, decidió casarse el 4 de noviembre, día de su
santo, con Ana de Quesada, de Camagüey, hermana del general en jefe del
Ejército Libertador. De hambre se les murió el primer hijo en el
campamento, y al siguiente año la esposa, ya en estado de los gemelos
Carlos Manuel y Gloria, tuvo que emigrar a Nueva York. La distancia
aumentó los celos de Ana por los amores de Céspedes y Cambula —los
voluntarios españoles lo llamaban “el bígamo Céspedes”—: el 15
de julio de 1871 le escribe como para tranquilizar a la esposa: “Te
incluyo una carta de Cambula, aunque mal escrita, pues parece que la ha
atrasado la mansión en los bosques. Ella te servirá de respuesta a los
informes que de esa infeliz te han dado... La desgraciada niñita
[Carmita] me ama, yo la amo...” Pero no se aplacaron los celos, y
meses más tarde le escribe de nuevo sobre el asunto: “... Nada te
dije de Cambula porque me manifestaste que no querías saber de ella;
pero como ahora la vuelves a mentar, te hago presente que estoy
dispuesto a oírlo todo...” Y le cuenta que ha decidido, para evitarle
sufrimientos a la hija, que marchen al extranjero: “Ella [Cambula]
cedió lastimosamente”, le escribe, “Creo que en todo cumplí con mi
deber”.
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Arriba,
en sesión solemne de la Cámara de Representantes, el 18 de
abril de 1928, Cambula reconoció la bandera de Yara que ella
había cosido la víspera del 10 de Octubre de 1868; abajo,
detalle de esa foto, y Cambula presidiendo la mesa del banquete
que le ofreció Carlos Manuel de Céspedes y de Quesada en su
residencia de Miramar. |
De
nuevo estaba encinta, y dio a luz en Kingston. Por reserva sólo le puso
al hijo el segundo nombre del padre, Manuel, ya que a la niña le había
puesto el cuarto, Carmen —a Céspedes lo habían bautizado Carlos
Manuel Perfecto del Carmen. Añorando la hija escribió el héroe en su
Diario: “Hoy he tomado el compás y medido en el mapa la distancia de
aquí a Jamaica: ¡Treinta y tres leguas! ¡Qué fácil y brevemente las
salvaría una paloma! ¡Ay! ¡Si tuviera sus alas vería a mi hijita, la
cubriría de besos y en pocos minutos volvería a Cuba donde tengo
reservada la muerte o la gloria!”. Y poco después anota: “Hace un año
que no veo a Cambula ni a mi hijita. En todo este tiempo me he hallado
como si hubieran muerto todas las personas que me profesaban y a quienes
yo profesaba un verdadero cariño... Ni una mano blanda y amorosa para
enjugar el sudor de mi frente en las horas de cáliz o de enfermedad, ni
una voz simpática y suave para consolarme en mis adversidades...”
Vino
la tragedia de “San Lorenzo”. Céspedes, depuesto de la presidencia,
murió solo disparando contra los españoles el 27 de febrero de 1874. A
Cambula y a sus hijos los protegieron los emigrados en Jamaica. Tres años
después de terminar la Guerra Grande se establecieron en Santiago de
Cuba: Carmen tenía 12 años y Manuel 9. Iniciada la última guerra de
independencia, en 1895, visitó Cambula a su hijo quien estaba
arreglando el jardín, y lo increpó diciendo: “¿Tú, un hijo de
Carlos Manuel trabajando en el jardín aquí?” —y al día siguiente
se unió el joven a la insurrección. Carmita, la hija amada de Céspedes,
murió en Santiago de Cuba durante las penurias de 1896.

Candelaria Acosta y Fontaine,
"Cambula", antes de cumplir los 50 años, en
Santiago de Cuba. Aún se le notaba en el rostro la firmeza
y la hermosura que le ganó el amor y el respeto de
Céspedes.
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Cambula
se había unido en 1885 al catalán Antonio Acosta, de quien tuvo dos
hijos: Ernesto e Isabel. Pasó años en la pobreza hasta que España, a
principios de 1928, decidió entregar a Cuba algunos objetos ocupados
durante la guerra: entre ellos, decían, la bandera de Yara. Pero se
suponía que la original estaba en la Cámara de Representantes. Tenía
que identificarla Cambula, y la llevaron a La Habana, donde en sesión
solemne lo hizo: pasó la mano sobre la estrella, la besó y se echó a
llorar: “¡Ésta es la bandera! La misma que confeccionaron mis manos
del 9 de octubre de 1868...” La que devolvía España era copia de la
de Yara, hecha en Bayamo por Canducha Figueredo.
El gobierno le asignó a Cambula una pensión, y a
principios de 1935 le otorgaron la Orden “Carlos Manuel de Céspedes”.
Murió el 23 de mayo. Tenía 84 años. La enterraron en el cementerio de
Santa Ifigenia, no lejos de la tumba de Céspedes. Hay una joven en el
monumento colocando una corona de laurel junto al busto del Padre de la
Patria, y dicen que simboliza la República, o la Inmortalidad, o la
Gloria, pero a alguna santiaguera se le ha oído decir que es Cambula
aquella hermosa mujer de mármol.
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Monumento
a Carlos Manuel de Céspedes, sobre su tumba, en el cementerio
de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.
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