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LA
CAPITULACIÓN DE
SANTIAGO DE
CUBA
España y los Estados Unidos
Los americanos en Cuba
Destrucción
de la escuadra y rendición de Santiago
El
protocolo de paz y el fin de la guerra
Se
cumplió ahora, el 17 de julio, otro aniversario de la derrota de España
en Santiago de Cuba. Terminaba así su presencia de casi cuatro siglos
en la ciudad. En 1515, también durante el verano, Diego Velázquez la
había fundado: su posición, la bahía y los granos de oro que encontró
en algunas minas lo ataron al hermoso lugar, y allá llevó a los más
prominentes hombres de la isla: de Baracoa, Bayamo, Puerto Príncipe.
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Salida de Tampa de los
barcos de guerra norteamericanos con destino a Cuba. Foto del
libro The War With Spain
(1899), de HENRY Cabot Lodge. |
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La “Muy Noble y Muy Leal” Santiago de Cuba, como
la llamó Felipe V, dejó de ser española al terminar la guerra
hispano-cubano-americana, en 1898: las fuerzas combinadas de
los mambises, dirigidas por Calixto García, y de los Estados Unidos,
lograron el triunfo; era otra gloria que se sumaba la ciudad: ya había
sido la cuna de Heredia y tierra de los Maceo, y allí estaban las
sepulturas de Céspedes y de Martí —éste, regalo de La Habana
por el que luego le haría Oriente de su gran hijo a la finca de
San Pedro, en Punta Brava: Antonio Maceo.

Bajo el “Árbol de la Paz” los jefes americanos y los españoles
discuten los términos de la capitulación. A la derecha,
momento en que se izó la bandera de las barras y las
estrellas en el Palacio de Gobierno. A la izquierda, el Morro
de Santiago de Cuba en tiempos de la ocupación americana.
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España y los Estados Unidos
La
incapacidad de los españoles para detener la insurrección de Cuba llevó
a las medidas sangrientas de Valeriano Weyler. Durante su mando murieron
más de 300 mil campesinos reconcentrados —verdadero genocidio que la
caridad criolla supo perdonar al fin de la guerra. La emigración cubana
en los Estados Unidos informaba al mundo de los abusos de España, y los
americanos, que querían la intervención de su país en el conflicto,
fueron dándole forma a la política exterior. Por otra parte el
periodismo ruidoso de William Hearst y de Joseph Pulitzer hizo su obra
alentando a los que creían necesario aumentar la esfera
de influencia internacional. El programa lo había concretado en
sus escritos el capitán de marina Alfred T. Mahan, “apóstol del
expansionismo”: con el ejemplo de Inglaterra mantenía que “el mar
es la nodriza de los pueblos” y que éstos tenían que nutrirse con
aventuras imperialistas aseguradas por el poderío naval.
Los
puntos básicos de la estrategia de Mahan eran la anexión de Hawai, el
canal interoceánico en Centroamérica y el dominio del Caribe; e hizo
estas observaciones que aún hoy pueden ser útiles a los cubanos a los
dos lados del Estrecho de la Florida: “Es tan vano, como lo fue
siempre, esperar que los gobiernos actúen en otro terreno que no sea el
de su interés. No tienen derecho a proceder de otra manera siendo, como
son, mandatarios y no propietarios de la cosa. Los gobiernos funcionan
como corporaciones y no tienen alma: colocan en primer término el interés
de lo que tienen confiado a su protección y tutela...” Y concluía:
“Es preciso desconocer la naturaleza humana para ignorar que en las
relaciones internacionales todo poder siempre persigue su poder
exclusivo”. El presidente McKinley, sin embargo, se resistía a entrar
en la guerra: un mes antes de enviar tropas a Cuba aún tentaba a la
monarquía española con la oferta de 300 millones de dólares por la
isla; pero la reina dijo que no
vendía “la más rica joya de su corona”.
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Cuartel General de las
fuerzas cubanas en Daiqurí (arriba) y en Siboney, las que
facilitaron y protegieron el desembarco de los norteamericanos.
Foto del libro The Little
I Saw of Cuba (1899), de Burr McIntosh. |
Por
probar otro camino, y al ver que tenía perdida la guerra, la
administración en Madrid determinó sustituir a Weyler y establecer en
Cuba la Autonomía, pero esas medidas no lograron reducir los extremos
en que estaban divididas las opiniones: los insurrectos no aceptaban
nada menos que la independencia; y los más intransigentes españoles sólo
querían la sumisión cubana por la fuerza de las armas. Enfurecidos, éstos
atacaron en la capital el periódico La
Discusión y el Diario de la Marina: uno por simpatizar con los rebeldes y el otro
por apoyar a los autonomistas. Ante la alteración del orden el cónsul
americano, Fitzhugh Lee, pidió ayuda a Washington, y se le envió el
acorazado Maine, que entró en el puerto de La Habana el 24 de enero de
1898.
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Desembarco de las
tropas norteamericanas en Daiquirí y toma del fuerte de San
Juan. Dibujos del libro The
Fight for Santiago (1898) de Stephen Bonsal.
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Mientras se producían estos
sucesos un nuevo problema para los españoles se gestaba: el día de
Navidad del año anterior, el ministro de Madrid en los Estados Unidos,
Enrique Depuy de Lome, le había enviado a un amigo en La Habana una
carta en la que comentaba el último Mensaje de McKinley al Congreso; le
decía: “Además de la natural e inevitable grosería con que repite
cuanto ha dicho de Weyler la prensa y la opinión aquí, demuestra una
vez más lo que es McKinley, débil y populachero y un politicastro que
quiere dejarle una puerta abierta y quedar bien con los jingoes
de su partido...” Un cubano empleado del destinatario secuestró
la carta y la llevó a Nueva York, donde la hizo pública el Journal
el 9 de febrero. Seis días más tarde explotó el Maine: murieron 264
marinos y dos oficiales, y nunca se supo la causa del desastre. Vino
luego la Resolución Conjunta, el 20 de abril, en la que el Congreso
americano declaraba: “El pueblo de Cuba es, y de derecho debe ser,
libre e independiente”. Era un ultimátum para España. Fue entonces a
Cuba el teniente Andrew S. Rowan a entrevistarse con el general Calixto
García: así se produjo el primer contacto del ejército americano con
un jefe insurrecto, y éste trazó el plan para el desembarco de las
tropas. La misión de Rowan, “el mensaje a García”, no fue tan dramática
como la presentó el libro de E. Hubbard en ese mismo año —del que se
vendieron 4 millones de ejemplares; y menos como llegó al cine, en
1936, en la película de Wallace Beery. El éxito se lo debió a la
ayuda cubana en el extranjero y en la isla.
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Dibujos de la toma del Caney,
de libro de Stephen Bonsal. |
Los americanos en Cuba
Al compás de “Stars and
Stripes Forever”, la marcha de John Philip Sousa, miles de
norteamericanos se enrolaron de voluntarios en el ejército. Nunca una
guerra en los Estados Unidos fue tan popular, pero lo que sobró de
entusiasmo faltaba en organización: la incapacidad y la ineficiencia
estuvo en todas partes: la marina tiraba por un lado y el ejército por
otro; la infantería y la caballería no se ponían de acuerdo, ni los
soldados regulares con los voluntarios: miles de hombres fueron a Cuba
con uniformes de invierno porque no había suficiente tela caqui; y la
sanidad faltó siempre: por cada baja en el campo de batalla tuvieron
varias por enfermedad: el transporte de los 18 mil hombres que tomaron
parte en la contienda fue más complejo y difícil que el de los 2
millones que veinte años más tarde fueron a Francia.
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Página del libro de
Bonsal con fotos de los refugiados en El Caney. |
El Morro de Santiago de Cuba
avistó el primer barco de guerra el 26 de mayo: era el acorazado
Minneapolis. Seis días antes se había refugiado en el puerto la
escuadra del almirante Pascual Cervera: un total de siete unidades: las
mandaron a Cuba para combatir la flota americana. Cervera sabía que era
un empeño inútil, que los cubanos tenían ganada la guerra y que él
no podía medirse con los modernos acorazados del enemigo,
pero se dispuso a cumplir órdenes. Sin entrenamiento suficiente
salieron las tropas americanas de la Florida: un mes demoró reunirlas
alrededor de Santiago. El 20 de junio sus jefes se entrevistaron en
Aserradero con el general García, y éste recomendó el desembarco por
Siboney y Daiquirí, zonas que él conocía y que estarían protegidas
por el coronel santiaguero Demetrio Castillo Duany con un ejército de
mil quinientos hombres. El grueso de las tropas cubanas en la provincia
estaba en diversos lugares impidiendo los movimientos del enemigo.
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Capitulación. Al
centro de la foto, el general Shafter y el general Toral, con
el capitán Mendoza como intérprete, en el momento de la
rendición. A la izquierda el Estado Mayor norteamericano, y
el de los españoles a la izquierda.
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Al mando de William Shafter,
general en jefe de las fuerzas de los Estados Unidos, desembarcaron 15
mil soldados entre el 22 y el 24 de junio, y siguieron hasta Las Guásimas
en persecución de los españoles, que peleaban con el mayor heroísmo:
en el combate de El Caney poco más de 400 hicieron frente a
6,500 americanos —murió allí Vara del Rey y sólo sobrevivieron
ochenta de sus soldados; y no fue distinta la batalla en la Loma de San
Juan, donde murió toda la oficialidad española y 400 regulares. En
esos encuentros los americanos tuvieron un diez por ciento de bajas, un
total de 1,500 soldados.
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Fotos del Ejército
Libertador de Oriente durante el desembarco norteamericano,
tomadas de los libros The
Little I Saw of Cuba (1899), de Burr McIntosh, y de
The War With
Spain.
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Oficiales y soldados cubanos
dirigiendo a los norteamericanos |
Bloqueada en el puerto se
mantenía la escuadra de Cervera, y ante el peligro de que la ciudad
cayera, el cónsul de Francia le preguntó al almirante si la bombardearía
al producirse la ocupación. Cervera dijo que sí, y el 2 de julio
salieron los súbditos franceses a zonas cercanas ya en manos de los
“aliados”, como le llamaban al conjunto de fuerzas de cubanos y
americanos: era la avanzada del éxodo mayor que tuvo Cuba antes de
producirse el reciente desde el puerto del Mariel. Por su parte Shafter
había avisado que la ciudad sería bombardeada para intimar su rendición:
de esta manera, al resistir o rendirse, el resultado sería el mismo.
Huyeron entonces miles de santiagueros. En unas 200 casas que había en
Cuabitas y en El Caney, hasta que fue destruida la escuadra y se rindió
la ciudad, buscaron refugio más de 20 mil personas. Tres testigos
describieron el acontecimiento. En su libro Combate
y Capitulación de Santiago de Cuba, publicado en el mismo año
1898, dijo José Muller Tejeiro, segundo comandante de la marina española
en Santiago:
Al amanecer del día 5 [de julio] una compacta multitud que no tenía
fin, compuesta en su mayor parte de ancianos, mujeres y niños, aunque
no faltaban hombres fuertes y robustos, voluntarios algunos, si bien
ahora vestidos de paisanos, salía en dirección del Caney, distante
legua y media de la ciudad. Muchos
de los que emigraban eran personas pudientes y señoras no acostumbradas
a semejantes fatigas y molestias que ahora sólo arrostraban impulsadas
por el miedo y el terror. La mayor parte de los emigrados comían mangos
y mamoncillos, con lo cual no es maravilla se desarrollaran y
adquiriesen alarmantes proporciones el paludismo, las fiebres y la
disentería. Esos once días del Caney han causado más víctimas en
Santiago de Cuba que los tres años de guerra: una población que
encerraba en su seno 45 mil almas no contaba más que 5 defunciones
diarias por término medio, y hoy que sus habitantes se han reducido a
30 mil alcanzan la cifra de 50. Rara es la casa en la que no hay un
enfermo o más, y el que hace dos días estaba bueno y sano, óyese
decir que acaban de enterrarlo...
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Entrevista del general
García y el brigadier Ludlow mientras desembarcaban las
tropas norteamericanas.
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En Mi mando en Cuba, de 1911,
Weyler recogió el testimonio de otro español que estuvo presente en el
éxodo, y así lo describe:
...la consternación era indescriptible y el pánico horrendo. Todos los
gemidos e imprecaciones del terror formaban aquella noche una nota
dolorosa, triste y lúgubre, cuando a las 11 de la noche empezaron a oírse
tremendos cañonazos hacia el mar. El que más o el que menos, temblando
y lívido como un cadáver, huyó con un lío de ropas, hacinándose
hombres, mujeres, ancianos y niños en los portillos en espera hasta que
se abriesen para huir por aquellos caminos formando el más doloroso éxodo
que jamás ha contemplado pueblo alguno.
Más de 22 mil almas
abandonaron aquella mañana la población: magistrados, sacerdotes,
comerciantes, industriales, empleados, el pueblo en contubernio con las
clases elevadas, la raza de color empujando a la blanca, el niño, el
enfermo, el anciano y la mujer atropellados por el hombre fugitivo.
Aquello era espantoso. Cerca de 20 mil fueron a buscar refugio al Caney
y unos 3 mil a Cuabitas... Sin viviendas, sin alimentos, sin ropas, ¿cómo
iban a vivir en aquel lugar estrecho 22 mil personas? El hacimiento, la
suciedad y el olor de más de mil cadáveres medio insepultos, de
hombres y animales, ya era mortal. A falta de otra cosa se comían
mangos cuyas cáscaras, huesos y deyecciones contribuyeron a aumentar lo
deletéreo de la atmósfera. Y por si esto fuera poco, torrenciales
aguaceros inundaron aquellos campamentos haciendo fermentar tanta
podredumbre y envenenando con el pus de tanto cadáver las aguas de
aquel río de escasa corriente donde se surtían para beberla, al par
que allí se bañaban y lavaban tantas toneladas de trapos sucios...
Familias antes poderosas de Cuba han implorado desfallecidas un plato de
verdolagas y hojas de boniato, hervidas con trozos de mangos verdes. Próceres
de antes vendían su prosopopeya por un puñado de arroz y un trozo de
tocino o por cuatro galletas indigeribles de harina de maíz... Y así
estuvo la población de [Santiago de] Cuba desde el 5 por la mañana
hasta el 16 y el 17 en que pasado el bombardeo, que no se efectuó hasta
el 11, pudieron regresar a sus hogares trayendo las tres cuartas partes
el desaliento más triste en el alma y el germen de una muerte próxima
corroyéndoles las entrañas en forma de disentería, cólera, tifoidea
y paludismo y otras gangas de carácter mortal que han enviado al otro
mundo a la tercera parte de la población, dejando al resto inútil para
el servicio activo de la vida.
La última narración del acontecimiento que aquí se recoge es la de
Emilio Bacardí, quien dijo en sus Crónicas
de Santiago de Cuba:
Desde la madrugada de hoy [el día 5] todo el vecindario abandonó sus
hogares y empezó a dirigirse a los portillos del Caney, Santa Inés y
Cuabitas en éxodo monstruoso. Al franquearle la salida los españoles
se desbordó la oleada de gente por aquellos caminos, afanosa, jadeante,
en busca de la tierra de promisión que para no pocos fue de maldición.
¡Cuadro digno de un pincel aventajado! Hombres y mujeres de todas
clases y edades con líos enormes en la cabeza, ancianos que marchan
trabajosamente apoyados en su bastón, enfermos conducidos en camillas,
niños empujados en sus coches cuna, valetudinarios que caminan
lentamente arrebujados en mantas, faquines cargados con grandes bultos;
ricos y pobres, grandes y chicos, blancos y negros, voluntarios,
bomberos filtrados a través de la masa humana y muchos guerrilleros
que, con el uniforme con el revés hacia afuera, llenos de miedo,
procuraban no ser notados. Silenciosas atravesaron las trincheras españolas
aquellas inmensas multitudes, integradas por más de 20 mil personas,
pero al penetrar en las líneas cubanas y americanas, todas las lenguas
se soltaron a un tiempo y al unísono vibró un estruendo, “¡Viva
Cuba libre!”.
Destrucción de la escuadra y
rendición de Santiago
Cervera recibió órdenes de abandonar la bahía y hacerle frente a los
barcos americanos: era una insensatez, otra más, de Madrid, en el
manejo de los asuntos de Cuba. Salió primero el Infanta María Teresa
con la insignia de “comandante general a bordo”, y lo siguieron el
Vizcaya, el Cristóbal Colón y el Almirante Oquendo, y la pequeña
escuadrilla de torpederos. Con salvas y vivas saludaron a los marinos
sus compatriotas desde el Morro, la Socapa y Punta Gorda, y
enseguida doblaron
hacia el oeste, paralelos a la costa. Antes de recorrer cinco millas
tuvo que embarrancar incendiado el María Teresa. Cervera se tiró al
mar y ganó a nado la costa; allí, en Punta Cabrera, lo arrestó el
comandante José Candelario Cebreco, quien hizo entrega del prisionero a
los americanos mediante recibo. En dos horas que duró el combate todos
los barcos españoles se
perdieron: eran seis buques mal artillados contra los veinticuatro
modernos que constituían esa parte de la armada de los Estados Unidos;
y pagaron el disparate: más de 300 muertos y 150 heridos, y 1,500
fueron hechos prisioneros. Para los americanos fue como una práctica de
tiro. Honra y admiración se ganaron los vencidos; y por el celo
mostrado por los americanos en el salvamento, escribió un oficial del
Brooklyn en su Diario: “I cannot
express my admiration for my magnificent crew. So long as the enemy
showed his flag, they fought like American seamen; but when the flag
came down, they were as gentle and tender as American women”.
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Arriba: buques de
"la desvencijada flota española" que se enfrentaron
en Cavite y Santiago de Cuba a la escuadra norteamericana: Victoria, Pelayo, Oquendo,
Vizcaya, María Teresa, Alfonso
XII, Carlos V, Isla de Luzón, Marqués
de la Ensenada, Cardenal
Cisneros, Isla de Cuba, Numancia, Audaz,
Osado, Terror y Furor.
Abajo, barcos de la poderosa escuadra americana que derrotaron a
los marinos españoles: Kearlage, Columbia, Brooklyn,
Newark, Baltimore, Atlanta,
Texas, Cushing, Indiana,
Bennington, Bancroft, Olympia,
Castine y Minneapolis
(Fotos del Manual de
Historia Universal de F. Morales Padrón, 1962). |
Después
de algunas conversaciones, los jefes contendientes acordaron los términos
de la capitulación: cesaban las hostilidades en todos los territorios
bajo la División Cuba (Baracoa, Guantánamo, Sagua de Tánamo, El
Cristo, Alto Songo, Dos Caminos, Morón, San Luis, Palma Soriano, Cauto
Abajo y Puerto Escondido), un total de 17 mil soldados; la oficialidad
española podía conservar sus armas y se la embarcaría, con sus
tropas, para España; y los voluntarios que así lo quisieran podrían
permanecer en la isla.
La entrega de la ciudad se realizó el 17 de julio. A las nueve de la mañana
salió del caserío de Canosa el general español José del Toral con su
Estado Mayor; bajo una ceiba en el camino de San Juan, “El Árbol de
la Paz”, donde antes se habían reunido, esperaban el general Shafter
y el vice almirante Sampson y su Estado Mayor. Después de una breve
ceremonia entraron en la ciudad mil soldados con sus jefes, y al sonar
las campanadas de las doce, mientras la banda tocaba el himno americano
y la tropa presentaba armas, se izó la bandera de las barras y las
estrellas en el Palacio de Gobierno, en cuya fachada, entre fastuoso y
mohíno, aún proclamaba un letrero: “¡Viva Alfonso XIII!”
Ni respeto para el vencido ni contento para el vencedor faltó en aquel
espléndido día del verano santiaguero; faltó justicia: a las tropas
cubanas se les prohibió la entrada en la ciudad. Si no por
reconocimiento de los 30 años de guerra contra España, por simple
gratitud, debió Shafter haber invitado a Calixto García y a una
representación de los insurrectos. Los generales Lawton y Wheeler
reconocían públicamente la deuda con los mambises; el general William
Ludlow le escribió el día 15 a Calixto García:
I beg to congratulate you as well
as ourselves on what seems now to have been a fortunate solution of the
Santiago problem, resulting in the success of our combined forces in the
taking of the city, the departure of the Spaniards, and the restoration
of peace in Santiago.
Permit me to say to you that your
forces have performed most notable service, and their work has been
invaluable for us not only in scouting and procuring information, but in
the vital matter of the construction of trenches and defenses for the
investment of the city...
Y otros actores de la época también confirman que sin la ayuda cubana
el ejército de Shafter no hubiera podido desembarcar, o hubiera
necesitado fuerzas muy superiores y sufrido incalculables bajas.
Ante la afrenta, el general García presentó su renuncia: el Consejo de
Gobierno de la República en Armas le había ordenado acatar las órdenes
de los americanos: no quiso obedecer y dejó el mando de su tropa al
general Agustín Cebreco y se retiró al Cobre. Desde allí le escribió
al soberbio e ingrato Shafter: “La ciudad de Santiago se rindió al
fin al Ejército Americano, la noticia de tan importante victoria llegó
a mi conocimiento por personas completamente extrañas a su Estado
Mayor, no habiendo sido honrado con una sola palabra de parte de usted
sobre las negociaciones de paz y los términos de la capitulación
propuesta por los españoles...” Y con respecto a la entrada en la
ciudad, que se le prohibía, agregó:
Circula el rumor, que por lo absurdo no es digno de crédito, general, de
que la orden de impedir a mi ejército su entrada en Santiago de Cuba ha
obedecido al temor de venganzas y represalias contra los españoles.
Permítame protestar contra la más ligera sombra de semejante
pensamiento, porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los
principios de la guerra civilizada. Formamos un ejército pobre y
harapiento, y tan harapiento como lo fue el ejército de sus antepasados
en su guerra noble por la independencia de los Estados Unidos de América;
pero a semejanza de los héroes de Saratoga y de Yorktown, respetamos
demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía...
Pero ya, a las puertas de la independencia, empezó a ocupar su tribuna
la “mentalidad colonial” de algunos cubanos: por temor a lastimar a
funcionarios del presidente McKinley, la Delegación de Nueva York se
negó a publicar en Patria la
carta de Calixto García. Y como para que bien se viera quiénes eran
los mambises, qué conducta militar los distinguía, el general García
se fue a la ciudad de Gibara, por lo que escribió a Enrique Collazo:
Quizás en Gibara, con razón tildada como la población más española
de la isla, sus habitantes y su rico comercio, que se veían fuertemente
resguardados, habían mostrado siempre su desafecto a la revolución:
los alrededores, en su mayoría isleños o hijos de isleños, eran los
que más numeroso contingente habían dado como guerrilleros y
voluntarios al ejército español; su hostilidad contra los cubanos había
sido siempre manifiesta; y, sin embargo, esa población marcadamente
hostil fue ocupada por las mismas fuerzas cubanas a quienes el gobierno
americano había prohibido la entrada en Santiago, buscando como
pretexto ruin que ocultara su codicia la ferocidad con que nos quisieron
vestir.
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Firma del Tratado de
Paz, en París, por los representantes de los Estados Unidos y
de España. |
El protocolo de paz y el fin de la
guerra
A poco el imperio español se vino abajo con la ocupación de Puerto Rico
y de Manila. El 12 de agosto se firmó en Washington un Protocolo de Paz
por el que España renunciaba su soberanía en Cuba, cedía a los
americanos Puerto Rico y aceptaba su presencia en las Filipinas hasta
ver qué se determinaba sobre aquellas islas en un futuro Tratado. Así
terminaban los Estados Unidos, con una impresionante victoria, su
“magnífica guerrita”: John Hay, futuro Secretario de Estado, le
escribió a Teddy Roosevelt, jefe de los Rough Riders, cuya afortunada
actuación en El Caney y en San Juan lo impulsó a la presidencia de su
país: “It has been a splendid
little war, begun with the highest motives, carried on with magnificent
intelligence and spirit, and favored by that fortune which loves the
brave”. Por suerte para los cubanos Shafter regresó a los Estados
Unidos el 26 de agosto. Adiposo y enfermizo, el calor y la campaña de
Santiago lo hicieron sufrir; siempre tuvo mal recuerdo de Cuba y de los
cubanos, de los que siguió hablando mal para justificar sus
desaciertos. Quedó como gobernador militar de la plaza el general
Leonardo Wood y, ya en ausencia de Shafter, quiso hacerle justicia a los
mambises —acto que le reduce su cuenta de culpas en Cuba. Invitó a la
ciudad al general García y parte de su tropa. El 23 de setiembre fue a
esperarlo a las afueras de Santiago: un testigo excepcional narró el
acontecimiento: Emilio Bacardí:
A las nueve menos cinco de esta mañana radiante de sol y rebosante el
corazón de Cuba, llegó a las puertas del Palacio de Gobierno Calixto
García Íñiguez. Desde las primeras horas la ciudad entera se dispuso
al recibimiento del héroe. La muchedumbre invadió las calles de la
carrera, carrera verdaderamente triunfal. Casi todas las casas
particulares y muchos establecimientos ostentaban colgaduras y banderas
cubanas. Desde el Paseo de Concha a la Plaza de Armas, subiendo por la céntrica
calle de Santo Tomás, el pueblo estaba congregado en grandes masas. Al
costado del Palacio estaban apostadas varias compañías de la guarnición
americana de esta ciudad con banda de música dispuesta para tributar
honores militares a nuestro general. En la entrada de Dos Caminos le
aguardaba con sus oficiales, en representación del gobierno americano,
el general Wood. Rodeado por ellos y seguido por su Estado Mayor, y una
numerosa escolta, entró por fin. Después de permanecer en Palacio
algunos momentos para saludar al general Lawton siguió el general García
por las calles de la Marina, San Pedro, Heredia y Calvario hasta su
residencia, en la casa número 6 de ésta.
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Entrada del general Calixto García en Santiago de Cuba el 23 de setiembre
de 1898 (izquierda, a caballo). Foto quizás única, publicada por vez primera con
este trabajo. Dirige la marcha del jefe militar de la plaza,
Leonardo Wood (al centro) con una escolta de su Quinto
Regimiento de Infantería. Fue tomada por el teniente G. B.
Hopkin, quien se la regaló en Brooklyn al fotógrafo cubano
Rafael Llerena. |
Agradecido por el homenaje y en elogio de los americanos dijo Calixto
García en aquella oportunidad: “Gran nación deben de ser los Estados
Unidos cuando los hijos de sus millonarios, que solamente podían ganar
en Cuba gloria militar, vinieron aquí a morir junto a los soldados
cubanos”. Y por la noche hubo una gran fiesta en el criollísimo Club
San Carlos, que no había querido cerrar sus puertas ni cuando el
bombardeo ni cuando el éxodo, y que desafiando el desaire de Shafter
colocó la bandera cubana en su balcón desde el día 18 de julio. Y en
todo hijo de la ciudad, y en toda santiaguera hermosa que acudió
aquella noche a felicitarlo, tuvieron el guerrero, y su patria, el mejor
desagravio.
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