Crónica
1770. Nace en Santo Domingo Isabel María Grajales, hija de José Ramón,
natural de Santiago de Cuba, y de Feliciana Castellanos.
1808, 25 de abril. Nace en Santiago de Cuba, “hijo natural” de Clara María
Maceo, “parda libre”, Marcos Evangelista Maceo, el padre de Antonio,
y es bautizado en la Parroquia de Santo Tomás Apóstol, de esa ciudad,
el 11 de mayo, según dice su “Libro de Bautismos de Pardos”.
1808, 26 de junio. Hija de los dominicanos José Grajales y Teresa Coello,
nace en Santiago de Cuba Mariana, la madre de Antonio Maceo.
1827. La familia de Marcos Maceo vive en una casa de la calle Providencia, número
16, hoy Maceo. Su buena posición económica le permite dedicarse al
comercio y a la agricultura: café, tabaco y frutos menores, y a la cría
de ganado, en sus tres fincas: la mayor de 120 hectáreas. Según
documentos del Fondo del Gobierno Provincial, del Archivo Histórico de
Santiago de Cuba, Marcos Maceo era dueño de “una caballería en el
partido de Maroto, una caballería en el partido de Guaninicún, Vega La
Carmelita (2 caballerías), una casa de mampostería en Santiago [la de
la calle Providencia], una casa en la finca La Delicia, y un esclavo”.
1831. Mariana Grajales contrae matrimonio con Fructuoso
Regüeyferos, en Santiago de Cuba. Muere el marido
siete años más tarde dejando a la viuda con cuatro hijos.
1845, 14 de junio. Nace Antonio Maceo en Majaguabo, San Luis, provincia de
Oriente. Su padre, Marcos, se había unido a Mariana dos años antes. Al
igual que ella, Marcos tenía varios hijos de su primer matrimonio.
Antonio fue bautizado con el nombre de Antonio de la Caridad el 26 de
agosto por el sacerdote dominicano Manuel José Miura, en la iglesia de
Santo Tomás Apóstol, de Santiago de Cuba, la misma en que fue
bautizado su padre. Seis años más tarde, para legitimar su unión y el
nacimiento de los hijos, Marcos y Mariana se casaron, el 6 de julio, en
la iglesia de San Nicolás de Morón y de San Luis, en Oriente.
1862. Antonio se hace cargo de la venta de lo que producen las fincas de la
familia. Sus frecuentes visitas a la ciudad lo pusieron en contacto con
el pensamiento liberal y antiespañol de su padrino de bautizo, el
licenciado Ascencio de Asencio, blanco, quien lo presentó en la Logia
Oriente, de esa ciudad. Según testimonio de Enrique Collazo en su libro
Cuba heroica, quien lo conoció desde su juventud, Maceo, “de
joven, tuvo sus vicios, el juego y las mujeres; el primero lo perdió
pronto, y el segundo lo conservó toda la vida”. Muchos años después,
el general José Miró, jefe del Estado Mayor de Maceo, afirmaba en sus Crónicas de la Guerra: “...su pasión era la mujer, todas las
mujeres le gustaban mientras no fueran provocativas o coquetas, pero
sentía predilección por las que ostentaban aire sentimental...” En
su Maceo: análisis caracterológico,
Leonardo Griñán Peralta dijo: “No fue demasiado casto Antonio Maceo.
A la normal satisfacción de su sexualidad se debió quizás en gran
parte el equilibrio que fue uno de los rasgos más acentuados de su carácter”.
El general Eusebio Hernández, en sus Dos
conferencias históricas, añade al cuadro de la juventud de Maceo
estos juicios: “Las cualidades morales de Maceo no eran aprendidas,
formaban parte integrante de su naturaleza, y en cada caso su conducta
obedecía a la influencia hereditaria, a la educación, al medio
ambiente que lo circundaba y al ejemplo constructivo de sus padres, de
sus padrinos y de sus maestros...”
1866, 16 de febrero. Después de un breve noviazgo, Antonio se casó con María
Magdalena Cabrales e Isacc en la parroquia del pueblo de San Luis, y se
fueron a vivir en la finca La Esperanza, cerca de La Delicia, donde
residían los padres y hermanos de Maceo. En noviembre de ese año les
nació una niña que bautizaron con el nombre de María de la Caridad.
1868. Pocos días después del alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, en
La Demajagua, el 10 de Octubre, ingresó Antonio en el Ejército
Libertador. Según el testimonio de María Cabrales, su suegra, doña
Mariana, puso “de rodillas a todos, padres e hijos” ante un
crucifijo, y les hizo jurar “delante de Cristo, que fue el primer
hombre liberal que vino al mundo, libertar la patria o morir por
ella”. Los insurrectos de Céspedes habían suscrito una Declaración
de Independencia en la que se leía: “...Nadie ignora que España
gobierna a la isla de Cuba con un brazo de hierro ensangrentado... teniéndola
privada de toda libertad política, civil y religiosa... La tiene
privada del derecho de reunión, como no sea bajo la presidencia de un
jefe militar; no puede pedir el remedio de sus males sin que se la trate
como rebelde, y no se le concede otro recurso que callar y obedecer...
Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en que
nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas
para salir de un estado lleno de oprobio... A los demás pueblos
civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un
bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso...
Nosotros consagramos estos dos venerables principios: creemos que todos
los hombres somos iguales... y demandamos la religiosa observancia de
los derechos imprescriptibles del hombre...” El mismo día en que
ingresó Antonio Maceo en el ejército, luchó en Ti-Arriba con tanto
coraje que de soldado lo ascendieron a sargento. Conociendo los españoles
la ayuda de los Maceo a la causa cubana, les quemaron la vivienda y
destruyeron sus cosechas. Toda la familia se fue entonces a la manigua,
y poco después fusilaron en San Luis a Justo Regüeyferos Grajales,
medio hermano de Antonio, el primero de los hijos de Mariana muerto por
la independencia de Cuba.
1869, 16 de enero. Después de ascendido a teniente y a capitán por méritos
de guerra, el general Donato Mármol hizo comandante a Antonio Maceo por
su comportamiento en la defensa de Bayamo. Diez días más tarde, por
semejantes méritos frente al enemigo en Guantánamo y Mayarí, fue
ascendido a teniente coronel. El 14 de mayo, en la toma del fuerte de
San Agustín, murió Marcos Maceo, el patriarca de aquella “tribu
heroica”, como se le llamó a la familia Maceo-Grajales. Una semana más
tarde, en el ataque al ingenio Armonía, custodiado por soldados españoles,
al quemar los cañaverales y los edificios, recibe Antonio en el muslo
su primera herida de guerra. Aún convaleciente, pasa por la pena de ver
morir a su hija, María de la Caridad, y a su hijo, José Antonio, por
las privaciones que sufrían en los campamentos. Poco después, ya en el
mes de julio, recibe la noticia de que su padrino, el licenciado
Asencio, conjuntamente con otros patriotas de Santiago de Cuba, habían
sido asesinados en Jiguaní.
1870, 16 de marzo. En un combate, en su zona de operaciones, entre Santiago
de Cuba y Guantánamo, Antonio Maceo derrota al entonces coronel Arsenio
Martínez Campos. Por la muerte de Donato Mármol, el 26 de junio, Máximo
Gómez ocupó la jefatura de la división Cuba, a la que pertenecía
Maceo; de Gómez aprende el joven militar la estrategia de la guerrilla
y del machete que había llevado a Cuba el dominicano. El 2 de octubre
los españoles atacaron el campamento de Maceo, en Majaguabo, hiriéndolo
gravemente. En cuanto se repone, ataca un campamento español, cerca de
Bajaragua, el 12 de diciembre, acción en la que muere su hermano Julio,
y en la que el propio Antonio es otra vez herido.
1871, 11 de marzo. En un consejo de guerra que tuvo lugar en Santiago de
Cuba, casi todos los miembros de la familia Maceo fueron condenados,
“en rebeldía”, y “por infidentes” a la pena de muerte y a la
incautación de sus bienes. Este año, con el anterior, constituyó para
los insurrectos, por las dificultades que tuvieron que afrontar, el
bienio más infortunado de la guerra. Maceo desplegaba, sin embargo la
mayor actividad. Entre los muchos combates en que tomó parte cabe
destacar los de Mayarí Abajo, Loma de la Galleta y el del cafetal La
Indiana, donde hirieron gravemente a su hermano José, a quien en un
atrevido asalto pudo rescatar Antonio.
1872, 27 de enero. Al informar sobre las actividades del Ejército
Libertador, escribe el general Máximo Gómez: “La conducta observada
por el coronel jefe de operaciones de la jurisdicción de Guantánamo,
ciudadano Antonio Maceo, es muy digna del puesto que ocupa, por su
valor, pericia y actividad”. Otra prueba de lo justo que era el juicio
de Gómez, la dio Maceo poco después, el 29 de junio, en el combate de
Rejondón de Báguanos: en La Revolución de Yara anota Fernando Figueredo: “Con este gran
combate cuya dirección se debió al general Calvar y cuyo éxito coronó
Maceo... se inició la reacción en Oriente, cuyo ejército desde aquel
momento marchó de triunfo en triunfo”. Otras acciones de guerra en
que se distinguió Antonio durante este año de 1872 tuvieron lugar en
Jamaica, cerca de Guantánamo; Holguín, Mayarí y Baracoa; en un ataque
al ingenio Santa Fe fueron heridos Antonio y su hermano Miguel. El
propio presidente Carlos Manuel de Céspedes felicitó a Maceo por las
“operaciones y esfuerzos” que había realizado, con los que pudo
“conquistar la gloria que justamente” iba “unida a su nombre” y
era “de todos confesada y reconocida”.
1873, 8 de junio. Antonio Maceo es nombrado Brigadier por Carlos Manuel de Céspedes
quien así le reconocía los servicios que le prestaba a la causa
cubana; con ese ascenso se convirtió en jefe de la Segunda División
del Primer Cuerpo que estaba a las órdenes del general Calixto García.
Además de combatir en Chaparra, Santa María, El Zarzal y Santa Rita,
Maceo se cubrió de gloria en el asalto a Manzanillo, el 10 de
noviembre, defendido por más de mil hombres, donde llegó hasta la
Plaza de Armas de la ciudad aunque sin poder vencer la resistencia de
los españoles. Poco antes, en Jiguaní, Maceo pasó por la pena de
presenciar la deposición de Céspedes, que tuvo efecto el día 27 de
octubre, proclamándose presidente de la República a Salvador Cisneros
Betancourt, a quien por disciplina Maceo se sometió sin expresar su
disgusto por las pugnas que él sabía iban a perjudicar la causa
insurrecta.
1874, 9 de enero. Combate de Melones, en la jurisdicción de Holguín, en el
que Maceo y Calixto García le produjeron cerca de 400 bajas a una
columna española de 1000 hombres que operaba en la zona. Días antes,
el gobierno discutió con los principales jefes militares el plan de
invasión de Las Villas: a Maceo lo nombraron Jefe de las fuerzas de
orientales y villareños que realizarían dicho plan. A mediados del mes
de marzo se produjo el encuentro de Las Guásimas, en Camagüey, que fue
una victoria mayor para los cubanos: mil quinientos insurrectos
vencieron a los tres mil españoles que abandonaron sus muertos y
numerosas armas en el campo de batalla. Poco después, el 17 de abril,
muere, en la acción de Cascorro, Miguel, otro de los hermanos de
Antonio: al enterrarlo, según contó Ramón Roa, “al caer en la huesa
los restos de su hermano, se desbordó en sollozos; y aquel hombre
curtido por el sol de los combates, con la piel abrasada por el plomo
rompió a llorar espontáneamente como un niño”. El año terminó con
su regreso a Oriente por desavenencias con algunos jefes de Las Villas.
1875. “En ningún momento durante los años transcurridos de la guerra”,
dice José Luciano Franco en Antonio
Maceo: apuntes para su vida, “habíanse presentado perspectivas más
favorables para el triunfo de la Revolución Cubana como en los primeros
meses del año 1875". España se sintió impotente para detener a
los mambises: las tropas cubanas al mando de Máximo Gómez llegaron a
Las Villas para allí impulsar la insurrección, mientras que en Oriente
los insurrectos burlaban las líneas militares de los españoles,
aumentaban sus filas con la presentación de voluntarios que se unían a
los cubanos, y con las dotaciones de esclavos liberados por el general
Maceo, Gillermo Moncada y Flor Crombet. Estas ventajas de los
insurrectos se vieron disminuidas por la conspiración militar,
condenada por Maceo, de Lagunas de Varona, que dirigió el general
Vicente García para destituir al presidente Cisneros, lo que puso en
peligro la causa cubana.
1876. La envidia y el regionalismo de algunos insurrectos se dio a propalar
la calumnia de que Maceo favorecía en sus filas a los negros sobre los
blancos. Esto hizo que el general se viera obligado a escribirle una
carta “manifestación” al presidente de la República, entonces Tomás
Estrada Palma, el 16 de mayo, en la que se lee que el exponente
“protesta enérgicamente con todas sus fuerzas para que ni ahora, ni
en ningún tiempo, se le considere partidario de ese sistema
[discriminatorio], ni menos que se le tenga como autor de doctrina tan
funesta, máxime cuando forma parte, y no despreciable, de esta República
democrática que ha sentado como base principal la libertad, la igualdad
y la fraternidad...”
1877. El 7 de agosto Maceo, sorprendido por una columna enemiga en el Potrero
de Los Mangos de Mejía, en Barajagua, lo hirieron cuatro balas en el
pecho, dos en el brazo y una en la mano derecha. Contó Manuel J. de
Granda en La paz del manganeso:
“...conducido agonizante por doce hombres mandados por su hermano José,
los que resistían tiro a tiro a la columna española mandada por el
general Camilo Polavieja, ávido de apresar al caudillo herido, iba María
Cabrales sin ocultarse a las descargas enemigas, al pie de la camilla
ensangrentada, y al ver llegar al sitio del peligro al Jefe del
Regimiento Santiago, el coronel José María Rodríguez, con un gesto de
espartana, dirigiéndose a aquellos abnegados y valientes soldados,
exclamó: ‘¡A salvar al general o a morir con él!’“ Poco tiempo
después, restablecido, estaba de nuevo sobre su caballo en nuevas
actividades militares. En el mes de noviembre, ya con el terreno abonado
para la pacificación del país, por los problemas entre las filas
insurrectas, llegó a Cuba Arsenio Martínez Campos, lo que no impidió
que Maceo siguiera combatiendo, como lo hizo, en Sagua de Tánamo, en la
provincia de Oriente, a los pocos días de la llegada del general español.
1878. A principios de este año, por acuerdo de la Cámara de Representantes,
recibió Maceo el diploma, firmado por el presidente de la República,
en el que se le ascendía a Mayor General del Ejército Libertador. Los
grandes combates que siguieron su nombramiento, en la llanura de Juan
Mulato y San Ulpiano, junto con su hazaña en la Loma de Bío, donde se
curaba de las heridas que recibió en el Potrero de los Mangos de Mejía,
confirmaron el juicio que envió a Madrid Martínez Campos sobre el héroe
cubano; dijo: “Creí habérmelas con un mulato estúpido, con un
arriero rudo, pero me lo encuentro transformado no sólo en un verdadero
general, capaz de dirigir sus movimientos con tino y precisión, sino en
un atleta que en momentos de hallarse moribundo en una camilla, es
asaltado por mis tropas y abandonando su lecho se apodera de su caballo,
poniéndose fuera del alcance de los que le perseguían”. Abrumada por
las dificultades internas, el 8 de febrero se disolvió la Cámara de
Representantes para llegar a un acuerdo con Martínez Campos, firmándose
el Pacto del Zanjón dos días más tarde. El 18 de ese mes se reunieron
Maceo y Máximo Gómez en Pinar Redondo, pero el caudillo oriental se
negó a aceptar la paz acordada. Entonces le escribe a Martínez Campos
para entrevistarse con él, lo que sucede el día 15 de marzo en Baraguá.
No llegaron a un acuerdo, toda vez que, como le dijo Maceo, no se habían
logrado lo que dio origen a la guerra. De nuevo se vuelve a ella: era la
Protesta de Baraguá, pero por orden del jefe español sus soldados
respondían a los ataques cubanos con vivas a la paz y a Cuba. Maceo, aún
protestante del acuerdo del Zanjón, comisionado por los rebeldes para
obtener refuerzos en el extranjero, embarcó en Santiago de Cuba con
destino a Jamaica. A los pocos días llegaron a Kingston Mariana
Grajales, María Cabrales y las otras mujeres y los niños de su
familia. En aquella ciudad, Maceo empezó su campaña para continuar la
revolución de Cuba, pero no tuvo suerte: parecía que de nada habían
servido sus diez años de lucha, su participación en 800 combates, y
las 22 cicatrices que llevaba en el cuerpo. Y no mucho mayor éxito logró,
en el mes de junio, durante su visita a Nueva York. Por eso tuvieron que
rendirse los pocos patriotas que en la isla siguieron combatiendo a España
con “escopetas viejas cargadas con pólvoras de guano de murciélago y
proyectiles de balaustres de hierro recortado... en fieras batallas
cuerpo a cuerpo, a pedradas, al machete, con púas y macetas de
madera”, como es el caso del holguinero Modesto Fornaris Ochoa,
presente en la protesta de Baraguá, quien no pudo resistir, junto a los
10 hombres que lo acompañaban, más que hasta el día en que se
cumplieron justos los diez años del alzamiento de Céspedes en la
Demajagua.
1879, 26 de agosto. Se inicia en Santiago de Cuba la llamada Guerra Chiquita.
Su jefe máximo, el general Calixto García, le explica a Maceo, en
Kingston, la conveniencia de que no fuera a la cabeza de lo militar para
impedir que pareciera una guerra “de raza”, pero él, ayudado por su
hermano Marcos y varios amigos, y antiguos compañeros, preparó una
expedición que habría de desembarcar en Cuba y sumarse a los que allí
estuvieran en armas. Sale hacia Haití, y en Port-au-Prince, a fines de
diciembre, de nuevo los españoles tratan de asesinarlo.
1880, 3 de agosto. A raíz de desembarcar Calixto García en Cuba, las tropas
españolas lo hicieron prisionero, y así terminó aquel movimiento
revolucionario. A principios del año Antonio y Marcos Maceo, sin
renunciar a la idea de llevar una expedición armada a Cuba, por los
sucesos en Haití, se embarcan con destino a Saint Thomas, y luego
fueron a las Islas Turcas para trasladarse a Santo Domingo: allí una
mujer, por dinero, se comprometió a llevarlo a una playa para que lo
asesinaran, pero ella se enamoró del héroe y de su causa y le descubrió
el complot del cónsul español. Al terminar el año estaba otra vez
Maceo en Jamaica.
1881. En el mes de junio, en compañía de su hermano Marcos, viajó a Costa
Rica para establecerse luego en Honduras, donde el gobierno protegía a
los emigrados de Cuba, y lo nombró General de División a cargo de
Tegucigalpa. En sus tiempos libres Maceo estudió francés e historia,
administración pública y técnica militar.
1882. Se reúne el general Maceo con Máximo Gómez, y tratan del futuro de
Cuba. En julio Martí le escribe, desde Nueva York, a Maceo, y le
pregunta sobre la posibilidad de reiniciar la guerra de Cuba; le dice:
“No conozco yo soldado más bravo, ni cubano más tenaz que Ud., ni
comprendería yo que se tratase de hacer obra alguna seria en las cosas
de Cuba, en que no figurase Ud. de la especial y prominente manera a que
le dan derecho sus merecimientos”.
1883. Las noticias de Cuba y las conversaciones con algunos de sus compañeros
de armas en la pasada guerra, le hacen concebir a Maceo, junto a Gómez,
nuevas esperanzas para iniciar un levantamiento en Cuba. A fines de ese
año reciben la promesa de ayuda económica de algunos cubanos ricos
residentes en Nueva York.
1884, 2 de agosto. Después de liquidar los compromisos que le impedían
dedicarse por entero a las labores revolucionarias, se embarcó Maceo
con la esposa, Máximo Gómez y su familia, en Puerto Cortés con
destino a Nueva Orleans. El presidente hondureño Luis Bográn les
facilitó dinero para el viaje. Poco antes le había escrito a un amigo
desde San Pedro: “Para ocuparme de la Patria he dejado el destino que
me proporcionaba el sustento de mi familia, porque nuestra esclavizada
Cuba reclama que sus hijos la emancipen de España...” En setiembre,
también en viaje de propaganda y para recaudar fondos, Maceo y Gómez
llegaron a Cayo Hueso, y en octubre ya estaban en Nueva York, donde se
les unió José Maceo, quien se había escapado de una prisión española
en las islas Baleares. A pesar del número de figuras importantes de la
emigración que los apoyaban, la visita a Nueva York tuvo poca fortuna:
además de perder el apoyo de Martí, quien se disgustó con Gómez, la
ayuda económica prometida nunca se produjo: Gómez anotó en su Diario:
“He sufrido aquí en New York lo que no me esperaba... Mi decepción
ha sido tristísima porque sólo los cubanos pobres son los dispuestos
al sacrificio. A los más pudientes les he pasado notas secretas para
que afronten recursos, y de más de 20 a quienes he interrogado, uno sólo
contestó con 50 pesos...” Entre las comisiones que despacha a
distintos países —Francia, Venezuela, Panamá, Colombia—, Maceo fue
destinado a México, pero en esa gestión muy poco pudo lograr.
1885. Continúa Maceo su labor de propaganda por distintos centros de
emigrados: otra vez, Cayo Hueso, Nueva Orleans, Nueva York, Panamá, México,
Kingston. Desde Nueva Orleans, el 14 de junio —en carta dada a conocer
por el autor de este libro— le escribe a Juan Arnao criticando a Martí
por no apoyar la gestión revolucionaria de Gómez: “¿Qué importa la
doblez y la falsía de unos pocos, si se cuenta con la abnegación y
probado patriotismo de los más?...Concretando especial y
determinadamente estos comentarios a un solo individuo, que lo
designaremos Dr. Martí, debo agradecerle los antecedentes que relativos
a su conducta Ud. ha tenido la bondad de proporcionarme... Conocidas
como son las retrógradas tendencias del amigo que nos ocupa, debe Ud.
procurar el concurso de los que, amantes de su Patria, aspiren al bien
de ella para que unidos así combatan en todos los terrenos tan fatal
elemento...” Maceo terminó el año en Jamaica; y en Kingston, en
diciembre, lanza su proclama “A mis compañeros y vencedores de
Oriente”, donde les dice: “La libertad no se pide, se conquista...
Os traigo la guerra de la justicia y la razón... Venid al campo del
honor, ahora que os traigo el olivo de la libertad y del derecho”.
1886. Durante los primeros meses de este año Maceo permanece en Panamá
preparando la nueva guerra que quiere empezar en Cuba, y en julio otra
vez se encuentra en Jamaica; allí se celebró una reunión presidida
por Máximo Gómez, a la que asistieron buen número de los militares
comprometidos en el levantamiento: la mayoría estuvo de acuerdo en que
era imposible llevarlo a cabo por los fracasos sufridos, la indiferencia
de muchos en la isla y la escasez de recursos. En la reunión del 17 de
agosto, por una discrepancia entre Maceo y Flor Crombet, que logró
resolverse, hubo un agrio intercambio epistolar entre Gómez y Maceo,
que terminó por un ruego de Maceo a su antiguo compañero de armas y
amigo, en el que le decía: “Suplícole que no confunda la causa con
nuestras personalidades...”: y se impuso el patriotismo: Gómez le
contestó: “..queda una cosa en común entre los dos, sagrado por
cierto, y que la he hecho mía, la causa de su Patria...” A fines de
diciembre vuelve Maceo a Panamá, y al empezar el año siguiente, para
ganarse la vida, ya estaba construyendo casas para los obreros que
trabajaban en el Canal.
1887, 4 de enero. En respuesta a una carta firmada por un grupo de cubanos de
Nueva York, que encabezaba Martí, y dirigida a los generales Gómez,
Maceo, Francisco Carrillo y Rafael Rodríguez, Maceo, sin hacer alusión
a la polémica de 1884, le contestó: “Hoy como ayer y siempre, señor
Martí...debemos los cubanos todos, sin distinciones sociales de ningún
género, deponer ante el altar de la Patria esclava y cada día más
infortunada, nuestras disensiones todas...” Y después de una breve
visita al Perú, donde alterna con Eloy Alfaro, Maceo y su hermano José
volvieron a Jamaica por las dificultades que tuvieron los empresarios
que construían el Canal.
1889. El desorden y la corrupción de las autoridades españolas en la isla
hizo que se nombrara como Gobernador General a Manuel Salamanca. Llegó
a Cuba en el mes de marzo, pero lo único que pudo lograr fue darle el
control del robo y del peculado a los que decían perseguirlo. Otro de
sus planes era impedir un brote insurreccional y neutralizar los centros
de emigración que simpatizaban con el separatismo: en Cayo Hueso se
organizaban los cubanos para lo que a principios de 1891 se convertiría
en la Convención Cubana; aquellos grupos de emigrados tenían buen número
de agentes en la isla. Por los mismos días que llegó a La Habana el
teniente general Salamanca, Martí publicó en The
Evening Post, de Nueva York, su famoso artículo “Vindicación de
Cuba”; allí decía: “La lucha no ha cesado. Los desterrados no
quieren volver. La nueva generación es digna de sus padres... Sólo con
la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad...”
1890, 5 de febrero. Maceo llega a La Habana. Con la disculpa de que tenía
que vender algunas propiedades de su madre, pidió permiso al gobierno
español para trasladarse a Cuba. En los fragmentos de unas
“Narraciones” que recogió su sobrino Gonzalo Cabrales, en el Epistolario
de Héroes, confirma que, con el viaje, quiso tentar el terreno
antes de volver a la guerra; escribió allí: “Yo les hice presente [a
los amigos y viejos compañeros de armas con los que habló en las
distintas ciudades en que estuvo] que podían asegurar que mi vuelta a
Cuba no obedecía a otra cosa, que mis propósitos eran revolucionar la
Isla y lanzarme a la lucha armada, no obstante que me veía en el caso
de aparentar lo contrario, disimulando mis pasos en el país con varias
cosas que intentaba hacer”. El momento era propicio por el caos económico
y los abusos de los gobernantes. Los habaneros le hicieron todo tipo de
homenajes. Maceo, por su parte, describió así la situación que
encontró en la capital: “... viven con la lucha del amo y el esclavo:
al primero le sobra la razón, y al segundo siempre le falta la
justicia, por buena que sea su causa. Nuestras mujeres tienen que ser
ociosas y prostituirse por falta de ocupación honrosa y digna de su
sexo, pues ni siquiera tienen, en su tierra, el auxilio de la venta de
flores, oficio que desempeñan corpulentos jóvenes españoles...” En
julio, ya en Santiago de Cuba, Maceo logra organizar un levantamiento
armado con los antiguos y los nuevos adeptos del separatismo. Además
del Partido Autonomista, que repudiaba el camino de la guerra, el único
otro estorbo era el de los anexionistas que querían convertir a Cuba en
Estado de la Unión Americana: en un banquete que le dieron los
santiagueros al general Maceo en el restaurante La Venus, según
conocida anécdota, se brindó por Cuba Libre, pero un imprudente sugirió
en la sobremesa la conveniencia de anexar a Cuba a los Estados Unidos;
Maceo le contestó: “Creo, joven, aunque me parece imposible, que ese
sería el único caso en que tal vez estaría yo al lado de los españoles”.
Muerto el gobernador Salamanca, su sustituto, Camilo Polavieja, acabado
de llegar a La Habana, a fines de agosto, ordenó la inmediata deportación
de Maceo y de otros complotados, y el arresto de muchos de los
comprometidos en Oriente: la subida del precio del manganeso restó el
apoyo de algunos sectores de la población, por lo que se llamó al
acontecimiento, como antes a la otra Paz, del Zanjón, a ésta, la Paz
del Manganeso. Desde Kingston, sin desanimarse, le escribió Maceo a José
Miró Argenter: “...lo que conviene es que se haya levantado el espíritu,
que no se desmaye en la conspiración, pues yo, cualesquiera que sean
los obstáculos que encuentre a mi paso, trataré de vencerlos; superaré
el peligro... Mis deberes para con la Patria y para con mis propias
convicciones políticas, están por encima de todo esfuerzo humano; por
ellos llegaré al pedestal de los libres o sucumbiré luchando por la
redención de ese pueblo...”
1891. Por las concesiones que hacía Costa Rica para colonizar parte de su
territorio inculto, el general Maceo se trasladó a ese país, y en el
mes de febrero ya estaba allí en negociaciones con el gobierno. Desde
1883 Maceo acariciaba la idea de crear en Centroamérica, con Gómez, en
Honduras, una “colonia cubana” que formara soldados para la próxima
guerra, y ciudadanos para la futura república —algo como se intentó
en 1893 en la Florida, cerca del pueblo de Ocala, en “Martí
City”—. Por presiones de España se le negaron tierras en la costa
del Caribe para que no estuviera tan cerca de Cuba, y se las dieron en
la del Pacífico, en la península de Nicoya, habitada entonces por
indios y nativos: se le pagaba una cantidad en efectivo por cada colono
que llevara al lugar, por cada vivienda que construyera y por cada hectárea
que preparara para cultivo; se le dio dinero para maquinaria agrícola y
para semilla, y la propiedad de 5 mil de las 15 mil hectáreas que le
asignaron para la colonia, en la que se establecieron también sus
hermanos José y Tomás, y muchos compañeros de la insurrección. Poco
después, por el trabajo de los cubanos, aquel lugar al que Maceo puso
por nombre La Mansión, era un rico centro agrícola e industrial,
productor de azúcar, tabaco, café, cacao, arroz —un remedo de las
fincas que tuvo en Cuba, antes de empezar la Guerra Grande, Marcos
Maceo.
1892. España había logrado mantener desunida a la emigración, al igual que
a los separatistas en la isla, y hasta logró crear cierta hostilidad
entre los patriotas. En esa campaña actuaron con gran efectividad los
que propiciaban un entendimiento con los gobernantes españoles, los
autonomistas, el Partido Liberal, y los que favorecían la anexión,
ambos enemigos de la independencia. Martí comprendió la necesidad de
la acción para lograr la unión de los cubanos, y para llegar a aquélla
se puso a crear una base política e ideológica que lograra el milagro.
Con sus contactos en Tampa, Cayo Hueso, Filadelfia y Nueva York, fundó
el Partido Revolucionario Cubano, reflejo de las aspiraciones que habían
manifestado los patriotas cubanos en actividades anteriores, incluyendo
las del propio Antonio Maceo. Conjuntamente con el Partido, fundó el
periódico Patria, el 14 de
marzo, que iba a estimular la actividad separatista en las emigraciones
y entre los cubanos de la isla. Antes de que terminara el año, Martí
ya había comprometido a Máximo Gómez, al visitarlo en Santo Domingo,
para que aceptara la dirección de la guerra; luego fue a hacer contacto
con los emigrados en Haití, donde conoció a la esposa de Maceo, y a la
madre. Poco después, por la muerte de la anciana, escribió en Patria:
“... mejor será pintarla como la recuerda, en un día muy triste de
la guerra, un hombre que estuvo en ella los diez años... fue un día
que traían a Antonio Maceo herido... las mujeres todas, que eran
muchas, se echaron a llorar... Y la madre, con el pañuelo a la cabeza,
como quien espanta pollos, echaba del bohío a aquella gente llorona...
Y a Marcos, el hijo, que era un rapaz aún, se lo encontró en una de
las vueltas: ‘¡Y tú [le dijo], empínate, porque ya es hora de que
te vayas al campamento!’“
1893, 30 de junio. Maceo se entrevista con Martí en Puerto Limón. Allá ha
ido Martí después de visitar por segunda vez a Máximo Gómez en Santo
Domingo. Poco antes, desde La Mansión, le había escrito Maceo a
Alejandro Rodríguez: “Los asuntos de Cuba me pusieron a pique de
abandonar mi empresa [en La Mansión]... lo cierto es que lucho conmigo
mismo, porque al desatender un deber abandono el otro; el ideal de toda
mi vida contenido por obligaciones contraídas...” Maceo aprobó
complacido los planes de Martí y Gómez para iniciar la guerra. Primero
quiso, sin embargo, hablar directamente con sus amigos en Cuba. Aunque
el riesgo era muy grande, con pasaporte ajeno, y sin decírselo a nadie,
se embarcó para Santiago de Cuba, y estuvo también en La Habana y en Cárdenas
en conversaciones secretas con diversos patriotas, pero tuvo que
adelantar su salida del país porque la policía ya estaba sobre su
pista: escondido embarcó por Cienfuegos. Al llegar a San José supo de
la muerte de su madre, el 28 de noviembre.
1894, 8 de abril. Llega a Nueva York, acompañado por su hijo Panchito, el
general Máximo Gómez. Satisfecho regresa a Santo Domingo. El hijo se
lo dejó a Martí, y juntos se dirigen a Costa Rica para entrevistarse
con Maceo. El 6 de junio Martí le detalló el Plan de Fernandina: tres
barcos saldrían de un puerto de los Estados Unidos: uno iría a Cayo
Hueso a recoger a los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff para
trasladarlos a Las Villas; otro iría a Costa Rica a buscar a Maceo, a
su hermano José y a Flor Crombet para llevarlos a Oriente; el tercero,
después de recoger a Martí, y a los generales Enrique Collazo y José
M. Rodríguez en Fernandina, iría a Santo Domingo para reunirse con Gómez
y seguir hacia Camagüey; y cada contingente se haría acompañar por un
grupo de hombres escogidos por los jefes. Sospechando las autoridades de
La Habana que algo grande se preparaba en la emigración, decidieron
atentar otra vez contra la vida de Maceo, y el 10 de noviembre, a la
salida de un teatro, en San José, varios españoles lo balearon: Maceo
logró matar a uno de sus asaltantes, pero él recibió una herida en el
muslo. Pronto sanó, pero aún trataron sus enemigos en otras dos
ocasiones de envenenarlo. Un amigo de Maceo, Manuel González Zeledón,
describió cómo pudieron proteger a Maceo hasta embarcarse para Cuba:
conoció este generoso costarricense a un jamaiquino recién llegado a
Costa Rica, que ni hablaba español, pero que tenía un gran parecido
con el general. Enterado Maceo del plan, le prestó su ropa, y durante
varias semanas se paseó por las calles de la ciudad en compañía de
los cubanos aunque sin hablar para que no se descubriera la trampa que
burló la vigilancia de los espías españoles.
1895, 12 de enero. Fracasa el Plan de Fernandina al descubrirse el propósito
de la expedición y los alijos de armas. Enterado Maceo, pide 6 mil
pesos para ir con sus hombres a Cuba. Martí no pudo complacerlo y le
encargó a Flor Crombet la empresa: el tesoro de la revolución había
quedado exhausto. El 24 de Febrero se produjo un levantamiento armado en
el pueblo de Baire, y por esa misma fecha hubo alzados en Manzanillo,
Guantánamo, Jiguaní y en Ibarra (Matanzas). El 11 de abril desembarca-
ron Antonio y José Maceo, Crombet y sus hombres en la playa de Duaba,
cerca de Baracoa, y enseguida tuvieron encuentros con soldados españoles:
en uno de ellos murió Flor, de un balazo en la cabeza. Frank Agramonte,
ayudante de Crombet, dice en su “Diario” —aún inédito, y que se
conserva entre los papeles de Roberto D. Agramonte, su hijo, en los
archivos de la Universidad de Miami— que Antonio Maceo “... había
cometido la imprudencia de avisar a las Autoridades Españolas [de
Baracoa] que él había llegado”. Por su cuenta, Martí y Gómez
desembarcaron con cuatro compañeros, en Playitas, el día 11. El 5 de
mayo Maceo, Gómez y Martí se reunieron en el ingenio La Mejorana. Allí
salieron a relucir las discrepancias por las que no se pusieron de
acuerdo en 1884; además, Maceo estaba disgustado porque lo sometieron
al general Flor Crombet: cuenta en su “Diario” Frank Agramonte que
Maceo le dijo en el viaje a Cuba, que Benjamín Guerra, el tesorero del
Partido Revolucionario Cubano, y Martí, “...se la iban a pagar por no
haber[le] entregado a él el dinero de la expedición, así como la
dirección de la misma”. Martí anota en su Diario,
a raíz de la entrevista: “... me habla [Maceo], cortándome las
palabras, como si fuese yo la continuación del gobierno leguleyo [de la
última guerra], y su representante. Lo veo herido. ‘Lo quiero’
—me dice— ‘menos de lo que lo quería’, por su reducción a Flor
en el encargo de la expedición, y gasto de sus dineros... En la mesa,
opulenta y premiosa, de gallina y lechón... me hiere y me repugna...”
Dos semanas más tarde, el 19 de Mayo, murió Martí en Dos Ríos. Después
de La Mejorana, Maceo volvió a sus campañas: ataca el poblado del
Cristo —cerca de Santiago de Cuba—, derrota a los españoles en El
Jobito —cerca de Guantánamo—, y en Peralejo —no lejos de
Bayamo— se enfrenta y derrota a Martínez Campos, y allí muere el
general español Fidel Santocildes. El 31 de agosto, en el combate de
Sao del Indio, los soldados de Antonio y José Maceo le produjeron más
de 300 bajas a la columna española dirigida por el coronel Francisco
Canellas, lo que le dio al Ejército Libertador, al conocerse la noticia
en toda la isla, fama de invencible. Diez y siete años después de la
Protesta en los Mangos de Baraguá, desde ese mismo lugar, el 22 de
octubre, inició Maceo, nombrado el mes anterior Lugarteniente General,
la invasión hacia Occidente. El 29 del siguiente mes, después de
cruzar la Trocha de Júcaro a Morón, que los españoles creían
invencible, las fuerzas de Maceo, 1500 jinetes y 700 infan- tes, y las
de Máximo Gómez se reunieron en Camagüey: Bernabé Boza, Jefe de la
Escolta de Gómez, describió así el encuentro en su Diario
de la guerra: “Es imposible decir la escena que allí tuvo lugar.
En un estrecho abrazo y derramando lágrimas de santo patriotismo, nos
confundimos orientales, centrales y occidentales, negros y blancos”.
La fuerzas combinadas de los dos jefes lograron la que fue quizás la más
decisiva victoria del ejército invasor: el 15 de diciembre, el combate
de Mal Tiempo le produjo grandes bajas a los españoles y abundante
parque a los insurrectos, y quedó abierto el camino para que las tropas
de Maceo entraran en Matanzas, y el 23, el combate de Coliseo convenció
a Martínez Campos, quien se había refugiado en la capital de la isla,
de su incapacidad para detener la invasión; confirma su juicio la
entrada de Maceo en la provincia de La Habana el 11 de enero de 1896. El
7 de Diciembre del próximo año, minutos antes de morir Maceo escuchaba
complacido de boca del general José Miró lo que éste había escrito
sobre el combate de Coliseo; decía que allí “se hundió el astro de
su fortuna [de Martínez Campos], cuando aún no era media tarde, en
aquel cielo tenebroso...” Maceo, en aquella ocasión, se hizo repetir
las palabras de Miró, y le dijo: “¡Eso es lo que a mí me gusta, el
eclipse de mi compadre Martinete en aquel cielo tenebroso, cuando aún
no era media tarde...” Al entrar en la provincia de La Habana, Gómez
y Maceo seguían el plan de destrucción que tanto había servido a los
insurrectos en las campañas de Oriente durante la Guerra Grande, y que
le serviría de castigo a la riqueza indolente más preocupada por el
rendimiento de sus propiedades que por la justicia social y la
independencia de su patria: un año más tarde Gómez recordará esos días
en la provincia de La Habana en carta al coronel Andrés Moreno, desde
Sancti Spíritus, el 6 de febrero; le decía: “Cuando la tea empezó
su infernal tarea, y todos aquellos valles hermosísimos se convirtieron
en una horrible hoguera, cuando ocupamos a viva fuerza aquellos bateyes
ocupados por los españoles, aquellas casas palacios, con tanto
portentoso laberinto de maquinarias... cuando yo vi todo eso, le
confieso a usted que quedé abismado y hubo un momento que hasta dudé
de la pureza de los principios que sustentaba la Revolución... Mas,
cuando puse mi mano en el corazón adolorido del pueblo trabajador y lo
sentí herido de tristeza, cuando palpé al lado de toda aquella
opulencia alrededor de toda aquella asombrosa riqueza, tanta miseria
material y tanta pobreza moral; cuando todo esto vi en la casa del
colono, y me lo encontré embrutecido para ser engañado, con su mujer y
sus hijitos cubiertos de andrajos y viviendo en una pobre choza plantada
en la tierra ajena... me sentí indignado y profundamente predispuesto
en contra de las clases elevadas del país, y en un instante de coraje,
a la vista de tan marcado como triste y doloroso desequilibrio, exclamé:
¡Bendita sea la tea!”
1896. A principios del año Maceo cruza con 1500 hombres la Trocha de Mariel
a Majana y, el 23 celebra un acto público en el pueblo de Mantua, en el
extremo occidental de la isla —allí hizo tremolar la bandera que le
habían regalado las mujeres de Puerto Príncipe. Hacía tres meses que
había salido la columna invasora de los Mangos de Baraguá, había
recorrido victoriosa, en 68 marchas, 424 leguas, había vencido a los ejércitos
españoles, destruido la riqueza que perjudicaba la causa cubana, y
obtenido el más rico botín de guerra. El periódico Times,
de Londres, dijo sobre el triunfo cubano: “La campaña de los españoles
puede darse por fracasada desde el momento que siendo en número de
cuatro soldados por cada insurrecto, no ha podido evitar el éxito
constante de los rebeldes mandados por Gómez y Maceo, puesto que ora
separados, ora juntos, han cruzado en todas direcciones la isla, sin
haber experimentado una derrota de verdadera consecuencia”. El 11 de
febrero, para sustituir a Martínez Campos, llegó a La Habana el
sanguinario general Valeriano Weyler, encargado de establecer el terror
para impedir el progreso de la causa de Cuba: tenía, según el juicio
de Martínez Campos, la necesaria “crueldad” para dirigir la guerra,
toda vez que los cubanos tenían “una generosidad fatal con los
heridos y prisioneros” españoles. Ante las salvajes medidas de Weyler
contra le gente indefensa, Maceo le escribió a fines de febrero: “A
pesar de todo cuanto se había publicado por la prensa respecto de
usted, jamás quise darle crédito y basar en ellos un juicio de su
conducta: tal cúmulo de atrocidades, tantos crímenes repugnantes y
deshonrosos para cualquier hombre de honor, estimábalos de imposible
ejecución... Pero, por desgracia, la dominación española ha de llevar
siempre aparejada la infamia... En mi marcha durante el actual período
de esta campaña, veo con asombro, con horror, cómo se confirma la
triste fama de que Ud. goza, y se repiten aquellos hechos reveladores de
salvaje ensañamiento... Su nombre de Ud. quedará infamado, y aquí, y
fuera de aquí, recordado con asco y horror...” Iniciaba entonces
Maceo la Campaña de Occidente, la más difícil por la concentración
de tropas que allí se le oponían. En un encuentro en Consolación del
Sur, Maceo fue herido, y dos semanas más tarde, el 5 de julio, en
Oriente, en Loma de Gato, también frente al enemigo, muere su hermano
José, injustamente maltratado por el Consejo de Gobierno de la República
en Armas —en el bolsillo llevaba su renuncia a la jefatura del Primer
Cuerpo del Ejército—. Después de la muerte de su padre, era el
cuarto hermano que perdía Antonio por la guerra: Julio, en 1870;
Miguel, en 1874; y Rafael, en 1887—. El 5 de setiembre llega a la Bahía
de Corrientes, en Pinar del Río, la expedición armada del general Juan
Ríus Rivera, con quien viene Panchito Gómez Toro, el hijo del General
Gómez, y pronto se reúnen con las fuerzas de Antonio Maceo. Se suceden
los combates en distintos lugares: el de Montezuelo, el de las Tumbas de
Estorino, el de La Manaja, el de Soroa... pero ninguno tan notable como
la victoria cubana en Ceja del Negro, cerca de la ciudad de Pinar del Río.
A principios de diciembre decide Maceo reunirse con Gómez para conjurar
la crisis política del Gobierno y las intrigas contra el general Gómez;
decide por eso cruzar hacia el Este la Trocha de Mariel a Majana, y el día
5 tiene un sueño en el que su madre le pedía suspender la lucha y
renunciar a más gloria, le decía: “¡Basta de lucha, basta de
guerra!” En ese mismo día 5, desde el destruido ingenio La Merced,
cerca del Mariel, le escribe al general José María Aguirre, jefe de la
división de La Habana, un oficio, cuyo original se reproduce en este
libro, en el que le pide que reconcentre sus tropas para acompañarlo en
una atrevida operación: para humillar a Weyler, iba a atacar el poblado
de Marianao, a las puertas de La Habana... El día 7, un lunes, ya en el
campamento de San Pedro, a las dos de la tarde, Maceo descansaba en la
hamaca rodeado de su Estado Mayor: Miró le acababa de leer lo del
combate de Coliseo. Sonaron tiros: los españoles habían burlado la
guardia. A poco el Lugarteniente General estaba sobre el caballo
dirigiendo a los suyos. Ordenó al corneta que tocara a degüello.
“Esto va bien”, dijo: fueron sus últimas palabras: una bala en el
rostro lo hizo caer del caballo. Trató de levantarlo el comandante Juan
Manuel Sánchez: “¿Qué es eso, general? ¡Eso no es nada! ¡No se
amilane!”—le dijo. Maceo abrió los ojos. Un minuto después, estaba
muerto.
|