Textos
Mientras
no se indique otra fuente, las cartas y documentos de esta sección han
sido tomados de los siguientes libros, descritos luego en la
“Bibliografía”: Antonio
Maceo, ideología política; Ideario
Cubano: Antonio Maceo; Epistolario
de Héroes; Crónicas de la
Guerra [de Miró]; y Papeles
de Maceo. Los puntos suspensivos indican el lugar en el que se
suprimieron pasajes de menos importancia para lo que aquí interesa.
I)
Los
enemigos de la independencia siempre acudían al “peligro negro” en
defensa de sus ideas: con los acontecimientos de Haití opinaban que una
revolución contra España llevaría a sublevar a los esclavos y al
exterminio de los blancos. Bien sembrado ese miedo a una “guerra de
raza” desde principios del siglo, aún en medio de la Guerra Grande se
podía emplear en apoyo de ambiciones personales y envidias. El
prestigio y la fama adquiridos por el entonces brigadier Antonio Maceo,
sumado a recelos regionalistas, hizo que llegara hasta el gobierno de la
República en Armas la calumnia de que él prefería en el mando de sus
tropas a los negros sobre los blancos, y que algunos de éstos se resistían
a acatar sus órdenes por ser él de “la clase” de color. Si la
acusación sólo hubiera lastimado al hombre, la protesta de Maceo habría
sido menos airada pero, el daño a la causa de Cuba, al prosperar aquel
infundio, hubiera adquirido grandes proporciones. Con el mismo vigor con
que le salía al paso a los escuadrones españoles, no menos dañinos
que aquella infame imputación de racismo, Maceo le envió al presidente
Tomás Estrada Palma una exposición en la que le decía:
Campamento de Barigua, 16 de mayo de 1876.
Ciudadano Presidente de la República.
Antonio Maceo y Grajales, natural de la ciudad de
Cuba, Brigadier del Ejército Libertador, y en la actualidad
Jefe de la Segunda División del Primer Cuerpo, ante
usted, usando la forma más respetuosa, se presenta y expone:
Que de mucho tiempo atrás, si se quiere, ha venido
tolerando especies y conversaciones que verdaderamente condenaba al
desprecio porque las creía procedentes del enemigo que, como es
notorio, esgrime y ha usado toda clase de armas para desunirnos y ver si
así puede vencernos; más tarde, viendo que la cuestión de clase
tomaba creces y se le daba otra forma, trató de escudriñar de dónde
procedía, y convencido de que no era del enemigo... supo hace algún
tiempo, por persona de buena reputación y prestigio, que existía un
pequeño círculo que había manifestado al Gobierno “no querer servir
bajo las órdenes del que habla por pertenecer a la clase”, y más
tarde por distinto conducto ha sabido que han agregado “no querer
servir por serles contrario y poner miras en sobreponer los hombres de
color a los hombres blancos”... Y como el exponente precisamente
pertenece a la clase de color, sin que por ello se considere valer menos
que los otros hombres, no puede ni debe consentir que lo que no es, ni
quiere que suceda, tome cuerpo y siga extendiéndose, porque así lo
exigen su dignidad, su honor militar, el puesto que ocupa y los lauros
que tan legítimamente tiene adquiridos... Y si por evento no creíble
se le negare al postulante la justicia que demanda... pide le den sus
pasaportes para el extranjero... sin que por esto se entienda ni
remotamente que éste sea un pretexto para abandonar el país, y mucho
menos ahora que la Patria necesita más que nunca del postrer esfuerzo
de todos sus buenos hijos, pues ni está inutilizado, a pesar de las
once heridas que en su cuerpo lleva noblemente, ni está cansado, porque
el exponente, Ciudadano Presidente, no es de los hombres que se cansan,
ni se cansará mientras no vea a su patria en posesión de los derechos
que reportarle debe la sangrienta lucha que empeñó en 1868 para
librarse de todo aquello que no sea republicano...
II)
Ante
un plan sedicioso del general Vicente García para destituir al
presidente, disolver la Cámara y confiar el mando supremo de la guerra
a un dictador asesorado por un grupo de sus conmilitones, Maceo tuvo
ocasión de probar su repudio al divisionismo y su respeto al verdadero
espíritu de la insurrección. Según el coronel Fernando Figueredo,
testigo excepcional de los hechos, el general García estaba influido
por un tal Charles Filiberto Peisso, un aventurero francés,”amigo de
la república universal” y “demagogo” con “sueños de
socialismo, y hasta de comunismo” para Cuba, residuo probable de la
parte infame de la Comuna de París, de 1871. No es infrecuente que ese
tipo de oportunistas, movidos por frustraciones personales y
resentimientos, aprovechándose de la ingenuidad y la ignorancia de
unos, y de la mala fe de otros, se adentren en los movimientos
revolucionarios nacionalistas y los envenenen alejándolos de los nobles
fines que les dieron origen. Con la habilidad que a veces esgrimen esos
oportunistas, Peisso, a quien los cubanos llamaban “Mons. Carlos” y
que había logrado llegar a capitán, convenció a los asesores de García
, y al propio general, de que el mejor camino para hacer triunfar la
causa de Cuba era destruir sus bases para establecer una república
“democrática-federal-social” en sustitución de la que habían
querido para el país, desde Yara, los patriotas cubanos. De principios
del mes anterior era la carta de García a Maceo: en ella trataba de
justificar también sus actos de 1875 —el motín de las Lagunas de
Varona— y llevar a Maceo a su conspiración: “Ruego a usted”, le
decía, “que medite bien sobre la situación y... contribuya a la
salvación de la patria”; Maceo le contestó indignado:
S. Agustín, julio 5 de 1877.
Mayor General Vicente García.
Estimado amigo:
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No es por cierto el mejor camino el que usted ha
tomado para unir a los patriotas, porque si existen disensiones entre éstos,
no son tales que haya sido necesario apelar a tan reprobables medios,
como son de los que se vale usted para reclamo de los suyos; pues para
satisfacer las aspiraciones del pueblo no es necesario autorizar la
desobediencia al gobierno constituido y a las leyes, como sucedió en
las Lagunas de Varona y como sucede en lo que usted me participa...
Indignación, desprecio me produce su invitación al
desorden y desobediencia de mis superiores, rogándole se abstenga en lo
sucesivo de proponerme asuntos tan degradantes que sólo son propios de
hombres que no comprenden los intereses patrios y personales. Al hacerme
dicha manifestación, debió tener presente que antes que todo soy
militar. Para mí nada implica la amenaza que hace a este distrito,
porque siempre apoyaré al Gobierno legítimo y no estaré donde no
pueda existir orden y disciplina, porque vivir de esa manera sería
llevar la vida del bandolerismo...
Nada tengo que meditar, porque no estoy separado de la
ley para ocuparme de asuntos que no me corres- ponden, debiendo
significarle que me ha herido profunda- mente la falta de respeto de
hacerme las proposiciones de que ejerza mi influencia en las personas
que me son adictas para hacerme solidario de una idea que rechazo, y
sabiendo usted que para servir a mi patria no necesito hacer uso de
medios tan degradantes...
III)
Como
después del Pacto del Zanjón, ya en el extranjero, Maceo siguió
trabajando para reanudar la guerra de Cuba, los españoles lo vigilaban.
En varias oportunidades trataron de asesinarlo. Y, como parte de la
campaña para lograr su descrédito, hicieron correr el rumor de que había
recibido dinero para deponer las armas en 1878, y que estaba
comprometido a no empuñarlas de nuevo. Otros insurrectos sí aceptaron
del general Martínez Campos fuertes sumas para rendirse, pero Maceo tenía
un alto sentido del honor que le impedía realizar actos de tal
naturaleza. En la carta que sigue, enviada a un amigo desde las Islas
Turcas mientras conspiraba para iniciar la Guerra Chiquita, desmiente el
rumor y expone las razones de su conducta frente al enemigo:
Gran Turk, T.J. Agto. 27 de 1880.
Sor. C. G. Moore.
Presente.
Distinguido Sr. y amigo:
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Sé que la calumnia siempre encuentra cabida en los
corazones innobles... Ni un solo español ni cubano podrá decir, sin
que falte a la verdad, y sin que aparezca como un miserable calumniador,
que he contraído compromisos con las autoridades españolas durante mi
vida pública... El Gral. Campos aceptó mi salida por sus líneas
porque así convenía a sus intereses de triunfo... Los hombres que,
como yo, luchan por la emancipación de un pueblo y por el mejoramiento
de los hombres negros que yacen en Cuba en la más cruel servidumbre, no
venden su reputación a ningún precio, y sí dan en aras de sus
principios lo más preciado en la vida. Lo único que yo aceptaría
gustoso de mis enemigos fuera el sangriento patíbulo que otros de mis
compañeros más afortunados que yo han sabido ir a él con la frente
erguida y la tranquilidad de conciencia del que se sacrifica por la
justa y santa causa de la libertad...
IV)
El
asedio sobre Maceo, por su popularidad entre los separatistas de la
isla, llevaba a los españoles a los más bajos procedimientos para
destruir al líder cubano: la calumnia y el asesinato fueron los
recursos también preferidos por Camilo Polavieja, a quien sus
admiradores llamaron el “general cristiano”. Había éste logrado
precipitar los acontecimientos que llevaron a la Paz del Zanjón, y con
la mayor pericia y suerte acababa de derrotar a los hombres que se
alzaron con el general Calixto García. Ante la campaña para su descrédito
y las amenazas de muerte, la respuesta de Maceo se hizo necesaria: en
una carta y unos “Comentarios” que hizo publicar en un periódico de
Cayo Hueso, puso al descubierto las actividades de los gobernantes españoles,
pero con la denuncia dejó Maceo para sus contemporáneos y para la
posteridad, en ese documento, una acabada exposición de sus ideas.
En
la carta que precedió los “Comentarios”, que siguen, Maceo le
explicaba a Polavieja el motivo de hacer públicas sus declaraciones;
quiere, le dice, recordarle al gobierno español que es “su enemigo
descubierto”; a sus compatriotas, hacerles saber que espera la
oportunidad de ponerse “nuevamente al lado de la bandera de la razón
y el derecho”; y ante el mundo entero denunciar los procedimientos
“que pone en juego el gobierno de la culta España para librarse de un
enemigo franco, recto e invariable en sus ideas”. Y añadía: “No
conforme su gobierno con las propagandas que contra mí hace circular a
peso de oro, ha acariciado hace tiempo la pobre idea de asesinarme, como
lo ha intentado varias veces, en el 70, el 74 y el 79, y en Haití y
Santo Domingo, y por último en esta ciudad [Kingston] por segunda
vez”.
Como
siempre que se enfrentan la verdad y la mentira en asuntos de moral, el
mentiroso recurre a la falsificación del programa de su contrario, a
torcer las normas y costumbres que rigen la conducta del otro, para que
no se descubra dónde radican la razón y la justicia. Así empieza su
magnífico alegato Maceo para continuarlo con una serie de
planteamientos que pueden resumirse en lo que sigue: 1) Cuba no podrá
cumplir su destino si se mantiene unida a España; 2) la propiedad que
por su mal origen o porque está “en contradicción con el progreso de
las instituciones sociales”, es necesario orillarla “a todo
trance”; 3) los trabajos que realiza por Cuba la generación de Maceo
pretende “el triunfo del derecho de todas las generaciones” futuras;
4) el fin de la lucha no es el de establecer “el monopolio de un
elemento sobre los demás”, siempre, advierte, estará “al lado de
los intereses sagrados del pueblo todo e indivisible sobre los mezquinos
de partido”; y, por último, 5) declara que la suya “no es una política
de odios”, sino “una política de amor”, por lo que el lema que
considera más apropiado “para que luzca en la bandera” suya, es
“Dios, Razón y Derecho”.
Kingston, Jamaica, 14 de junio de 1881.
...........................................
Como se lee en la carta que precede [a Polavieja], fue
siempre mi intención publicarla acompañada de una exposición
detallada... para que en lo sucesivo no haya quien incauto o malicioso
haga causa común con el gobierno español torciendo mis intenciones o
falsificando mis ideas...
A todos los cubanos sin distinción de razas ni
colores me dirijo, y me dirijo también a todo el mundo, porque todo el
mundo se interesa en el conocimiento de la verdad. Con las manos sobre
mi corazón y la mirada a Dios hago constar para siempre mi convicción
profunda de que si Cuba debe cumplir alguna misión en la vida, si ha de
girar en el concierto de los pueblos cultos, si fines superiores están
delineándose en el destino humanizador de nuestro pueblo, no es
ciertamente unido a España como lo podrá efectuar...
Siempre estaré por la salvación de mi Patria sobre
el triunfo de mis individuales intereses; y siempre estaré al lado del
principio racional, aunque para ello necesite estar de frente con las
condiciones del actual momento... Mucho respeto me inspira la propiedad,
sobre todo la bien adquirida; pero es de notar que, si es legítima, la
ciencia económica y la razón con sendos irrebatibles argumentos la
defiende, si no, puede ponerse en contradicción con el progreso de las
instituciones sociales, y a este estado sólo debe tenerse como un mero
obstáculo que es fuerza orillar a todo trance...
No trabajamos principalmente para nosotros ni para la
presente generación, bien al contrario, muévenos sobre todo el triunfo
del derecho de todas las generaciones que se sucedan en el escenario de
nuestra Cuba, y no creeremos nunca que por una hora de vanidad o de egoísmo
se debe comprometer la felicidad de muchos siglos...
Jamás me he hallado afiliado a partido alguno.
Siempre he sido soldado de la libertad nacional que para Cuba deseo, yo
nada rechazo con tanta indignación como la pretendida idea de una
guerra de raza. Siempre, como hasta ahora, estaré al lado de los
intereses sagrados del pueblo todo e indivisible sobre las mezquinas de
partido, y nunca se manchará mi espada en guerras intestinas que harían
traición a la unidad interior de mi Patria, como jamás se han manchado
mis ideas en cuestiones pequeñas. No se trata de sustituir a los españoles
en la administración de Cuba, y dentro de esto, del monopolio de un
elemento sobre los demás; bien al contrario, muévenos la idea de hacer
de nuestro pueblo dueño de su destino, poniéndolo en posesión de los
medios propios de cumplir su misión como sujeto superior de la
Historia, según hemos dicho ya, para cuyo fin necesita ser unido y
compacto...
No es una política de odios la mía, es una política
de justicia en que la ira y la venganza ceden en favor de la
tranquilidad y la razón, es decir, una política de amor; no es una política
exclusiva, es una política fundada en la moral humana. Y por eso cuando
invoco el nombre sagrado de la Patria, no llamo en mi auxilio la
habilidad, precepto inmoral de todo sistema transitorio, llamo sin
ambages ni rodeos el apoyo de la Razón y del Derecho que es bajo la Razón
una y entera de la vida. El lema que juzgo más elocuente para que luzca
en la bandera de nuestra revolución, es decir: Dios, Razón y
Derecho... No odio a nadie ni a nada, pero amo sobre todo la rectitud de
los principios racionales de la vida. No me preocupa el aplauso, ni temo
la censura, sino únicamente por la responsabilidad que contrae ante la
Historia el que de algún modo sirve los intereses de la Humanidad. Y si
tales cosas conozco y alimentan mi corazón, traicionaría mi alma
faltando alguna vez a lo que consignado queda...
V)
Al
llamado de Martí, en 1882, desde Nueva York, responde Maceo agradecido
y entusiasta ante la posibilidad de volver a la guerra por la libertad
de Cuba. Con la misma fecha le había escrito Martí a Máximo Gómez,
también entonces en Honduras; y le decía: “Ud. sabe, general, que
mover un país, por pequeño que sea, es obra de gigantes. Y quien no se
sienta gigante de amor, o de valor, o de pensamiento, o de paciencia, no
debe emprenderla”. Maceo, que tenía todas esas alturas, como era de
esperarse, se ofreció generoso, y le contestó:
Puerto Cortés, noviembre 29 de 1882.
S. Don José Martí.
Brooklyn.
Distinguido señor y amigo:
Circunstancias me obligaron retardar la contestación
de su carta.
Para hacer referencia a la suya con fecha 20 de julio,
permítame la franqueza de titularlo mi amigo, porque siéndolo de la
causa de Cuba quiero serlo de Ud...
Mi espada y mi último aliento están al servicio de
Cuba; si ella necesitare hoy o mañana de mí, puede llamarme segura de
que halagará infinitamente mucho mis deseos de servirla... Para la
nueva lucha se necesitan unidad de acción, organización y dinero, y
ninguno de esos elementos ha estado a mi alcance para haber cumplido con
el vehementísimo deseo de ver a mi patria libre y feliz por su
organización política...
El elemento militar de que se puede disponer, está
preparado ya para combatir; sólo falta que Uds., y sobre todo Ud., que
están llamados a hacer la revolución de las ideas, preparen el ánimo
del pueblo cubano para un pronunciamiento general, al que en condiciones
de una lucha formal dirigiremos nosotros en horas oportunas...
Forme Ud., pues, una masa compacta de todo el elemento
cubano, y avise cuando crea llegada la hora, que para mí ya debía
haber sonado, el momento de todos mis placeres: la guerra “por
Cuba”...
VI)
Al
dirigirse al general Maceo para interesarlo en sus planes
revolucionarios, Ramón Leocadio Bonachea lo hacía al amparo de sus
ricos méritos militares. Nacido en Las Villas, Bonachea se unió a la
guerra en 1869 aún sin cumplir los 19 años. Se distinguió en muchos
combates logrando en una oportunidad derrotar las tropas que comandaba
Polavieja. Cuando se produjo el Pacto de Zanjón, al igual que Maceo, se
negó a aceptarlo, y siguió en armas hasta que impotente, también como
el otro, salió de la isla sin aceptar ninguna recompensa de los españoles.
Al llegar al exilio se puso a organizar un levantamiento: viajó por las
Antillas, Centroamérica y los Estados Unidos en busca de apoyo para sus
planes y, en 1883, quiso en ellos interesar a Maceo. Como se ve en la
respuesta del general, éste, prudente, trató de disuadirlo, al tiempo
que dejaba allí otra vez constancia de su disposición para servir y de
lo que quería para el futuro de Cuba. Bonachea no hizo caso de los
consejos de Maceo y un año más tarde llevó desde Jamaica una expedición
armada a la isla: lo apresaron, y fue pasado por las armas con sus compañeros
en Santiago de Cuba. Ésta fue la respuesta de Maceo:
Puerto Cortés. Octubre de 1883.
Señor Teniente Coronel Don Ramón Leocadio Bonachea.
Santo Domingo
Mi estimado amigo:
Tengo a la vista su apreciable carta fecha 13 de
septiembre próximo pasado, que contesto como sigue, ya que no lo había
hecho con otras que Ud. se ha dignado dirigirme, pues deseo que tanto
Ud. como otros patriotas sepan cómo pensamos por acá...
Yo por mi parte, porque no tengo títulos que me hagan
superior a los demás, le confieso que presto ciego homenaje al mérito,
porque aun teniéndolo yo, lo haría siempre que se tratase de Cuba,
pues la deseo independiente de manos de quien venga... Yo creo que sus
pasos lo encaminan a un mal desenlace, cosa que sentiré mucho por los
males que ocasionará a nuestra causa, y por los sinsabores que a Ud.
mismo le proporcionarán, porque todos van precedidos de la denuncia de
ellos mismos. Usted sabe lo poco conocido que es Ud. entre los hombre de
armas tomar...
A mi juicio, no es honrado violentar una revolución
que no tenga por objeto el laudable fin de encerrar en sí todos los
elementos que deban concurrir a ella... El porvenir de Cuba le pertenece
a un pueblo entero y no tenemos el derecho de disponer de él en
discordia con sus intereses político-sociales, pues si es verdad que
los primeros deben llamar a los últimos para enseñarles su camino,
también lo es que debemos respetar esa misma circunstancia, cumpliendo
con los deberes morales que nos impone la patria, sin atropellar ninguna
consideración social que pueda afectar la familia cubana, o una parte
de ella en sus propios intereses políticos...
VII)
Acabado
de constituirse en Nueva York el Comité Revolucionario Cubano, su
secretario, Cirilo Pouble, le escribió a Maceo también para
interesarlo en sus trabajos conspirativos. De nuevo esta respuesta sirve
como ejemplo de algunas de sus actitudes ante el problema cubano, y de
sus ideas respecto al futuro del país: su voluntad de luchar sin
reservas por el porvenir, y saltar sobre discrepancias en los métodos
de lucha. Un principio sí considera “indispensable”: “Alejar de sí
toda idea de predominio en la esfera social, así como toda pretensión
de mando en lo militar”.
[Puerto Cortés] Noviembre 24 de 1883.
Don [Cirilo] Pouble Allende.
Nueva York
Distinguido señor y compatriota:
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No me ocupo del pasado, pienso en el porvenir que le
está reservado a Cuba. Ésta tiene su asiento en el banco de las
Naciones libres e independientes, y mi voluntad le pertenece de corazón.
Para nuestra causa tengo mi espada y la ceñiré cuando podamos afrontar
esa guerra regeneradora por el principio que defienda y guarde sus
instituciones...
Que difiramos en la forma no quiere decir que dejemos
de trabajar en favor de la causa; por el contrario debemos hacerlo
buscando la unión, pues de las ideas compartidas en armonía resultan
su mejoramiento, contribuyendo a engrandecer la obra común.
Para redimirnos es indispensable alejar de sí toda
idea de predominio en la esfera social, así como toda pretensión de
mando en lo militar. En ambos casos los hombres se distinguen por sus
propios méritos sin que tengan que hacer grandes esfuerzos y exponer la
causa que defienden a las eventualidades de la fortuna...
VIII)
A
principios de abril de 1884 salió de Cayo Hueso una expedición armada
que había financiado el Comité Revolucionario Cubano de esa ciudad.
Iba al mando de ella Carlos Agüero. La formaban 40 hombres:
desembarcaron en Varadero y muy pronto se adentraron en la provincia de
Matanzas para llegar hasta el sur de Las Villas. Tuvieron numerosos
encuentros con los españoles mientras incendiaban en su camino cañaverales,
comercios y poblados. Al año siguiente, ya muy reducidas sus fuerzas,
Agüero fue muerto por agentes de la Guardia Civil. Ante el temor de una
nueva guerra que afectara los intereses azucareros de la isla, España,
con la ayuda de los anexionistas criollos, empezó a circular el rumor
de que se gestionaba la intervención norteamericana. A San Pedro Sula,
donde se encontraba Maceo, llegó noticia de dichos planes, por lo que
le escribió a José Dolores Poyo, secretario del Comité Revolucionario
y director del periódico El Yara, para advertirle de los
peligros que significaba meter a los Estados Unidos en el problema de
Cuba: los cubanos, le dice, no quieren ser “dominados nuevamente;
queremos independencia y libertad”.
San Pedro, junio 13 de 1884.
Sr. Director de El Yara.
Cayo Hueso.
Distinguido compatriota:
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Acá, en mi retiro, y cuando preparaba unir mis pequeños
esfuerzos a los de Uds., llega a mi noticia la nueva trama que pretenden
pegarnos los españoles, fingiendo arreglos importantes para los
cubanos, en que aparece la intervención de extrañas naciones. ¿Habrá
ilusos como los del Zanjón que les crean? No es posible, aquel golpe
enseñó a los ignorantes y no creo que de buena fe se entreguen a sus
enemigos...
Cuba será libre cuando la espada redentora arroje al
mar sus contrarios. La dominación española fue mengua y baldón para
el mundo que la sufrió, pero para nosotros es vergüenza que nos
deshonra. Pero quien intente apropiarse de Cuba recogerá el polvo de su
suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha. Cuba tiene muchos
hijos que han renunciado a la familia y al bienestar por conservar el
honor y la Patria. Con ella pereceremos antes que ser dominados
nuevamente: queremos independencia y libertad. Conviene no apurar la
protección americana, antes bien tenerla de nuestra parte...
IX)
Cuando
Martí vio en 1891, durante la Conferencia Internacional Americana,
celebrada en Washington, la amenaza expansionista de los Estados Unidos,
precipitó los acontecimientos para asegurar con la guerra la
independencia de su patria: se dedicó entero a la causa de Cuba y fundó
el Partido Revolucionario Cubano. El mismo peligro se había visto en
1884, y la misma reacción que luego tendría Martí tuvieron Máximo Gómez
y Antonio Maceo: salieron en viajes de propaganda para recaudar fondos.
El artículo primero de las Bases del Partido de Martí iba a proclamar
su intención de “lograr con los esfuerzos reunidos de todos los
hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba,
y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico” —no sólo por justicia con
la isla hermana, y para eliminar la presencia española en el
continente, sino también por cumplir con las aspiraciones de amigos muy
queridos de Cuba: el general Ríus Rivera, Ramón Emeterio Betances,
Eugenio María de Hostos...—; el mismo propósito tuvo Maceo, quien
salió con Gómez en trabajos preparatorios que anuncian los que siete años
más tarde, con mayor fortuna, realizaría Martí. En esta carta se
despide de un amigo y le habla de sus aspiraciones y proyectos:
San Pedro, 6 de julio de 1884.
Sr. Don Anselmo Valdés.
Santa Rosa.
Apreciable señor y gran amigo:
Llegó el día de mover nuestro Ejército y la
oportunidad de hacerle confidente de proyectos y futuros planes. Para
ocuparnos de la Patria, he dejado el destino que me proporcionaba el
sustento de mi familia, porque nuestra esclavizada Cuba reclama de sus
hijos que la emancipen de España... La Patria soberana y libre es mi único
deseo, no tengo otra aspiración. Con la soberanía nacional obtendremos
nuestros naturales derechos, la dignidad sosegada y la representación
de pueblo libre e independiente... Cuando Cuba sea independiente
solicitaré del Gobierno que se constituya, permiso para hacer la
libertad de Puerto Rico, pues no me gustaría entregar la espada dejando
esclava esa porción de América; pero si no coronare mis fines,
entregaré el sable pidiendo a mis compañeros hagan lo mismo...
X)
Para
dejar preparada una expedición que saldría hacia Cuba al iniciarse las
hostilidades, Maceo viajó a México. En Veracruz hizo que se fundara un
club revolucionario que serviría como centro de operaciones. En esta
carta que dirige a un emigrado en aquella localidad, otra vez deja ver
su determinación de no esperar”soluciones extrañas” a fin de que
Cuba se hiciera “reina absoluta de sus destinos”.
A Rodolfo Méndez de la Peña.
[Veracruz, abril de 1885]
Sr. Rodolfo Méndez.
Mérida.
Estimado compatriota:
Ayer llegué a esta ciudad comisionado por el Sr.
General Máximo Gómez, Jefe del nuevo movimiento revolucionario que
venimos encadenando años ha, con el propósito de organizar estos
centros de emigración y levantar fondos para libertar a Cuba de la
dominación extranjera que la oprime y la veja...
Nosotros hemos provocado una nueva revolución con
todas las probabilidades de éxito; tenemos nuestro pasado y el mismo ejército,
robustecido con mejores conocimientos y sin los trabajos que el
mecanismo anterior presentó al desarrollo de la causa. Además, la
situación económica, política y social de España y Cuba no puede ser
peor...¿Qué sucederá de eso? Una desastrosa anarquía que echará por
tierra ese viejo edificio; pero suceda lo que suceda, Cuba no debe ni
puede esperar soluciones extrañas; su porvenir está en hacerse reina
absoluta de sus destinos y recoger a sus hijos proscritos por la tiranía
de su opresor...
XI)
Antes
de empezar la Guerra de los Diez Años, Maceo y su familia formaron
parte de la pequeña burguesía negra y mulata de Santiago de Cuba.
Muchos de los que pertenecieron a ese grupo social que estaba entre los
blancos —cubanos, españoles y franceses— y los esclavos, tuvieron,
a su vez, según se ha indicado, esclavos a su servicio: así Marcos
Maceo. Pero ese antecedente no impidió que Antonio, con todos los
suyos, repugnara de la esclavitud, y que por combatirla expusiera tantas
veces su vida. Durante su visita a Nueva York, en 1878, la American Foreign Anti-Slavery Society
celebró un acto en su honor, y allí se le dijo: “Usted ha exigido
como precio de su adhesión a la libertad la abolición de la
esclavitud. Pocos hombres en la historia del mundo han tenido la buena
fortuna de hallarse en una posición tan honrosa como la de usted, y
ninguno ha ocupado una más noble...”
Las
palabras de Maceo en la carta que sigue, al Dr. Eusebio Hernández, su
compañero en la guerra y en el destierro, sirven para mejor entender su
postura ante el grave problema de la esclavitud, y su sensibilidad ante
el asunto. El motivo de sus comentarios, aunque no lo dice, fue la
lectura del libro de José Ignacio Rodríguez Vida de don José de la Luz y Caballero,
publicado en Nueva York en 1874. En dicha obra Rodríguez elogia a su
maestro, a quien llama “sabio virtuoso... que amaba a su patria, la
isla de Cuba, con el amor purísimo de que sólo son capaces los espíritus
tan bien templados como el suyo... soñando siempre con el
engrandecimiento, la felicidad y el progreso de su país, en el sentido
cristiano y filosófico de estas palabras...” Pero Rodríguez, aunque
califica a Luz y Caballero de “abolicionista ardiente”, y de él
dice que “jamás tuvo ni consintió en tener él mismo un solo
esclavo”, reconoce que “jamás pronunció una palabra declamatoria
contra los amos de esclavos ni propuso tampoco plan alguno para la
emancipación de estos últimos...” Pero lo que más hubo de molestar
a Maceo debió ser la lectura del testamento de Luz y Caballero,
reproducido como un “Apéndice” en el libro de Rodríguez, en el que
“lega” un grupo de esclavos de manera semejante a como legó a
algunos amigos libros de su biblioteca. En 1947 el investigador Manuel
I. Mesa Rodríguez descubrió e hizo públicos ciertos documentos con
los que quiso probar que “Luz nunca fue poseedor de esclavos” toda
vez que los mencionados en su testamento en realidad pertenecían a su
esposa, Mariana Romay. Maceo, además, no pudo tener mayor aprecio por
el educador “del privilegio cubano”, como lo llamó, toda vez que
Luz y Caballero no comprendió jamás la necesidad de recurrir a métodos
radicales para salvar el país, pues su teoría, basada en sus creencias
evolucionistas, era “salvar la sociedad mas bien que arrastrarla a una
revolución”. El severo juicio de Maceo sobre don Pepe deja ver buena
parte de su pensamiento sobre asuntos a los que era particularmente
sensible: la esclavitud como origen de grandes males del país, entre
los que no eran los menores el abuso del negro y el racismo del blanco;
y el daño que hizo con su fe en los cambios progresivos y pacíficos de
la sociedad, lo que sirvió a España en perjuicio de la revolución y
de la independencia.
New York, julio 30 de 1885.
Sr. Dr. Eusebio Hernández.
Kingston.
Mi muy querido amigo:
..................................................
La esclavitud del hombre por el hombre, fue sostenida
por él —Don Pepe de la Luz y Caballero—, tan desinteresado como
aparece hoy por nuestros historiadores, testó sus esclavos cuando
desaparecía de esta babel de miserias humanas para confundirse en la
otra vida con los impíos; no hubo pureza en José de la Luz y
Caballero... Pepe de la Luz fue el “educador” del privilegio cubano;
no fue “tan desinteresado”. Carecía de “religiosidad”, de esa
bondad humana de que quieren revestirle sus admiradores; no era un
“hombre ornado con todas las perfecciones” que le atribuyen al gran
educador. ¿Para quién preveía un tiempo glorioso? ¿Para esa juventud
que le recuerda con justa gratitud? ¡Ah! Estudie bien ese asunto, y
desapasionadamente juzgue de él echando un velo a todo el beneficio que
Ud. y otros hayan recibido de aquel hombre, dirigiendo la vista hacia
tantos que el egoísmo material tiene postrados en la más profunda
ignorancia. ¿Puede haber justicia donde no es igualmente distribuida?
Ud. me contestará que las instituciones españolas se lo prohibían;
pero eso no es exacto; Don Pepe tenía influencia y mucho talento que
pudo ejercer en beneficio de todos, como lo hizo en favor de algunos;
pero era imposible, el hombre no tenía grandes sentimientos; se
confundió con Saco. El uno proclamó la conservación de la esclavitud,
que es lo mismo que declarar eterno el gobierno de España en Cuba, y el
otro heredó y sostuvo la esclavitud que testó a su muerte. ¿Dónde
está, pues, esa decantada grandeza? Caballero no completó su obra; fue
buen hombre, tenía talento para la enseñanza, pero la ejerció mal. No
fue político, tuvo miedo y le faltó valor para realizar la obra que,
sin darse cuenta, acometió, retrasándola con sus pensamientos de
evoluciones...
Si tantos juicios apasionados creen que aquel hombre
cumplió su misión en la vida, conformándose con dejar incompleta la
obra de instrucción y regeneración de un pueblo, podríamos dar por
concluida la nuestra, por el mero hecho de haberla empezado con el
sacrificio de tantos que han perecido en la contienda; pero no debe ser
así, si queremos que el mundo aplauda nuestras grandezas...
XII)
Por
falta de recursos y grandes contratiempos, Gómez y Maceo se vieron
obligados, a fines de 1886, a suspender los trabajos que hacían para
reanudar la guerra de Cuba. Un mes antes de retirarse de nuevo al
exilio, esta vez en Panamá, Maceo le escribió la carta que sigue a José
A. Rodríguez, veterano de la Guerra de los Diez Años, quien entonces
dirigía en Nueva York el periódico El Imparcial. Con razón se ha
considerado este escrito una de las más completas exposiciones del
pensamiento político y militar de Maceo, el cual, sin duda, anuncia
ideas que años más tarde le habrían de servir a Martí para fundar el
Partido Revolucionario Cubano, y luego para iniciar la insurrección.
Maceo confirma en estas páginas su repudio de todo tipo de dictaduras;
le dice a su antiguo compañero de armas: “Yo desearía para mi país
un hombre que tenga la virtud de redimir al pueblo cubano de la soberanía
española, sin haber tiranizado a sus redimidos...”; y proclama su
vocación democrática por la que todos los cubanos tendrían derecho a
expresar libremente sus opiniones y a participar en el manejo del país;
agrega: “Nuestras aspiraciones son amplias, y en ellas caben todos los
hombres, cualquiera que sea su modo de pensar y el juicio que formen de
las cosas. Si libre fuera su voluntad y decir, libérrima y generosa
debe ser nuestra soberanía...”; y, por último, condena a los
autonomistas, “hijos naturales del fracaso”, los cuales, por
preferir “el parlamento a las armas”, habían debilitado la causa
cubana al dividir a muchos que la defendían.
Kingston, noviembre 11 de 1886.
Sr. José A. Rodríguez.
New York.
Estimado compatriota:
El título de su bien redactado periódico me ha
sugerido la idea de dar a Ud. mi opinión sobre los asuntos de Cuba, y
lo que ansía mi humilde personalidad para la Patria...
Perseveremos y venceremos. Mi única y exclusiva
aspiración, en nuestra revolución por la independencia patria, ha
sido, es y será hacer la guerra al gobierno de España en Cuba; no
abrigo otra esperanza, ni tengo otra ambición; pero causas bien
conocidas, ajenas a mi voluntad y buen deseo, me han alejado del teatro
de las armas redentoras...
Las bastardas ambiciones nunca conducen al bien común
de los pueblos, y son indignas de nuestra causa; no merecen el honor del
sacrificio que hacemos por obtener nuestra soberanía nacional...
Yo desearía para mi país un hombre que tenga la
virtud de redimir al pueblo cubano de la soberanía española, sin haber
tiranizado a sus redimidos, y que no ambicione otra fortuna que la
conquistada por ese medio...
Nuestras aspiraciones son amplias, y en ellas caben
todos los hombres, cualquiera que sea su modo de pensar y el juicio que
formen de las cosas. Si libre fuera su voluntad y decir, libérrima y
generosa debe ser nuestra soberanía...
Una vez formada la Directiva del Partido
Independiente, conseguiría de los diferentes Centros cubanos —que los
hay muchos y distinguidísimos—, como amantes de las libertades
patrias, que armasen a tantos jefes expedicionarios como les fuese
posible equipar y enviar a Cuba con la cooperación de sus respectivos
oficiales. El Jefe Supremo de la guerra... armando pequeñas
expediciones, ocuparía toda la Isla, haría más fácil y pronta la
invasión y obligaría al enemigo a distribuir sus fuerzas con relación
al movimiento... Yo entiendo que la invasión, cualquiera que sea el número
y calibre de las expediciones, deberá hacerse lo más simultánea
posible y con conocimiento exacto de las fuerzas que en Cuba quieren
favorecernos... Valen más diez expediciones por distintas provincias
que veinte por una sola...
Los autonomistas, queriendo girar en su verdadero
campo de acción (la oratoria), y deseosos de llegar al fin de todos los
cubanos deseado, prefirieron el parlamento a las armas, subdividiendo el
partido cubano y la conveniencia de seguir unidos... Ellos deben su
existencia política al Partido Independiente, y se sostienen a nuestro
calor; son hijos naturales del fracaso... Débiles e impotentes como son
para la lucha contra el gobierno que se siente protegido por ellos
mismos, les obligará, si nuestro movimiento no ofrece seguridad a su
partido, a nuestro fracaso revolucionario y a cometer toda clase de
atropellos...
XIII)
Parecía
que un acto del drama de Cuba llegaba a su fin para iniciar uno nuevo.
Apenas fracasado el empeño revolucionario de Gómez y Maceo empezó a
gestarse otro: Martí iba a ser ahora el protagonista. Citó a los
cubanos de Nueva York para celebrar el 10 de Octubre y pronunció uno de
sus más hermosos discursos políticos: “Prever es el deber de los
verdaderos estadistas: dejar de prever es un delito público: y un
delito mayor no obrar, por incapacidad o por miedo, en acuerdo con lo
que se prevé...¡La tiranía no corrompe, sino prepara!...” Poco
después se reunió con un general de la Guerra Grande y juntos
analizaron la posibilidad de hacer triunfar una insurrección en la
isla; y el 16 de diciembre le escribe a Maceo en una carta que firma con
otros emigrados: “La hora parece llegada...La revolución surge, y
nosotros podemos organizarla con nuestra honradez y prudencia...”; y
en 5 puntos resume lo que cree necesario hacer: 1) “Acreditar,
disipando temores y procediendo en virtud de un fin democrático
conocido, la solución revolucionaria”; 2) organizar la parte militar
de la revolución; 3) unir todas las emigraciones; 4) “Impedir que las
simpatías revolucionarias en Cuba se tuerzan y esclavicen por ningún
interés de grupo, para la preponderancia de una clase social, o la
autoridad desmedida de una agrupación militar o civil, ni de una
comarca determinada, ni de una raza sobre otra”; y, por último, 5)
impedir que la propaganda anexionista debilite “la fuerza que vaya
adquiriendo la solución revolucionaria”. Y Maceo, en aprobación de
esos planes que siguen los lineamientos generales que ya él había
expresado, le contesta:
Bajo Obispo [Istmo de Panamá], 4 de enero de 1888.
Sr. José Martí.
Nueva York.
Distinguido compatriota:
A reserva de contestar por el próximo vapor la carta
suscrita por Ud. y otros apreciabilísimos paisanos consultando mi
parecer “sobre el modo más rápido y certero” de llevar nuevamente
a Cuba una guerra de independencia —lo que no hago ahora por hallarme
en cama presa de fuerte calentura—, ¿qué decirle por la presente
sino que esa carta escrita de mano maestra y con la elevación y
sensatez del verdadero patriotismo ha venido a demostrarme, una vez más,
que no debemos desesperar de nuestros destinos, ni nunca desalentarnos
ante los obstáculos que necesariamente hemos de encontrar en nuestro
camino y vencer antes de llegar al anhelado fin?
Hoy como ayer y siempre, Sr. Martí, y así puede Ud.
comunicarlo a los señores que con Ud. firman esa carta que tanto me
honra y que ha venido a endulzar un tanto la amargura de mi obligado
ostracismo, hoy como ayer pienso que debemos los cubanos todos, sin
distinciones sociales de ningún género, deponer ante el altar de la
patria esclava y cada día más infortunada, nuestras disensiones todas
y cuantos gérmenes de discordia hayan podido malévolamente sembrar en
nuestros corazones los enemigos de nuestra noble causa.
Para lograr ese fin, pienso con Uds. que debemos desde
ahora, y en presencia de los acontecimientos que rápidamente se
desenvuelven en Cuba, organizarnos para el día, próximo ya, en que
cansado el pueblo de sufrir la ignominia de la servidumbre y sin fe en
los vergonzosos ideales autonómicos que pregonan hoy muchos de sus
hijos, y antiguos y siempre queridos amigos nuestros, busque la solución
de sus desgracias y la salvación de su porvenir, en aquellos hermosos
campos regados ya ¡ay! con la preciosa sangre de tantos mártires y héroes,
enarbolando otra vez la gloriosa bandera que alzaron valientes en Yara,
Céspedes y Aguilera...
La unión cordial, franca y sincera de todos los hijos
de Cuba, fue en los campos de Cuba, tanto en los días prósperos como
en los nefastos de nuestra guerra, el ideal de mi espíritu y el
objetivo de mis esfuerzos; ¿podré hoy que andamos dispersos por todos
los rincones de la tierra, huérfanos de patria y de hogar, pensar de
distinto modo?
La unión, amigos, se impone por fuerza a nuestro
patriotismo; pues sin ella serán estériles todos nuestros sacrificios
y se ahogarán siempre en sangre nuestras más arriesgadas empresas.
Contad, pues, con que a alcanzarla contribuiré con todas las fuerzas de
mi espíritu y toda la autoridad que me dan mi pasado y los servicios
por mí prestados a la causa de nuestra libertad.
Sirvan, pues, estas líneas de acuse de recibo, Sr.
Martí, y entretanto vuelvo a coger la pluma para seguir ocupándome de
asuntos para mí tan gratos, reciba y trasmita mis más expresivas
gracias a cuantos con Ud. se sirvieron honrarme dirigiéndome la carta
de que he venido haciendo referencia...
XIV)
Otra
vez se hace evidente, en la carta que siguió a la anterior, la vocación
democrática de Antonio Maceo, su respeto a la voluntad popular. Martí
le había pedido “su parecer”, y le adelantaba: “Usted, como
nosotros, no ayudaría a la guerra con el fin impuro de dar la victoria
a un partido vengativo y arrogante, sino para poner en posesión de su
libertad a todo el pueblo cubano...”; y Maceo suscribe el plan en su
respuesta, y le dice: “Protestaré con todas mis fuerzas y rechazaré
indignado todo acto ilegal que pudiere intentarse vulnerando los
sagrados fueros y derechos del pueblo cubano...” Y enseguida le habla
del “profundo y sincero amor” que siente por”las emanaciones de la
soberanía nacional, libremente consultada y expresada...”, para
concluir con esta afirmación: “Creo que ninguna forma de gobierno es
más adecuada, ni más conforme con el espíritu de la época, que la
forma republicana y democrática. Una república organizada bajo sólidas
bases de moralidad y justicia... garantizando todos los derechos del
ciudadano...”
Bajo Obispo, 15 de enero de 1888.
Sr. José Martí.
Nueva York.
En cumplimiento de lo que le ofrecí en mi anterior
...paso a ocuparme en la presente de otros puntos esencialísimos
relacionados con mi personalidad política, para que tanto Ud. como los
dignísimos paisanos firmantes de la honrosa comunicación que tuvo Ud.
a bien enviarme, sepan a qué atenerse con respecto a mis ideas
generales en política, y a la conducta que observaré el día que
nuevamente disputemos a España su menguado derecho sobre Cuba, o que
rotas ya sus cadenas tome su puesto en el concierto de los pueblos
libres.
Si en el pasado fue siempre mi política sujetarme a
los mandatos de la Ley, de los poderes legalmente constituidos,
estimando que, buenos o malos, es deber del ciudadano darles respetuoso
acatamiento, a reserva de procurar por las vías legales su mejoramiento
o enmienda si resultaren nocivos a los intereses generales de la Patria,
hoy y mañana, si la fortuna me dispensa el favor de contribuir en algo
a la formación de nuestra nacionalidad, sigo y seguiré siendo fiel a
ella... No obedeceré, pues, jamás, con perjuicio de la Patria, a los
caprichos y deseos de determinados círculos, protestaré con todas mis
fuerzas y rechazaré indignado todo acto ilegal que pudiere intentarse
vulnerando los sagrados fueros y derechos del pueblo cubano; y condenaré,
por último, todo paso que se pretenda dar fuera de la órbita de las
leyes, que estamos todos en el deber de respetar y hacer cumplir.
Protestaré asimismo, y me opondré hasta donde me sea posible, a toda
usurpación de los derechos de una raza sobre otra; viniendo a ser, como
ésta mi resuelta y firme actitud, una garantía para todos.
Con respecto al profundo y sincero amor que guardo a
las emanaciones de la soberanía nacional, libremente consultada y
expresada, obedece esto a la íntima repulsión que me inspira la anarquía,
ese monstruo, engendro de las malas pasiones, que dondequiera que se
enseñorea sirve sólo para matar los gérmenes vitales de toda sociedad
y llevarla al abismo de la bancarrota y del descrédito... El respeto,
pues, a la ley, sin menoscabo de que por las vías legales, si
imperfecta o nociva al bien general, se procure cambiar; ésa sería mañana
en la guerra, y luego en la paz, la norma a que ajustaría todos mis
actos; que a las zozobras e inquietudes y angustias de toda disolución
social he de preferir siempre la venturosa vida del trabajo y la dulce
esperanza de dar educación a mis hijos para con ambas cosas contribuir
al engrandecimiento moral y material de la Patria...
Trazadas a breves rasgos las ideas transcritas, creo
asimismo que ninguna forma de gobierno es más adecuada, ni más
conforme con el espíritu de la época, que la forma republicana y
democrática.
Una República organizada bajo sólidas bases de
moralidad y justicia, es el único gobierno que, garantizando todos los
derechos del ciudadano, es a la vez su mejor salvaguardia con relación
a sus justas y legítimas aspiraciones; porque el espíritu que lo
alimenta y amamanta es todo de libertad, igualdad y fraternidad, esa
sublime aspiración del mártir del Gólgota que, acaso utópica aún, a
pesar de 18 siglos de expresada, llegará a ser mañana, a no dudarlo,
una hermosa realidad.
Inquebrantable respeto a la Ley, pues, y decidida
preferencia por la forma republicana, he ahí concretado mi pensamiento
político; esos son, han sido y serán siempre los ideales por los que
ayer luché y que mañana me verán cobijarme a la sombra, si la
Providencia y la Patria me llaman nuevamente al cumplimiento de mi
deber...
XV)
José
Miró Argenter, catalán culto y liberal que llegó a ser Jefe del
Estado Mayor de Maceo en la guerra del 95, había fundado en Holguín,
en 1887, el periódico La Doctrina, en el que se comentó
la noticia de la expulsión de Maceo a mediados de 1890. Con la disculpa
de un viaje para atender intereses de su familia, Maceo había logrado
permiso de las autoridades en La Habana para su visita. En realidad iba
a conspirar, a revivir el espíritu insurrecto: fue como el recorrido de
la invasión de Oriente a Occidente que haría en la próxima guerra,
pero en dirección opuesta, de La Habana a Santiago de Cuba, con una
parte en barco. Le escribe desde Jamaica y deja en la carta otra prueba
de su patriotismo y de su voluntad de lucha:
Kingston, noviembre 3 de 1890.
Sr. Don José Miró.
Mi distinguido y consecuente amigo:
Quien no lo conozca a Ud. no podrá apreciar con
verdadera justicia sus bellísimas y honradas cualidades de hombre
libre, abnegado y sufrido defensor de las buenas causas; protector de la
justicia y el derecho a que consagran sus esfuerzos los hombres que como
Ud. han templado su alma al calor de la dignidad y la virtud...
Cualesquiera que sean los obstáculos que encuentre a
mi paso, trataré de vencerlos; superaré el peligro que la maldad y la
cobardía infame de la traición me opongan. Mis deberes para con la
patria y para con mis propias convicciones políticas, están por encima
de todo esfuerzo humano; por ellos llegaré al pedestal de los libres o
sucumbiré luchando por la redención de ese pueblo...
XVI)
Este
incidente entre Maceo y Antonio Zambrana hace relucir una de las
características más notables del general Antonio: su noble
intransigencia. Terminada la Guerra de los Diez Años, lo que más
perjudicó la causa cubana fue el partido político de los que se
prestaron a dialogar con la opresión, el Partido Liberal, que se
conformaba con la autonomía renunciando a la independencia. Nada demoró
tanto ni hizo tan costosa la liberación del país como estos “hijos
naturales del fracaso”, como los llamó Maceo.
Zambrana
tenía los más valiosos títulos de revolucionario: compañero del
Mayor Ignacio Agramonte, constituyente en la Asamblea de Guáimaro,
comisionado de la República en Armas en Europa y América, había sido
un fervoroso defensor de la independencia. Por el Pacto del Zanjón, sin
embargo, Zambrana se hizo autonomista y se fue a vivir a Costa Rica
donde su amigo Antonio Maceo le toleró la apostasía y lo hizo
apoderado de sus intereses. Pero debilidades de esa naturaleza suelen
crecer: se empieza dialogando con el delito y se termina de cómplice
del crimen. La colonia española de San José dio un grandioso banquete
para celebrar el natalicio del rey Alfonso XII, y Zambrana no sólo
asistió al mismo sino que hizo un brindis abyecto elogiando la monarquía.
Maceo despreciaba todo pujo nobiliario; decía: “Yo no sé cómo hay
hombres de carácter independiente que pueden llamarle Su Majestad a un
lechuguino imberbe... Primero me cortaría la lengua antes que caer en
semejantes humillaciones, y decirle a un mequetrefe ‘a los reales pies
de vuestra majestad’ y arrodillarse ante el muñeco coronado como si
fuera Dios bajado del cielo...” El 17 de mayo tuvo lugar el banquete.
El 19 Maceo le quitó en una carta la representación de sus “pequeños
intereses”, lo llamó “tránsfuga” y le retiró la amistad a fin
de mantener, le dijo, “fuera de duda pública” su “decoro personal
y la dignidad cubana”. Dos días más tarde Zambrana le contestó con
los papeles que obraban en su poder, confirmándole que había
renunciado “al procedimiento revolucionario” por seguir el camino
que le dictaba su conciencia.
Cuando
ya en plena república, en 1906, Zambrana regresó a su patria, pudo
comprobar que los cubanos, al igual que Maceo, no supieron perdonarle su
deserción. Los pasajes que siguen son de la carta que le dirigió el
general: en ella se disculpa por haberle ofrecido una amistad que con
razón no merecía.
San José, Mayo 22 de 1894.
Sr. Dr. Don Antonio Zambrana.
Presente.
Muy Sr. mío:
Su conducta política justifica el juicio público que
de Ud. se tiene en todas partes, no es necesaria su aseveración; basta
lo dicho por gente desapasionada para convencerme de mi error.
Sabía que Ud. estaba afiliado al Partido Autonomista
Cubano; pero no tenía conocimiento de que Ud. hubiese “hecho mucho más
que asistir a un banquete español”; que desde 1885 desempeñando Ud.
una comisión del general Gómez a México, se fue a La Habana; que
buenos revolucionarios de pasadas campañas se hicieron la ilusión de
que serían bien representados por Ud. en las Cortes españolas; que el
Gobierno, no aceptando su diputación por temor a sus antecedentes, le
libró del eminentísimo ridículo en que incurrió Ud. con su delirio
de figurar en España a la sombra de esa bandera sin gloria y con todos
los vicios e inmoralidades españolas; que se habló y escribió mucho
de sus deseos de que en la Península le aceptasen como español; que el
coronel Manuel Sanguily publicó un folleto reprobando el suyo en elogio
de España; que en Santiago de Cuba le hicieron una ovación que hacía
honor a sus antecedentes revolucionarios; que cuando lo vitorearon los
bravos orientales, creyéndole separatista, contestó Ud. con un viva a
España; que dijo en Baracoa que antes de revolucionario independiente
vestiría el andrajoso y criminal uniforme de voluntario español; pero
con todo eso que sabía yo de Ud., y mucho más que podría referirle,
me resistía a creer, no podía concebirlo, que el Dr. Zambrana rebajase
su dignidad cubana, su nivel social, asistiendo a un banquete cuyo
objeto era celebrar el cumpleaños de un monarca y servir de escalón
político a su iniciador; sobre todo, Dr. Zambrana, Ud. que tanto habla
de libertad y democracia, que vive aquí al amparo de instituciones
republicanas, que no pudo soportar en su tierra los horrores de la
harapienta monarquía española, donde no pudo hacer más que tristísimos
papeles y sufrir desengaños, dice con jactancia lo que todo el mundo
reprueba a los hombres honrados. Nada de extraño tiene que cubanos dignísimos
se hayan equivocado con Ud, ni que todo el ejército revolucionario que
tuve la alta honra de mandar, haya estado a su lado, cuando a mí mismo
me ha causado verdadera sorpresa verlo vestido con las enaguas de la
Regenta y los mamelucos del niño Rey. Aquéllos y yo creíamos a Ud. a
la altura de su brillante intelecto, y de la causa que defendió; pero,
por lo que se ve, los de “su criterio” aplauden todo.
Convénzase, Dr. Zambrana, la guerra es la ocupación
más lícita que ha encontrado la humanidad para resolver sus grandes
problemas; es sublime el medio y aumenta la dignidad de los que tienen
verdaderos méritos. En cuanto a cumplimiento de deberes patrióticos,
tengo la seguridad de ser “infalible”, y si para bien de mi patria
me cupiera la honra de “monopolizar la dignidad y el patriotismo
cubano”, no rehusaría el honor que Ud. rechaza...
XVII)
La
intransigencia en Maceo no estaba reñida con la tolerancia. Jamás
perdonó la traición, pero al preparar la guerra supo respetar
opiniones distintas a las suyas. En Nueva York, Enrique Trujillo
entorpecía con sus críticas la labor que iba realizando Martí. Creyó
Trujillo fácil medrar del resentimiento que podía tener Maceo ya que
Martí se había negado a ayudarlo en la intentona revolucionaria que
había iniciado años antes junto a Gómez. Pero el patriotismo de Maceo
lo mantuvo siempre por encima de esos resentimientos e intrigas propias
de la gente pequeña, y le contestó cordial y rudo a la carta que con
ese propósito le había enviado Trujillo:
San José, 22 de agosto de 1894.
Sr. Don Enrique Trujillo.
Mi querido amigo:
Placer y tristeza me produjo el contenido de su carta
de 12 de junio del corriente año. De un lado me hace Ud. el cariñoso
recuerdo de mi santa madre, que le agradezco infinito, y del otro me
trae a la memoria nuestros sagrados principios, profanados por los
mercaderes y por tanta gente inútil que sirve sólo a los que
esclavizan la patria, que hacen papel en la política cubana para vergüenza
y mengua de patriotas honrados que no los entienden.
Su salpicada carta de tendencias disolventes y de
impurezas que no debe abrigar un corazón honrado, que dañan, sin Ud.
pensarlo, la elevación de espíritu y la sincera devoción que debemos
a la causa de la libertad, peca de fatídica y aviesa, de poco política
y antipatriótica... En ninguna época de mi vida he servido bandería
política de conveniencias personales; sólo me ha guiado el amor puro y
sincero que profesé en todo tiempo a la soberanía nacional de nuestro
pueblo infeliz. Cualquiera que sea el personal que dirija la obra común
hacia nuestros fines, tiene, para mí, la grandeza y la sublimidad del
sacrificio honrado que se imponga. Que el Sr. Martí no quisiera
ayudarnos en el 87 no es para que yo deje de servir a mi patria ahora,
luego y siempre que sea propicio hacer la guerra a España. Estoy y
estaré con la revolución por principio, por deber... La guerra que Ud.
hace al Sr. Martí es un crimen de lesa patria. La revolución que se
agita sufre las consecuencias con la incertidumbre que se apodera de la
gente floja... Me gustaría verlo ocupando su puesto lejos de rencillas
personales que puedan llevarlo al abismo de malas apreciaciones.
Quiera y admire a Martí como en 1887, en la seguridad
de que Cuba ganaría con el auxilio bueno de Ud... Perdone la rudeza de
mi estilo y acepte la seguridad del aprecio y cariño de su paisano.
XVIII)
Al
ver acercarse la guerra, los enemigos de la independencia, cubanos y
españoles, se dieron a desa- creditar el empeño revolucionario y a José
Martí, quien lo impulsaba. Además de acusarlo de “vividor”, por
las recaudaciones que hacía, el más poderoso argumento de sus
detractores era presentar a los militares de la Guerra Grande
indiferentes ante una nueva insurrección, o enemigos de ella. De esa
manera se reforzaba el proyecto autonomista que confiaba en llegar a un
acuerdo con España y seguir bajo su tutela. No podía Martí ni ningún
civil desmentir aquel infundio, por lo que el general Maceo le escribió
la carta que sigue a Juan Gualberto Gómez. En ella le hace ver la
necesidad de la guerra y la urgencia de preparar al pueblo cubano para
ese patriótico camino, por lo que le señala la conveniencia de cambiar
en “rifles... por un tiempo y no más”, la pacífica “educación
política y social” a que se dedicaba el noble periodista; le escribe
desde Costa Rica:
San José, 20 de octubre de 1894.
Sr. Juan Gualberto Gómez,
Habana.
Mi amigo querido: Cumple a mi deber de cubano y amigo,
de correligionario político y revolucionario independiente, anunciar a
usted las cosas que han de suceder, para que prepare a nuestro pueblo a
la lucha armada en esas provincias. No más dejación e indignidad
cubanas. La guerra depurará nuestros vicios y defectos coloniales. Que
se trueque en rifles la sublime y grandiosa labor de usted. Que la
educación política y social que usted da a nuestro pueblo infeliz, sea
por un tiempo y no más cambiada por las ordenanzas de los cuarteles
militares.
Los generales Gómez, Crombet, José Maceo, Rodríguez,
Sánchez, Borrero, Mayía Rodríguez, Maestre, Ríus y yo, vamos a
invadir con nuestros jefes y oficiales que están listos y prontos a la
señal que reciban.
No deje, pues, que nuestros enemigos hagan víctimas a
los que por ignorancia de sus deberes se retraigan de la cosa pública.
Avísele a todos. No quisiera que sirvan de instrumento español contra
la causa de la libertad y el derecho de todos...
XIX)
Si
la injusta sociedad de su tiempo castigó a Maceo por el color de su
piel, el destino lo premió generoso con una madre y una esposa dignas
de admiración. Llegada la hora de ir a la guerra, Maceo se despidió de
María, su “fiel y purísima” compañera. Dice mucho de los dos, y
de sus ejemplares relaciones, la ternura de esta carta. Por sobre el
cariño estaba la patria: ella sabe sufrir y él sabe luchar:
“Pienso”, le escribe, “que tú sufriendo, y yo luchando por ella,
seremos felices”. El inventario de las expresiones de amor en las
cartas que se conservan de él, todas de 1895 y 1896, habla por sí
solo; así las encabeza: “Mi queridísima esposa”; “Mi inolvidable
y siempre adorada esposa”; y las termina de esta manera: “Consérvate
buena y quiere a tu negro que no te olvidará nunca”; “Recibe el
corazón de tu esposo envuelto en el cariño y bondad que siempre guarda
para ti con besos y abrazos de tu esposo que desea verte”; “Recibe
el afecto de mi alma sincera con un fuerte abrazo”. La comprensión
mutua excusa otras explicaciones, y queda como velado el secreto de
aquella pareja heroica que supo del acto hacer la mejor poesía.
[Marzo de 1895]
A mi esposa:
En tu camino como en el mío, lleno de abrojos y
espinas, se presentarán dificultades que sólo tu virtud podrá vencer.
Confiado, pues, en ésa, tu más importante cualidad,
te abandono por nuestra patria, que tan afligida como tú reclama mis
servicios, llorando con el estertor de la agonía. Pienso que tú
sufriendo, y yo peleando por ella, seremos felices; tú amas su
independencia, y yo adoro su libertad. El deber me manda sacudir el yugo
que la oprime y la veja, y tu amor de esposa fiel y purísima me induce
a su redención. Dios lo quiera para bien de ese pueblo esclavo y para
tranquilidad de nuestros espíritus. Tú, que has pasado conmigo los
horrores de aquella guerra homicida, sabes mejor que nadie cuánto vale
el sacrificio de abandonarte por ella, cuánto importa el deber a los
hombres honrados. El honor está por sobre todo. La primera vez luchamos
juntos por la libertad; ahora es preciso que luche solo haciendo por los
dos. Si venzo, la gloria será para ti.
XX)
Iniciada
la guerra del 95, al igual que en la anterior, no le fue fácil a Maceo
escapar de la envidia. Su rebeldía ante el Zanjón le había hecho
crecer la fama: él, y no los que creyeron las promesas de España, era
el que había sabido adivinar el futuro. Y a esa nueva dimensión unía
los triunfos que iba logrando en el campo de batalla. En Jimaguayú, a
mediados de setiembre, entre los delegados que aprobarían la Constitución
de la República, había algunos que pensaron que el prestigio le habría
hecho crecer la ambición. No era el general ajeno a su propio valer,
pero su orgullo no residía en verse grande, sino en ver en su
crecimiento el de la patria: en ese mismo año le había escrito a
Federico Pérez, el 18 de febrero: “Si algún prestigio tengo, si algo
valgo, no es concedido, lo he conquistado con 26 años de servicios
consagrados a la libertad de Cuba, cuyo árbol sabe Ud. que he regado
con mi sangre varias veces”. Se le acusaba de aspirar a la Presidencia
de la República, y le escribió enfermo, desde las Minas de Camazán,
en Holguín, a Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía:
Cuartel General en Campaña, 8 de setiembre de 1895.
Sr. Salvador Cisneros Betancourt.
Camagüey.
Mi querido y estimado amigo:
Gracias, mil gracias por el exordio de su apreciable
carta de 25 próximo pasado agosto, contenido que rebosa la sinceridad
de sus delicados sentimientos y buena voluntad hace a éste su pobre
amigo, siempre calumniado gratuitamente por infames apreciaciones de
gentes insanas y de cerebros calenturientos... Los incapaces de un
proceder lícito y llano, siempre suponen a los demás manejándose mal
con intriguillas vergonzosas e impropias de hombres que se estiman...
Entiendo que la salud de la patria está por encima de todo, y a ello me
atengo.
Ahora bien, cuanto Ud. dice que yo debo esperar a que
me den, debo significarle que su oferta está buena para los que
mendigan puestos, o para las personas que no sepan conquistarse con sus
propios esfuerzos el que deben desempeñar en la vida pública, por lo
que le suplico no olvide mis condiciones de hombre de ese temperamento
si en otra ocasión se le ocurre hablarme de puestos y destinos que
nunca he solicitado... La humildad de mi cuna me impidió colocarme
desde un principio a la altura de otros que nacieron siendo jefes de la
revolución. Quizás por eso Ud. se cree autorizado para suponer que me
halaga con lo que me indica me tocará en el reparto...
No temo el peligro de perder la vida en la contienda,
pero sí sentiría poner en peligro mi reputación de subordinado y
patriota con nuevas calumnias y aviesas apreciaciones...
XXI)
A
los efectos de crear un régimen legal que agrupara a cuantos se habían
alzado el 24 de Febrero y aún luchaban por la independencia, se
reunieron en Jimaguayú, provincia de Camagüey, donde había caído en
1873 Ignacio Agramonte, los representantes de los varios cuerpos en que
estaba dividido el ejército mambí.
El
13 de septiembre de 1895, bajo la presidencia de Salvador Cisneros,
iniciaron sus discusiones de la Consti- tución por la que se declaraba
a Cuba “una República Democrática” y “un Estado libre e
independiente”. En la reunión del día 18, aprobado el texto
constitucional y elegidos los que iban a ocupar los puestos en el
Consejo de Gobierno, se procedió a designar como Jefe del Ejército, a
Máximo Gómez; Lugarteniente General, a Antonio Maceo; y a Tomás
Estrada Palma como Agente Diplomático en el Extranjero, los cuales, según
se lee en el Acta de ese día,”fueron aclamados unánimemente por la
Asamblea para esos altos cargos”. Enterado Maceo del honroso
nombramiento, redactó la siguiente “Exposición a los delegados a la
Asamblea Constituyente”, en la que reafirma su respeto “a las leyes
que emanan directamente de la voluntad popular”, considera la libertad
republicana “el resumen de todos los derechos y el ideal de todas las
esperanzas de los cubanos”, y proclama la República como “la
realización de las grandes ideas que consagran la libertad, la
fraternidad y la igualdad de los hombres”.
A los Ciudadanos Representantes del Pueblo en la
Asamblea Constituyente de Cuba.
Septiembre 30 de 1895.
Compatriotas:
He tenido el honor de recibir el despacho oficial que
os servisteis enviarme, suscrito por todos los ciudadanos Representantes
de esa respetable Asamblea y fechado el 18 de septiembre de 1895. En él,
después de recordarme que el pueblo cubano recientemente se levantó en
armas con propósito de obtener por medio de ellas la Independencia
nacional de la Isla de Cuba, la Asamblea Constituyente me comunica que,
por aclamación, acordó conferirme el nombramiento de Lugarteniente
General del Ejército Libertador, y me envía el diploma respectivo.
Ciudadanos representantes:
Es notorio que el sentimiento del amor a la patria que
se deriva de las condiciones constitutivas de la naturaleza humana y
forma la base fundamental en que se asienta la civilización de las
naciones, es universal entre los hombres y perpetuo en la historia de la
humanidad. Y vosotros sabéis que yo, convencido como estoy de que en
las ideas que proclama la República están vinculadas la verdad, la
justicia y la ventura de los pueblos, siempre las he profesado con
sinceridad y he procurado siempre con el mayor desinterés ponerlas en
ejecución...
Permitidme, pues, ciudadanos Representantes, que os
haga presente la expresión de agradecimiento que me anima con vosotros,
motivado por el honor que me habéis discernido al concederme el
nombramiento de Lugarteniente General del Ejército Libertador. Y al
aceptar cargo tan honroso como éste, que aumenta la responsabilidad que
tengo contraída ante mis compatriotas, permitidme también que os
reitere la protesta y obediencia a las leyes que emanan directamente de
la voluntad popular y sean sancionadas por el Poder legítimamente
constituido con el propósito de consolidar la obra de nuestra
Independencia y garantizar el régimen de la libertad republicana, que
es el resumen de todos los derechos y el ideal de todas las esperanzas
de los cubanos.
La República es la realización de las grandes ideas
que consagran la libertad, la fraternidad y la igualdad de los hombres:
la igualdad ante todo, esa preciada garantía que, nivelando los
derechos y deberes de los ciudadanos, derogó el privilegio de que
gozaban los opresores a título de herencia y elevó al Olimpo de la
inmortalidad histórica a los hijos humildes del pueblo, a aquélla que,
cultivando el espíritu con las luces que da la educación, fundieron la
útil e indiscutible aristocracia del talento, la ciencia y la virtud.
Fundemos la República sobre la base inconmovible de la igualdad ante la
ley. Yo deseo vivamente que ningún derecho o deber, título, empleo o
grado alguno exista en la República de Cuba como propiedad exclusiva de
un hombre, creada especialmente para él e inaccesible por consiguiente
a la totalidad de los cubanos. Si lo contrario fuese decretado en nombre
de la República, semejante proceder sería la negación de la República
por la cual hemos venido combatiendo, y nos arrebataría el derecho con
que Cuba enarboló la bandera de la guerra por la justicia el 10 de
octubre de 1868...
XXII)
Para
sufragar los gastos militares, el Ejército Libertador estableció un
impuesto revolucionario en sus zonas de operación. O se pagaba
directamente en la isla a los jefes, o los propietarios y empresas hacían
entregas en Nueva York de las cantidades que les correspondían. A los
pocos meses de llegar a Cuba, Maceo había enviado cerca de 200 mil
pesos a Tomás Estrada Palma, en Nueva York, quien informaba a su vez de
las recaudaciones que él hacía para que se procediera con los
contribuyentes de acuerdo con sus pagos. Luego, en la Invasión fue
necesario destruir cuanto era útil al enemigo. Al año siguiente,
reunido el Consejo de Gobierno el 13 de julio, y con el consentimiento
del General en Jefe, al considerar que “la propiedad” era “el
verdadero enemigo de la Revolución”, tanto en cuanto que ayudaba al
enemigo, se decretó prohibir “toda operación agrícola
preparatoria” para “la realización de la zafra de 1896 a 1897” y
así declarar “traidores” a los que infringieran esa disposición”,
y que fueran “condenados a muerte”. En sus Memorias,
dijo el general Piedra Martel, Ayudante de Campo de Maceo: “El paso de
la hueste invasora era señalado, a su espalda y a sus costados, por el
resplandor de los incendios. Todo ardía. El horizonte aparecía día y
noche enrojecido... y el humo esparcido por el fuerte viento reinante y
llevado a larguísimas distancias, tendía sobre las campiñas y los
pueblos comarcanos un oscuro y flotante telón...”
La
carta que sigue habla también de la posición de Maceo frente a los
Estados Unidos: ciertos prejuicios y temores hacían depender de los
norteamericanos el futuro de Cuba. Maceo consideraba conveniente, aunque
no necesario, el reconocimiento por parte de Washington de la
beligerancia, y aquí le advierte a Estrada Palma: “ ...soy de aquéllos
que dicen que si viene, bien, y, si no, también...” Pero el Delegado,
una semana después de escrita esta carta, el 7 de diciembre, presentaba
en Washington una petición al Secretario de Estado solicitando “los
derechos de beligerancia” para los cubanos en armas.
Camagüey, Noviembre 29, 1895.
Delegado Estrada Palma.
Apreciado amigo:
..........................................................
Estoy dispuesto a destruir las fincas de todos
aquellos que hagan resistencia o se nieguen al pago de sus respectivos
compromisos, siempre que Ud. me dé aviso a tiempo. Estoy en marcha para
Occidente hasta hoy sin tropiezo, donde me prometo recaudar algunas
cantidades que giraré a Ud. para que nos proporcione material de
guerra. Probablemente desde ese lugar nos será más fácil la
comunicación. La Revolución sigue cada día más pujante, y no hay
motivo alguno que nos intranquilice, no obstante los grandes
preparativos que hace Martínez Campos para su gran campaña de invierno
que, a mi juicio, sólo servirá para acabar con el crédito de ese político
y militar.
Al entrar en el territorio de Camagüey recibió el
ciudadano Presidente la noticia, por conducto autorizado, de que había
sido reconocida la beligerancia por el gobierno de los Estados Unidos, y
que un sindicato americano había ofrecido a Ud. tres millones de pesos
para gastos de la guerra. Esa nueva produjo una explosión de alegría,
aunque yo la haya acogido con reservas por no haber inaugurado sus
sesiones el Congreso Americano, y porque soy de aquéllos que dicen que
si viene, bien, y, si no, también...
XXIII)
El
29 de noviembre Maceo, al frente de sus ejércitos, cruzó la Trocha de
Júcaro a Morón. Iba a estudiar, junto al general Máximo Gómez el más
conveniente curso de la invasión a Occidente. Poco después, para
impedir los conflictos regionales que tanto daño habían hecho en la
pasada guerra, Maceo, al entrar en la provincia de Las Villas, preparó
esta cuidada “Proclama” en la que se confirma su talento político y
militar, a la vez que vislumbra el destino de los gobiernos despóticos:
“Los imperios fundados por la tiranía y sostenidos por la fuerza y el
terror, deben caer con el estrépito de los cataclismos geológicos...”
Proclama.
Los Remates [Remedios], 6 de diciembre de 1895.
Villareños:
Venimos de Oriente en marcha triunfal para combatir
por la libertad y redención de Cuba en el gran teatro de Occidente,
donde el tirano ha acumulado sus poderosos elementos de guerra... Para
salir del yugo español os bastaríais vosotros solos, villareños, que
nada es imposible para los pueblos esforzados y dignos cuando luchan por
su emancipación y bienestar... pero no sería propio de pechos
fraternales encendidos en una misma llama patriótica, no le daríamos a
la Revolución todo el homenaje que le debemos... si nos hubiésemos
limitado a humillar las armas españolas allí y sentirnos con tal
victoria satisfechos.
Nuestra misión es más elevada, más generosa, más
revolucionaria; queremos la libertad de Cuba, anhelamos la paz y el
bienestar de mañana para todos sus hijos, sin poner tasa al sacrificio
ni tregua al batallar, llevando la guerra a todas partes, hasta los
baluartes más remotos de la dominación y batir en ruinas sus murallas
opresoras. Los imperios fundados por la tiranía y sostenidos por la
fuerza y el terror, deben caer con el estrépito de los cataclismos geológicos...
XXIV)
La
posición antiimperialista de Maceo se manifestó con crecida intensidad
en los últimos meses de su vida: es que al prolongarse la guerra
aumentaron los quebrantamientos aun en algunos revolucionarios. Ya se
vio en la carta del 29 de noviembre de 1895, al propio Estrada Palma, cómo
quiso Maceo, con toda prudencia, restarle importancia al reconocimiento
de la beligerancia por los Estados Unidos, aunque comprendía cuánto
era conveniente para facilitar el trasiego de armas que le enviaban del
Norte. No se le escapaba a su visión política, sin embargo, cuánto
iba a limitar la soberanía del país el contraer deudas mayores de
gratitud con los americanos, como se ve en la próxima carta de esta
colección. Aquí, con el mayor tacto, le advierte al propio Estrada
Palma, quien tenía un historial de marcado anexionismo:
Cuartel General de Tapia, abril de 1896.
Al Delegado Estrada Palma.
Mi muy estimado amigo:
Hace ya días que no tengo el gusto de ver letra de
usted, y lo siento no poco porque sus noticias nos darían idea exacta
del estado de nuestros asuntos en ese país, y con ellas saldríamos por
lo mismo de la incertidumbre en que parece se goza en mantenernos la
prensa de todos los partidos. Esto marcha bien, y pudiera durar por
tiempo indefinido hasta dejar extenuada a España. Sin embargo, como a
todos interesa la más pronta terminación, y veo en los papeles públicos
que se discute si los Estados Unidos deben o no intervenir en esta
guerra, y sospechando que usted, inspirado en razones y motivos de
patriotismo, trabaja sin descanso para alcanzar para Cuba lo más que
pueda, me atrevo por mi parte a significarle que no necesitamos de tal
intervención para triunfar en plazo más o menos largo. Y si queremos
reducir ese plazo a muy pocos días, tráiganse a Cuba veinticinco o
treinta mil rifles y un millón de tiros, en una o dos expediciones. Si
ustedes, pues, logran alcanzar la cooperación de ese gobierno en el
sentido de ayuda y protección al embarque de esas expediciones, no haría
falta más que comisionar a una persona que fuese a La Habana y desde
dicha ciudad me diera aviso oportuno de la fecha y lugar designado para
el alijo. Con esto, es decir, con la protección de los Estados Unidos,
ni se verían los americanos comprometidos visiblemente, ni los cubanos
habrían menester otra ayuda...
XXV)
El
mes de julio de 1896 fue aciago para el Lugarteniente General. El día 6
fue herido en Loma del Gato, Oriente, su querido hermano José, y murió
horas más tarde —no demoró mucho Antonio en recibir el parte oficial
informándole de la tragedia. Además, de nuevo habían surgido serios
conflictos en el Consejo de Gobierno entre alguno de sus miembros y el
Presidente Cisneros. El día 17 de julio le hace esta triste confesión
al Mayor General José M. Rodríguez: “Si yo hubiera venido a la
revolución a servir a los hombres, habría abandonado la idea de
prestarles ayuda; pero por fortuna no veo otra cosa más que la
conveniencia de trabajar por mi patria cerrando los ojos ante tantas
pequeñeces y miserias...” Y también entonces vio más cercana la
amenaza intervencionista de los Estados Unidos. En sus Crónicas de la Guerra,
sobre esos días, cuenta de su jefe el general Miró: “Contribuyó a
aumentar su desazón la lectura de varias cartas del extranjero,
suscritas por personas que, si bien eran amigas, no le ligaba la
suficiente confianza con el caudillo, para anticiparle el suceso, para
ellas venturoso, de la intervención armada de los Estados Unidos. Esta
idea, y sobre todo el regocijo que despertaba en algunos espíritus la
decisión final del pleito por la intervención de la República del
Norte, era motivo de profunda inquietud para Maceo. El que, como él,
tenía fe en el propio esfuerzo, no podía admitir el socorro del extraño...
No se explicaba Maceo el afán de solicitar la intervención de los
Estados Unidos cuando el debate de las armas no había resuelto el punto
de mayor interés en aquella crisis...” Se sabía ya, por otra parte,
que el gobierno de Washington le había propuesto a España pacificar a
Cuba respetándole la soberanía, con pequeñas concesiones para los
cubanos, y eso era inaceptable para la causa separatista. Maceo le
escribe, aún sufriendo de una reciente herida, a su amigo Federico Pérez
Carbó, en Nueva York, para que fuera el vocero autorizado de los
insurrectos, una carta donde aparece su famoso dictamen: “De España
jamás esperé nada; siempre nos ha despreciado, y sería indigno que se
pensase en otra cosa. La libertad se conquista con el filo del machete,
no se pide: mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de
ejercitarlos”; y agrega enseguida sobre lo que ahora
interesa:”Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fiarlo a
nuestro esfuerzo: mejor es subir o caer sin su ayuda, que contraer
deudas de gratitud con un vecino tan poderoso”.
El Roble, Pinar del Río, Julio 14, 1896.
Señor Coronel Federico Pérez.
Mi querido coronel y amigo:
He leído con mucha satisfacción su carta del 29 del
pasado...
El enemigo está acobardado allí donde hay gente
veterana y muchos elementos; aquí cuesta pegarle duro... Aquí no hay
un palmo de tierra que no esté bañado de sangre cubana y española. Ni
la campaña del 71 fue para mí más cruda. Sin embargo, he visto
realizarse un día y otro mi sueño dorado, y así he podido pegarle a
los españoles y romperles la crisma a sus mejores generales.
De España jamás esperé nada; siempre nos ha
despreciado y sería indigno que se pensase en otra cosa. La libertad se
conquista con el filo del machete, no se pide; mendigar derechos es
propio de cobardes incapaces de ejercitarlos.
Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos
fiarlo a nuestro esfuerzo: mejor es subir o caer sin su ayuda, que
contraer deudas de gratitud con un vecino tan poderoso...
Le deseo que pronto esté completamente restablecido.
Y ahora, luego y siempre trabajando, como hasta aquí, por Cuba Libre. A
mí también me pellizcaron, pero fue cosa insignificante y ya estoy
curado y otra vez de pelea...
XXVI)
Dos
días después de la carta anterior, Maceo le escribió en similares términos
a José Dolores Poyo, el director del periódico El Yara, en Cayo Hueso. Destaca el progreso cubano en la guerra para que se vea
lo innecesaria e inoportuna que resultaría la intervención
norteamericana; y se pregunta: “¿A qué intervenciones ni ingerencias
extrañas, que no necesitamos ni convendrían?” Le escribe:
El Roble, Julio 16, 1896.
Al señor J.D. Poyo, Delegado de la Revolución
Cubana.
Key West.
Muy señor mío y distinguido amigo:
He tenido el gusto de leer su atenta carta del 26 de
mayo último, y agradezco a usted las benévolas frases que me dedica y
sus votos entusiastas. Realmente el patriotismo con tanta viveza
sentido, y la valentía y abnegación demostradas por el ejército
revolucionario, exceden a toda ponderación... Si hasta hoy las armas
cubanas han ido de triunfo en triunfo, huelga que le diga yo la ventaja
mayor aún que le reservan para el porvenir los cuantiosos elementos de
guerra que estamos recibiendo, gracias a las activas gestiones de todos
ustedes y especialmente de la incansable y benemérita Junta de New
York. ¿A qué intervenciones ni ingerencias extrañas, que no
necesitamos ni convendrían? Cuba está conquistando su independencia
con el brazo y el corazón de sus hijos; libre será en plazo breve, sin
que haya menester otra ayuda...
XXVII)
¿Cómo
se explica el fervoroso antiimperialismo del Lugarteniente General?
Desde los tiempos del padre Félix Varela asociaba el cubano el amor a
la patria con la absoluta independencia; él dijo: “Desearía ver a
Cuba tan isla en lo político como lo es en la naturaleza”. De otra
manera no era posible lograr la soberanía. Por ese camino fueron los
patriotas de la guerra del 95: Martí, Maceo, Gómez, Calixto García,
Juan Gualberto... Y luego, en la República, Sanguily, Varona, Guiteras,
Chibás... El imperialismo es el dominio de un país sobre otro por la
fuerza de las armas o de la economía, y, por ese dominio deja de ser
soberana la nación que lo padece. Maceo estaba avisado del peligro. Es
posible pensar que leía el futuro, que vio cómo la dependencia
extranjera en lo económico y en lo político iba a afectar luego los
destinos de Cuba, desde la crisis de los Estados Unidos en la década de
los 30 hasta el colapso del mundo comunista sesenta años más tarde.
Para salir del colonialismo de España se recurrió al imperialismo
yanqui, para vencer éste se entregó el país al hegemonismo soviético;
y aún ahora, para salir del último, se corteja al capitalismo
internacional, especie de nuevo imperialismo.
Tenía
Maceo muy claro concepto del término “soberano”, procedente del latín
superanus, el que ejerce superior
autoridad, y de su derivado “soberanía”, dominio y poder sobre
todo. ¿Cómo puede ser soberano un país que se da a vivir bajo los
intereses de un extranjero? ¿Cómo al servicio de otro no ha de someter
su destino y su arbitrio a las tribulaciones y fracasos de aquél a
quien se sirve? Así el quebranto, que debiera serle ajeno, se transmite
al súbdito.
En
varios de los escritos que preceden al que ahora sigue habló Maceo de
la soberanía, lo que permite conocer su pensamiento sobre ese tema: en
la carta de 1884, a Anselmo Valdés, le dijo: “Con la soberanía
nacional obtendremos nuestros naturales derechos, la dignidad de la
Patria...” Dos años después, desde Kingston, a José A. Rodríguez:
“Yo desearía para mi país un hombre que tenga la virtud de redimir
al pueblo cubano de la soberanía española sin haber tiranizado a sus
redimidos... Nuestras aspiraciones son amplias, y en ellas caben todos
los hombres... si libre fuera su voluntad y decir, libérrima y generosa
debe ser nuestra soberanía”; a Martí, en 1888, desde Panamá: “Con
respecto al profundo y sincero amor que guardo a la emanaciones de la
soberanía nacional, libremente consultada y expresada...”; y un año
antes de salir para la guerra le confiesa a Enrique Trujillo, desde
Panamá: “En ninguna época de mi vida he servido bandería política
de conveniencias personales; sólo me ha guiado el amor puro y sincero
que profesé en todo tiempo a la soberanía nacional de nuestro pueblo
infeliz...”
Con
esos testimonios basta para descubrir la visión política de Maceo
sobre lo que aquí interesa, y la confirma la carta que sigue ahora a un
doctor que había conocido en La Habana. Preocupado este simpatizante de
Maceo, le escribió a principios de junio de 1896 informándole de las
gestiones que se hacían en Washington para lograr la independencia de
Cuba con garantía de los americanos, previa indemnización a España;
Maceo le responde al descubrir en ese plan intervencionista la
inevitable reducción de la soberanía nacional: en “el esfuerzo de
los cubanos”, le advierte profético, “se encierra el secreto de
nuestro definitivo triunfo, que sólo traerá aparejada la felicidad del
país”.
El Roble, Julio 26 de 1896.
Al doctor Alberto J. Díaz, Louisville, Kentucky.
Muy señor mío y distinguido amigo:
Acuso recibo a usted de su atenta carta fecha tres del
pasado, de cuyos particulares quedo bien impuesto.
No me parece cosa de tanta importancia el
reconocimiento oficial de nuestra beligerancia que, a su logro, hayamos
de enderezar nuestras gestiones en el extranjero, ni tan provechosa al
porvenir de Cuba la intervención norteamericana, como supone la
generalidad de nuestros compatriotas. Creo más bien que en el esfuerzo
de los cubanos que trabajan por la patria independencia se encierra el
secreto de nuestro definitivo triunfo, que sólo traerá aparejada la
felicidad del país, si se alcanza sin aquella intervención. Demás está
cuanto se diga en rechazar cualquiera proposición para que indemnicemos
a España. Ni un céntimo sería lícito abonar por tal concepto; y no
dudo que éste es el pensamiento de la casi totalidad de los cubanos...
Trabaje, pues, en dicho sentido y sírvase avisarme si se alcanza éxito...
XXVIII)
Dos
días antes de su muerte, Maceo firmó la siguiente carta dirigida al
General José María Aguirre, Jefe de la División de La Habana, ordenándole
la reconcentración de sus fuerzas para el proyectado ataque a Marianao.
Fue enviada desde el derruido ingenio La Merced, cercano a Mariel, donde
pasaron Maceo y sus hombres un total de 32 horas mientras esperaban
refuerzos y cabalgaduras para continuar su camino hacia San Pedro. Se
incluye aquí este oficio número 778 no solamente porque es una de sus
últimas órdenes y es poco conocido, sino porque el original, que más
adelante en este libro, en las “Ilustraciones”, se reproduce, fue
donado hace poco a la Universidad de Miami por el Sr. Julio A. Mestre.
Al margen de la carta se lee: “Recibida el 7 de Dbre. a las 10 de la
noche...”: ya Maceo estaba muerto. Días después de la tragedia de
Punta Brava, murió también el general Aguirre, cerca de Jaruco, el 29
de diciembre.
República de Cuba
Ejército Libertador
Jefe del Dept. de Oc.
Acabo de llegar a este punto después de haber pasado
la línea militar de Mariel-Majana. Proceda Ud. inmediatamente a
reconcentrar las fuerzas de la división al digno mando de Ud. por los
mismos lugares donde hizo la concentración anterior.
Patria y Libertad
La Merced, 5 de Dcbre. 1896
A. Maceo
Al Gral. José M. Aguirre, Jefe de la División de la
Habana.
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