CUBA:
AGOSTO DE 1933
Crimen y castigo
"Ocho
años de lucha"
El 12 de agosto
Vae Victis
Epílogo
Ilustraciones
"Muy
pronto me convencí de que ninguna revolución,
sea violenta o pacífica, se produce sin que las
nuevas ideas penetren bien en los mismos
grupos cuyos privilegios
se van a combatir".
Kropotkin,
Memorias de un revolucionario (1899)
La
caída del presidente Gerardo Machado el 12 de agosto de 1933, en gran
parte se produjo por la falta de apoyo, en sus últimos tiempos, de los
sectores que más se habían favorecido con su gobierno: el ejército y
la pequeña burguesía.
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En el apogeo de su
fama, en enero de 1928 Machado aparece junto el presidente
Coolidge y militares y civiles que incondicionales lo
apoyaban.
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Aparte
de los errores y los crímenes del régimen, la propaganda de la oposición
logró convencer al pueblo en general, y a esos sectores en particular,
de que para la felicidad del país era necesario no sólo un cambio de
gobernantes, sino también un cambio social, político y económico. Un
cuarto de siglo más tarde se iba a producir el mismo fenómeno
observado por Kropotkin: la revolución de 1959 logró el triunfo por
las puertas que le habían abierto los mismos que iban a ser sus víctimas.
Aunque
el A.B.C., una organización
que se decía de "hombres nuevos, ideas nuevas y procedimientos
nuevos" lo consideró
el poeta y dirigente comunista Rubén Martínez Villena una "típica
organización de clase media, afanosa de poder", su Manifiesto al
país terminaba repitiendo la falsedad de Carlos Baliño y Julio Antonio
Mella, de que "Martí aseguró que después de la independencia
patria tendría que hacerse la guerra por la libertad", y que su
campaña contra Machado, era "la nueva guerra". Martí no dijo
nada de esa "guerra" una vez constituida la República, pero
de esa manera se justificaba el cambio radical a que se aspiraba en los
años 30. El A.B.C., que se decía "la esperanza de Cuba",
entre otras metas clamó contra el latifundio, contra las prácticas
imperialistas de Wall Street y en favor de la nacionalización de los
servicios públicos; defendió al obrero con la jornada de 8 horas y el
jornal mínimo, el seguro contra el desempleo, la sindicalización y el
descanso retribuido; creaba el servicio militar obligatorio, daba mayor
alcance al poder judicial, suprimía el Senado y hacía autónoma a la
Universidad.
Avalado
por la violencia y la sangre, el programa revolucionario contra Machado
se hizo causa común entre los que iban a beneficiarse de él y los que
por él verían lastimados sus intereses. Hasta el mismo gobierno de los
Estados Unidos y su representante en La Habana parecieron sucumbir al
hechizo de algunas de aquellas promesas.
Dice el refrán "Cría cuervos y te sacarán los ojos", y
luego, cuando quiso concretarse el programa, al ver en peligro los
"ojos", empezó la cacería de los "cuervos". La
revolución se cortó las alas. Asesinaron a Antonio Guiteras el 8 de
mayo de 1934; él había querido cumplir la promesa: escribió dos meses
antes: "Nuestro programa no podía detenerse
simple y llanamente en el principio de no intervención. Tenía
que ir forzosamente al fondo de nuestros males…"
"Ocho
años de lucha"
Machado
tomó posesión de la presidencia el 20 de Mayo de 1925. Tres meses más
tarde, el 20 de agosto, mataron a tiros al comandante del Ejército
Libertador Armando André, dueño del periódico El Día y enemigo de Machado, quien había hecho atrevidos juicios
sobre la familia del presidente. No llevaba un año en el cargo cuando,
en premio de haber algo moralizado la administración y de iniciar vastos
planes de obras públicas, la Universidad de La Habana le dio el título
de doctor Honoris Causa.
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Seguro de su apoyo,
Machado siempre se refería a las fuerzas armadas como
"mi ejército", pero fue el ejército el que lo
obligó a abandonar el poder. En estas fotos del 12 de agosto
se ven soldados, marinos y policías en las calles de La
Habana en apoyo de la revolución, en confraternidad con el
pueblo y disparando contra personeros del gobierno.
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A
principios de 1927 el gobierno organizó una caravana de miles de
personas que fueron desde La Habana a Pinar del Río. Iba encabezada por
Machado, y el entusiasmo popular hizo que enseguida se empezara a
discutir la reforma de la Constitución de 1901 para prolongar al
mandatario en el poder; la prórroga se aprobó en la Cámara de
Representantes por 102 votos contra 8.
La
segunda presidencia de Machado empezó el 20 de Mayo de 1929. Proclamado
por la prensa oficial como el "porta estandarte de la nación",
se declaró elegido por el 80% de los votantes. Para darle legitimidad
al proceso invitaron a gran número de delegaciones extranjeras. Al año
siguiente, cuando iba a hacerse la elección del poder legislativo, se
produjo la protesta estudiantil que le costó la muerte a Rafael Trejo a
manos de la policía. Ya estaban bien organizados los cuerpos represivos
para garantizar la seguridad del Estado: entonces se les llamaba la
Porra. Formaban esos grupos matones, expresidiarios y delincuentes a
sueldo. Hubo hasta una Porra de mujeres para hacerle actos de repudio a
las que se pronunciaban contra Machado.
Antes
de fracasar en 1931 el levantamiento del general Mario G. Menocal y
Carlos Mendieta, que terminó con el desastre de Río Verde, habían
intentado derrotar con las armas la dictadura, entre otros, el capitán
del Ejército Libertador Arturo del Pino, el general Francisco Peraza y
el periodista Sergio Carbó. Entonces surgió la organización secreta
del A.B.C., dirigida por Joaquín Martínez Sáenz. El primer gran
atentado terrorista se produjo en Flores 66, cuando el capitán de la
policía Miguel Calvo y otros "expertos" se personaron en
esa dirección donde encontraron un arsenal. Sin saber que en la
casa había teléfono, Calvo salió del lugar para hacer una llamada,
pero los que allí quedaron, al descubrirlo y descolgar el receptor que
estaba conectado a la dinamita volaron en pedazos. Dijo Alberto Lamar
Schweyer, colaborador del régimen, en su libro Cómo
cayó el presidente Machado (1934), que fue por ese acto que
"la policía se cansó de ser víctima" y "empezó a
matar".
No
escapó el capitán Calvo del castigo a que había sido condenado y lo
ametrallaron junto al Hotel Nacional el 9 de julio de 1932; en
represalia esbirros del
gobierno apresaron en Matanzas al coronel del Ejército Libertador José
Álvarez Pérez, y le aplicaron la "ley de fuga" a su tres
hijos en Agüica, Matanzas. El 22 de setiembre de ese año se produjo el
atentado contra Clemente Vázquez Bello, presidente del Senado e íntimo
de Machado, de quien había dicho que "era más grande que
Lincoln"; el plan era volar el cementerio cuando lo enterraran para
liquidar a los altos personeros del régimen, pero como llevaron el cadáver
a Santa Clara se frustró el atentado.
Como represalia la policía mató al Representante Gonzalo Freyre de
Andrade y a sus dos hermanos, y al también Representante Miguel Ángel
Aguiar.
Con
motivo de la elección de Roosevelt a la presidencia de los Estados
Unidos, fue a La Habana como embajador Benjamin Sumner Welles. Llevaba
instrucciones de tranquilizar la isla y lograr la renuncia de Machado.
El primero de julio de 1933 se inició el proceso conocido como la
"Mediación". Se reunieron en la embajada americana grupos de
opositores y agentes del gobierno (sin los estudiantes ni Menocal,
quienes se negaron al diálogo). Se logró la libertad de los presos políticos
(siempre la letra de cambio de las tiranías) y el regreso de los
exiliados, pero el día 25 se inició la huelga del transporte que luego
se extendió a los conductores de tranvías y a los choferes de
alquiler, y por toda la isla, con el apoyo de Rubén Martínez Villena,
a los ferrocarrileros, los braceros y los estibadores. El 4 de agosto se
decretó una huelga general. Machado hizo salir del campamento de
Columbia un batallón de infantería para someter a los huelguistas y
acabar con los mítines callejeros, pero los oficiales y los soldados se
negaron a disparar contra el pueblo. Una semana después se sublevó el
cuerpo de aviación y otros sectores del ejército. Dio la noticia del
levantamiento la estación pirata del A.B.C.; el parte de los
insurrectos decía:
Esta tarde, en
las primeras horas, el Batallón 1 de Artillería tomó el Estado Mayor
del Ejército, exigiendo la renuncia inmediata del Presidente de la República.
Posteriormente el Cuerpo de Aviación, el Sexto Distrito Militar, la
Fortaleza de la Caballa, las fuerzas de nuestra Marina de Guerra, los
Distritos Primero, Segundo, Tercero, Quinto, Octavo y Noveno asumieron
idéntica actitud, prometiendo el Presidente Machado presentar su
renuncia dentro de las próximas 24 o 48 horas a cuyo efecto se nombraría
un Presidente Provisional. Las fuerzas armadas de la República, no
conformes con esta promesa ha exigido la renuncia para antes o a las 12
meridiano del día 12 del actual mes de agosto. En las últimas horas de
esta tarde se ha querido engañar al pueblo de Cuba con la falsa noticia
del fracaso de nuestra actitud, y en honor de la verdad y a nuestro
querido pueblo lanzamos la presente Proclama, recomendando a la vez
mucha calma, recogimiento en los hogares y especialmente evitar
disturbios y desórdenes.
El Cuerpo de Aviación, Columbia, 11 de Agosto de 1933.
Al día siguiente renunció Machado, y ocupó la
presidencia Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria.
El 12 de agosto
Gonzalo
de Quesada y Miranda, testigo de los acontecimientos, contó en su libro
¡En Cuba Libre! (1938) la reacción del país:
Como
un río desbordado, convertido en torrente sangriento y destructor, el
pueblo en manifestaciones improvisadas de júbilo invadía el Palacio,
adornando la enrejada puerta con chuscos carteles de Se
alquila y E. P. D. Hombro
a hombro con las muchedumbres enardecidas, surgían, en el bravío mar
revuelto de rencorosa ira, junto con los harapientos, con los hombres en
camisa, sin corbata y sombrero, con los vestidos de albo dril, el kaki
y el azul de los soldados y Policías, hermanados con el pueblo, y oíanse,
dirigidos por primera vez contra un mismo blanco, los disparos de los
revólveres paisanos y el seco crack
de los Springfield militares.
Acosados
como fieras, los porristas huían
despavoridos, defendiéndose desesperadamente al verse acorralados;
en Prado y Virtudes caía ensangrentado, acribillado de balazos, tras
de inútil y brava resistencia, José A. Jiménez, veterano de la guerra
y presidente de la Liga Patriótica que apoyaba a Machado; se defendió con un revólver
hasta que un soldado lo mató con un rifle. Lo llevaron
hasta la embajada americana y dejaron el cadáver en la calle;
frente al Capitolio moría a adoquinazos y puñaladas su subalterno
Leblanc, y en la calle de San Miguel era mortalmente herido Pepito
Magriñat, pagando así a manos de la justicia popular la muerte de
Julio Antonio Mella.
En
macabro recorrido, amarrados a automóviles, paseábanse por las calles
los cadáveres mutilados y escupidos de los que horas antes esgrimían
jactanciosos sus armas asesinas contra el pueblo. En el edificio del Heraldo de Cuba mezclábanse al crujido de las llamas destructoras
el sordo sonido de mandarrias y martillos, enmudeciendo de esa manera
el máximo vocero Machadista; desde los balcones de la casa de Averhoff
volaban jarras, vitrinas, muebles que se despedazaban sobre el bruñido
pavimento del Malecón; en la calle Reina era saqueada la rica
biblioteca de Wifredo Fernández; a la boca del río Almendares ardía
el yate del Dinámico Carlos Miguel de Céspedes, lengüeteaba el fuego en su Villa
Miramar.
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Uno de los héroes
del día fue este soldado que, en la esquina de Prado y
Virtudes, mató al coronel José Antonio Jiménez, jefe de la
Porra, la policía encargada de la seguridad del Estado. El
pueblo agradecido lo paseó en hombros por las calles de La
Habana.
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Y mientras las turbas se lanzaban a cobrársela,
al saqueo de residencias señaladas como de elementos machadistas,
poblaba el espacio el bronco paso de los camiones del Ejército, las
bocinas abiertas de las máquinas particulares, con letreros de las
sociedades revolucionarias secretas, con la estrella de Sión abecedaria,
tremolando en el aire los verdes gallardetes; en rauda, implacable
caza de porristas, de figuras connotadas del derrocado régimen...
En su página editorial dijo la
revista Carteles a raíz de ls
acontecimientos:
Al fin cayó la hiena. Cayó y se dio
a la fuga. Una fuga atropellada, vergonzosa, en la que abandonó a sus
adeptos, a esa jauría inmunda de asesinos mercenarios y de torturadores
a sueldo, algunos de los cuales han sido ejecutados por la justicia
popular después de acorralarlos en su madriguera y de cazarlos en las
calles de la ciudad, teatro hasta hace poco de sus depredaciones y de
sus crímenes. La justicia popular se ha cumplido con esos agentes
feroces e inhumanos de la tiranía machadista. Sic semper tiranis.
Carteles, que ha venido combatiendo desde el año 1927 a este
régimen de ignominia, que no fue de los últimos en sumarse a la
cruzada sino el iniciador de la lucha contra la usurpación y la
violencia; que se pronunció en días en que todas las voluntades
estaban de rodillas, contra las primeras extralimitaciones del poder de
Machado… Carteles, en suma,
que no desmayó en atacar a la tiranía y que fue una de las víctimas más
perseguidas por ella, cree llegado el momento de que se recree una vida
institucional y soberana… Pero es necesario que una vez restablecida
la paz y abierto el ritmo de la nueva vida ciudadana, se cumpla íntegro
el programa de renovación que inspira a la masa colectiva y que se
impongan penas aflictivas a los que delinquieron. Nada de transigencias,
ni de tenuidades ni de confusiones. Hay que delimitar bien los cómplices
tardíamente arrepentidos de la tiranía, que ahora quieren aparecer
como caudillos de la causa que ametrallaron, para que no aparezcan como
elementos afines a los que valerosamente, con abnegación y con heroísmo,
sacrificaron sus vidas a la causa de la libertad…
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Con estos títulos
se publicaron en los periódicos de aquellos días las fotos
del 12 de agosto que aquí se reproducen. Prueban que los
mismos grupos sociales que apoyaron a Machado formaron luego
parte de las fuerzas que lo obligaron a huir. Desde arriba:
"Las damas del Vedado cooperaron a la justicia popular en
la casa de Pepito Izquierdo [alcalde de La Habana]".
"Un grupo de lindas muchachas recorre las calles en automóvil
exhibiendo 'souvenirs' [que se habían llevado] de
Palacio". "Un grupo de muchachas que ayudó a
derribar columnas en la calle 23 [columnas con el nombre de
'Avenida del Presidente Machado']". "Policías y
soldados confraternizan con el pueblo frente a Palacio".
"Un automóvil del A.B.C. recorre las calles dando vivas
a la libertad".
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Machado voló a las Bahamas, y Orestes
Ferrara, su Secretario de Estado, a Miami donde tomó el tren hacia el
norte. Los dos dejaron escritas unas memorias en las que hablan de su
salida de Cuba: las de Machado se publicaron en 1982, en Miami, con el título
de Ocho años de lucha; las de Ferrara con el título de Una
mirada sobre tres siglos, se publicaron en Madrid, en 1975, tres años
después de su muerte. Ninguno de esos libros menciona los dos
documentos que se transcriben a continuación, y que se conservan inéditos
en la Biblioteca de la Universidad de Miami; son una carta de Ferrara a
Machado contando su salida de La Habana, y otro un telegrama de Machado
a Ferrara sobre su situación y sus planes de aquellos días; dice el
primero:
The Jefferson
(The Cosolvo Hotels)
Richmond, Virginia
14 de Agosto, 1933
Mí querido Gerardo, Tuve noticia de tu salida de Cuba
el mismo día doce al llegar a Miami. Todo mi pensamiento y el de
mi valiente mujer estuvo puesto en ti y en tu familia. Desde los aires
vimos tu aeroplano, y Uds. seguramente nos han tenido que ver al
encontrarnos en las costas de la
Florida. No te puedes imaginar la inmensa satisfacción nuestra. Cuando
pensé en irme tuve que hacer un gran esfuerzo sobre mí mismo pensando
muy penosamente que tú te quedabas en aquel ambiente de
borrachera asesina.
Sobre las causas del colapso es
preciso dejarlas al tiempo. Welles que nos maltrató a nosotros que éramos
el gobierno, se demostró luego en toda la mañana del día doce en que
lo vi dos veces, un pobre de espíritu, preocupado solamente en tapar el sol con un dedo, o sea
que él no había realizado ningún acto que violara nuestros derechos.
Mi último día lo pasé así. Por la
mañana a las 8 Welles estuvo en mi casa. Le reiteré que tu firmarías
la renuncia, y le adelanté todas las consecuencias, que
desgraciadamente vinieron; toda la persecución, la matanza general, los
actos de salvajismo. Como el día anterior le había rogado que hiciese
declaraciones públicas diciendo a la oposición las mismas frases
duras, y presentando los mismos ultimátums que nos había repetido a
nosotros. Me leyó el papel que no podía producir ningún efecto y en
el cual sólo se hacía constar que él no había intervenido en nada y
que tú te ibas por patriotismo, y que la sucesión de Herrera era un
deseo tuyo. Le rechacé el papel, y le recordé que tu renuncia, error
gravísimo en la forma que se había hecho, obedecía a insistencias de
él, y a petición expresa del Pres. Roosevelt, y que la designación de
Herrera no la había sugerido él.
Lo dejé diciéndole que él sabía
todo esto, y que no era el momento de discutir, sino de actuar, pues en
aquel mismo día tendríamos graves acontecimientos. Me dijo que
esperaba que no. Fui de mi casa a Palacio, donde te vi. Cuando tu
dejaste el Palacio, todos se fueron: policías, soldados, empleados,
criados. Don Ramiro y yo, Lamar Schweyer y Rafaelino nos quedamos allí,
en tu cuarto de trabajo. Escribí los documentos. Don Ramiro, valiosísimo,
los puso en máquina. Y salimos del Palacio. Con estos papeles lleve a
Don Ramiro a una estación de Policía donde estaba un pariente suyo,
seguí y deje a Lamar. Y a las diez y media me entrevistaba con Alberto
Herrera y con el Embajador que estaba en casa de él, cosa que ya sabía
por habérmela comunicado la embajada a petición mía desde el Palacio
Presidencial.
Les entregué los documentos diciendo
que yo no tenía medios de hacértelos llegar a ti. El Embajador,
siempre preocupado de evitar responsabilidades, que por otra parte había
ya adquirido, le pedió a Herrera que te los hiciera llegar. Cuando lo
salude, me dijo que por la tarde me vería en mi casa. Le contesté que
lo esperaría, y le añadí: "Que Dios me encuentre confesado". No me comprendió En aquellos momentos estaban para
llegar Sanguily y Delgado. El Embajador Welles y Herrera no tenían espíritu,
ni alma, ni fuerza física para controlar la situación.
Salí
de casa de Herrera y quise tomarle el pulso al estado de la opinión del
populacho en cuanto a mí, seguí, pues, de allí, a pie para mi casa.
Vi que no podía quedarme en la calle. Cerca de mi casa todos los
vecinos miraban esperando algo.
A mi llegada encontré al Embajador
Español. Venía a ofrecerme asilo. Me negué
cortésmente, diciéndole que prefería morir bajo la bandera de
Cuba que asilarme. Al despedirle, unos tiros cerca de nosotros hacían
caer al pobre Mesa que me acompañaba, hombre bueno que nunca hizo daño
a nadie. El Embajador me hizo un último llamamiento para que me fuese
con él. Me resistí, y él conmovido, se alejó de mí y de mi mujer
que estaba a mi lado. Tan pronto lo saludé pensé que ya debía
pensar seriamente en evitar que me matasen. Los tiros alrededor de la
casa. se repetían insistentemente. Tomé un coche que por suerte tenía
un amigo allí, cuyo nombre reservo por no ponerlo en una carta, y me
fui para su casa. Mi mujer vino después en un coche
que manejó Tonito, el cual estuvo valientísimo, y todo un hombre
durante el día.
Reflexioné mucho.
Esconderme era una humillación y un peligro. Salir, la muerte
segura. Entonces pensé en correr el riesgo de morir durante una media
hora, pero con el objeto de salir de Cuba. El avión sale a las tres de
la tarde habitualmente del Arsenal, pregunté por teléfono si había
puestos, reserve dos, y a las dos y cuarto salí para el Arsenal. Mi
mujer fue a casa de Mazos; en donde Tonito había llevado las maletas, y
yo en el coche con Tonito, Rafaelino y Lily fuimos al Arsenal. Mazos,
que se portó cono un hermano, y su Señora acompañaron a mi mujer.
La ciudad estaba peor que Moscú en la
revolución Rusa, soldados y paisanos se dedicaban a la caza del hombre.
Atravesé el Vedado, Carlos III, parte de
Reina, Monte, etc. “Allí va Ferrara”, era el grito de los
grupos. Algunos me saludaban; otros me hacían comprender que ya vendría
la hora. Pero llegue al Arsenal y a las dos y media mi mujer y yo nos
metimos en el aeroplano. Estando allí un grupo empezó
tumultuar. El piloto sacó el aeroplano un poco afuera, y minutos
después nos acribillaban a balazos con ametralladoras, y trataban de
alcanzarnos con una lancha. A diez
centímetros de nuestras cabezas quedaron las huellas de las balas. El
piloto, un héroe, llevó el aeroplano a toda máquina afuera. Temíamos
que nos hubiesen atravesado los tanques de gasolina o roto alguna pieza
importante. No fue así. Llegamos a Miami. Los vimos a Uds. Y hemos
pasado ya la furia de la canalla.
Pero en Miami nos encontramos con un
grupo que a ciencia y paciencia de las autoridades me injuriaron a la
llegada y a la salida. Yo contesté a esos menocalistas vulgares como se
merecían y les dije que uno a uno no se quedarían delante de mí.
Uno sólo me dijo que aceptaba el duelo, pero no lo vi más, pues
por la noche él no estaba más en el grupo que insultaba. Las
autoridades de policía no impidieron ni un solo momento el escándalo.
Creo que tú no debes venir a los
Estados Unidos. Te han hecho una muy fuerte campaña. Dentro de algunos
meses quizás. Aunque yo creo que las cosas de Cuba irán de mal en
peor, y que el hecho último será la intervención. Tú puedes seguir a
Inglaterra, y luego ir al Sur de Francia o Egipto en el invierno.
En cuanto a mí, te haré saber más
tarde. Como te dije estoy corto de dinero, pero encontraré cómo hacer
frente a las dificultades. Si tú vas a Europa, haré de todo para ir
contigo. Aquí deseo ver a través de amigos que política quieren hacer
en Cuba, porque hasta ahora parece que desean provocar las mayores
locuras. Tu familia ha desembarcado aquí. Nosotros los veremos
enseguida. Te escribiré otra vez.
Han
destruido muchas casas; la mía hasta ahora salvada por un grupito de
soldados leales y buenos. Las de Barreras, Céspedes y de los amigos que
están contigo, destruidas. Alberto Herrera, cuya cabeza pedían,
refugiado bajo la protección de Welles en el Hotel Nacional. Salió
luego en un vapor para Jamaica. En la toma de juramento de Céspedes,
hubo dos disparos dirigidos a la casa donde estaba. El nuevo gobierno es
dos terceras A.B.C. y una tercera nacionalista. El ejército en manos de
Menocal, y luego imprescindible, la intervención abierta o disfrazada.
El partido Liberal con los demás, será avasallado. El Congreso lo veo
ya disuelto.
Saludos
a todos los amigos, y a ti, con los saludos de María Luisa, un fuerte
abrazo de tu afmo.
Orestes
Ferrara
Machado
le respondió a Ferrara, ya en el Ritz Carlton, de Nueva York, el día
19, desde su hotel en Nassau, The New Colonial, con este telegrama:
RECIBÍ
CARTA. LAMENTO PERIPECIAS.
PIENSO CANADÁ MOTIVOS ECONÓMICOS. PROPÓNGOME PRESENTARME CUBA PARA
SER JUZGADO. PUEDO RESPONDER SIN TEMOR MIS INTERESES TODOS A MI NOMBRE
EN AQUEL PAÍS. MI LICENCIA Y OFRECIMIENTO RENUNCIA OBEDECIÓ PETICIÓN
EMBAJADOR U.S.A. EN SU CARÁCTER DE MEDIADOR Y A NOMBRE DE SU PRESIDENTE
CUYO DOCUMENTO FUE ENTREGADO A TI QUE DEBES CONSERVAR. EN ESTOS MOMENTOS
NO DESEO HACER POLÍTICA PERO NO ABANDONO PROPÓSITO HACER ACLARACIONES
EN EL FUTURO. DECLARACIONES PUBLICADAS PRENSA RENOVAR RELACIONES DIPLOMÁTICAS
U.S.A. DEBES DESMENTIRLA TODA VEZ NUNCA FUERON ROTAS NI MEJORES QUE
DURANTE FUI PRESIDENTE. ESCRIBIRÉ. SALUDOS CINTAS Y FAMILIA. ABRAZOTE.
MACHADO.
Vae
victis
No
se hicieron esperar las quejas de Machado por lo que consideraba
ingratitud de su pueblo, el cual, en su momento, tantos elogios le había
hecho y que tan servil se había plegado a sus caprichos. Ya desde
Montreal, en el Canadá, hizo graves acusaciones contra los cubanos. La
revista Bohemia, en La Habana,
publicó su escrito, fechado en "Octubre de 1933", con el título
de "Machado habla de la revolución en Cuba"; estos son los párrafos
que interesan aquí; dicen:
...
Fui presidente y lo fui todo. Las más conspicuas sociedades me
nombraron hijo adoptivo, y en todos los gremios obreros igual. Los
ayuntamientos provincianos me nombraron Hijo Adoptivo, y en todos los
pueblos de Cuba hubo una calle que llevara mi nombre. Fui árbitro de
grandes y pequeñas disputas y le di grandes glorias a Cuba. Presidí la
primera sección de la Asamblea Panamericana, y el poderoso Mr. Calvin
Coolidge se sentó a mi derecha, y mi voz fue mejor escuchada que la de
él. Construí obras monumentales que gozarán hasta la décima generación,
pero no quiero hablar de ellas porque por sí solas serán el mejor
vocero de mi farsa y posiblemente decidirán la verdad en la Historia.
Todos eran a agasajarme. Todos se esforzaban en adivinar mis deseos.
Todos se rendían a mis deseos. Fui doctorado Honoris Causa en la
Universidad. Mis cumpleaños eran apoteosis. Deseaba sinceramente el
cese de regalos porque verdaderamente me abrumaban y molestaban. El
Congreso se doblegó y los periódicos, luego oposicionistas, publicaron
día a día mi retrato. Escultores famosos modelaron mil veces mi busto.
Los fotógrafos de las más sólidas revistas captaban mis gestos y la
"Guataca" fue el símbolo de aquellos años. Yo presidente,
decidía los destinos de Cuba sin oposición. Todos eran acordes en que
yo era el Nuevo Mesías
…
Un día Pedro Martínez Fraga me llamó "Hombre montaña"
desde las páginas del Heraldo de Cuba; ocho meses después alzó su voz en plena Cámara y
me llamó "asesino". Fernando Ortiz editó un libro por su
cuenta y en él se me elevó a las más altas regiones empíricas: dijo
que yo era "el hombre Dios y el Apóstol de una nueva religión";
un año más tarde me comparó con el tipo más bajo de sus estudios
afro-cubanos. Santiago Verdeja me tituló el "Hombre
antorcha"; meses después dijo que yo estaba loco debido a sífilis
antiguas. Núñez Portuondo me comparó con Mahoma; tiempo más tarde
aseguró que yo era "el mal hecho hombre". Loynaz del Castillo
aseguró en un banquete que era "el faro de la nueva Cuba";
después dijo que yo era el Moloch retratado. El general Mario G.
Menocal, ilustre caudillo, sancionó con su presencia mi postulación
para un nuevo período por el partido de que él fue ídolo, votó en el
plebiscito y en mi reelección; un año más tarde fue el caudillo de la
revolución, y su derrumbamiento en Río Verde me fue penoso. Ricardo
Dolz aseguró una tarde que yo era digno de una estatua tan "grande
como la que merecía Martí"; meses después era el líder del
estudiantado rebelde. Ramón Zaydín aceptó la Prórroga, aunque la
combatió, y dijo de mí una vez que era "el vaso donde se ligaban
todas las ansias nacionales"; meses más tarde me combatió
rudamente a tal extremo que conspiró en lejanos lares. Rosendo Collazo
fue secretario de la mesa congresional de la prórroga y, al no tener
acogida en la asamblea de su partido para un nuevo período, me criticó
acerbamente. Ramón Grau San Martín sudo emoción bajo el birrete el día
que fui investido doctor Honoris Causa, y cuando me estrechó la mano
celebró que un Presidente que había "tenido por Universidad las
aulas de la manigua redentora fuera honrado con verdadera
justicia"; tiempo más tarde aseguró que yo era un cefalópodo, un
cuatrero y un logrista. Recuerdo que el hoy jefe del ejército, sargento
Fulgencio Batista, me abrazó un día en Columbia y fue el portavoz de
los soldados a quienes obsequié con dinero y con carteras. El
comandante Raimundo Ferrer, modeló mi busto y el de mi padre, afanándose
en quedar bien.
Muchos,
pero muchos hombres podía seguir citando, mas no quiero, y si lo he
hecho ha sido para probar la volubilidad de los que se creen en Cuba más
firmes, para que el pueblo sepa el carácter de sus dirigentes.
He
probado que durante un tiempo fui el Hombre Dios, el Nuevo Mesías, el
Hombre Antorcha, que todo lo podía y que tiempo después, por los
mismos que antes me ensalzaron, fui Satán, Moloch, Marte redivivo. Así
toda es Cuba: el país que parece hecho con las aspas de un molino de
viento. Hoy tiene una opinión, mañana otra y seguirá así hasta que,
por un fenómeno raro en el mundo, trueque los caracteres o hasta que,
como yo espero, definitivamente desaparezca como nación soberana. Esto
último le hará mucho bien...
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Destrucción de El
Heraldo de Cuba, el periódico que era el
vocero oficial de la tiranía, y la esquina de
Manrique y Virtudes, donde estaban sus oficinas,
tal como quedaron en cuanto se supo la caída
del gobierno. |
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No
permitió el gobierno canadiense que Machado siguiera viviendo en el país,
por lo que se trasladó a Nueva York donde fue amenazado con la
extradición que pedía el gobierno de Cuba. Así fue a dar a la República
Dominicana; allí vivió hasta setiembre de 1934 cuando también le
pidieron que se marchara. Fue entonces a Europa (Alemania, Suiza,
Italia) hasta establecerse en París. Al cabo de un año decidió volver
al Canadá y de ahí viajar a los Estados Unidos. Le diagnosticaron un cáncer
en el colon y en el hospital de Nueva York fue detenido por la orden
judicial de extradición. Con el título de "Gen. Machado Arrested
in Hospital Here; Cuba Plans to Press His Extradiiton" publicó el New
York Times lo siguiente el 27 de noviembre de 1937:
Armed
with a warrant in extradition proceedings which had been outstanding
since 1934, the United States Marshal’s office yesterday arrested
General Gerardo Machado, deposed President of Cuba, wanted there on
charges of murder and embezzlement. Machado
successfully eluded arrest for more than three years, but last Monday
his attorney, Francis A. O’Neill, former United States Commissioner,
announced that his client, who had come to the United States from Canada
for an operation, would surrender in a week.
It
was learned the same day that Machado was a patient in the Murray Hill
Hospital, 80 East Fortieth Street, a fact that was published in
newspapers. Yesterday Leo Lowenthal, Chief Deputy United States Marshal,
went to the hospital, served the warrant upon Machado, and left the
former President of Cuba in his sick-bed under a twenty-four-hour guard.
Mr.
Lowenthal said that Machado would not be brought to the Federal Building
until Monday, the day Mr. O’Neill had planned to surrender him, and at
the same time ask his former colleague, Garrett W. Cotter, United States
Commissioner to dismiss the extradition proceeding.
Mr.
O’Neill pointed out Monday that Commissioner Cotter, at his request,
had dismissed similar proceedings brought against Alberto Herrera y
Franchi on the ground that his offenses against the government were
political. He said the alleged mass murders laid to Machado in 1933 were
“deaths due to the exercise of the police power of the then existing
government."
Poco
después se aprobó en Cuba una amnistía por la que se suspendió el
proceso de extradición. El último año de su vida lo pasó Machado
entre Nueva York y Miami Beach, donde murió durante una operación el
29 de marzo de 1939.
Epílogo
Mucho
puede aprender la historia de hoy de esta trágica historia del pasado,
de las fortunas y los infortunios de aquel gobierno, los que hoy abusan
del poder creyéndose seguros y los que con su apoyo se hacen partícipes
de los abusos. Con mayor o menor severidad Machado y sus hombres fueron
castigados: unos murieron a manos del pueblo enardecido, otros sufrieron
el exilio (especie de muerte en vida) y el desprecio de sus
compatriotas, y todos debieron padecer, por muy encallecida que la
tuvieran, el reproche de su conciencia.
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Lo primero que hizo
el pueblo fue destruir los monumentos que Machado había
hecho construir para honrar su administración. Se ve
en estas fotos a los que se congregaron junto a la
farola de la calle 23 y Marina, dedicada al
"Presidente Machado", y ya con la nueva
placa en que se lee: "A las víctimas del
machadato. El Pueblo".
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No
hay doctrina ni dirigente ni privilegio que merezca la complicidad con
el crimen. Machado se sale de la tumba para advertir a los que hoy
comenten errores y crímenes semejantes a los que él y los suyos
cometieron, y aun peores, de la fragilidad de cuanto los sostiene en el
poder, y de la inconstancia del lacayo y del esbirro que los sirve. Y
para los que combaten la tiranía, de sus tumbas se salen los mártires
de aquella época para indicarles el camino por el que triunfaron sus
ideales, y decirles la palabra que se ha de llevar hasta la asamblea y
el cuartel que aún le juran lealtad al tirano: no hay revolución pacífica
o violenta, como dice el juicio de Kropotkin al comienzo de este
trabajo, que no la haya precedido la conquista del oído y de una parte
de la voluntad de aquellos a quienes se combate.
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Escenas de sangre.
El cadáver del coronel Jiménez tirado
en la calle, y luego en el Necrocomio;
en el mismo lugar, rodeado de jóvenes
que hacen burla de él, el de Carlos
Souto, hermano del secretario de Jiménez;
y, también en el Necrocomio, tres cadáveres
de otras víctimas de la furia popular. |
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