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EL MAYOR

  El estudiante
  El revolucionario
  La consagración

Acuarela de Agramonte, de Juand E. Hernández Giró, por vez primera reproducida a color en este trabajo

Caía la noche sobre el potrero La Crimea, no lejos de Guáimaro, cuando se oyó en el campamento mambí el galope de un caballo que se acercaba. Después de un minuto en el cuerpo de guardia, el jinete prosiguió su carrera hasta el jefe del lugar que lo vio tirarse del caballo y saludarlo militarmente: “¡Teniente coronel!” —le dijo el soldado con voz de prisa. “Baje la mano”—le contestó el oficial”. “¿Qué novedad hay?” —”¡Que ahí viene el Mayor!” —”¿El Mayor? ¿Qué Mayor?” —”¡El Mayor Máximo Gómez, nombrado jefe del Departamento!” —”¡Ah! El general Máximo Gómez. No diga usted el Mayor, porque el Mayor fue uno y murió en Jimaguayú”.

Así hablaba el teniente coronel Henry Reeve, “el inglesito”. Era el 6 de julio de 1873 y hacía menos de dos meses que su jefe había caído en aquellas tierras del río Najasa, a nueve leguas al sur de Puerto Príncipe. El Mayor, como el que triunfa en toda comparación, para los insurrectos del Camagüey, no había más que uno. Los otros podían tener hasta más alta graduación, pero El Mayor era, y lo siguió siendo para los cubanos, Ignacio Agramonte y Loynaz.

El estudiante

Por varios caminos le venía a Agramonte su especial dimensión. La fortuna lo había premiado con favorables cualidades y circunstancias: la inteligencia y el don de gentes, el hogar y la compañera, el valor y la voluntad. Y de esa manera fue como hijo, amante y amigo; como ciudadano, como jurista y como militar, un hombre superior.

Cuando Agramonte nació en 1841, en una casa de la calle Soledad (luego Estrada Palma), en Puerto Príncipe, la ciudad era la tercera en importancia en la isla, cerca en número de habitantes a Santiago de Cuba. Para todos los pueblos del interior La Habana era la antesala del mundo, y no se podía salir a él sin aclimatarse en la capital, por eso el joven Agramonte, que iba a Barcelona, pasó unos meses en el Colegio del Salvador, de José de la Luz y Caballero. Luego de estudiar en España tres años de Humanidades y dos de Elementos de Filosofía, ingresó en la Universidad de La Habana. Allí, en el antiguo convento de San Juan de Letrán, en O’Reilly y San Ignacio, iba a graduarse, con Sobresaliente, de Bachiller en Letras para seguir la carrera de Leyes. Como parte de un ejercicio académico, y en relación con la asignatura de Derecho Administrativo, pronunció un discurso que constituye el primer pilar de sus ideas. Fue un ataque contra el régimen español, por su defensa de la libertad y su denuncia del colectivismo. Dijo al referirse a los derechos individuales:  

El 13 de marzo de 1873, cuando se repartieron limosnas en la Plaza de Armas, en Puerto Príncipe, para celebrar  la muerte de Agramonte, en uno de lo daguerrotipos más antiguos de Cuba.

Tres leyes del espíritu humano encontramos en la conciencia: la de pensar, la de hablar y la de obrar. A estas leyes, para observarlas, corresponden otros tantos derechos imprescriptibles e indispensables para el desarrollo completo del hombre y de la sociedad. Al derecho de pensar libremente corresponden la libertad de examen, de duda, de opinión, como fases o direcciones de aquél... A pesar de que la razón y la experiencia nos demuestran que no podemos formarnos una opinión exacta en ninguna materia sin examinarla previa y detenidamente, no han faltado hombres y aun clases enteras en la sociedad que con miras interesadas y ambiciosas han querido despojar al hombre de esos derechos revelados por la razón a todos. La verdad no conviene al poderoso que oprime al débil, al rico que vive del pobre, al ambicioso que no atiende a la justicia o injusticia de los medios de elevarse. Lejos de ser perjudicial, es siempre conveniente al ciudadano y a la sociedad, cuyas felicidades estriban en la ilustración y no en la ignorancia o el error, y a los gobernantes cuando lo son en nombre de la justicia. La prensa es la representación material del progreso. La libertad de la prensa es un medio de obtener las libertades civiles y políticas, porque instruyendo a las masas, rasgando el denso velo de la ignorancia, hace conocer sus derechos a los pueblos y pueden éstos exigirlos. La libertad de obrar consiste en hacer todo lo que le plazca a cada uno en tanto que no dañe los derechos de los demás.

Y con respecto a la concentración  del poder, que anula la actividad y el desarrollo de la persona, dijo Agramonte:

La centralización llevada hasta cierto grado es, por decirlo así, la anulación completa del individuo, es la senda del absolutismo; la descentralización absoluta conduce a la anarquía y al desorden. Necesario es que nos coloquemos entre estos dos extremos para hallar esa bien entendida descentralización que permite florecer la libertad a la par que el orden. La centralización hace desaparecer ese individualismo cuya conservación es necesaria a la sociedad. De allí al comunismo no hay más que un paso: se comienza por declarar impotente al individuo y se concluye por justificar la intervención de la sociedad en su acción destruyendo su libertad, sujetando a un reglamento sus deseos, sus pensamientos, sus más íntimas afecciones, sus necesidades, sus acciones todas. El gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón sino tan sólo en la fuerza; y el Estado que tal fundamento tenga podrá en un momento de energía anunciarse al mundo como estable e imperecedero, pero tarde o temprano, cuando los hombres conociendo sus derechos violados se propongan reivindicarlas, irá el  estruendo del cañón a anunciarle que cesó su letal dominación...

Lo que significaron esas palabras en el vigilado ambiente universitario lo explicó su compañero y amigo Antonio Zambrana: “Aquello fue como un toque de clarín. El suelo de todo el viejo Convento de Santo Domingo se hubiera dicho que temblaba, el catedrático que presidía el acto dijo que si hubiera conocido previamente aquel discurso no hubiera autorizado su lectura”. Y como todo acto de justicia rinde fruto al llegar a tierra generosa, Zambrana, deslumbrado por la lógica y el valor de Agramonte, quedó comprometido con el expositor y su programa.  “Yo, que allí me encontraba”, dijo años después, “concebí desde entonces por aquel estudiante, que antes de ese día no había llamado mi atención, la amistad apasionada, llena de admiración y fidelidad que me unió con él hasta su muerte”.

Entre hipócritas homenajes el gobierno actual de Cuba se ha dado a neutralizar la denuncia de Agramonte, para que no suene otra vez como sonó en la antigua Universidad de La Habana en aquel año de 1862. Lo han acusado de tener un “criterio individualista... [propio de] “un ideólogo burgués liberal”; y hablan de sus “resabios” como consecuencia de “una posición clasista, en defensa del individualismo y contra el comunismo con las mismas falsas razones y dibujando la misma caricatura que pintaban los reaccionarios de aquel tiempo y que pintan los actuales...” En síntesis, un contrarrevolucionario.

Las tácticas del marxismo-leninismo son las mismas que emplea el gobierno de Cuba con cuanto les estorba del pasado y niega sus actos e ideas. Son los procedimientos que empleaba Lenin para superar escollos en sus campañas políticas, las que puso en práctica por vez primera cuando murió León Tolstoi, de quien aplaudía sus denuncias contra la Iglesia, sus campañas contra el capitalismo y la propiedad de la tierra, pero censuraba su “indiferencia ante la lucha de liberación que sostenía en todo el mundo el proletariado socialista internacional”; y concluyó sobre el gran escritor ruso: “Sus contradicciones no hay que considerarlas desde el punto de vista del movimiento contemporáneo y del socialismo contemporáneo, sino desde el punto de vista de la protesta que  debía engendrar el patriarcal campo ruso contra el capitalismo... Tolstoi es ridículo como profeta”. Y lo mismo dice el gobierno de Cuba respecto a Agramonte: es su momento histórico el que habla, no el hombre.

Pero ahora que bajo el liderazgo soviético, en algunos países que se llaman socialistas, se revisan errores y se busca la descentralización del poder para destrabar la economía, y se corteja la libertad para estimular el progreso, ahora es oportuno insistir en este discurso que desde el título puede orientar el reformismo que se intenta al tiempo que desacredita las esperanzas de los estalinistas que aún ocupan posiciones de mando; decía así, el resumen de su contenido: “La administración que permite el franco desarrollo de la acción individual a la sombra de una bien entendida concentración del poder, es la más ocasionada a producir óptimos resultados, porque realiza una verdadera alianza del orden con la libertad”.

Por la literatura entraron en Cuba el pensamiento y la política. También porque era la única hendija que dejaba abierta el absolutismo de España. Con avidez leía la juventud a Lamartine y a Víctor Hugo, y de boca en boca corrían los versos de Heredia, el “Himno del desterrado”: 

¡Dulce Cuba! En tu seno se miran
En su grado más alto y profundo,
Las bellezas del físico mundo,
Los horrores del mundo moral. [...]

Cuba, al fin te verás libre y pura
Como el aire de luz que respiras,
Cual las ondas hirvientes que miras
De tus playas la arena besar. 

Aunque viles traidores la sirvan,
Del tirano es inútil la saña,
Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.

Durante sus años de estudiante Agramonte disfrutó del ambiente cultural habanero frecuentando las tertulias de Rafael María Mendive y Nicolás Azcárate, un separatista y un reformista. Asistía a las Noches Literarias de éste, en Guanabacoa, y en su Álbum familiar escribió:

Usted ama la patria, y la ama con delirio; y yo también. Usted aspira a su completa dicha, con inteligencia profunda, y yo sueño con ella con el entusiasmo de un corazón de veinte años. Usted trabaja para obtener el triunfo de la justicia sobre intereses ilegítimos, que son los únicos que se oponen a ella, e hiriendo de muerte una institución caduca que la moral reprueba; y yo deseo ese triunfo con todo el fuego de mi alma. ¿No hay en todo esto un vínculo que sobrepuja a las divergencias de los detalles? ¿No debe buscar mi alma al alma de usted como busca el hermano al hermano?

Lo que separaba a Agramonte y a Azcárate, “las divergencias de los detalles”, era que éste confiaba en las reformas de España mientras que Agramonte creía que sólo a la fuerza se podría mejorar el destino de Cuba. Y en aquellas reuniones de patriotismo y literatura debió también recitar versos: cuentan los contemporáneos de Agramonte que, sobre otros, prefería “El canto del cosaco”, de Espronceda, quizás porque en ellos adivinaba el porvenir:

¡Hurra! ¡A caballo, hijos de la niebla!
Suelta la rienda a combatir volad:
¿Veis esas tierras fértiles? Las puebla
Gente opulenta, afeminada ya. [...]

Desgarremos la vencida Europa
Cual tigres que devoran su ración;
En sangre empapemos nuestra ropa
Cual rojo manto de imperial señor. [...]

Y nuestras madres nos verán triunfantes,
Y a esa caduca Europa a nuestros pies,
Y acudirán de gozo palpitantes
En cada hijo a contemplar un rey.

El revolucionario

Pero la poesía de Agramonte estuvo más en sus actos y en sus amores. Conoció a Amalia Simoni cuando era un niño, la amó siempre y se comprometió con ella en un carnaval de San Juan.

Se casaron en la iglesia de La Merced en agosto de 1868. Ya él conspiraba y, antes de transcurrir un mes del levantamiento de La Demajagua, había empuñado las armas junto a los mejores hombres del Camagüey. España había abusado de Cuba. Por ley natural la rebeldía va de menos a más cuando la ineptitud y el atropello del déspota van en el mismo sentido. Un ilustre político español comprendió el problema de aquellos días: era Emilio Castelar y Ripoll, quien dijo a sus compatriotas:

Sometisteis a Cuba al despotismo militar. Nuestros reyes, que eran aquí constitucionales, eran allí absolutos. Nuestros ministros, que eran aquí responsables, eran allí arbitrarios. Teníais a su prensa bajo la censura, y a su opinión con mordaza. Disponíais de sus derechos sin oírlos y de sus tributos sin consultarlos. Los dominios de la libertad acababan en las Islas Canarias, y cuando comenzaba el nuevo mundo español empezaba el dominio del despotismo que ningún pueblo puede soportar sin gangrenarse... Declaro, como si fuera a presentarme delante de Dios, que los cubanos tienen razón por todo cuanto hemos hecho contra ellos en toda la sucesión de los tiempos, y especialmente en los modernos. Todo puede forzarse menos la conciencia de un pueblo.

La urgencia del levantamiento impidió conciliar a tiempo los distintos puntos de vista de los insurrectos, y muy pronto el espíritu civilista y democrático de los camagüeyanos chocó  con el manejo unipersonal de Carlos Manuel de Céspedes, pero éste se redujo, por el bien de la guerra, a la voluntad de quienes le celaban el mando. Con toda su altura no supieron los cubanos de entonces —y aún no lo saben muchos cubanos hoy— que la patria no es trono de sola una idea, por hermosa y digna que le parezca a quien la sustenta, sino asiento de todo pensar limpio, hasta el error. Fue por eso que junto a la riquísima cosecha quedó escondida la semilla del ultraje y de la intolerancia.

En la Constitución de Guáimaro triunfó el criterio de Agramonte: él, asistido por Antonio Zambrana, redactó el documento; junto al discurso en la Universidad muestra su ideología. Las reservas del estudiante por la concentración del poder se sumaron a las reservas del revolucionario por la tentación dictatorial de Céspedes, y nació el texto para atajar esos desvíos. La Cámara de Representantes tuvo los más amplios poderes: nombrar y destituir  al Presidente, al General en Jefe y a los Secretarios de Despacho; pero aquella dilución del mando iba en perjuicio de la campaña militar. Y también quedó de Agramonte en la Constitución el artículo 24, “Todos los habitantes de la República son enteramente libres”, con lo que se resolvía el problema de la esclavitud; el 26, “La República no reconoce dignidades, honores especiales ni privilegio alguno”, suprimiendo así los fueros clasistas; y el 28: “La Cámara no podrá atacar las libertades de culto, imprenta, reunión pacífica, enseñanza y petición, ni derecho alguno inalienable del pueblo”.  

Inauguración del monumento a Ignacio Agramonte, 
el 24 de Febrero de 1912.

Todo programa político tiene una parte de accidente, que es la huella de la época, y una parte intemporal, que es la esencia del pensador. Lo fortuito en Agramonte son los modos que le llegan de los filósofos franceses del siglo XVIII y de las reservas ante el cesarismo que en sus días triunfaba en la América latina.  Es verdad: un siglo más tarde esas formas habrían sido distintas. Pero lo eterno, el juicio y el particular manejo de la realidad, los valores que determinan la acción, hubieran sido los mismos. Es una falta de respeto suponer a Agramonte, porque los tiempos son nuevos con el saber de Marx y el hacer de Lenin, suscribiendo el abuso del poder y la falta de libertad; el crimen de hoy es de igual sustancia que el crimen de ayer —del absolutismo y del totalitarismo—; y la justicia, en Agramonte, sería la misma. Pero también es un atrevimiento creer que el revolucionario del 68 viviría tranquilo en 1987, que con la abolición de la esclavitud, el voto de la mujer y un puñado de libertades formales Agramonte estaría conforme. Su generosidad en la entrega, su respeto a la equidad, su repudio a los prejuicios aristocratizantes, y su alfabetizar con el cuchillo sobre los árboles de la manigua al negro Ramón Agüero, tienen sus equivalencias: un quehacer distinto, sí; inalterable espíritu revolucionario, siempre.

Después de la Asamblea Constitucional nació en Agramonte el soldado. No sabía del arte de la guerra pero estudió táctica  militar en el manual del marqués del Duero. Hizo un ejército admirable por la disciplina, por el arrojo, por la conciencia social. El coronel Enrique Collazo explicó el milagro:

El trabajo que tenía que emprenderse era inmenso, y sólo un hombre dotado de especialísimas condiciones podría llevarlo a cabo: por fortuna el que debía hacerlo era Agramonte. Empezó la transformación por sí mismo: al joven de carácter violento y apasionado, sustituyó el general severo, justo, cuidadoso y amante de su tropa; moralizó con la palabra y con la práctica convirtiéndose en maestro y modelo de sus subordinados, empezando a formar, en la desgracia y el peligro, la base de un ejército disciplinado y entusiasta.

El arma más poderosa de Agramonte fue la caballería. Como si fueran atletas que se prepararan para la más difícil competencia realizaban sus hombres ejercicios diarios: carreras en todas direcciones, movimientos en terrenos difíciles, obediencia instantánea a la  orden del clarín. El fusil, el machete y el caballo se convertían en partes del cuerpo de cada soldado. La caballería iniciaba la carga dispersa por el campo. Los españoles se juntaban en cuadros para defenderse, y entonces iban a toda carrera cerrando filas los jinetes hasta caer sobre el enemigo. Era como si se representaran en un gran escenario los versos de Espronceda, aquéllos que tanto le gustaron a Agramonte en su juventud: “A caballo, hijos de la niebla/ Suelta la rienda, a combatir volad...” Cuando por su muerte fue a Camagüey, a reemplazarlo, Máximo Gómez, escribió en su Diario:

Pocos pueden, como yo, apreciar la pérdida que ha sufrido la Revolución... Aquel hombre, hijo de esta tierra, sólo por sus propios recursos, sin nociones militares de ningún género, juzgo por lo que he encontrado hecho, se había colocado en primera línea entre todos los generales que aquí combatimos y estaba llamado a ejercer grandes, altos destinos en su patria.

Y la calidad de las tropas del Camagüey, el valor del instrumento creado por el artífice maravilloso, muy pronto se probó en las grandes victorias de Máximo Gómez en La Sacra, Palo Seco, Naranjo y Las Guásimas.

La consagración

Agramonte murió  en Jimaguayú el 11 de Mayo de 1873. Dice la entrada de esa fecha en su Diario, escrito por Ramón Roa:

A las 7 de la mañana enemigo de las tres armas en número considerable. Combate. El Mayor General, al avanzar la caballería sobre el enemigo y hallándose él a vanguardia con sólo algunos jinetes dirigiendo la acción, antes que aquélla pasase el río, cargó sobre el enemigo valerosamente, sin contar el número, matando un contrario con su espada, mas la infantería enemiga, escondida en la yerba, le hace fuego a quemaropa derribándole del caballo cuando solamente había cerca de él tres o cuatro hombres a quienes fue imposible recogerle...

La tropa española cargó con el cadáver y empezó  la orgía de profanaciones. Cruzado sobre un mulo llegó a Camagüey al día siguiente por la mañana, y a la entrada de la columna por la sabana del Padre Porro, el comandante Eduardo Aznar le dio un latigazo al cadáver y dijo: “¡Vamos, si tan guapo eres, hazme correr ahora!”  En la biografía de su ilustre abuelo, Eugenio Betancourt Agramonte recoge el testimonio de un testigo de aquel 12 de mayo:

Circulaba la noticia de haberse extinguido la insurrección, y era de creerse por el bullicio de los españoles y sus insultos a las familias cubanas, que anhelantes esperaban el resultado de aquella popular manifestación. Pronto y en una misma dirección acudían las tropas en marcial orden y en tropel el pueblo. Iban a esperar la llegada de una columna, que según las últimas noticias había hecho la captura de un general insurrecto. Las calles del Comercio, de la Plaza de Armas y el Casino Español estaban adornadas con colgaduras de colores nacionales. Por la noche había retreta doble, iluminaciones en Palacio, fuegos artificiales por todas partes. Llegó la columna esperada. En su centro, atado sobre un mal aparejo, que tenía una acémila, venía el cadáver del insigne y nunca bien ponderado mártir de Cuba, Ignacio Agramonte. Un hurra unánime, un viva a España, salió de los labios de aquella turba miserable. Las bandas militares rompieron con himnos de victoria. Ignacio, con la severidad de la muerte, rígido, imponente, movíase a cada pisada de la bestia. No recuerdo jamás que mi corazón se oprimiera como aquel día. Mujeres hubo que en su patriótica desesperación proferían palabras más propias del obsceno soldado español que de una dama, contra los guerrilleros, y éstos, cuando no con hechos, con palabras castigaban aquella santa insolencia.

Luego llevaron el cadáver al Hospital de San Juan de Dios, donde lo reconocieron; y a las cuatro de la tarde, con la nuencia del clero, pero contra las normas de la Iglesia, quemaron el cadáver. Por la noche hubo un banquete en el Casino Español, y repique de campanas, y al día siguiente, en acción de gracias, allí mismo, en la Plaza de Armas, se repartieron limosnas.  

Los españoles depositaron el cadáver de "El Mayor" en el Hospital de San Juan de Dios, para después quemarlo en el cementerio. En 1921 se colocó allí una inscripción en la que se lee: "En este lugar fue expuesto el cadáver del Mayor General Ignacio Agramonte. Mayo 12 de 1873. El Centro Escolar Ignacio Agramonte le dedica este recuerdo. 1921".

La primeras honras fúnebres por Agramonte tuvieron lugar en la iglesia de San Esteban, en Nueva York, en la calle 19, al este de la ciudad, entre las avenidas Lexington y Tercera. El periódico La Independencia, que dirigía Eduardo Bellido de Luna, dice el 14 de junio de 1873: “El día 11 del corriente tuvieron lugar  las honras fúnebres al General Ignacio Agramonte. Asistió una concurrencia numerosa y escogida. Allí estaban representadas todas las familias cubanas que residen en la ciudad, los hombres más prominentes de la emigración... El Reverendo Padre McGlynn pronunció una magnífica oración fúnebre, recordando las virtudes del ilustre caudillo cubano y afirmando que el que muere por su patria, muere agradablemente a los ojos de Dios...” Bien merecía Agramonte tan ilustre sacerdote en el acto en su memoria: el padre Edward McGlynn, por su cristianismo militante, iba a ser quince años más tarde el religioso americano que más admiró José Martí.

Desde antes de inaugurarse la República los camagüeyanos pensaron en honrar a su héroe. Inició la gestión la Sociedad Popular, con el apoyo de la antigua Sociedad Filarmónica, después convertida en el Liceo, ambas de noble tradición, cuna de conspiradores durante las guerras de independencia. En 1868 los españoles clausuraron la Popular y la Filarmónica, y donde estaba ésta abrieron su Casino, centro de las fiestas cuando la tragedia de 1873. Con la ayuda del pueblo y del Municipio se levantó el monumento en la antigua Plaza de Armas, el actual parque Agramonte. Fue develado por Amalia Simoni el 24 de Febrero de 1912. Allí está El Mayor, en su caballo Ballestilla, con la espada en alto, indicando el camino que Cuba tiene que seguir.  


Estatua ecuestre y parque Ignacio Agramonte, en Camagüey.