SEPARATISMO
Y MEDIACIÓN EN EL 24 DE FEBRERO
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Carga al machete de los insurrectos cubanos.
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Recordar nuestra historia no es sólo un gesto de gratitud hacia los
cubanos que nos precedieron, una manera de darle cabal dimensión a sus
actos generosos, sino que también puede ser lección de provecho. La
historia no es, como pudiera creerse, páginas de un pasado inmóvil que
poco tiene que hacer con la actualidad. Al mismo tiempo que revela las
aspiraciones de un grupo de hombres y mujeres que pensaron en el futuro,
la historia de Cuba da como un perfil de nuestra nacionalidad. Uno de
los errores del comunismo es la pretensión de inventar el pasado y el
porvenir; por eso en Cuba hoy no se celebra el 24 de Febrero, porque
para sus gobernantes la historia empieza cuando ellos empezaron.
No habrá nunca un hombre nuevo, porque el hombre, como dijo un filósofo,
jamás se puede sentir el primero. Una bestia no tiene conciencia del
pasado, y ahí radica la distinción primera entre el hombre y el tigre.
Lo revolucionario es crear un hombre mejor, y ésa será la revolución
verdadera, la que partiendo de una realidad imponga con la razón y la
justicia las aspiraciones más nobles de un pueblo. Y para eso sirve la
historia, para mirarnos y descubrir lo que somos, y, a partir de ese
descubrimiento, procurar lo que nos corresponde. En sus hechos más
significativos se manifiesta la dinámica de un país, esos momentos en
que las fuerzas que se van gestando en la tierra explotan y se hacen
visibles, como le sucede al volcán. Nadie diría que la erupción de
una montaña es un capricho inmediato de la montaña. Todos sabemos los
desequilibrios y movimientos que se producen en la entraña de la tierra
antes del cataclismo.
El 24 de Febrero constituye uno de esos momentos que conviene conocer
porque en él se reveló lo que era nuestra patria. Pero quizás el
resplandor, el gesto del héroe, la contemplación sola de la hazaña,
nos impide parte de la lección que puede sacarse de esos momentos
estelares. Porque para conocernos bien, para conocernos de manera que el
pasado sea útil, hay que analizar los obstáculos que conspiraban
contra el triunfo de esas fuerzas que hoy admiramos.
Pensar que un pueblo está hecho todo de madera heroica es un error. Hace
falta descubrir, por supuesto, al héroe, y honrarlo, pero así mismo señalar
al que conspiró contra él, aunque haya sido con buena intención, al
que no entendió su época, al que no comprendió a su pueblo, para que
hoy no nos confundan especies semejantes. Ahí está la enseñanza: el héroe
es nada más que una parte de ella, y quizás el menos urgente de
conocer toda vez que, por desgracia, el héroe viene a ser siempre la
excepción. Al héroe lo sabemos identificar, pero conviene descubrir al
antihéroe, a aquellos elementos que de manera consciente o
inconsciente, con culpa o sin ella, socavaron la gestión del agonista.
Y es necesario este análisis porque también son parte de la historia
los antihéroes, también son parte de la realidad. Y de eso se trata
aquí, de conocernos a través de un hecho señalado, tenemos que
distinguir esa parte nuestra, y quizás vigilarla, cuando nos pongamos a
pensar en el futuro.
Al evocar el 24 de Febrero hay que tener presente que antes de esa fecha
hubo otras, conocidas y olvidadas, que la hicieron posible. Este
recuerdo es crucial porque quien sólo ve la historia a partir de un
punto, no como un movimiento, nunca entenderá la historia. Sería
imposible determinar cuánto influyó en el 24 de Febrero cada acto de
rebelión cubana, cada uno de los intentos menores separatistas que lo
precedieron, pero podemos estar seguros de que la más modesta
desobediencia, el más anónimo de los sacrificios que hizo el cubano en
favor de su patria, estuvo presente en el 24 de Febrero.
Quien no comprenda eso no hará nunca nada, porque estará siempre
esperando la explosión del volcán, sin darse cuenta que la acumulación
de fuerzas es lo que la produce. Si nos toca estar presentes en la fecha
cumbre, bien, pero si nos toca sólo operar en silencio en el seno de la
montaña, ayudar a la explosión, prepararla, no nos quejemos, porque
también así estaremos presentes en la fecha cumbre, que eso tiene de
premio el acto generoso, que no es comercio de dar algo por algo, y en
este mundo materialista que vivimos no se entiende bien ese negocio de
dar sin recibir pago inmediato en especie, no se entiende que en esa
entrega está ya la recompensa, y luego se flota sobre el acontecer como
el humo y la lengua de fuego sobre la montaña.
Ahí está la paradoja del vivir, que para poder ser históricamente hay
que estar dispuesto a no ser, y solamente se es en esa renuncia. Cuantos
participaron en el 24 de Febrero iban preparados a darlo todo en el empeño.
Bartolomé Masó, por citar sólo un caso de los que conspiraban en la
isla, hizo testamento en Manzanillo tres días antes del levantamiento,
y cuantos se lanzaron a la guerra llevaban, como él, la muerte con los
cartuchos de la canana. Cuando hirieron a Serafín Sánchez en Sancti Spíritus,
también por poner un ejemplo de la emigración, no le quedó más que
aliento para decir a sus soldados: “¡Me han muerto, eso no es nada,
siga la marcha!”
El alzamiento del 24 de Febrero debió producirse antes de esa fecha. En
enero iban a llegar tres expediciones para iniciar las hostilidades: una
llevaría a los Maceo y a Flor Crombet hasta la costa de Oriente, donde
Masó y Guillermón Moncada les facilitarían desembarcar; otra llevaría
a Máximo Gómez y a Martí hasta Santa Cruz del Sur; y la tercera iría
a Las Villas, dirigida por Serafín Sánchez y Carlos Roloff. En
Matanzas, Las Villas y Camagüey se iban a alzar los comprometidos bajo
el mando de Manuel Sanguily, Francisco Carrillo y el marqués de Santa
Lucía. De no haberse frustrado este plan, la guerra hubiera sido mucho
más breve, la victoria cubana casi inmediata. Los españoles no
esperaban un levantamiento de tan grandes proporciones, pero un error,
quizás una delación, hizo que los tres barcos que habían de salir de
Fernandina, cerca de Jacksonville, no pudieran hacerlo. Este fracaso
debilitó las fuerzas de la emigración, pero puso en evidencia la
magnitud del proyecto. Los comprometidos en la isla se entusiasmaron, y
quedó en sus manos el iniciar la guerra hasta que se pudieran preparar
nuevos embarques de hombres y armas.
Dentro de Cuba se hizo imposible
esperar pues los españoles ya asediaban a los comprometidos. Entonces
Martí envió a Cuba la Orden de Alzamiento. La recibió Juan Gualberto
Gómez, quien debía consultar con los jefes de las provincias para
acordar la fecha. Camagüey contestó que no podía sumarse porque no
tenían armamentos, y lo mismo contestó Las Villas. Según lo acordado,
no debía entonces alzarse Occidente, pero una mentira patriótica del
mensajero entre Carrillo y Juan Gualberto, el Dr. Pedro Betancourt, le
hizo creer a Juan Gualberto que el general Carrillo se alzaría. Y así
se decidió el 24 de Febrero porque era domingo de carnaval y los
conjurados podrían moverse sin despertar sospechas; además, no había
periódicos por la fiesta, y era conveniente la falta de noticias. Hubo
levantamientos en Oriente y en Matanzas. Por lo previsto, y por la
detención de algunos de los comprometidos, fracasó enseguida el
movimiento en Matanzas, cuando arrestaron a su jefe, Antonio López
Coloma. Pero la provincia oriental creció, y más cuando llegaron Martí,
Maceo y Gómez.
Pero se dijo aquí, al principio, que íbamos a hablar de los que no
creyeron en el alzamiento, de los que se le opusieron. El más peligroso
enemigo de los que luchaban por la independencia no fue siempre España,
sino los cubanos que no creían en la libertad, o no la querían.
Hablamos de los autonomistas. No vamos a decir que no había hombres
honrados en el autonomismo, pero sí podemos afirmar que en sus filas
militaban los timoratos, los que confiaban en la mediación y en
componendas con España. El autonomismo, más que un partido, fue una
actitud; por eso conviene recordarlo hoy, porque responde a una manera
de contemplar la vida, a una manera de ser que no es extraña a nuestros
días.
Los autonomistas pretendían un entendimiento con los españoles. Nació
como partido al terminar la Guerra de los Diez Años, y se proponía
impedir que surgiera otro conflicto armado. Pero, como sucede con
frecuencia en estas situaciones entre una tiranía y quien a ella se le
acerca en son de paz, se montó una farsa que mostraba generoso y
comprensivo al déspota. En este caso tuvo que ver con la esclavitud.
España tenía que abolir la esclavitud, y los autonomistas pidieron la
abolición de la esclavitud. Los españoles la concedieron como si se
debiera a la gestión de ese partido que, en último análisis, a quien
servía era a España. Algo como lo que hizo Fidel Castro con los presos
políticos y los que fueron al “diálogo” en 1979, que el gobierno
de Cuba tenía que soltar la mayor cantidad de presos políticos por las
presiones internacionales, por el Festival de la Juventud y la reunión
de países no alineados que se celebraría en La Habana, y quiso
preparar el indulto como una concesión. Y también la reunificación de
las familias, que respondía a necesidades económicas y pareció otro
logro de los que se le acercaron para dialogar.
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Joaquín Ruiz, al centro (junto a la mujer con sombrero), el arrogante
propagandista del autonomismo, en una gira campestre pocos días
antes de ser ajusticiado por los insurrectos cubanos al
proponerles un arreglo con España.
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Los autonomistas sirvieron a España porque limitaron al separatismo,
porque le hicieron creer a muchos que era el único camino a seguir.
Buen número de los que lucharon por la independencia se confundieron
con las promesas de España y las esperanzas del autonomismo. Por eso
los españoles lo camelaban, porque era una especie de quinta columna
dentro del separatismo, un elemento disociador entre los cubanos. Por
supuesto, los primeros que protestaron por el alzamiento del 24 de
Febrero, los que enseguida lo condenaron, fueron los autonomistas. En un
manifiesto hecho público poco después del alzamiento decían:
Aún sin haber sonado el grito de insurrección proferido desde el
extranjero, con riesgo de ajenas vidas y daño de ajenos intereses, por
un grupo de conspiradores irresponsables de hecho, que han vivido muchos
años lejos del país, cuyo verdadero estado desconocen, y al que
pretenden librar de males que no han querido compartir, como no
compartirán hoy tampoco los que traigan su descabellado y culpable
intento, ni quizás los peligros en que envuelvan a los obcecados
instrumentos de su locura... nuestro partido inscribió en su bandera
como lemas la libertad, la paz y la unidad nacional... El partido no
romperá su bandera, no harán hacernos cejar en la senda del
progreso...
El Partido Autonomista, que ha condenado siempre los procedimientos
revolucionarios, condena la revuelta que se inició el 24 de febrero,
condena todo trastorno del orden, porque es un partido legal y tiene fe
en los medios constitucionales, en la eficacia de la propaganda, en la
incontrastable fuerza de las ideas, y afirma que las revoluciones, salvo
en circunstancias enteramente excepcionales y extremas que se producen
muy de tarde en tarde en la vida de los pueblos, son terribles azotes,
grandes y señaladas calamidades para las sociedades cultas... Pero no
sucederá, por fortuna. Todos los indicios demuestran que la rebelión,
limitada a una parte de la provincia oriental, sólo ha conseguido
arrastrar, salvo pocas excepciones, a gentes salidas de las clases más
ignorantes y desvalidas de la población...
Y este documento lo firmaron en La Habana, el 3 de abril de 1895, dos días
después del desembarco de Maceo en Oriente, connotados autonomistas,
entre ellos Rafael Montoro y José María Gálvez, a quienes España
premió poco después, en tiempos de Weyler, con un marquesado y con la
Gran Cruz de Mérito; jurisconsultos como Eliseo Giberga y José A. del
Cueto; escritores como Raimundo Cabrera y Ricardo del Monte; banqueros e
industriales como Emilio Terry y Carlos Zaldo.
El error del autonomismo sería disculpable como ceguera ante el
verdadero camino de Cuba, pero como sucede siempre con el que se pliega
a la tiranía, como sucede siempre con el que empieza dando la mano y
doblando la rodilla, el autonomismo fue perdiendo todo sentido de
proporción, toda dignidad, y cuando España envió a Cuba al más
perverso de sus gobernantes, a Valeriano Weyler, cuyas medidas de
reconcentración produjeron la muerte de miles de campesinos, cuando
llegó a Cuba con su programa de exterminio, los autonomistas fueron a
brindarle apoyo y se comprometieron a seguir junto a él para derrotar
el separatismo. Y así sucede con frecuencia, que el que estrecha la
mano al asesino se le mancha la mano de sangre, y luego, acostumbrada la
mano a la sangre, termina de cómplice del crimen. Y tanto daño le
hicieron al separatismo los autonomistas que, cuando Joaquín Ruiz y
Ruiz se atrevió a presentarse ante el joven coronel insurrecto Néstor
Aranguren, y le hizo proposiciones para deponer las armas, ofreciéndoles
dinero y privilegios a él y a sus compañeros, le celebraron consejo de
guerra y lo fusilaron con los dos prácticos que lo habían acompañado.
Allí, en Campo Florido, provincia de La Habana, se le aplicó al
atrevido propagandista del autonomismo la orden del Estado Mayor cubano
por lo que se disponía el ajusticiamiento de todo el que viniera a
hablar de paz sin lograr la absoluta independencia.
En nuestro siglo XIX estaban equivocados los que se dieron a besar la
mano de España. Los que se propusieron la libertad tuvieron la razón.
Lo que parecía imposible en 1878 se hizo posible en 1895. Y no es
cuestión de si un camino es inmediatamente viable o no; el asunto es
decidir cuál es el correcto, cuál es el más digno. No siempre será
el más corto, casi nunca el más fácil. Del pasado nos vienen esas dos
posiciones que, después de todo, son propias de la naturaleza humana.
Cubano fue el separatista, y cubano fue el mediacionista, pero hoy
sabemos más y podemos escoger mejor. No nos debemos de confundir con
los que repiten las palabras de los timoratos de ayer, de que no se
puede hacer nada, y de que es mejor pactar porque nada se ha logrado con
otros métodos. Lo moral no oscila como las acciones en el mercado de
valores, ni se escoge porque rinda más. Si lo digno es resistir, aunque
estemos solos; si lo digno es esperar trabajando para el futuro; si lo
digno es decir que no, el que así lo lleve en su conciencia habrá de
resistir, esperar y decir que no, que ésa es la labor dentro de la
montaña, labor de acumulamiento para el día de la explosión.
Ante el acecho de los caminos fáciles que la historia ha probado
indignos o equivocados, pudiera este 24 de Febrero servirnos para
reafirmar nuestra convicción de que lo mejor para Cuba, igual que en el
pasado, es la independencia real, sin que nadie después se la frustre,
para que en ella pueda realizar entero su destino.
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