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| CUBA:
SEXO Y REVOLUCIÓN
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"Desnudo", Carlos Enríquez (1940)
"El Alba", Marcelo Pogolotti (1935)
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Al anunciarse el acto de hoy, me preguntó una señora
si esto iba a ser una "X Rated Lecture". Le había llamado la
atención la palabra "sexo" en el título y, aunque ella me
dijo lo contrario, me pareció que al contestarle que no iba a ser una
"X Rated Lecture" me estaba privando de que nos acompañara
esta noche. Ojalá que me haya equivocado, pues sería lamentable que
este trabajo tuviera interés por lo que puede escandalizar y no por lo
que pretende exponer. Yo diría que ni llega a ser una "R Rated
Lecture", pues nada más vamos a hablar de la experiencia sexual
como de uno de los problemas que no sabe resolver el comunismo.
A pesar de lo dicho, he tenido en cuenta que hay oídos
sensibles cuando se tratan estos asuntos aunque sea con la mayor
prudencia. Mi propósito no es lastimar más que al sistema que reprime
la libertad individual, el derecho que tiene todo ser humano, sin
perjudicar al prójimo, a mantener unas ideas y observar una conducta
que convienen mejor a su manera de ser.
Desde ahora es necesario aclarar que le damos aquí a
la palabra sexo" el sentido amplio que tiene en el idioma inglés,
del apetito o el instinto tal como condiciona el comportamiento, y no
con el valor restringido que conserva en castellano, que es el propio de
su origen latino, de lo dividido, sólo aquello que distingue al macho
de la hembra.
Las reservas ante el sexo están muy arraigadas en la
historia de la humanidad. Por eso me ha parecido mejor, después de una
breve presentación del conflicto por el que el instinto se ve reducido
para garantizar la vida del hombre en grupo, revisar las actitudes de
algunas culturas frente al problema, desde la antigüedad griega,
pasando por el cristianismo y la alta Edad Media, hasta entrar en
nuestra época, cuando se estableció el totalitarismo marxista con la
promesa de una revolución sexual, y ha producido una regresión a
posiciones conservadoras prerrevolucionarias. El caso de Cuba, por
supuesto, es el que nos interesa y, para concluir, después de algunas
referencias a lo que allá ha sucedido en ese terreno, diremos por qué
el comunismo ve en el sexo una amenaza, un peligro para la estabilidad
del sistema.
Cada cambio en la historia propone un enfoque nuevo en
las relaciones sexuales. Estas innovaciones, sin embargo están
condicionadas al conflicto entre la naturaleza y la civilización, es
decir, entre ciertos instintos y las reglas que permiten al ser humano
vivir en sociedad. Como es sabido, antes se entendían producto de las
diferencias biológicas las orientaciones heterosexuales de los niños:
el varón y la hembra venían al mundo inclinados hacia el sexo opuesto
de manera natural, y la educación sólo tenía que seguir lo dispuesto
por el destino. Con la teoría del "perverso polimorfo", Freud
trató de demostrar que el niño nace con inclinaciones sexuales
indiferenciadas, y que es la cultura, no sólo la biología, la que lo
lleva a preferir un papel determinado. De esta manera el desarrollo
infantil exige la reducción de ese instinto para que el niño pueda
formar parte de la sociedad. Es por ese ajuste que se hace posible
integrar el cuerpo social, establecer en él jerarquías, organizar el
trabajo y funcionar como grupo.
No interesan aquí las consecuencias de esa represión,
los trastornos síquicos que se derivan de ella, ni la sublimación de
los instintos reprimidos. Basta destacar que, a los efectos de su
integración en el conjunto, el ser humano tiene que deponer una porción
de sus inclinaciones, por lo que la vida le queda como repartida en dos
planos. La profunda intuición de José Martí le permitió describir el
fenómeno de esa dualidad mucho antes de que la explicara la sicología
moderna. Dijo hace más de un siglo:
No hay más difícil faena que ésta de distinguir en nuestra
existencia la vida pegadiza y post adquirida de la espontánea y
prenatural; lo que viene con el hombre, de lo que le añaden con sus
lecciones, legados y ordenanzas los que antes de él han venido. So
pretexto de completar al ser humano, lo interrumpen: no bien nace, y a
están en pie, junto a su cuna, con grandes y fuertes vendas preparadas
en las manos, las filosofías, las religiones, las pasiones de los
padres, los sistemas políticos. Y lo atan; y lo enfajan; y el hombre es
ya, para toda su vida, un caballo embridado... Así es la tierra una
vasta morada de enmascarados. Se viene a la vida como cera, y el azar
nos vacía en moldes prehechos. Las convenciones creadas deforman la
existencia verdadera, y la verdadera vida viene a ser como corriente
silenciosa que se desliza invisible bajo la vida aparente, no sentida a
veces por el mismo en quien hace su obra cauta.
Partimos de ese principio, de que el mundo, producto
de la civilización, es una "vasta morada de enmascarados".
Pero una cosa es el actor y otra el personaje que representa: en la
escena y en la vida, los actores se esfuerzan por identificarse con la máscara,
y, ese esfuerzo, en ambos casos, va en perjuicio de lo primario y
genuino. Aplaudimos en el teatro y en el vivir a aquél que mejor nos
hace olvidar la ficción, al que nos hace creer que la máscara es lo
auténtico, pero en la soledad del "camerino", en el secreto
de la soledad, como consecuencia de ese dualismo, surge inconforme y
partida el alma del actor en el pequeño y en el gran teatro del mundo.
Ese hombre, ese "caballo embridado" de que
hablaba Martí, ha asumido ante la historia las más curiosas actitudes
ante los instintos reprimidos, ante la lucha que hoy llamamos del mundo
subconsciente, producto de aquella vida "espontánea y
prenatural", contra el superyó, que Martí calificaba de vida
"pegadiza y post adquirida". Veamos algunas de sus
manifestaciones. La antigüedad griega inventó la clasificación del
amor, y le dio el nombre de "eros" al amor carnal, y "ágape"
al espiritual. Prescindiendo de cuánto se pasan de sus fronteras las
partes de esa división, nos interesa solamente el erotismo, entendido
como la pasión del sexo. Producto de la represión de los instintos,
que produce en la niña un curioso proceso de atracciones y rechazos en
su relación con los padres, la mujer sale disminuida ante el hombre.
Grecia la consideraba como un ser inferior, con menos derechos y mayores
obligaciones que su compañero. Cuando en la Odisea
el dios Zeus le cuenta a la fiel Penélope las aventuras amorosas de
Ulises, ella no se disgusta porque reconoce que el esposo puede tomarse
libertades que ella no tiene. Por su parte, Aristóteles señalaba el
deber de la esposa de querer más al marido, de ser más atenta con él,
para reducir su inferioridad y poder balancear la pareja humana.
Ese aprecio negativo llevó al hombre a suplir con el
número las deficiencias que suponía en la mujer: si una era menos que
él, varias podían alcanzar el tamaño necesario: algo como unir
enanitos, uno encima del otro, para lograr la altura de un ser normal.
Demóstenes describió cómo sus compatriotas habían resuelto el
problema repartiendo sus intereses amatorios en tres tipos de mujeres:
una, la amante, la tenían para el placer; otra, la concubina, les servía
para que atendieran a su persona; y la última era la esposa con la que
tenían hijos además de cuidar del hogar. Así, el sexo, el amor y la
procreación, que parten de la misma raíz, no podían realizarse en el
mismo sujeto: las inhibiciones les impedían a los hombres y a las
mujeres reunir en sólo un acto esas tres consecuencias del instinto
sexual.
Con el auge del cristianismo, y producto de los mismos
conflictos, el fraccionamiento del amor se hizo más marcado, al extremo
de entenderse como cosas diferentes, y aun antitéticas, el amor
propiamente dicho y el sexo. El repudio de lo erótico tenía
antecedentes en los evangelios. Al referirse al sexto Mandamiento decía
San Mateo: "Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola,
ya adulteró con ella en su corazón... Y si tu mano derecha te
escandaliza, córtatela y arrójala de ti, porque mejor te es que uno de
tus miembros perezca que no todo el cuerpo sea arrojado al
infierno". Y en su "Epístola a la Iglesia de Tesalónica",
San Pablo exhortaba a los cristianos a seguir el camino de la
abstinencia con estas palabras: "La voluntad de Dios es vuestra
santificación; que os abstengáis de la fornicación; que cada uno sepa
tener a su mujer en santidad y honor, no con afecto libidinoso, como los
gentiles... que no nos llamó Dios a la impureza sino a la
santidad". Tomando de manera literal esas recomendaciones, muchos
fieles se mutilaron para convertirse en eunucos y asegurarse el reino de
los cielos, hasta que la misma Iglesia tuvo que condenar la bárbara
costumbre.
La alta Edad Media también dio su forma peculiar a
los asuntos sexuales, pero asimismo insistiendo en la separación del
sexo y del amor. En contraste con la actitud denigrativa respecto a la
mujer que se había practicado en los siglos anteriores, el amor cortés
la divinizó dándole un papel preponderante en la vida de los hombres,
los cuales, para agradarlas, empezaron a vestirse mejor y a cultivarse
intelectualmente. Pero en ambos casos, al rebajar a la mujer y al
sublimarla, la resultante era el alejamiento de la práctica sexual. La
historia de un caballero llamado Ulrich aclara las costumbres de aquella
época de cortesanía: se enamoró de una mujer casada, más noble que
él, por lo que se convertía en algo inasequible, y mantuvo durante
quince años su amor en silencio. Sin que ella lo supiera, Ulrich se
tomaba el agua en la que ella se lavaba las manos, peleó en cientos de
torneos en su nombre y, cuando alguien puso en duda la sinceridad de su
afecto, se cortó un dedo y lo envió a la dama como testimonio de su
dedicación. Cuando ella supo del amor del caballero, para probar su
entereza, le pidió que visitara el palacio vestido de mendigo, entre un
grupo de leprosos, y, cumplida esta prueba, le concedió una audiencia
en la que quizás le permitió un beso, pues la posesión era de mal
gusto. Pero, a partir de entonces, el encantamiento de la princesa fue
desapareciendo, hasta que pelearon, como demostración de que el
contacto físico era el enemigo natural del verdadero amor.
William Faulkner, el gran novelista norteamericano,
decía que "el pasado nunca muere, y que, en realidad, nunca es
verdadero pasado". En pocos asuntos es más evidente esta afirmación
que en lo que aquí se trata. Con las variantes que a todo imprime cada
época, la Edad Moderna no se aparta de esa dicotomía entre el sexo y
el amor, ni se altera mucho la posición del hombre y la mujer en la
sociedad. Lo que podríamos llamar cambios sexuales no los iniciaron los
hombres, sino las mujeres, y no para defender sus derechos en la pareja
humana, sino para ocupar su posición en la sociedad. Un principio de
apariencia moral las había contenido: se razonaba de esta manera: si el
hombre es libre, y la mujer se hace libre, también se hará libre el
amor, y la libertad erótica destruiría la familia, los fundamentos
mismos de la sociedad. Encadenar a la mujer era encadenar las relaciones
sexuales, de manera parecida a lo que se lograba predicando la
abstinencia.
Cansadas de esa sumisión que exigía también el
renunciamiento a participar en la vida, a salarios menores, a no
destacarse en nada, las mujeres empezaron a organizarse para reclamar
sus derechos. Los movimientos feministas del siglo pasado encontraron
apoyo en los planes de revolución que pretendían destruir la sociedad
capitalista. Se entendía que el mal era producto de la organización
imperfecta del Estado, de las clases sociales, pero ahora vemos que se
reproduce el fenómeno de la discriminación de la mujer en el
socialismo. La división del trabajo en los países capitalistas y en
los países comunistas viene a ser semejante porque, aunque no lo
reconozcan, aún el comunismo considera a la mujer como un ser inferior.
Es cierto, por ejemplo, que en la Unión Soviética el 90% de las
mujeres trabaja fuera del hogar, pero también trabajan un mínimo de
cuatro horas en los quehaceres domésticos, y así, a pesar de la
proclamada igualdad, menos de un 7% de las empresas están dirigidas por
ellas, que reciben salarios promedios inferiores en un 30% al de los
hombres. En Cuba, donde tanto se habla de la equiparación de los sexos,
una Resolución del Ministerio de Trabajo, de 1978, las excluye de unas
300 actividades por considerarlas débiles; y aunque el Código de
Familia especifica que "el matrimonio se constituye sobre la base
de igualdad de derechos y deberes de ambos cónyuges", y a los dos
obliga "a cuidar la familia que han creado, y cooperar el uno con
el otro", lo cierto es que muchas mujeres se ven forzadas a dejar
sus empleos para atender la familia o, al igual que en los países
capitalistas, a tener una doble jornada: la del trabajo en la calle y la
del trabajo en el hogar.
Durante los primeros años de la revolución soviética,
los cambios políticos fueron paralelos a los cambios sexuales. Parecía
que se iban a cumplir las esperanzas que habían puesto en el socialismo
los movimientos progresistas de Europa, pero pronto se detuvieron. A
partir de entonces los comunistas han dado pruebas del rigor con el que
tratan esos asuntos, y es curioso que desde la época estalinista,
califiquen de mentalidad reaccionaria y burguesa a quienes les censuran
los conceptos más reaccionarios del pasado. Y hoy vemos que los países
que deben su origen a la revolución burguesa, en Europa y en América,
están más adelantados y son más tolerantes en esas materias que los
países que deben su origen a la revolución proletaria.
Una revista que circula con facilidad en este país
entre familias conservadoras puede constituir en Cuba "propaganda
enemiga" porque atenta contra la "seguridad del Estado":
un traje de baño, un gesto, un peinado, todo lo que se cultiva como
regalo de los sentidos puede tomarse como "propaganda
enemiga". Un artículo del Código Penal condena allá hasta con 8
años de cárcel la mera "posesión" de cuanto "incite
contra el orden social"; y, ciertamente, en Cuba, donde la belleza
femenina tiende a esconderse por la austeridad revolucionaria, la foto
de una bella modelo debe incitar "contra el orden social"
establecido.
El marxismo-leninismo tiene grandes
preocupaciones con lo que consideran obsceno, lo que asocian con lo
escatológico, y dan a la palabra el valor de su etimología, del latín
obscenus, que quiere decir lo que viene de lo sucio, y las
manifestaciones de esa naturaleza las tratan como contaminación del
ambiente: en Rusia se castiga el exhibicionismo --un escote pronunciado
en la mujer, un pantalón estrecho en el hombre-- obligando a quien
comete esa falta a varias semanas de limpieza de las calles y los
parques.
Con
el triunfo del castrismo nació en Cuba la esperanza de que el país iba
a adelantar en todos los órdenes, y a erradicar todas las injusticias.
La idea de que la prostitución era un problema exclusivamente económico,
hizo que las autoridades se dieran a perseguir a los proxenetas y a las
prostitutas. Luego incluyeron en las redadas a los pederastas para
completar lo que se llamó la "Operación de las 3 P":
proxenetas, prostitutas y pederastas.
Todos los grandes abusos han tenido en sus orígenes
una justificación moralizadora, y aquellas cacerías prepararon otras:
el propósito era acostumbrar al pueblo al papel de verdugo. En Cuba
casi no existió, como en la Unión Soviética, un período de
tolerancia sexual, y el motivo fue que allí se empezó la experiencia
socialista con los prejuicios del estalinismo. En un discurso de 1961
ante los Comités de Defensa de la Revolución, Fidel Castro se había
pronunciado contra lo que llamó el "elemento corrompido
antisocial", y se empezó a aplicar el "índice de
peligrosidad" a los que se dedicaban al juego y a la prostitución,
pero muy pronto se extendió ese "índice" de manera
arbitraria a cuantos de una manera u otra estorbaban al gobierno.
Un hito en la historia de los asuntos sexuales en Cuba
fue cuando se crearon las famosas las Unidades Militares de Ayuda a la
Producción, las UMAP. Todos los que no reunían las condiciones mínimas
para adaptarse a los planes oficiales fueron recluidos en aquellos
campos de concentración: los religiosos, los que querían abandonar el
país, los que se resistían a incorporarse a las organizaciones de
masa, los que por sus gustos, hábitos o manifestaciones se consideraban
víctimas del pasado, y, por supuesto, también los que no encajaban en
los patrones sexuales permitidos. La crueldad con que fueron tratados
estos miles de cubanos produjo protestas en el extranjero, y, contra la
opinión de los más intransigentes, en particular dentro del ejército,
el gobierno se vio obligado a cerrar esas cárceles cuando terminó la
zafra de 1967. Es que también se preparaba el gran Congreso Cultural de
La Habana, al que asistirían intelectuales de todo el mundo, y era
necesario disimular el terror y la intolerancia del castrismo.
Poco después, sin embargo, se hizo de nuevo visible
la disidencia, esta vez manifestándose en la juventud por medio de sus
formas de vestir, el gusto por la música extranjera y su interés por
la vida norteamericana, todo lo que hace poco condenaba Yuri Andropov en
la juventud soviética, que calificó de "mimetismo pro
occidental". Con motivo de lo que entonces llamaron la
"ofensiva revolucionaria", Castro dijo en un discurso en el
que empleaba esos diminutivos que tanto gusta para desprestigiar a sus
adversarios:
En nuestra capital, en estos últimos meses, dio por presentarse
cierto fenomenito extraño entre grupos de jovenzuelos y algunos no tan
jovenzuelos... Les dio por empezar a vestirse de una manera
extravagante, reunirse en determinadas calles de la ciudad, y allí ¿a
qué creen ustedes que se dedicaban? Algunos se dedicaban a corromper
muchachas de 14 y 15 años sirviendo de enlace con extranjeros de tránsito
por Cuba. Andaban buscando el problema de los cigarrillos americanos,
de los marineros, a llevar sus radiecitos de pila para mantener
ostentosamente su condición de aficionados a la propaganda
imperialista.
Castro tenía razón al temer esas manifestaciones de
descontento: pocos meses antes, con su aplauso, habían entrado en Praga
los tanques rusos, y él no podía permitir ningún cambio. Aquellos jóvenes
eran parte de una nueva generación cubana, la de 1968, y sólo querían
afirmar su particular visión del mundo, integrarse al ritmo de los
tiempos y combatir lo caduco y estancado del régimen. La revista Bohemia
describió así a los que tomaron el camino de la protesta pública
en las calles de La Habana: "Lucían una excéntrica apariencia,
largas melenas y pantalones estrechísimos los hombres; faldas
extremadamente cortas las mujeres. Alentados por los héroes de papel
del imperialismo, e inspirados por el funcionamiento de sus pandillas
juveniles, pretendieron dar una estructura a su desorganización. Entre
ellos, ante todo, había que ser un tipo libre de todo prejuicio. Si se
era mujer, desconocer el pudor en todas sus manifestaciones. Estar de
acuerdo con practicar para ellos el llamado amor libre..." Pero por
su voluntad de cambio, por sus deseos de integrarse al ritmo de los
tiempos, aquellas manifestaciones eran en verdad una "ofensiva
revolucionaria", mientras que la oficial, movida por prejuicios y
miedos, debió calificarse de "ofensiva
contrarrevolucionaria".
Después del fracaso de la zafra de los 10 millones,
el gobierno decidió quitarse, ya para siempre, la máscara que le
disimulaba las prácticas estalinistas. Fue con motivo del Primer
Congreso de Educación y Cultura, en 1971. La declaración final de
aquel acto sentó las pautas respecto a las "modas, costumbres y
extravagancias", "la delincuencia juvenil" y "la
sexualidad". De aquellos acuerdos surgieron lo que llamaron
"parámetros", especie de código secreto por el que se
establecían normas para distinguir a los enemigos de la revolución, a
los "parametrados", que perdieron sus empleos, particularmente
los escritores y artistas que mantenían una conducta ajena a lo que
calificaban de "nueva moral revolucionaria", que no era, por
cierto, ni nueva, ni moral, ni revolucionaria.
En nada ha cambiado desde entonces, hasta hoy, la
actitud del régimen en esos asuntos: la legislación posterior sólo ha
servido para facilitar, y en algunos casos agravar, los castigos. Y en
Cuba no puede tomarse al pie de la letra la ley, pues a las autoridades
se les permite interpretarla arbitrariamente: no se debe olvidar que la
"legalidad socialista" no ampara al ciudadano, sino que está
al servicio del grupo que ocupa el poder.
Por el descalabro de las tradiciones, el
debilitamiento de la familia y la prédica del materialismo, han
cambiado los hábitos sexuales del cubano, y se tiene la impresión de
que hay libertad sexual. Pero no es contando el número de abortos, ni
atendiendo a las proclamas sobre el "destape sexual" que se
entiende lo que el régimen quiere en esa materia. Guiarnos por las
estadísticas nos llevaría a afirmar que en Cuba hay libertad de expresión
porque se pueden leer muchas veces las publicaciones oficiales: también
para presentar un cuadro favorable de lo que se lee, en Cuba hablan del
número de libros publicados, pero no dicen sus títulos ni los que están
prohibidos y no circulan. Debe entenderse por libertad sexual, como en
toda otra libertad, el derecho que tiene el hombre y la mujer, sin dañar
los derechos de otro, a realizarse sexualmente como mejor le parezca.
Al igual que en todo sistema marxista‑leninista,
en Cuba las letras están al servicio del Partido, y al escritor se le
obliga a ser un "ingeniero de almas" que tiene que moldear a
los ciudadanos. Es por eso que en lo literario se descubre, mejor que
por ningún otro camino, la posición del gobierno. Como ejemplo de lo
que aquí interesa se pueden mencionar dos novelas premiadas por la Casa
de las Américas. La primera, que se titula Sacchario,
tiene como protagonista a un joven llamado Darío, que luchó contra
Batista, estuvo en la Sierra y ama la revolución. Pero Darío también
ama a María. Es un amor, dice el novelista, "que Werther y Romeo,
y los tantos amantes de los libros no podrían comparársele". El héroe,
a pesar de su pasión, se va transformando, y se da cuenta de que para
ser un verdadero revolucionario, el hombre nuevo", tiene que
"cambiar de piel". Entonces empieza a sentir, en las
concentraciones populares y las consignas oficiales, el mismo éxtasis
que cuando posee a María a la orilla del mar. Por fin, a través del
trabajo y la obediencia a las órdenes del Partido, se convence de que
el camino a seguir es su entrega total a la revolución. Dice el
novelista: "Era imposible para Darío creer ahora que el amor era
simplemente aquél de casarse y vivir con María, acostándose
regularmente sobre ella. Era necesario romper con todo, rebelarse con la
mediocre ficción de hogar, familia, qué dirán, despojarse de los
convencionalismos, rechazar los simulacros de amor..." Y, por
supuesto, como esta novela se premió cuando Castro se empeñaba en la
zafra de los 10 millones, lo que hace el personaje es abandonar a la
hermosa María, con la que no ha tenido ninguna desavenencia, y
"marcharse a cortar caña".
La otra novela, la cual el critico más influyente en
Cuba, José Antonio Portuondo, consideró a raíz de su publicación
modelo de "novela revolucionaria", presenta un contraste
simplista entre un capitán llamado Bruno, ejemplo de todas las
virtudes, y un repugnante contrarrevolucionario llamado Siaco. Trabaja
Bruno en el campo, y fue allí para ayudar en el "plan" de una
Brigada Femenina que dirige Mercedes, también muy dedicada comunista.
Como era de esperarse, Bruno y Mercedes se enamoran, pero no pasa nada,
nada se dicen: el trabajo y el celo en sus creencias bastan a sus
amores. Mientras tanto el villano Siaco, antiguo gallero, borracho y
abusador de mujeres, disfruta del placer adúltero con la guajirita
Nati, que a los 12 años, antes de la revolución, había
"perdido" un rico hacendado de aquellos lugares. Es todo un
torneo entre la lascivia y la abstinencia, y sale mal parado el instinto
sexual. A un personaje que es también rico en méritos socialistas se
le pregunta cómo se podía vivir sin mujeres en medio de la actividad
revolucionaria, y responde: "Aquí, nosotros, pensamos en la última
mujer y en el próximo combate". Y ése es el titulo de la novela, La última mujer y el próximo combate, como para resaltar con la
frase el programa que debe suscribir el pueblo; bastan, pues el recuerdo
de una mujer y la preocupación por una futura faena para sustituir lo
erótico.
¿Por qué los marxistas, que han vuelto la espalda a
los principios morales y religiosos, temen la actividad sexual? La
respuesta parece estar en la siguiente consideración: el comunismo
considera al hombre un átomo que debe someterse a los intereses del
conjunto; así, cualquier acento que distinga de su semejante a un
miembro de la sociedad lo convierte en enemigo de ella. La única
desemejanza que permite el marxismo-leninismo es cierta gradación
de la "igualdad", es decir, con las palabras de George Orwell,
que allí donde todos son "iguales" haya algunos que lo sean
"más que otros". Y esa diferencia sólo para que contribuyan
de manera más eficiente a la creación del nuevo orden social.
Además de la presunta igualdad distributiva, el
comunismo entraña el propósito de anular lo individual, que considera
razón y consecuencia de las clases. Al amparo de un sistema de
autoridad científica incuestionable, aseguran que todos serán felices
cuando vivan y coman lo mismo, porque la infelicidad es hija de la
explotación, y no puede haber explotadores entre los que son
radicalmente iguales.
En nada son tan diversos los seres humanos como en el
arte y en el amor. De hecho ambos son variantes de la misma afirmación
individual. El manejo de una máquina en un taller, o la postura de la
semilla en el surco, son indiferentes de la mano que opera y siembra. No
así en la actividad amorosa. En ésta, como en el acto creativo, se
produce tal unicidad del yo que engendra fuerte pasión. Aunque acompañado
al realizar esas funciones, no hay momento de mayor soledad que cuando
se ama y crea, pero no de la soledad en que algo falta, sino de aquellas
soledad en que concurren todas las presencias, que son las del yo mismo.
El artífice y el amante sienten como objeto entrañable el estímulo de
sus logros sin darse cuenta de que son sólo agentes catalizadores del
proceso: en realidad uno se ama en lo que aman. Por eso puede afirmarse,
aunque parezca una paradoja, que el arte y el amor son el refugio más
acabado del egoísmo, entendido éste, con su valor originario, de
exacerbación del yo.Los problemas eróticos y de la cultura son la
pesadilla de las teorías marxistas. En varias oportunidades Trotsky
reconoció la dificultad de conciliar la revolución proletaria con la
sexual y artística; y Lenin dijo que el mayor servicio a la revolución
lo habría de prestar quien explicara en términos dialécticos las
materias sexuales. No sin razón Marx quiso que en el comunismo la
creación se convirtiera en un acto común de practica cotidiana, por
que dejarían de existir los artistas; y Lenin quería que el lance
amoroso no fuera más que otra necesidad biológica, y no podía tener más
importancia que tomarse "un vaso de agua".
Las adversidades que ha sufrido y sufre el intelectual
en Cuba son más conocidas, y la actitud del gobierno ante la cultura.
Los problemas relacionados con lo sexual no han logrado trascender
tanto. Esa otra afirmación del individualismo no ha sido combatida con
menos saña que la creación artística. Ciertos bailes, cantos, músicas,
formas de vestir, atavíos, rituales, creencias, actividad y en laces
sexuales se castigan como delitos; y a esos "delincuentes" se
les califica de "extravagantes, aberrados, equívocos, esnobistas,
parásitos, desclasados, enfermitos, hechiceros, autosuficientes y
antisociales". A todos, sin excepción, se les considera víctimas
incorregibles de la lascivia, o candidatos o practicantes de la
homosexualidad. Es que para el materialismo científico, tras la herejía
individualista, acecha la homosexualidad. Cuando se celebró la exposición
de arte moderno, en Moscú, Jruschov, frente a las representaciones
abstractas, dijo a los pintores: "Por esos experimentos artísticos
puedo pensar que ustedes son pederastas, y así se les podría condenar
a 10 años de cárcel".
Y uno también se pregunta, ¿por que un sistema que
se burla de los valores del espíritu tiene una preocupación tan aguda
respecto a la intimidad de los seres cuya vida controla? Podría
entenderse el intransigente puritanismo se los gobernantes practicaran
lo que predican, pero ya se sabe que la "nueva clase" tiene
una conducta y unos privilegios diferentes. La razón es ésta: la vida
humana está expuesta a dos mundos: el de la realidad cotidiana y el de
la realidad sexual. Con la propaganda y la estricta regimentación, el
totalitarismo logra penetrar en la primera: sabe condicionar los
reflejos para que siempre respondan a sus intereses. Pero cuando en la
práctica sexual se pasa a una realidad distinta, dejan de funcionar los
mecanismos de coerción, y los que participan en dicha práctica se
sienten libres. El viaje le resulta peligroso al dogma, y tanto más
cuando el viajero más se aleja del ámbito que ellos controlan. Lo
ideal para el comunismo es lo que quiso Lenin, que lo erótico fuera
como tomarse "un vaso de agua", porque quien se toma un vaso
de agua no escapa de su dominio. Cuanto más rutinaria e intrascendente
sea la actividad sexual, más la han de permitir, y precisamente el estímulo
para el indiscriminado erotismo entre los jóvenes de Cuba tiene ese
objetivo, pero en lo trivial, en lo frecuente y en la promiscuidad
pierde su valor único de afirmación propia.
Los personajes literarios inventados por el
"realismo socialista" podrán defender esa hueca castidad
revolucionaria, o los maestros en las escuelas presentar la atracción
de los sexos como un simple juego de la biología, pero nunca podrá
ningún dogmatismo reducir el peligro que para él constituye esa visita
a la otra realidad donde el más rebelde y legítimo instinto conspira
en silencio.
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