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En verdad el único “amor” de Antonio Maceo fue Cuba, a la que dedicó
su vida, y por la que murió en combate el 7 de Diciembre de 1896, hace
ahora 101 años. Pero aquí se entiende la palabra “amor”, no ajeno
a la raíz del de la patria, y también en su correcto significado, como
la pasión que atrae a otro un sexo, la obsequiosa querencia, el
galanteo con ánimo de seducir.
El general José Miró, su Jefe del Estado Mayor, escribió en Cuba:
Crónicas de la Guerra (1909): “Su pasión era la mujer, todas las
mujeres le gustaban mientras no fueran provocativas o coquetas, pero
sentía predilección por las que tuvieran aire sentimental: una joven
de tez pálida y acento quejumbroso le hacía perder los estribos. No
cabalgaba muy seguro sobre el corcel de guerra si en medio del bosque
alteroso lucía alguna flor pudibunda...” Y el general Enrique
Collazo, quien lo conoció desde su juventud, dijo en
Cuba Heroica (1912) que Maceo, “de joven, tuvo sus vicios, el
juego y las mujeres; el primero lo perdió pronto, y el segundo lo
conservó toda su vida”. “Vicio” en este lugar, en boca de
Collazo, no debe entenderse como costumbre de obrar mal, como defecto,
que en Maceo nunca el amor lo fue, sino como especial apetito de algo
que se busca con afán. En el Diario inédito de Frank J. Agramonte,
quien preparó la expedición que llevó a la guerra de Cuba a Flor
Crombet y a Maceo, escribió del general Antonio: “Este hombre
singular tenía pasiones muy violentas, aunque casi siempre se sabía
dominar; tenía pocos vicios, ni fuma, ni mascaba, jugaba ni tomaba, sus
únicos [vicios] eran las mujeres y el baile”. Leonardo Griñán
Peralta concluye sobre este asunto en Antonio
Maceo: análisis caracterológico (1936): “No fue demasiado casto
Antonio Maceo. A la normal satisfacción de su sexualidad se debió quizás
en gran parte el equilibrio que fue uno de los rasgos más acentuados de
su carácter”.

En el 14 aniversario
de la muerte de Maceo y de Panchito Gómez Toro, hijo del
generalísimo Máximo Gómez, el periódico La
Lucha, en su edición en inglés, publicó el 7 de
Diciembre de 1910 este dibujo en cuyo pie de grabado se lee:
"General Antonio Maceo and his aide, Captain Francisco
Gómez Toro, who fell in battle 14 years ago and are buried
at the Cacahual".
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Era pues, bien conocido, ese aspecto de su personalidad, y de él, con
mayor o menor acierto o extensión han hablado sus biógrafos. Pero lo
que distingue este último amor de Maceo es que nunca se había dado a
conocer; el cual hizo pensar a algunos de sus contemporáneos que retuvo
al guerrero más del tiempo necesario en Pinar del Río, de donde era
ella; y porque, al fracasar en su demanda, se entiende el abatimiento y
la tristeza que se le notó desde poco antes de la tragedia de San
Pedro.
La esposa y el exilio
Al hablar de esta afición, precisa consignar que Maceo fue un esposo
amantísimo, como bien lo mereció María Cabrales, su excepcional compañera.
Desde muy temprano la patria les rompió el hogar. Se casaron a
principios de 1866 y, poco después del alzamiento de Céspedes ya
estaba el novio de soldado. Hay que revisar la vida de María Cabrales y
el epistolario del marido para entender la singular pareja. En 1895 otra
vez se iba Maceo a la guerra, a Cuba, en la expedición que salía de
Costa Rica, y le pide a ella en una carta: “Consérvate buena y quiere
a tu negro que no te olvidará nunca...”; y en otra, aún antes de
embarcar: “La Patria ante todo; tu vida entera es el mejor ejemplo;
continuar es deber; retroceder, vergüenza oprobiosa. ¡Adelante, pues;
para el terruño, la gloria de sacrificarlo todo!” Desembarcó cerca
de Baracoa el 11 de abril, y el día 30 le cuenta las peripecias del
viaje, y así empieza la carta: “Mi inolvidable y siempre adorada
esposa...”; y la termina: “Recibe el corazón de tu esposo que te
quiere...” Y en ese tono sigue la correspondencia: “Tu esposo que te
adora y desea...”; y en otra: “Mi siempre adorada esposa...”; y aún
más tarde: “Recibe el afecto de mi alma sincera con un fuerte abrazo,
que de corazón desea darte tu esposo”.

Dibujo anónimo
publicado el 7 de Diciembre de 1919 en el periódico La Lucha, al cumplirse en 23 aniversario de la muerte del general
Antonio Maceo.
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Maceo, al terminar la Guerra de los Diez Años, en 1878, después del
Pacto del Zanjón, se fue al destierro. Y dos años más tarde, cuando
empezaba la Guerra Chiquita, abandonó Haití por el asedio de los
agentes de España que querían asesinarlo. Al embarcarse para Saint
Thomas llevaba en el bolsillo el retrato de una hermosa trigueña en el
que estaba escrita en francés esta amorosa recomendación: “Sea
siempre muy prudente; es ésa una pequeña recomendación que yo
particularmente le hago...” (“Soyez toujours très prudent, c’est
une petite recommandation que je vous fais particulièrement”). Y también llevaba la carta de un
amigo contándole de otra mujer que había dejado en Jamaica: Amelia
Marryatt. Leopoldo Horrego Estuch, en su biografía Antonio
Maceo, héroe y carácter (1943), la llama “Amalia Marriat”, y
de ella dice: “De María [la esposa] ya no tenía hijos, y Maceo, como
todo el que ama la gloria, quería ver reproducido su nombre en un vástago.
Y se entregó a la devoción de un idilio que era como un oasis en las
inquietudes de su vida. Un hijo fue el fruto de aquella unión que
endulzara un tanto los pesares de la existencia movida por la lucha sin
sosiego. Fue esa mujer Miss Amalia Marriat”.
La dominicana, la hondureña y la costarricense
En Santo Domingo Maceo vivió en casa de Gregorio Luperón, el general,
entonces presidente de la República, y de su estancia en Puerto Plata
cuenta Emilio Rodríguez Demorizi en
Maceo en Santo Domingo (1945) que allí conoció una mujer “de
treinta años, de buena estatura, india, algo cobriza, fuerte y varonil,
mujer de armas, del partido azul o luperonista... [y] luego se
entendieron”; no la habían aceptado en
las tropas de Luperón y era hermana del famoso guerrillero José
Martínez. Por su parte José
L. Franco en Antonio Maceo,
apuntes para su vida (1975) dice sobre el asunto: “Cerca, a poco
menos de cincuenta metros de distancia [de la casa de Luperón], vivía
María Filomena Martínez, a la que, por causa de las frecuentes visitas
que le hacía el líder cubano llaman La
Generala. Mujer apasionada y valiente, de belleza singular, que
denunciaba la mezcla de los antepasados indios, negros y españoles,
ejerció una gran atracción sobre Maceo. Esa íntima amistad, conocida
y comentada por toda la ciudad, fue el eje de un sensacional incidente
provocado por los representantes de España”. Es que las autoridades
coloniales desde Cuba habían enviado varios hombres a Santo Domingo
para matar a Maceo y, sabiendo de sus relaciones con María Filomena,
lograron hablar con ella y ofrecerle una cantidad de monedas de oro:
tendría que llevar a Maceo a una playa donde ellos estarían esperándolo. La Generala les hizo creer que aceptaba la oferta, pero denunció a
los matones y los metieron en la cárcel.
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Maceo, óleo de Miguel Melero
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Al año siguiente se fue Maceo a Centroamérica. En Honduras lo nombraron
General de División a cargo de la Comandancia Militar de Tegucigalpa.
Allí, en sus horas libres, estudiaba francés, historia, geografía,
administración y tácticas militares. Y con frecuencia salía a caballo
por los alrededores de la ciudad para familiarizarse con el terreno. Subía
montañas para disfrutar el paisaje cercano a la capital, pero casi
nunca iba sólo. Sobre esos frecuentes paseos dijo José L Franco:
“... una hondureña de ojos de fuego, que denunciaba a lo lejos la
mezcla de sangre maya y española, atraída por la leyenda y fama, y por
la gentil presencia del héroe cubano, se había convertido en obligada
compañera de las horas tranquilas del batallador revolucionario. La
Fea, como él la llamaba en la intimidad de sus charlas, iba con él
al Picacho o a Juana Laínez, y recostados sobre un peñasco, junto a un
precipicio poblado de árboles y flores que los separaba de la ciudad,
quedaba ella en recogido silencio escuchando relatos que hacían brillar
de admiración sus bellísimos ojos negros, o sus proyectos de un futuro
inmediato, cuyo objetivo principal era el de libertar de la tiranía a
la patria esclava”.
En Costa Rica, contó Rubén Darío, “vio una mujer muy blanca, de
cuerpo fino, acompañada de un hombre de color, elegante: era Antonio
Maceo”. Allí tuvo un hijo. La única carta que conservaba él la
publicó Andrés de Piedra Bueno, en Maceo,
síntesis de una biografía (1945), por habérsela facilitado el
hijo del general, el ingeniero Antonio Maceo. Fechada en Costa Rica el 7
de noviembre de 1893, le escribió: “Querido hijo: Hace poco llegué a
ésta y no he tenido el gusto de verte. Pide, pues, permiso al Director
para abrazarte y para que lleves la paga de tus mensualidades pendientes
de arreglo. Tu padre que desea verte, A. Maceo”.
La guerra
Desde Costa Rica se embarcó hacia Cuba para iniciar la guerra. En la
segunda quincena de setiembre de 1895, reunida la Asamblea de Jimaguayú
en la que se nombró “Lugar Teniente General al Mayor General Antonio
Maceo”, se celebraron grandes fiestas y bailes por el acontecimiento.
En un guateque, cerca de Holguín,
Maceo comió carne de puerco mal cocida, lo que le produjo fuerte
indigestión. Hicieron que fuera a verlo el médico puertorriqueño
Guillermo Fernández Mascaró, teniente coronel de Sanidad del ejército.
Los soldados y los campesinos opinaban que el doctor no sabría curar la
dolencia, que para quebrarle el empacho había que traer una curandera.
El médico se resistió, y le consultaron entonces a Maceo, y éste
dijo que “si la curandera era una muchacha joven y agradable” se
sometería al tratamiento: la medicina mejor, para él, resultaba la
compañía femenina. Por suerte se curó con el médico, pues algunos de
sus hombres pensaron en ahorcar a Fernández Mascaró, negado a traer la
curandera, si no curaba al general.

"Visión de
Maceo", cuadro de Juan E. Hernández Giró que se
conservaba en al Museo Bacardí, de Santiago de Cuba.
"Bajo la impresión del desencanto, recorrió por
última vez los parajes en que tantas veces luchó contra el
ejército español… Se despedía de la montañas"(Crónicas
de José Miró Argenter).
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Ya en Pinar del Río, en el combate del Rubí, en junio de 1896, Maceo
fue herido en una pierna. Estuvo en cama nueve días. Lo cuidó María
Luisa Barrios, una bella campesina adolescente que hacía de enfermera.
Algunos biógrafos de Maceo, como no sabían de la existencia de la
mujer que ahora se descubre, la han confundido con ésta. Maceo se
arrancó de María Luisa, que era hija del prefecto José Manuel
Barrios, como para huir de la tentación, antes de que el médico Hugo
Roberts le diera de alta. Se fue con sus soldados a Bahía Honda; le
escribió a Roberts: “Doctor, usted me ha curado totalmente pero no
podrá cicatrizar el hondo mal que me ha hecho María...” ¡Otra María!
Poco después ese “último amor”, del que nada se
había escrito: una campesina de las escarpadas lomas del Brujito, donde
nace el Río Hondo, al norte de San Cristóbal. De la visita de Maceo, y
del lugar dijo el general Miró: “Desde el día 27 al 31 de octubre
[de 1896] Maceo permaneció en la finca del Brujito, antiguo cafetal de
la comarca de San Cristóbal... El río Brujo y su afluente el Brujito,
de los que han tomado denominación los dos cafetales, atraviesan veinte
veces distintas el sendero que conduce a Bahía Honda, lo borran en las
crecidas o lo obstruyen por completo, echándole tabiques de vegetación...
Tal vez se llame el Brujo por los engaños que produce...” Y más
adelante escribe en forma enigmática de las “últimas ilusiones” en
aquellos parajes, en otra visita de su admirado jefe:
Salió de Río Hondo
el 17 [de noviembre], y se dirigió al Roble, y después al Brujito...
¡Funesta atracción de sus últimas ilusiones! Allí se desvanecieron
todas: no halló el halago, sino la esquivez y el reproche. El hombre
grande se sintió vencido, completamente vencido. Corazón ardiente y
dominado por las pasiones, le producía hondo malestar la claridad del
desengaño. Incapaz de maquinaciones para llegar a la conquista de la
flor silvestre, porque en su corazón no tenían cabida los designios
tenebrosos, se sintió infeliz en medio de su gran poder, desencantado
como un doncel que no tiene otra ocupación que la del recuento de sus
desvaríos, y tan acre fue la impresión recibida que le produjo fiebre.
Bajo la impresión del desencanto recorrió por última vez los parajes
en que tantas veces luchó contra el ejército español... Se despedía
de las montañas...
¿De quién hablaba Miró? ¿Cómo imaginarse a Maceo,
en el clímax de la gloria y a las puertas de la muerte, “como un
doncel que no tiene otra ocupación que la del recuento de sus desvaríos”?
¿Quién era “la flor silvestre” que hizo al guerrero sentirse
“vencido, completamente vencido”? ¿Al héroe de mil batallas,
cubierto de cicatrices el cuerpo?
Cecilia
La noticia de esta mujer la tuvo el que escribe estas páginas por el Dr.
Roberto D. Agramonte, en sus últimos años, cuando trabajaba en un
estudio sobre Maceo. Para que yo la publicara, me dio el inolvidable
maestro copia de la carta que por vez primera aquí se hace pública la
cual nos adentra en los últimos días de Antonio Maceo. La autenticidad
del documento está avalada por Manuel Sanguily, quien lo recibió de
Miró según el escrito que sigue a la carta, el cual dice: “Adjunto
pongo el original, q. [que] me facilitó el gen. [general] J. Miró.
Dice e[é]ste q. [que] Cecilia era una mujer blanca de quien se enamoró
Maceo. A las instancias de Maceo contestó al fin Cecilia con la carta
de ambos con lo que Maceo desengañado se decidió a pasar la Trocha, lo
que había estado demorando a pesar de las comunicaciones en que Gómez
se lo había ordenado, las cuales tengo copiadas en un cuaderno por
habe[é]rmelas facilitado el mismo Miró.- Manuel Sanguily. Vedado,
Nov[iembre]. 1906”.
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Facsímil
del escrito en el que Manuel Sanguily, con fecha 26 de
noviembre de 1906, se refiere a la carta del 28 de noviembre
de 1896 de la campesina del Rosario,
Cecilia, a Antonio Maceo.
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Hacía diez años casi justos que Cecilia le había escrito a Maceo, pues
la carta suya estaba fechada en “N[oviem]bre 28 de [18]96”. Sin
corregir su limitada aunque notable ortografía, le escribió a Maceo:
Recibí sus cartas las que contesto con alguna tardanza por encontrarme
con fiebre cuando las recibí. Las frases que en ella me dirije me han
causado profunda sensación mesclada con cierto sentimiento. Me dice Vd.
que le de [dé] una contestación decisiva ¿como dárcela cuando unas
orribles dudas atormentan mi espíritu hace días? desde que Vd. se
dirijió a mí, desde entonces un mundo de ideas bullen en tropel en mi
cerebro y no puedo comprender cual será su objeto al dirijirme una
palabras tan impregnadas de amor y al parecer tan decididas.
Si
es cierto lo que me han dicho hace ya mucho tiempo, desde antes de
conocerle, ¿cree V. que pueda permanecer tranquila e indiferente a la
idea de que Vd. me haya juzgado con ligereza? Y ante todo se comprometería
mi reputación que es la única riqueza que poseo.
Creo a
Vd. no deben parecerles infundados mis temores. ¿Cuando Vd. va de
marcha y le dicen que hay enemigo no se detiene para tomar
precauciones?, pues si se lanza sin vacilar de seguro caería en un
abismo de donde le sería imposible salir ó al menos saldría
destrozado y entonces no habría remedio. Lo mismo le pasa en este caso
a Cecilia.
El rechazo es evidente. Para el general, no acostumbrado a esa
resistencia, la respuesta de Cecilia debió resultar un humillante
desengaño. La fama, el poder que ejercía sobre los destinos de Cuba,
sus finas maneras y su figura (“un hombre bello, de complexión
robusta, inteligencia clarísima y voluntad de hierro”, como lo
describió el poeta Julián del Casal) se sumaban para hacerlo
especialmente atractivo a las mujeres al mismo tiempo que era admirado
por los hombres.
Con lo que hoy se sabe de la vida de Maceo resulta injusta la acusación
de Sanguily, de que “había estado demorando” el paso de la Trocha
por el rechazo de esa mujer. Es cierto que Máximo Gómez hacía meses
le había dado órdenes de reunirse con él. Razones no le faltaban al
General en Jefe para quererlo a su lado: las desavenencias que tenía
con el Consejo de Gobierno y la conspiración para quitarle el mando. El
11 de agosto de ese año 1896 anotó Fermín Valdés Domínguez en su Diario:
“... Me invitó el General [Gómez] hoy a comer... Hablando de Antonio
Maceo, dijo: ‘No sé qué dificultades encuentre Antonio Maceo para no
cumplir mi orden de salir de Pinar del Río. Le mandé que pasara la
Trocha; sus razones para no haberlo hecho son que así puede tener
estacionado en la Trocha un ejército [de España] de veinte mil
hombres; éste es un poderoso argumento que explica su estancia allí,
pero él puede pasar la Trocha, y si después conviene, volver a Pinar
del Río...’“ Y todavía el 2 de noviembre, según cuenta Miró, en
una carta “de carácter oficial, suscrita por Máximo Gómez... le
ordenaba que franquease la Trocha sin pérdida de momento, [por]que su
presencia hacía suma falta en las regiones de Las Villas y Camagüey...”:
otra vez era por el conflicto entre el Gobierno y Gómez, motivo por el
cual quería entregarle a Maceo la jefatura del Ejército.
En las últimas semanas que pasó en Pinar del Río, con excepción de
los pocos días que estuvo inactivo en el Rosario (donde también había
luchado contra los españoles, el 9 de noviembre), mientras preparaba el
paso de la Trocha, se enfrentó a los ejércitos de Weyler en El Rubí
(por segunda vez), en Jubo, Río Hondo, la loma de la Madama y Soroa.
Tenía razón Máximo Gómez cuando dijo que con la presencia de Maceo
en Pinar del Río obligaba a los españoles a distraer veinte mil
hombres que lo perseguían. Pero lo que no es fácil perdonarle a
Sanguily es la observación sobre el color de la piel de Cecilia, “una
mujer blanca de quien se enamoró Maceo”, como si eso justificara
esconder la carta: debió haberla publicado para combatir los prejuicios
raciales, aquellos pudores necios de la sociedad cubana que tanto daño
le hicieron al país. Maceo, todos los Maceo sufrieron de discriminación,
por lo que Antonio, según Miró, con frecuencia decía: “Los de mi
raza han de caer todos en el campo de la gloria militar; ningún Maceo
puede volver las espaldas ante la provocación del adversario: ¡ése es
nuestro destino!”

Debió ser Cecilia
como la guajira de la provincia de La Habana que aparece en
esta lámina, hecha en la época en que la enamoraba el
general Antonio Maceo.
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El último combate de Maceo en Pinar del Río fue en La Gobernadora, otra
de las lomas de la sierra del Rosario, donde estaba la del Brujito. Era
el 3 de diciembre. Los cubanos tuvieron muchas bajas. Panchito Gómez
Toro, el hijo del general Gómez, que hacía poco había desembarcado en
una expedición, recibió un balazo en el hombro. Dos días antes, desde
aquel mismo lugar, le había escrito Maceo a su esposa, quizás la más
seca de todas las cartas que se conservan: lamenta que esté enferma, le
informa que él está bien de salud y que ha derrotado a cinco generales
españoles. Comienza la carta con estas palabras: “Mi adorada
esposa”, pero de todo el epistolario es ésa del 11 de diciembre la
que termina más secamente: “Deseo que al recibo de ésta, estés
buena y que no tengas más novedad...” Parece como si el recuerdo de
Cecilia le estancara la mano.
La muerte y la “bufanda de
flores”
En la noche entre el 4 y el 5 de diciembre Maceo burló la Trocha, acompañado
de 13 hombres, por la bahía del Mariel. Antes de embarcar se desmayó
sobre el caballo. Dijo que la falta de sueño le produjo el vahído.
Estaba abrumado: sufría además por la muerte de su hermano José, en
Oriente: un “glorioso suicidio” lo llamó Valdés Domínguez, por la
injusticia que con él cometió el Consejo de Gobierno. Antonio tenía
fiebre, y así pasó la noche siguiente en un ingenio demolido cerca de
la playa, en espera de las cabalgaduras que le traerían los insurrectos
de la provincia de La Habana. Tuvo un sueño terrible en el que la madre
le pidió: “¡Basta de lucha, basta de guerra!”, le dijo: ¡Mariana
Grajales, la matrona de aquella “tribu heroica”, la que al empezar
la guerra de 1868 les hizo jurar al esposo y a los hijos “libertar la
patria o morir por ella”!
El día 6, domingo, salieron hacia San Pedro de Hernández, en Punta
Brava, donde se concentrarían las fuerzas cubanas. En el camino
descansaron en el ingenio Garro, donde pudo Maceo conversar con Perfecto
Lacoste y su esposa Lucía, patriotas de desahogada posición social que
contribuían con su riqueza a la independencia de la patria; al
despedirse, ella, como todas las cubanas que adoraban a Maceo, lo besó
en la mejilla: fue el último beso que recibió el héroe.
El día 7 llegaron a San Pedro.”El temporal de la noche del cuatro había
descargado” dicen las Crónicas
de Miró; “‘¿Que día es hoy?’, nos preguntó Maceo. ‘¿Hoy?
Lunes, y mañana la Purísima Concepción’, le contestamos. ‘No hay
ninguna Concha a quien festejar en estos contornos, porque yo tengo
entendido que la joven obsequiosa de Punta Brava, que le regaló a usted
la bufanda de flores se llamaba Margarita’. Con esto”, sigue Miró,
“quería recordarle al hombre apasionado de todo lo bello, un pasaje
ocurrido en las inmediaciones de Punta Brava, once meses atrás, cuando
nos dirigíamos por primera vez a Pinar del Río; y lo acentuaba bien,
con el nombre verdadero de la deidad, para quitarle el antojo, ya por él
indicado, de ir a la mansión de la amable campesina con el único propósito
de enseñarle el pañuelo de estambre que ella le regaló el día siete
de enero de aquel mismo año, y que aún conservaba el hombre de las
tentaciones y lo traía anudado en el cuello, para que le sirviera de
abrigo...”
Entraron en el campamento a las ocho de la mañana. Maceo seguía sintiéndose
mal. A la una almorzó, y poco después sorprendieron a sus soldados los
españoles. No pudo Maceo, por sus dolores en el cuerpo, levantarse con
la prontitud en esos momentos necesaria. Diez minutos le demoró
vestirse y empuñar las armas. Cargó sobre el enemigo y una bala le
fracturó el maxilar inferior. Cayó del caballo y, al minuto, estaba
muerto, aún con el pecho abrigado por la “bufanda de flores”.
Conclusión
¿Reduce al héroe presentarlo en su proclividad amorosa? En nada. Lo
engrandece. Sobre su capacidad de vivir, sobre sus gustos y pasiones,
triunfó siempre el patriota. Ése es el hombre superior, el agonista.
“No es una política de odios la mía”, dejó escrito Maceo, “es
una política de justicia en que la ira y la venganza ceden en favor de
la tranquilidad y la razón, es decir, una política de amor. El lema
que juzgo más elocuente para que luzca en la bandera de nuestra
revolución es Dios, Razón y Derecho...”
En un 7 de Diciembre, con cinismo imperdonable, dijo Ernesto Guevara que,
“cambiando quizás un poco sus frases”, los comunistas en Cuba podían
“repetir” las de Antonio Maceo. No, Maceo nada tiene que ver con un
sistema que propugna el odio y que atropella la Razón y el Derecho.
Maceo era un hombre, y con hombres como él logró la independencia de
su patria.
Tendrían miedo de presentar a Maceo los hombres de trapo, los que han
querido crear esa absurda entelequia del “hombre nuevo”,
deshumanizado, insensible, deforme, resentido, servil e hipócrita: la
“máquina de matar” enarbolando “el odio como factor de lucha”.
No, Maceo fue el hombre eterno y ejemplar, el que tuvo y venció
pasiones: el Titán de Bronce.
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