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VIGENCIA
DEL
10 DE OCTUBRE
Mientras haya un cubano que ame la libertad, habrá un
recuerdo agradecido por el 10 de Octubre. Y mientras Cuba no sea libre,
el 10 de Octubre debe de ser el inicio de toda reflexión y de todo acto
para redimirla. Así nos reunimos hoy en homenaje y con la urgencia de
juicio y guía.
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De la gratitud nace fácil el elogio. De aquella página
de héroes, sin adornar el dato, viene hecha la epopeya. Le sobran
colores a La Demajagua: desnuda de artificio dice más que el recuento
mejor. Es que no hay arte comparable al comercio de la libertad, cuando
se concluye que sin ella todo es vano, y se paga el lujo de vivir por la
esperanza de tenerla.
Ser libre es levantarse sobre la bestia para ser
hombre, y cuanto sistema redujo ese derecho, ha visto quebrado su
vicioso andamiaje. Es más fuerte el ala que la piedra, y puja y bate
sobre ella, sin el desgaste del tiempo, hasta procurarse vuelo. Eran
siervos de un imperio los cubanos del 68. Vivían unos a látigo y sol,
y otros en la sumisión y en el silencio: un solo origen para la misma
desventura. Vio el negro la ira en los ojos del amo, y éste la ira en
los ojos del esclavo, y en un milagro de piedad saltaron sobre los
siglos del crimen y se reconocieron hermanos. Si fuera sólo por la
concordia a que lleva su búsqueda, ya seria la libertad el mejor
tesoro. Por eso la tiranía, con ser en apariencia la tumba del hombre
libre, es su verdadera cuna. Van los tímidos pregonando el pretexto de
su flaqueza, pasean los indolentes el regalo de su comodidad, les sale
al camino el déspota a forzarles la rodilla, y nacen águilas de
aquellos gusanos y de aquellas mariposas. Y a veces hasta al cómplice
le sube el asco a la garganta, corre en auxilio del mártir y redime su
culpa en un minuto de justicia. Eran
los cubanos del 68 siervos de un imperio. Se hicieron armamentos con las
ramas de los árboles; con los jirones de un vestido, emblema; y contra
un ejército organizado se lanzaron a los campos de Oriente. Iban
seguros de la victoria, pero aún no acabado el día de la insurrección,
ya sufrían la primera derrota. Fue en Yara, en el mismo
lugar que
presenció hacía
siglos el suplicio
de Hatuey, aquel salvaje heroico que pagó en la hoguera su voluntad de
ser libre. En el primer encuentro se dispersaron los mambises, y cuando
uno de los que resistían dijo que todo estaba perdido, Céspedes lo
interrumpió con aquella frase sublime: "Aún quedamos doce
hombres, bastan para hacer la independencia de Cuba!" Pero debemos
detenernos sobre estas palabras. ¿Qué sentido tenían? ¿Creería el
caudillo de La Demajagua que sólo el arrojo iba a vencer el imperio?
No, el triunfo estaba asegurado por la causa. Podría demorarlo el
accidente de la fortuna, pero nada iba a restar fuerzas a aquel empeño
de libertad. Al comenzar la empresa lanzó al mundo un Manifiesto del
que conviene hoy recordar algunos pasajes. Dicen así:
Nadie
ignora que España gobierna la isla de Cuba con un brazo de hierro
ensangrentado... teniéndola privada de toda libertad política, civil y
religiosa... Nadie puede pedir remedio a sus males sin que se le trate
como rebelde, y no se le concede otro recurso que callar y obedecer...
Los cubanos no pueden hablar, no pueden escribir, no pueden ni siquiera
pensar... Cuando un pueblo llega al extremo de degradación y miseria en
que nosotros nos vemos, nadie puede reprobarle que eche mano a las armas
para salir de un estado tan lleno de oprobio. El ejemplo de las más
grandes naciones autoriza este último recurso. La isla de Cuba no puede
estar privada de los derechos que gozan otros pueblos, y no puede
consentir que se diga que no sabe más que sufrir. A los demás pueblos
civilizados toca interponer su influencia para sacar de las garras de un
bárbaro opresor a un pueblo inocente, ilustrado, sensible y generoso...
No nos extravían rencores, no nos halagan ambiciones, sólo queremos
ser libres e iguales como hizo el Creador a todos los hombres.Así decía
aquel documento fechado en Manzanillo el 10 de Octubre. A pesar de los años,
resume hoy en esencia nuestras aspiraciones. La tiranía es una en todas
las épocas, y una es también la respuesta de quien la sufre. No, no es
el 10 de Octubre un recuerdo vencido por el tiempo, una reliquia en el
museo de la historia, un nicho inútil al que venimos a depositar una
corona de laureles. Es ejemplo, es lección, es mandamiento.
La larga guerra llevó a España a buscar término al
conflicto. Tentaron a los cubanos, y con un puñado de débiles y de
traidores los dividieron. Era el Pacto del Zanjón. Terminaba la espera
de familiares separados por las cárceles y por el destierro. Se reunió
la familia cubana. Después de tantos sufrimientos parecía aquello una
bendición. No hay espectáculo más conmovedor que el de una madre
apretada al pecho del hijo que regresa; el de dos amantes con los brazos
en alto que corren para estrecharse tras larga ausencia; las lágrimas,
las caricias, los besos, las miradas que se repiten para asegurarse de
la presencia del objeto amado. ¿Quién osaría estorbar con el rencor,
la vanidad o el capricho la reunión de seres queridos?
Este año se cumple el centenario del Pacto del Zanjón,
el de las promesas de España, el de las esperanzas de los cubanos. A
poco algunos héroes de la guerra hacían partido con los pusilánimes y
con sus enemigos de ayer. Fueron muchos los que se engañaron con el
disfraz de la tiranía, muchos los que olvidaron el grito del 10 de
Octubre, "¡Independencia o muerte!" Pero en las montañas de
Oriente había quedado un general inconforme, y allá fue Martínez
Campos a proponerle la paz. Llegó obsequioso ante la tropa rebelde. ¡Cuántos
no vislumbrarían con gozo la terminación de las penas del campo de
batalla y el regreso a sus hogares! "Pero", le dijeron los
cubanos, "¿qué pacto es ése que trae España, que nada dice de
los motivos que nos llevaron a la guerra? ¿Dónde se habla ahí de la
libertad y de la independencia de Cuba?" Nada más quiso ofrecer el
español, y entonces preguntó "¿No nos entendemos?" Y Maceo
le contestó imperioso: "No, no nos entendemos". Era la
Protesta de Baraguá, de la que en este año también se cumple el
centenario. Y, ¿quiénes tuvieron la razón, los que creyeron en el diálogo
con España o los que a él se negaron por no ver cumplidas sus
aspiraciones? No se equivocaron, por cierto, los Maceo, los Figueredo,
los Crombet, Calvar, Ríus Rivera, Moncada, Cebreco, Rabí y cuantos
denunciaron la falacia española y se dispusieron a continuar la lucha.
Y otra vez empuñaron las armas, y otra vez, hasta que fue vencido el
imperio.
En este año del centenario de Baraguá se nos habla
de un diálogo con Castro. Como el enemigo de entonces, ha sembrado la
división entre los cubanos. Promesas, esperanzas. Y ¿quién le llamará
traidor al padre del preso que lleva años pudriéndose en las cárceles
de Cuba? ¿Quién le llamará traidor al hermano o al amigo que quiere a
su lado el cariño que allá, o aquí, le retiene la tiranía? ¿Quién
le llamará traidor al hijo que sueña con venir o regresar a ponerle
una flor a la tumba de la madre? Traidor es quien produce la separación,
no quien al impulso del cariño quiere vencerla. Pero, ¿en política?
En política están equivocados cuantos crean que el diálogo con la
tiranía puede aliviar las penas de Cuba, y los que entre nosotros por
cansancio o por temor se presten a él, sin lograr antes, como quiso
Maceo, los objetivos que nos trajeron al destierro, merecerán el
desprecio de la patria.
Aquí no vinimos por el vicio de la fortuna, a
estas tierras generosas que nunca entenderemos, ni a sembrar en suelo más
fértil que el nuestro el maíz de la vida. Aquí vinimos pensando
merecer algún día el elogio de Máximo Gómez a los desterrados de su
época, cuando dijo que ellos "emigraron con la bandera y la
esperanza". Y pídalo quien lo pida, no vamos a rendir ni la
bandera ni la esperanza. No puede el soldado de ayer, ni aun con el crédito
de su sacrificio, señalarle un camino torcido a su tierra. Ni cuantos
hayan padecido por Cuba; también nosotros hemos padecido. Y menos el
extranjero oculto tras la usura o el pragmatismo para comerciar su
influencia. Se nos tachará de imprudentes, de insensibles; se nos
culpará de escándalo, ahora que andan los colaboracionistas criollos y
los colaboracionistas yanquis como de puntillas sobre alfombra de huevos
para no irritar al tirano, ahora que él va allá, de celda en celda y
de familia en familia, con el indulto y el puñal, para que nadie le
rompa la comedia.
Son esas razones morales, que a las históricas, sobre
el vaticinio de Baraguá, pueden añadirse otras. Desde que se fundó la
República ha conocido Cuba tres tiranos: Machado, Batista y Fidel
Castro. Había el primero violentado las leyes y promovido la violencia
para perpetuarse en el poder. El pueblo resistió el abuso. Se enconó
la lucha. También con el amparo de Washington surgieron las
mediaciones. En 1931, sobre los cadáveres de numerosas víctimas, decía
el embajador Guggenheim que Machado "era el hombre más querido y
respetado de Cuba". También fue la amnistía de los presos políticos
el recurso para justificar el diálogo con la oposición. Protestaron
las emigraciones por los que en Cuba no podían protestar. Y no se
equivocó la Junta Revolucionaria de Nueva York, bajo la dirección del
sabio Carlos de la Torre, pero se equivocaron los mediadores. Machado
mentía, de Machado era insensato esperar decoro.
Cuando el golpe de Estado de 1952, Batista sustituyó
la Constitución por sus Estatutos, y se aseguró el mando por la fuerza
de las armas. Surgió la resistencia, y otra vez nacieron las gestiones
de cabildeo sin que faltara el aplauso del Departamento de Estado en
Washington. Se promulgó la amnistía de 1955 y se quiso silenciar a los
rebeldes con el Diálogo Cívico. La juventud y muchos hombres honrados
vieron claro el futuro: era inaceptable cualquier arreglo con la tiranía,
y aquella voluntad de conciliación mostraba la debilidad del régimen.
¿No recordará Castro ahora, soltando presos políticos para acallar a
los que se le oponen, en busca de figuras representativas" que le
convengan para arreglar las cosas "entre cubanos", no recordará
ahora el juego de Batista cuando él pasaba por revolucionario? ¿No
recordará ahora, ocupando la posición que entonces combatía, lo
despreciable que resulta disimular con ciertas concesiones y el
contubernio de los yanquis el fracaso de su gobierno? Y nosotros, ¿vamos
a caer nosotros en el mismo error que tantos después tuvieron que
lamentar? ¿Vamos a permitir apáticos o serviles que se lleve a la
patria hacia un destino inmoral sin alzar al menos nuestra voz para
impedir el engaño? ¡Que yerren los mediadores! ¡Que yerren los que
aquí los amparan! ¡Vayan éstos a inscribir sus nombres junto a los de
sus compatriotas que con similar fervor, torpeza y deshonra defendieron
a los tiranos de Cuba! ¡Allá quedarán, para su vergüenza, al lado de
aquellos congresistas, funcionarios, comerciantes e intelectuales
americanos que en su tiempo se dejaron seducir por Machado y por
Batista!
El común denominador de la conciliación ha sido
siempre el mismo: primero, la fuerza opresora se declara consolidada e
invencible; segundo, después de ensayar medidas extremas no logra
evitar el desastre económico; tercero, la represión interna y los
errores políticos producen el descrédito internacional; cuarto, las
fuerzas que sostienen la tiranía se debilitan y prostituyen, y
comienzan a dudar de la capacidad del líder; quinto, se hace necesaria
una jugada espectacular para reducir la resistencia del pueblo, detener
la oposición y crear ante el mundo la imagen de un gobierno civilizado.
Es por eso que pacta, tiene que pactar. No nos confunda el alarde de
fortaleza ni la disculpa de magnanimidad. Las tiranías buscan acuerdos
cuando se sienten débiles. Si Castro cuenta con el apoyo popular, que
celebre elecciones libres y que decida el cubano su destino, elecciones
libres, ajenas a cualquier influencia extranjera. Entonces si podrían
arreglarse las cosas "entre cubanos", porque hasta aquí todo
parece un arreglo de imperios tras un títere que quiere seguir en el
poder. Ahora hacen los americanos lo que antes hicieron los españoles.
Cansados del empuje soviético, cambian la amenaza en otra parte del
mundo por la libertad de Cuba. Vencido o impotente un imperialismo,
transa el otro la derrota a espaldas nuestras. Un nuevo Tratado de París
y quedan los últimos amos en disfrute de la presa.
Ha visto nuestro siglo el fin de muchos imperios, pero
aún no ha terminado nuestro siglo. ¿Y con qué lo vamos a derrotar? ¡Ah!,
esa pregunta se la hicieron a Ignacio Agramonte en los momentos más difíciles
de la guerra, frente al poderío militar de España y la complicidad o
la desidia de casi todas las naciones de América, con un grupo reducido
de hombres mal armados; ¿"con qué vamos a derrotar al
imperio?" "¡Con la vergüenza de los cubanos!" contestó,
vergüenza que es desasimiento de intereses personales, vergüenza que
es repudio de caminos tortuosos, vergüenza que es el compromiso
irreductible en favor de la patria. Ha ganado muchas batallas la vergüenza
en Cuba. Aún tiene qué hacer. Ganará la última. No conoce al cubano
quien duda de su capacidad. Muchos se confundieron con el castrismo. Ya
ahora entienden que la única solución digna y permanente es la que
planteó el 10 de Octubre, la que exigió Maceo y la que desde entonces
ha sido la aspiración mayoritaria del pueblo.
Con todo lo doloroso que es siempre el presidio político
y la separación de la familia, no era ése, ni lo es hoy, el problema
verdadero de Cuba. Conmovidos con el sufrimiento de tantos, se pretende
desviar la atención sobre accidentes del crimen a costa del crimen
mismo. ¿Es que los derechos humanos terminan en las rejas de la cárcel
o en el capricho de un gobierno para permitir la visita de unos
elegidos? Entonces que no le hablen de derechos humanos a Chile y a
Nicaragua, que no le hablen de derechos humanos a la Unión Soviética y
a Checoslovaquia.
La más miope lectura de la Declaración Universal de
Derechos Humanos pone en evidencia la hipocresía de los que hoy
aplauden a Castro: allí se consigna de manera explícita el derecho de
toda persona "a salir de cualquier país, incluso el propio, y a
regresar", sin restricciones de ninguna clase, y, ¡a cuántos les
ha costado la vida tratar de salir de Cuba, a cuántos la cárcel por
volver, y cuántos después de veinte años esperan aún el regreso!
Desde el inicio de la República se había consagrado ese principio
porque fue una aspiración que negó España, pero el actual gobierno,
que en muchos aspectos ha llevado al país a los peores tiempos de la
colonia, lo ha suprimido de su Constitución socialista. En la Declaración
Universal de Derechos Humanos también se consigna que "a nadie se
[le] privará arbitrariamente de su nacionalidad", pero desde 1973
Castro decretó que "los que en territorio extranjero de cualquier
modo conspiren o actúen" contra sus instituciones o contra él,
perdían la ciudadanía cubana, y poco después autorizó al Consejo de
Estado para decidir, sin participación de un juez, cuándo convenía
decretar la pérdida de la nacionalidad. En la Declaración Universal de
Derechos Humanos también se consigna que toda persona tiene el de
"la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión", y
de manifestarlas "por la enseñanza, la práctica o la
observancia", pero la Constitución socialista considera
"ilegal y punible oponer la fe o las creencias religiosas a la
revolución, a la educación" y a los demás deberes establecidos.
¿Y qué libertad religiosa puede ser ésa en la que se excluye
de las aulas, del magisterio y de numerosas actividades a los que por
sus creencias no están de acuerdo con el marxismo-leninismo?
En la Declaración Universal de Derechos Humanos se
consigna también el de "la libertad de opinión y expresión",
y se aclara que ese derecho "incluye el de no ser molestado a causa
de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones, y de
difundirlas sin limitación de fronteras". Pero como en Cuba, según
consta en el texto constitucional, los medios de difusión pertenecen al
Estado, ¿quién puede dar a conocer sus opiniones sin permiso del
gobierno? ¿Y quién se atreverá a disentir si el Código Penal que se
prepara considera un "desacato", con pena de cárcel, la menor
crítica, y hasta "frases y gestos" que pueden demostrar
"conducta antisocial", que es un "estado de
peligrosidad" que allí se condena?
En la Declaración Universal de Derechos Humanos también
se consigna que "el acceso a los estudios superiores" es igual
para todos, que sólo estará determinado "en función de los méritos",
y que la educación tiene por objeto "el pleno desarrollo de la
personalidad". Pero el Código de la Niñez y Juventud, en Cuba,
limita, después de la escuela primaria, el acceso a todo plantel
educativo no sólo en función del mérito del estudiante, sino por su
"conducta social" y por su "actitud política". Y en
la Plataforma del Partido Comunista se estableció claramente que la
doctrina educacional del país se fundamentaba "en la concepción
marxista-leninista", y que tenía "como fin formar a las
nuevas generaciones en los principios ideológicos y morales del
comunismo, convirtiéndolos en convicciones personales y hábitos de
conducta diaria", lo que está más cerca del esclavo o del autómata
que del pleno desarrollo de la personalidad.
Hasta aquí, para terminar, y por aludir nada más que
a algunos ejemplos de la legislación publicada y que niega esa
Declaración a que hemos hecho referencia, suscrita por los Estados
Unidos, y que el gobierno de Cuba no se ha atrevido a rechazar. Pero
todos sabemos cómo funciona allá, en la práctica, el ejercicio de los
más elementales derechos, toda vez que hay un principio en la
Constitución por el que se dispone que ninguno puede haber "contra
la existencia y los fines del estado socialista, ni contra la decisión",
dicen, "del pueblo cubano, de construir el socialismo y el
comunismo". ¿Qué significa esa restricción? Que el deseo del niño,
el empleo de la mujer, el trabajo del hombre, la actividad del
profesional, la creación del artista y las aspiraciones de todos se
renuncien para cumplir el deseo, el empleo, el trabajo, la actividad, la
creación y las aspiraciones impuestas por el Estado.
Y ante esa realidad, ¿cómo habríamos de responder
nosotros, aquí, a un diálogo en el que todo ya parece decidido por
quienes juegan con el destino de nuestra patria? ¿Qué debemos hacer
ante el ejemplo de nuestros hombres mejores, desde este recuerdo del 10
de Octubre, con la lección de cuantos erraron ante un problema
semejante?
Allá irán algunos, sin otro pretexto que la vanidad
o el rencor, a consumar el diálogo inútil sobre su pueblo preso. Allá
irán algunos de carnaval y de banquetes a ver cuánto rinde el crimen y
cuánto de él se puede sacar. Allá irán algunos a dar la mano, a
sonreír, a ver arrancado de su suelo al cubano, y desposeído de la
riqueza de su tierra. Allá irán algunos a ver la insolencia extranjera
que rige la vida de su patria, a ver descompuestos en el silencio, el
disimulo o la cobardía a sus hermanos. ¡Allá irán algunos; nosotros
no podemos ir!
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