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A
UN SIGLO Y CUARTO DEL “VIRGINIUS”
La Iglesia y el crimen
Más víctimas
Los sobrevivientes y los muertos
El “Virginius”
Bembeta
Martí y Bembeta
Una reliquia
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En el Harper’s
Weekly de Nueva York, con fecha 23 de noviembre de 1873, salió
esta ilustración con el título “The Butchery in Cuba. Victims
of the Spanish Barbarity”, y el retrato de nueve de los
fusilados. Son ellos, de izquierda a derecha y desde arriba: Pedro
de Céspedes, Bernabé de Varona, Washington O’Ryan, José
Boitel, Herminio de Quesada, Salvador Penedo, Jesús del Sol,
Agustín Santa Rosa y Oscar de Varona.
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En esta primera semana de
noviembre hace 125 años que los españoles asesinaron en Santiago de
Cuba a un grupo de patriotas cubanos. Iban en el vapor “Virginius”,
los persiguió un barco de guerra en aguas internacionales y, ya cerca
de Jamaica, lo apresaron. Violando todas las leyes de la guerra y del
mar, y los más elementales principios de justicia, los presos fueron
fusilados de rodillas y por la espalda, como si fueran piratas, los días
4, 7 y 8 de noviembre de 1873.

Captura del "Virginius", cerca de Jamaica, en aguas
internacionales, por el barco de guerra español "Tornado".
Violando todas la leyes de la guerra y del mar, y los más
elementales principios de humanidad y de justicia, 53 de los
presos fueron poco después fusilados en Santiago de Cuba.
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Junto al muro donde se
construyó después el Matadero, el primer día cayeron el general
Bernabé de Varona y Borrero, alias Bembeta,
de 27 años; Pedro de Céspedes Castillo, de 47, hermano de Carlos
Manuel; el coronel del Ejército Libertador Jesús del Sol, de 38; y
William Alberto O’Ryan, de 28. A Céspedes le ofrecieron el perdón si
le escribía a su hermano pidiéndole que depusiera las armas; por Bembeta
intercedieron varios oficiales españoles quienes le debían la vida al
haberse rendido a sus fuerzas en Puerto Príncipe; Jesús del Sol y
Quesada era un patriota nacido en Cienfuegos; y William A. O’Ryan, un
general insurrecto nacido en el Canadá. Tanto éste como Bembeta,
se negaron a arrodillarse ante el pelotón de fusilamiento, y tuvieron
que ejecutarlos de pie dándole el frente a sus verdugos. La obra de
Hippolyte Piron, L’ile de Cuba,
publicada en París en 1876, recoge las palabras del general Varona en
respuesta a los españoles que le ofrecían el perdón a cambio de que
dejara de luchar contra España; les contestó: “Les agradezco el
interés de que me dan prueba sus gestiones, pero veo que me tienen
ustedes en bien poca estima ya que me creen capaz de una defección tan
baja; mi vida no vale nada: mi país y mi honor lo son todo para mí [ma
vie n’est rien: mon pays et mon honneur sont tout]. Jamás mancharé
uno ni traicionaré el otro. Si ustedes me ponen en libertad les quedaré
muy agradecido, pero enseguida volveré a los míos y daré mi vida en
defensa de una causa a la cual he jurado fidelidad”.
La Iglesia y el crimen
En las Crónicas de Santiago de Cuba (1908-1922), sobre la maldad
de ese día, cuenta Emilio Bacardí: “Los medio racioneros
Lecanda y Garoz, y quizás algún otro, presenciaron desde los balcones
del Palacio Arzobispal el fusilamiento de los cuatro primeros
ejecutados. El comandante general Burriel [el jefe español de la
ciudad] se encontraba también con ellos”. Es ésta otra prueba de la
vergonzosa presencia de la Iglesia católica en los desmanes de España
en Cuba. En vez de abogar en favor de la justicia y de la caridad, la
residencia del arzobispo sirvió de palco a los prebendados de los
templos locales, y al asesino Juan Nepomuceno Burriel, para disfrutar
del sangriento espectáculo.
En otra ocasión, al final
de la guerra, cuando los mambises y los norteamericanos asediaban
Santiago de Cuba, el 24 de junio de 1898, según cuenta Felipe Martínez
Arango en su Cronología Crítica
de la Guerra Hispano-Cubana-Americana (1950), recibió “cada
miembro del Clero Católico de Santiago, un fusil Remington y 100 cápsulas,
que debían utilizar [contra los patriotas cubanos y sus aliados del
Norte] para la defensa de la ciudad...”
Hace poco una información
de la Associated Press,
publicada en el New York Times,
decía: “La Conferencia de los Obispos Católicos de las Filipinas, en
una carta pastoral que se distribuiría en las iglesias del país, pidió
disculpas por el clero que estuvo junto a los gobernantes españoles y
en oposición a los revolucionarios filipinos hace cien años [sided
with Spanish rulers and opposed the Philippine revolution 100 years ago]”.
Uno se pregunta, ante casos semejantes, tan frecuentes en nuestra
historia, ¿cuándo la Iglesia de Cuba, también ahora, mucha de ella,
en complicidad con la actual opresión, le va a pedir disculpas al
pueblo cubano, como ha hecho la valiente Iglesia de las Filipinas, por
haber estado “hace cien años” en contubernio
y “junto a los gobernantes españoles y en oposición a los
revolucionarios” cubanos?
Más víctimas
El 7 de noviembre fusilaron
en el mismo lugar que a Bembeta
a otros 37 expedicionarios del “Virginius”, cubanos y americanos
(Juan N. Boza [padre de Bernabé, en 1895 Jefe del Estado Mayor de Máximo
Gómez], Pedro Alfaro, Francisco Soto... William Baward, James Flood, J.
C. Harris...), y varios ingleses y alemanes, y hasta uno de Dinamarca.
Por vez primera en tierra de Oriente rodó junta la sangre de varias
naciones por pretender la libertad de Cuba. A la cabeza de los
condenados fue ese día el valiente capitán del “Virginius”, Joseph
Fry, residente en Tampa, nacido Luisiana y amigo sincero de los cubanos.
Hasta el lugar del fusilamiento llevó a los presos, y los ejecutó, una
compañía de Infantería de Marina a las órdenes del teniente de navío
Pascual Cervera y Topete, quien el 4 de julio de 1898, ya de almirante
al mando de la escuadra española, fue
derrotado por los americanos. Hace poco, al cumplirse un siglo de
este acontecimiento, la paranoia de
Fidel Castro contra los yanquis hizo un sonado homenaje a los españoles
olvidando en su roña y su rabia a los patriotas cubanos que hicieron
posible la victoria americana.
El 8 de noviembre de 1873
cayeron 12 mártires más, esta vez todos cubanos: Herminio de Quesada,
de 18 años; Arturo Loret de Mola, Francisco Porraspita y Oscar de
Varona, de 19; Salvador Penedo y Enrique Castellanos, de 23; Justo
Consuegra y Guillermo Vals, de 25; José Boitel, de 26; José Otero, de
27; Agustín Varona, de 29; y Agustín Santa Rosa, de 40. Habían ya
muerto cincuenta y tres de los ciento cincuenta y cinco que viajaban en
el “Virginius”; quedaban pendientes de juicio y condena, entre
otros, los jóvenes Benjamín Olazábal y Manuel Padrón, de 17 años; Félix
Morejón y Julio Arango de 16; Francisco Pacheco y Samuel Hall, de 15;
Luis Martínez y Manuel Saumell, de 14; y William Marshall y George
Burke, de 13... Los salvó del pelotón de fusilamiento la llegada de la
fragata inglesa “Niobe”, al mando de Sir Lambton Loraine. Para
detener la carnicería, según cuenta el Homenaje
Póstumo [de la ciudad de Santiago de Cuba]... a
Sir Lambton Loraine (1922), el marino inglés le envió a Burriel,
el gobernador de la plaza, furioso enemigo también de los
norteamericanos y de los cubanos, un mensaje en el que le decía: “Señor
Comandante Militar de Santiago. No tengo órdenes de mi gobierno, porque
éste ignora lo que sucede, pero asumiendo yo la responsabilidad y
convencido de que mi conducta será aprobada por S[u] M[ajestad] B[ritánica],
puesto que el acto que realizo es en pro de la humanidad y de la
civilización, exijo a usted que inmediatamente suspenda esa inmunda
carnicería que aquí se está llevando a cabo. No creo que tendré
necesidad de decir cuál será mi proceder en caso de que mi exigencia
sea desatendida”.
Asustado el español
suspendió la matanza, y le pidió al inglés que fuera a verlo. Cuenta
Emilio Bacardí el episodio: “En inmediata visita de cortesía, después
de pasada su comunicación a Burriel, Sir Lambton Loraine, a la puerta
del Palacio, saludó con la cabeza al gobernador, quien le tendió la
mano; no la tocó el comandante inglés diciéndole al intérprete D.
Isidoro P. Agostini y Cortés: ‘Dígale usted que no doy la mano a los
asesinos’.— ‘¿Qué dice?’— preguntó Burriel al intérprete.
Éste, en posición tan delicada, y debiendo permanecer en la población,
se limitó a responder: ‘Habla de asuntos indiferentes’“.
En una carta de Loraine, del
10 de noviembre, que recoge el libro Steamer
“Virginius” Incident (1982), le dice a un superior suyo sobre
Burriel: “Muy lejos de mostrarse sereno, afirmó con vigor el derecho
de España a hacer lo que le plazca con sus prisioneros... Los cónsules
han sido amonestados groseramente por sus intentos de impedir el
asesinato en masa de estos infortunados hombres”. Las negociaciones
del español con el inglés, sin embargo, continuaron, pues en carta del
19 de noviembre le advierte al mismo destinatario: “Pensé que era inútil
continuar tratando de influirlo con moderación [it
was useless to continue the idea of influencing him by strict moderation];
y consideré que el mejor modo de salvar las vidas de esos hombres era
adoptar un actitud más fuerte”.
Los sobrevivientes y los
muertos
Temeroso el gobierno español
de una guerra con los Estados Unidos, por medio de su presidente, Emilio
Castelar, aun contra los deseos de muchos en la península, protestó de
la barbarie de las autoridades en Cuba; le envió un telegrama al capitán
general, en La Habana, que reprodujo Vidal Morales y Morales en
Iniciadores y primeros mártires de la revolución cubana (1931),
donde le decía: “En España nadie comprende que ni en pensamiento se
resistan a cumplir un compromiso internacional del gobierno, y no
comprendo que quiera ser Cuba más española que España... Ahí se ha
capturado un buque en alta mar, se ha fusilado a españoles y
extranjeros, sin esperar a conocer el espíritu del gobierno central,
que preveía grandes catástrofes, y ahora se quiere cometer la última
demencia desobedeciendo al gobierno nacional... Entréguese el Virginius
y la tripulación superviviente de la manera que menos pueda herir el
sentimiento público, pero entréguese sin dilación ni excusa...”
Se cumplió así la orden.
El 15 de diciembre los sobrevivientes se embarcaron en dos barcos de
guerra de los Estados Unidos, los cuales llevaron un grupo a Cayo Hueso
y otro a Nueva York. Al siguiente día otro barco remolcó el
“Virginius”, pero poco después, por una tormenta, empezó a
hundirse y, como si envidiara el destino de los mártires que dejó en
Cuba, se hundió en las aguas de Carolina del Sur.

Joseph Fry, el capitán del "Virginius", se despide de los
patriotas cubanos y de sus hombres momentos antes de que los
marinos españoles los fusilaran por la espalda, de rodillas
y con los brazos atados, en Santiago de Cuba el 7 de
noviembre de 1873.
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En un artículo de publicación
póstuma en la revista Santiago
(números 38-39, de 1980), Luis Felipe Le Roy, muerto el 12 de noviembre de 1978 en desgracia con las autoridades
castristas, dejó constancia del “Destino de los restos del Padre de
la Patria y de las víctimas del Virginius”. Cuenta Le Roy que para éstas
abrieron una amplia fosa en la que arrojaron las cuatro primeras; luego,
junto a ellas, las 37 del día siguiente, y a continuación los 12 jóvenes
del último día. Como 3 meses más tarde murió en San Lorenzo Carlos
Manuel de Céspedes, a quien enterraron también en una fosa de tierra
del cementerio de Santa Ifigenia. Varios amigos de Céspedes marcaron el
lugar, y, cuando 5 años más tarde se dispuso el traslado de sus restos
al osario general, lograron depositarlos en una bóveda de mampostería
que habían adquirido. Entonces los hijos de Pedro de Céspedes
quisieron que los restos de su padre fueran también salvados del osario
y lograron permiso para ponerlos con los de su hermano, pero, como a
Pedro de Céspedes lo habían enterrado en la fosa de tierra con sus
tres compañeros, Bembeta,
O’Ryan y Jesús del Sol, no fue posible separarlos, por lo que juntos
quedaron en la bóveda de Carlos Manuel. Los restos de los demás, del
capitán Fry y de las otras víctimas, nadie las reclamó y fueron a
parar al osario común.
El “Virginius”
El vapor de los
expedicionarios lo habían construido en 1864 los Confederados durante
la guerra civil americana. Luego se dedicó a hacer viajes entre New
Orleans y La Habana hasta que lo compraron los cubanos de la Junta
Revolucionaria de Nueva York. En 1871 llevó una expedición recibida
por el general Máximo Gómez, y luego repitió la hazaña en julio de
1873 desembarcando armas y hombres en la costa sur de Cuba. Animados por
el éxito de esos dos viajes, zarpó de Nueva York a principios de
octubre con destino a Curazao y como propiedad de un ciudadano
americano, al mando del capitán Joseph Fry. Llevaba de pasajeros el
grupo de hombres que dirigía Bernabé de Varona. Una vez en alta mar
desviaron el rumbo y llegaron a Kingston donde los espías de España,
por la poca discreción de los complotados, supieron de sus planes. Para
despistar salieron los expedicionarios de Jamaica como si fuera un barco
de carga y de pasajeros con destino a Puerto Limón, en Costa Rica, pero
en Port-au-Prince, Haití, el día 27, recogieron el cargamento de armas
que los esperaba y que iría a Cuba: 500 rifles, 400 revólveres, 600
machetes, varios cañones, medicinas, ropa y cajas de municiones.
Conocedor el jefe militar de
Santiago de Cuba de cuanto pasaba, ordenó al barco de guerra
“Tornado”, entonces en la bahía, que saliera en persecución del
“Virginius”. Lo avistó el barco español al caer la tarde del día
31 cerca de las costas de Cuba y se puso a perseguirlo en aguas
internacionales. Bernabé de Varona quiso volar la embarcación para que
no caer en manos de los españoles, pero el capitán Fry creyó que podría
evadir el “Tornado”. Para aligerar la marcha y quitarse de encima la
carga comprometedora, hizo echar al agua todo el material de guerra,
mientras que, ya escaso de combustible, arrojó a las calderas cuanto
podía arder, incluyendo petróleo, tocinos y jamones: de su chimenea no
salía humo, dijo un testigo, salían llamas. Más rápido el crucero
español, a las ocho horas ya estaba sobre su presa. Haciendo caso omiso
de la documentación, de perseguirlo en aguas internacionales y de la
bandera americana que amparaba al “Virginius”, fueron presos todos
los pasajeros y conducidos a Santiago de Cuba, donde llegaron a las
cinco del la tarde del 11 de noviembre. Al siguiente día se iniciaron
los juicios sumarios, y el día 4 empezó la masacre.
Bembeta
Una de las figuras más
notables de la Guerra de los Diez Años fue el general Bernabé de
Varona y Borrero. Igual que a su padre, Bernabé de Varona y Batista,
quien fue regidor del Ayuntamiento de Camagüey, lo llamaban cariñosamente
Bembeta; quizás por ser ambos extrovertidos, simpáticos y
habladores, derivando el nombre del vocablo “bemba”, de origen
africano, que significa labio grueso: así el verbo “bembetear”
quiere decir, en algunas regiones de Cuba, hablar mucho o en voz alta
—en el libro de Jeanie Mort Walker, Life
of Capt. Joseph Fry, the Cuban Martyr... (1875), se describe a Bembeta,
hijo, como “joven, buen mozo, valiente, cortés y agraciado en sus
modales”. Al igual que el padre, tenía la madre, María Borrero y
Estrada, una sólida posición económica y social. Nacido el general en
Camagüey, en 1845, aún antes del Grito de Yara, quiso alzarse con un
grupo de caleseros separatistas durante las fiestas de San Juan, a fines
de junio de 1868. Al mes siguiente lo apresaron y lo remitieron a La
Habana. Al presentarlo ante el capitán general Francisco Lersundi, se
identificó como masón, pues era miembro de la logia Tínima, de Camagüey,
y el español, que también era de la masonería, se puso a darle
consejos para quitarle de la cabeza sus ideas sobre
el levantamiento contra España.
Un artículo del periódico La
Revolución, publicado en la manigua durante la guerra, el cual
reprodujo el libro de Morales y Morales antes citado, recoge las
palabras de Lersundi; le dijo: “Abandone usted los negros a su propio
destino, no sirven sino para moler caña. Lástima es que un joven de
inteligencia y tan buena persona se mezcle en conspiraciones de esa
raza”. Lo puso en libertad pero de nuevo Bembeta,
en Camagüey, reanudó sus actividades revolucionarias. El 3 de octubre
lo volvieron a arrestar, pero se acercaba el día del alzamiento de Céspedes,
y logró huir de la cárcel y sumarse a la insurrección.

Bernabé de Varona (1845-1873) el heroico general del Ejército Libertador
Cuba y jefe de la expedición del "Virginius".
Algunos españoles que le debían la vida le ofrecieron la
libertad si dejaba de combatir a España, pero él les
contestó que en cuanto estuviera libre volvería a luchar
por la libertad de su patria. Así fue fusilado en Santiago
de Cuba el 4 de noviembre de 1873.
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Después de la Asamblea de
Guáimaro, en abril de 1869, ascendieron a Bembeta
a coronel, y al año siguiente ya era general de brigada. Se le describe
así en ese artículo escrito antes de su muerte: “Dotado de una
constitución física robusta y vigorosa, con las fuerzas de Alcides y
un valor personal poco común, alegre, jovial y bullicioso, no es extraño
que con tan insignes dotes para la guerra adquiriese en breve Bernabé
de Varona el nombre de activo y batallador que le distingue, no sólo
entre sus compañeros de armas, sino aun en el concepto del ejército
enemigo. Como si realizara la fábula del Centauro, siempre enclavado en
su caballo, salvaba las mayores distancias para sorprender al enemigo.
En cualquier campamento de patriotas a donde llegara Bembeta,
por malas que fueran las condiciones de defensa en que se hallara,
brillaba la esperanza y se tornaba la faz de los acontecimientos. Jamás
ha contado el número de enemigos ni el de los compañeros que estaban a
sus órdenes para atacar; y fiel testimonio dan de ello los periódicos
españoles que se publican en Cuba, los cuales han citado su nombre mil
veces. Se encontró en mil acciones de guerra, y gobernó varios
distritos militares en diversas ocasiones y circunstancias, acompañándole
siempre la fortuna...”
En 1872 creyó oportuno
Ignacio Agramonte, y el gobierno de la República en Armas, enviarlo al
extranjero para levantar fondos y adquirir pertrechos de guerra. Así
salió de Cuba en un bote que lo llevó a Jamaica, de donde partió para
Nueva York. Más de un año estuvo en viajes entre París y México
preparando la expedición del “Virginius”, hasta que se embarcó en
ella en octubre de 1873.
Martí y Bembeta
Por la muerte del presidente
Garfield dijo Martí en La Opinión
Nacional, de Caracas: “Un mártir es como padre y como hermano de
los hombres en cuyo beneficio muere”. Así, como “padre y como
hermano” recordaba Martí a Bernabé de Varona. Son varias las veces
en que habla de él en sus escritos. En una de las notas de la sección
“En Casa”, de Patria,
donde reseñaba acontecimientos de la isla y de la emigración, con
motivo de la muerte de la madre del patriota, escribió días antes de
salir para la guerra: “Como sagrado queda el seno donde palpitó un héroe:
la vida le es como perenne cántico: se le ama en la gloria, y en el
error se le amaría: lo ampara y rodea el pueblo filial, con el amor más
tierno y firme, que es el del agradecimiento. Así los cubanos de Regla
siguieron apiñados y como si el féretro les llevase la bandera, a la
madre anciana de Bernabé Varona, el que de un vuelco de la muñeca
derribaba un toro, y de un salto del corazón libertaba a cientos de
prisioneros españoles. Luego España deshizo a balazos aquella hermosa
cabeza. ¿A qué? Los héroes renacen. Se salvó pueblo que tuvo héroes.
La sombra de los cobardes se empina en vano hasta la luz de las
sepulturas. Bembetas iban detrás del cadáver de la madre de Bembeta;
Bembetas pujantes... Acá, en la espera del Norte, padece, cercada de
amigos en su pena, la hermana fiel e indómita del arrogante principeño,
la amiga de la patria y de los que la aman, Juana de Dios Varona”.
Era esta camagüeyana, Juana
de Dios de Varona y Borrero, la hermana de Bembeta,
comadre de Martí. A principios de 1893 fueron padrinos de bautizo de la
hija de Manuel Barranco, también de Camagüey, amigo muy querido de
Martí en Nueva York, a la que pusieron por nombre Patria. Juana de Dios
había nacido en 1841, se casó en 1858 con Francisco de Quesada y Agüero,
y a principios de la Guerra Grande marchó con su familia a la manigua,
pero en 1871 tuvo que emigrar a los Estados Unidos. A raíz del bautizo
de Patria Barranco, escribió Martí de Juana de Dios: “Honor es para Patria
el que le hace la señora Varona de Quesada, la hermana fidelísima del
glorioso Bernabé, al encargarle que, en esta casa donde se admira su
virtud, digamos adiós en su nombre a las muchas personas de su amistad.
Va al Cayo, a ver un poco de cielo azul, la ferviente amiga, la hermana
ejemplar, la madre constante, la entusiasta patriota... Su álbum, es de
los mártires; su conversación, de nuestras esperanzas; su sueño,
Cuba. Jamás está sin rosas, en su sala leal, el retrato de Bernabé,
el hermano adorado. El Cayo escogerá de sus jardines su ramo más fino,
y saldrá a recibir a la amiga de los muertos, de la patria, de la
virtud y de las flores”.
Una reliquia
Bernabé de Varona había
dejado en Camagüey a su novia, Caridad de Quesada y Loynaz. Era ésta
hermana de Manuel de Quesada, quien llegó a general en jefe del Ejército
Libertador en 1869, trasladándose al siguiente año a Nueva York para
adquirir el “Virginius” y organizar expediciones armadas —su hijo
Herminio, quien acababa de salir del colegio, fue uno de los mártires
de la expedición. Y Caridad también era hermana de Ana, la esposa de
Carlos Manuel de Céspedes, como consigna el libro Camagüey
en Martí (1996), de Luis Álvarez y Gustavo Sed.
Estos Quesada, a su vez,
eran parientes del discípulo de Martí, Gonzalo de Quesada y Aróstegui,
hijo de Gregorio de Quesada y Varona y de Isabel Aróstegui y de
Quesada. No es extraño pues que llegara a manos de esa familia un
precioso objeto que perteneció a Bembeta.
Se trata de una petaca de carey con la bandera y el escudo de Cuba
grabados en plata, así como sus iniciales “B V”. Se usaban esas
petacas para guardar tabaco picado en hebras o en polvo. Ésta mide 5 x
8 x 2.5 centímetros. Debió
confiársela Bembeta a alguno
de los oficiales españoles que quisieron salvarle la vida, para que se
la hicieran llegar a su novia Caridad de Quesada, y de ahí iría luego
a los Quesada. Al morir Quesada y Varona, en 1900, pasó a su hijo,
Quesada y Aróstegui, quien debió conservarla hasta su muerte en 1915.
Éste, casado con Angelina Miranda, tuvo dos hijos: Gonzalito y Aurora;
el primero se quedó con los papeles de Martí, que ya había empezado
su padre a publicar en 1900; y a la hermana, entre otros recuerdos, le
tocó la reliquia de Bembeta,
la cual puso luego en manos de su hijo Divid Masnata y de Quesada, mi
fraternal amigo, valioso genealogista
e historiador, muerto en 1988. Ahora Haydée, la viuda de
Masnata, sabiendo que se cumplía el siglo y cuarto de la muerte del
patriota, ha tenido la gentileza de obsequiármela. En su momento irá
esta reliquia a reunirse con los libros y papeles de David Masnata que
con el mayor esmero conserva la Biblioteca de la Universidad de Miami.
Allí, con el ejemplo de la
vida heroica de Bembeta, y de
su patriotismo, y el de sus compañeros, quedará el precioso recuerdo,
como para cumplir la promesa de Martí, también aplicable a los mártires
de hoy, de que “ningún mártir muere en vano”.
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