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COACCIÓN
Y COERCIÓN EN LA LITERATURA CUBANA ACTUAL
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Respuesta
a INSULA
Zona
Franca no se hace solidaria de todas las apreciaciones
expresadas en este artículo por el profesor cubano Carlos
Ripoll, ni comparte ciertos giros de un lenguaje airado por
razones obvias. Pero comprende que la constante actitud de los
escritores castristas de Cuba, en presentar de un modo sistemático
la vida y la realidad literaria de su país en estrecha y casi
enajenada relación con la política revolucionaria imperante,
inclusive cuando lo escrito o creado nada tiene que ver con la
Revolución, no puede sino producir resistencias, reacciones
contrarias y sectarismos iguales. Cada vez que una revista
publica algo sobre la literatura cubano, no lo hace en función
de la literatura sino de lo política. Los escritores, los
poetas, los ensayistas, los narradores son antes que nada
“partidarios” de la Revolu-ción y esa condición de
exclusiva inspiración política parece ser la que en definitiva
para ellos y los editores, califica la obra. Se habla siempre de
los escritores de "ahora”, y quedan excluidos todos los
escritores, buenos o malos, grandes o pequeños, que no militan
activamente dentro de la aceptación revolucionaria. Semejante sectarismo, reñido
con cualquier concepto libre de creación y valoración del
arte, con cualquier inteligencia cultural, no puede sino
desagradar a quienes quieren permanecer neutrales, e indignar,
como en el caso que nos ocupa, a quienes no comparten los
ideales del régimen.
La
verdad es que la literatura cubana existe en su totalidad, y que
tan digno de ser tomado en cuenta es un escritor castrista coma
otro anticastrista, si ambos escriben bien. Pero los antólogos
cubanos del régimen y los procubanos de otros países parecen
pensar de otro modo y como punto de arranque de todas sus
selecciones sitúan el hecho de estar o no con la Revolución.
Por más que no estén con la “Revolución, no se puede
ignorar la obra de Lidia Cabrera, de Lino Novás Colvo, de
Carlos Montenegro, de Félix Lizaso o de Francisco Ichaso, y
mucho menos la de ese gran narrador en pleno desarrollo juvenil
y creativo, Guillermo Cabrera Infante. Sería bueno recordarle a
quienes conceden al compromiso con la política esa condición
determinante para emitir un juicio literario, los siguientes
conceptos de un pensador cubano doblado de militante comunista,
hoy bastante apartado, aunque siempre fiel a su fe
revolu-cionaria: Juan Marinello. En un trabajo sobre Martí
escribió lo siguiente: “La gran tarea lírica y la gran obra
política exigen vidas colmadas de vocación y facultades: Dante
o Bolívar; Lenin o Shakespeare. El modo político y el modo poético
son sin duda —elevados a categoría de destino— modos
excluyentes. El poeta procede por síntesis. El político por análisis.
El tiempo político va con las cosas, con los hombres, con los
hechos, es un acontecer.
El tiempo lírico anda por encima y
por debajo de los hechos, de los hombres y de las cosas,
es un ser. El político es un regidor de circunstancias. El poeta un
traductor de emociones sin tiempo marcado. El político ha de
convencer; el poeta inquietar. El político habla siempre para
un auditorio concreto, tiene delante una resistencia que vencer
o una aquiescencia que aprovechar. El poeta habla para un público
innumerable en el espacio y en las horas. Un poema puede ser
válido largo
tiempo, bueno
siempre. Una consigna no".
J[uan] L[izcano]
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“Las letras sólo pueden ser enlutadas
o hetairas en un país sin libertad”.
José Martí
Con el título de “Cuba,
hoy”, la revista Ínsula, en
sus números 260 y 261 (Madrid, julio-agosto de 1968), recoge varios
trabajos para elogiar la actividad literaria bajo la tiranía del
castrismo. “Con este número dedicado a la literatura cubana
actual”, dicen los editores, “cumplimos nuestro viejo proyecto de
iniciar una serie de números especiales consagrados a las literaturas
de Hispanoamérica. Con ello queremos hacer un acto de justicia...” Y
siguen para explicar la generosa intención de “difundir la cultura”
de nuestros países, hasta agradecer a la Casa de las Américas, de La
Habana, “su valiosa y eficaz ayuda”, aclarando enseguida, desde
luego, para evitar malos pensamientos, que aquélla se redujo a
“sugerencias, colaboraciones y material gráfico”.
Este número quiere
demostrar la vieja teoría de reaccionarios españoles, tan parecidos a
algunos izquierdistas de hoy, de que los cubanos escriben más y mejor
cuando están sometidos a un déspota, como sucedió, en el siglo XIX,
en tiempos de los capitanes generales que España envió a Cuba: Vives,
Tacón, Lersundi, Weyler, cuando huyeron al destierro, fueron
perseguidos, encarcelados o fusilados tantos de nuestros mejores poetas:
Heredia, Plácido, Zenea, Mendive, y todos los formadores de la
conciencia cubana: Varela, Saco, Luz y Caballero, Varona... Martí. Y es
así porque en esta revista Ínsula
se destacan dos extremos: primero, que el cubano es ajeno al infortunio
de su patria, tanto que no puede verse el más leve asomo de rebeldía
entre los escritores; y segundo, que la producción literaria de Cuba
merece atención principal entre la de Hispanoamérica, no sólo por su
calidad intrínseca, sino por el impulso y entusiasmo que sobre ella
obra la tiranía y la más estricta cenura. Claro, Ínsula
no se da por enterada de los escritores arrojados al destierro, como
quiso el franquismo de los primeros tiempos ignorar a los intelectuales
desterrados de España, y nada dice del destino de Jorge Mañach, Félix
Lizaso, Gastón Baquero, Juan J. Remos, Lino Novás Calvo, Luis Baralt,
Lidia Cabrera, Francisco Ichaso, Carlos Montenegro, y los más jóvenes,
Guillermo Cabrera Infante, Ana Rosa Núñez, Rita Geada, Isel Rivero,
Jorge García Gómez, José Antonio Arcocha, y tantos otros cubanos que
huyeron del castrismo, sin duda mejores escritores y poetas que muchos
de los citados por la publicación española. (¿Habrá olvidado Ínsula
su noble empeño de rescatar, cuando fue oportuno, la “España
peregrina”? ) Ni habla, porque esa información no puede salir de la
Casa de las Américas, de los poetas de la clandestinidad, ni del
silencio obligado que allá somete a muchos escritores, ni de los
castigos para los disidentes.
Es indiscutible que el
gobierno de Cuba tiene bien organizada la propaganda cultural en la
isla, y da la impresión de un desvelo desinteresado por toda actividad
artística. Saben bien los que dirigen estos menesteres que muchos
intelectuales por el mundo caen en la trampa, y no ven lo que mal se
esconde detrás de la falaz preocupación por las cosas del espíritu. Y
lo prueba la revista Ínsula,
donde el ingenuo pasatiempo de reseñar la literatura de Cuba se
convierte en una apología del castrismo, todo por obra y gracia de la
deficiente información y la mala intención de algunos de sus
colaboradores. Allí se habla del “ritmo febril de un trabajo gozoso,
entusiasta e incesante”, de los escritores cubanos; de la “simpatía
y adhesión” que merece el régimen porque con él “la América española
volvía a levantar la bandera de su independencia contra las fuerzas que
habían viciado en su origen los movimientos de ‘emancipación’“,
y porque es “una empresa de ambición continental, digna, por tanto de
los descendientes de los conquistadores” (¿todavía deliquios
imperialistas?); de cómo Martí inspira la politica gubernamental” de
Castro; de toda admiración por “la pequeña isla que osaba a noventa
millas del gran imperio, levantar la bandera del antiimperialismo”, e
iniciaba “la construcción de una sociedad socialista”; o para negar
“cuanto puedan suponer los maldicientes de turno”, porque en Cuba se
escribe “libremente, sin dictados de tipo político ni coacciones de
la censura previa”. Es decir, que como estos críticos son
simpatizantes del gobierno castrista, aprovechan la oportunidad para
presentar, a la sombra de una información sobre las letras cubanas, con
afeites y retoques, sólo una cara de la realidad.
Dentro de los límites de
esta nota no cabe el comentario de cada uno de los trabajos que
interesan. Además, con una sola respuesta, al final, quedarán
enjuiciados en conjunto. Habrá que pasar sin detenerse en detalles
sobre la infame prosa del señor Federico Álvarez, quien, al hablar de
la poesía, nos regala galanos epítetos, como “hechos
definitorios”, “colaboración discipular”, “antología
excesiva”, “militancia revolucionaria acezante”, “preocupación
testimonial”, etc., además de una profusión de subjuntivos bíblicos
(en el breve segundo párrafo interroga elocuente sobre Guillén, “a
quien Unamuno llamara”; sobre Mariano Brull, quien “en Madrid
viviera”; sobre Ballagas, “que después de Júbilo y Fuga publicara”; sobre Florit, “cuyo Doble acento prologara... Juan Ramón”) y larguísimos adverbios
que reflejan la devoción adulona al tratar el tema. Ni habrá espacio
para enjuiciar el trabajo del señor Quinto, quien podrá serlo en todo
menos en elogios al castrismo, donde se habla del arte dramático cubano
y de la “exultante juventud de quienes están construyendo un mundo, técnica,
económica y culturalmente distinto”, y protesta “por el injusto
bloqueo de que es víctima [Cuba] y por la hostilidad y agresión del
imperialismo yanqui”, mientras mantiene la esperanza de que en Cuba se
lleguen a “extinguir toda una serie de creencias de carácter
religioso, lo mismo entre la población negra que entre la blanca, que
en ningún momento se han visto estorbadas ni perseguidas”. (Las
“creencias” no se persiguen, se persigue a los creyentes. Podía el
señor Quinto informarse mejor que con el viaje a La Habana, que explica
en parte su trabajo, sobre la supuesta tolerancia religiosa, con cientos
de monjas y curas católicos expulsados de Cuba, o con ministros y
representantes de otras religiones que sufrieron igual suerte). Ni se
podrán comentar las opiniones del señor Aquilino Duque, quien en el
paroxismo de su admiración por “las armas y las letras de Cuba”,
propone algo así como un “nuevo meridiano intelectual”, que no
pasaría por Madrid (como quisieron algunos pedantes hace años) ni por
México o Buenos Aires, sino por La Habana: sería así “la
capitalidad espiritual del mundo hispánico”; y que cita al Che como
“el difunto Guevara”, “el pobre Guevara”, y “autoridad”,
para afirmar que “los obreros cubanos han respondido con entusiasmo a
esta exhortación [‘del difunto Che Guevara’] a la abstinencia”. Fácil
le sería a este señor averiguar sobre el “entusiasmo” de los
obreros cubanos si consultara con media docena de los cientos de miles
de campesinos y pescadores humildes, y otros miembros de la familia
proletaria del país, que están en el exilio; o de los que escapan de
Cuba todos los días, a riesgo de sus vidas, en pequeñas embarcaciones;
o de los otros cientos de miles que han solicitado permiso para emigrar,
a sabiendas de las privaciones y horrible agonía que sufrirán, a veces
por años, hasta que acaso se les permita expatriarse; o para que no se
moleste tanto, puede ir al aeropuerto de Barajas, que allí también
llegan obreros cubanos que le han de hablar de su “entusiasmo” por
las palabras del “difunto Guevara”. Y tiene la osadía este
colaborador de Ínsula de censurar a Martí, con disimulo de disculpa, “en su
hora boba” —Martí no la tuvo jamás— porque cuando fue oportuno
aplaudió la obra del canal de Panamá. Es que a Martí no le roía la
envidia por los Estados Unidos ni odiaba a Francia. Pero dejemos al señor
Duque entreteniendo la esperanza de que también España participe,
“sin saber muy bien cómo, en la confusa epopeya lanzada por nuestros
hermanos de Ultramar”, es decir, en el marxismo-leninismo de
Castro.
Ni para comentar el trabajo
más disparatado de todos habrá lugar, el que trata de José Martí y
“el actual pensamiento cubano”. Pero queden ahora algunos apuntes.
Observa su autor, el señor José Luis Abellán, que es curioso “que
el pensador de mayor influencia en Cuba [Martí], y uno de los dos o
tres grandes de todo el continente, no suela aparecer en las
exposiciones o historias de la filosofía cubana”, y cita la obra de
Medardo Vitier y la de Humberto Piñera. No deja de ser original el
descubrimiento de este olvido entre los historiadores de la filosofía,
pero lo que pasa es que Martí no es filosofo, en el sentido que deben
serlo las figuras de una historia de la filosofía. Toda meditación
sobre el sentido la vida, y toda postura intelectual que contempla o
trata de interpretar la realidad, es materia filosófica, pero la
filosofía, en cuanto al historiar su desarrollo, debe entenderse como
explicación más o menos organizada y razonada de toda intuición. El
genio de Martí, sin que por ello pierda nada de su brillo, anda más
por el camino de la moral y de la imaginación que por el razonamiento.
Por eso Unamuno calificó a Martí de “sentidor más que pensador”.
Luego el señor Abellán justifica la ausencia de Martí en las
historias de la filosofía cubana, es decir, se contradice, para
enseguida hablarnos de la “influencia ideológica” del Apóstol:
tesis, antítesis y síntesis, en pocas líneas.
Pero el mayor disparate no
está en este juego dialéctico, sino cuando asegura que Fidel Castro
“inspira su política gubernamental” en Martí, y afirma la
necesidad de suprimir las “conclusiones marxistas” (?) de La
Historia me absolverá, para encontrar la influencia de Martí en
Castro, o, por último, cuando escribe: “La peculiar interpretación
del marxista que conocemos con el nombre de ‘castrismo’ no es más
que un desarrollo posterior y actualizado del pensamiento martiniano
[sic]”. Esto, aunque es un disparate para todo el que sepa algo de
Martí, aunque sea un poco más que lo que aparenta saber el señor
Abellán (nos habla del “pensamiento martiniano”, de un
“radicalismo martiniano”, de una “inspiración martiniana”(¿De
que Martín nos estará
hablando?), no es original, porque es la tesis de la Casa de las Américas
y de los escritores comprometidos en Cuba, aunque ya alguno empieza a
rebelarse entre líneas, que a más no se puede llegar ante el infame
sacrilegio. Hay que perdonar al señor Abellán porque al final nos
regala con un chiste. Hablando de la “intelectualidad cubana”, de
sus componentes, dice: “En el aspecto filosófico y teórico, no han
hecho todavía una aportación decisiva, pero están buscando soluciones
y problematizando la realidad”. Cita varios nombres, y, para darles
todo prestigio a su filosófico empeño, los agrupa “en torno a la
revista mensual El caimán barbudo”.
Sin duda es esta publicación un centro adecuado en Cuba para buscar
soluciones filosóficas y problematizar la realidad.
Se dijo al principio de esta
nota que la revista Ínsula,
con sus trabajos sobre la literatura cubana, quiere dar la impresión de
que en “Cuba, hoy”, producto del régimen político imperante, se
producen obras literarias de tanto mérito, que justifica sean las
primeras en su serie de números dedicados a las letras
hispanoamericanas. Si no es por su valor intrínseco ¿que otra razón
podría explicar esta prioridad? También señalamos que del conjunto de
lo publicado en esta revista, se desprende que en Cuba la actividad
intelectual no está coartada en forma alguna por la tiranía, que el
escritor, lejos de toda persecución o censura, se entrega con
entusiasmo a su labor creativa.
Para desmentir la primera
falsedad nos remitimos a los juicios publicados en The New York Review of Books, la cual nadie puede calificar de
anticastrista, el 23 de mayo de este año. Dice el bien documentado
estudio sobre “La vida literaria en Cuba”:
La
importancia política o el interés de la literatura de un país
comunista no tiene obligada relación con el merito literario... En
contra de la opinión expresada por los turistas intelectuales que
asisten a los congresos de cultura [en Cuba], quienes teorizan más que
leen, la revolución no constituye ningún renacimiento de las letras.
Muy al contrario, la revolución no ha producido ningún escritor
comparable a los de la generación de Lezama y Carpentier. Más, puede
decirse que Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy han surgido a
pesar de la revolución y no como producto de ella.
Y al referirse a la antología
de J. M. Cohen, Writers in the New
Cuba, recopilada con la intención de inventar también valores en
las letras de “Cuba, hoy”, concluye: “Muchos de los cuentos
[recogidos por el señor Cohen], como sucede con la novela de Edmundo
Desnoes, Memorias Inconsolables, es dudoso que nadie se hubiera molestado en
publicarlos por sus méritos literarios si vinieran, por ejemplo, del
Paraguay o de Luxemburgo”. Sólo salva de la narrativa cubana la obra
de Cabrera Infante, la de Lezama Lima y la de Carpentier. El primero es
el único auténticamente de “Cuba, hoy”, y ya es otro exilado más.
Para terminar esta nota se
debe de hablar de las recientes declaraciones de Cabrera Infante. Antes
será conveniente traducir también aquí parte del juicio publicado en
la sección “Commentary” de The
Times Literary Suplement (Londres, 11 de julio de 1968), donde se
nos habla del engaño en que incurren muchos europeos respecto a Cuba y
de la original forma de coerción y coacción que padecen los escritores
bajo el castrismo; dice así:
El
“glamour” de la revolución
cubana es tal que los escritores cubanos perseguidos por las autoridades
no reciben de los “humanitarios” europeos la generosa ayuda que se
ofrece, en situaciones parecidas, a sus colegas de Grecia, España o la
Unión Soviética. No es que los escritores estén siendo encarcelados
en Cuba; hay otra forma, quizás tan efectiva, para dominar su
insubordinación: como los derechos de autor han sido suprimidos, los
escritores dependen exclusivamente de sus empleos (casi siempre en la
burocracia intelectual) y de donaciones del gobierno, y si no se portan
bien, son cesanteados.
Por eso los ingenuos y mal
intencionados deben hablar con mucha reserva de las “espontaneas”
declaraciones de los intelectuales en Cuba defendiendo la revolución.
Es tan evidente esa falta de
libertad para los escritores, que el máximo defensor del castrismo en
Puerto Rico, Maldonado Denis, reconoció, al menos con más valor que Ínsula:
“Es cierto, la libertad de expresión, tal como la entienden los países
capitalistas [?], no existe en Cuba” (Christian
Science Monitor, 17 de enero de 1968).
Será conveniente ahora
recorrer las declaraciones de Guillermo Cabrera Infante, publicadas en
la revista Primera Plana
(Buenos Aires, 30 de julio‑5 de agosto de 1968), porque así podrá
llegarle a otros lectores, tan mal informados como los de Ínsula,
una idea de la verdadera situación de los escritores en nuestro país.
Cuenta primero su salida de Cuba, el 3 de octubre de 1965, con intención
de no regresar, para poder dedicarse a la creación literaria. Explica
su prolongado silencio, de cómo redujo a unas pocas cartas familiares
su correspondencia con Cuba para evitar lo que pronto resultó
inevitable, “porque el comunismo no admite drop‑outs”.
Su nombre, dice, fue llevado a una desagra-dable controversia, la cual
no
se limitó a una polémica literaria, al uso ruso, donde los perros de
la finca ladran mientras el amo ni se molesta en abrir el portón, como
ocurrió con los insultos y ataques a Neruda y Carlos Fuentes, hace dos
años, y el asalto a Asturias, ahora que derrotó al campeón nacional
Carpentier, la rosa roja del ring,
eterno aspirante a la faja de los pesos pesados de la literatura. La
caimanada fue seguida y precedida por otros ataques más directos:
calumnias personales y políticas, negación del permiso para trabajar
en la Unesco, confiscación de la correspondencia familiar y deliberada
persecución literaria.
A continuación cuenta cómo
a los intelectuales invitados por el gobierno cubano se les compromete a
no mencionar su nombre ante el público; el despido de Olga Andreu, la
bibliotecaria de la “democrática biblioteca de la Casa de las Américas”,
porque incluyó los Tres Tristes
Tigres en un boletín de esa institución (“lo que significa un
terrible futuro porque no podrá trabajar más en cargos administrativos
y su única salida es solicitar ir de ‘voluntaria’ a hacer labores
agrícolas”); y la cesantía de su cargo, en el periódico Granma
(“cuyo nombre recuerda demasiado a Caperucita
roja: ‘Granma, what great
big teeth you have!’“), que mereció el poeta Heberto Padilla
por elogiar su novela, elogio que le costó, además de la dificultad
para publicar obras, el permiso para visitar Italia con motivo de la
edición de sus versos por Feltrinelli. Al comentar la persecución de
este poeta, también por otros motivos, dice el Times
Literary Supplement del día 22 del pasado mes de agosto:
Ha
sido sometido a duros castigos por parte de las autoridades cubanas.
Ahora los editores de El caimán barbudo han decidido “dar por terminada la polémica”
de manera definitiva. En su ultimo número denunciaron el artículo de
Padilla y, para colmo, publicaron un injusto y abusivo ataque de
Lisandro Otero, el burócrata de la cultura y novelista de segunda
clase, cuya importancia en la escena literaria cubana había sido puesta
en tela de juicio por el poeta Padilla.
Y se pregunta Cabrera
Infante, de sí mismo y de su novela: “Que crimen ha cometido el autor
o el libro? Uno solo”, responde, “y lo cometieron ambos. Ser
libres”. Y, para los mal informados o mal intencionados, explica por
qué está fuera de Cuba. “Cuando se viven situaciones invivibles no
hay más salidas que la esquizofrenia o la fuga”.
Cabrera Infante regresó a
su país, desde Bélgica, donde era agregado cultural, en el verano de
1965, a los funerales de su madre (“supe, al mismo tiempo, que el
sitio de donde había venido al mundo estaba tan muerto como el sitio a
que vine”). Pudo comprobar que “en increíble cabriola hegeliana,
Cuba había dado un gran salto adelante —pero había caído atrás”.
Sabía, añade, antes de regresar, que en Cuba era imposible escribir,
pero creyó que se podía vivir, “vegetar, ir postergando la muerte,
posponer todos los días”. A la semana comprobó que no sólo “no
podía escribir en Cuba, tampoco podría vivir”. Y el autor de Tres Tristes Tigres concluye sus declaraciones exponiendo los
motivos que le impiden regresar a su patria, y el peligro que corre por
haber criticado el castrismo. Primero, sería encarcelado a los pocos días
de su llegada, o lo enviarían a cosechar boniatos, cortar caña “o a
recoger colillas en un paradero de ómnibus, castigo a que sometieron
hace poco a un conocido castrista militante”. Luego habla del peligro
que corre con estas declaraciones suyas: sabe del “riesgo
migratorio” de quedarse sin pasaporte, y aclara: “Severo Sarduy
[autor de la novela Gestos
(1963)], por ser infinitamente menos explícito, estuvo dos años sin
documento alguno, hasta que no le quedó otro remedio que naturalizarse
francés”. Sabe todos los riesgos de un drop‑out
del comunismo, y también sabe “que el argumento que no sirvió para
exculpar a los criminales de guerra nazis, sirve para excusar a los
criminales de paz soviéticos”. Preocupa a Cabrera Infante solamente
el destino de su familia, dejada en Cuba, “librada a cualquiera o a
todas las represalias, desde el despido hasta el campo de trabajo
forzado”. Pero no quiso guardar más silencio: “Tenía que decir,
que empezar a contar estas cosas algún día...”
Hay más de medio millón de
cubanos en el destierro que saben muy bien de estos y peores abusos del
castrismo. En Cuba hay varios millones que los padecen. Con la sola
excepción de Cabrera Infante, se ha preferido aquí el testimonio de
extranjeros que conocen la situación interna de Cuba y, cuando fue
posible, de simpatizantes del castrismo. Él es testigo especial, por
ser el mejor novelista de “Cuba, hoy” y conocer bien el problema de
la cultura en Cuba, y porque sus heridas son muy recientes... Quizás así,
con la palabra de los que no son “exiliados” cubanos ni
imperialistas yanquis, las verdades, que no dejan de serlo en boca de
nadie, logren penetrar la muralla de incredulidad que el castrismo ha
fabricado hábilmente en algunas mentes ingenuas.
Haga ahora justicia la España
honrada que también espera toda libertad, y que no se engañe con un país
donde falta la libertad toda; hagan justicia los muchos españoles que
la amaron siempre, que les “duele” Cuba; que no se dejen llevar por
la opinión de los resentidos y los ignorantes, y vean en Cuba, en la
tiranía y la persecución de los intelectuales, o en su servidumbre, un
dolor y una afrenta a la cultura y no un motivo de regocijo. Y que la
revista Ínsula no ofrezca a
sus lectores tan errónea versión de las letras en “Cuba, hoy”,
porque como afirmaron los intelectuales y obreros checos en su declaración
de “2,000 palabras” (Literarni
Listy, Praga, 27 de junio de 1968) antes de la ocupación soviética
—tan aplaudida y elogiada por Castro—: “La visión de la realidad
de un pueblo sólo puede encontrarse donde se permite la libertad de
expresión”. En Cuba se ha suprimido toda libertad, incluso la de
expresión, por lo tanto, es falsa, además de mal intencionada, la
parcial imagen que nos da Ínsula
de la literatura cubana actual.
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