El mito nace para explicar
lo que no puede ser razonado. Cuando a la filosofía no le basta la razón,
recurre al mito para vencer las limitaciones del pensamiento lógico.
Toda la mitología griega es una reducción a lo divino de lo
inexplicable; así, detrás de toda conversión de un fenómeno en un
dios hay el implícito reconocimiento de que ese fenómeno fue en algún
momento un misterio. La crisis de la razón, sin embargo, no es siempre
necesaria: puede la mente humana estar tan hambrienta de lo sobrenatural
que interrumpe el proceso del raciocinio para entregarse a lo legendario
y maravilloso.
Producto de los factores
negativos que enfermaron al pueblo cubano, nuestro país se convirtió,
por medio de la revolución, en un precioso caldo de cultivo para el
mito. Hace muchos años ya había observado Enrique José Varona:
“Nuestra capacidad de creer lo increíble es más amplia que el
tragadero de la ballena de Jonás”. De la Sierra Maestra bajaron los
dioses con barbas, el héroe con su historia individual lista a sumarse
a la epopeya que toda una nación le iba tejiendo. ¿Y quién le pide
cuenta a los dioses? La divinidad tiene designios secretos, y a un
hombre no se le deifica para después andarle preguntando el por qué de
sus actos.
Podría escribirse un libro
interesante sobre los mitos cubanos desde la inauguración de la República:
el mito de la Enmienda Platt, el mito de los “generales y doctores”,
el mito de la isla de corcho, el mito de la justicia, de la iglesia, la
sociedad, la cultura, y muchos otros. La realidad cubana llegó a
repugnar tanto que el país echó mano de su capacidad imaginativa y se
inventó un sueño que anunciaba el más hermoso porvenir. Quien no haya
creído en aquel mito puede sentirse contento, en cuanto que toda
desilusión es siempre dolorosa, pero no necesariamente debe sentirse
satisfecho de sí mismo puesto que una esperanza tal supone casi siempre
un espíritu generoso.
Cuando el castrismo empezó
a exportar la revolución con ella exportaba su leyenda; Guevara fue el
artífice del mito de las guerrillas en Cuba y quiso ser el héroe de la
epopeya en Hispanoamérica. En el mundo se expandió la fábula de la
revolución cubana y todavía sobrevive. Aún hay quien no cree en el
estado de terror establecido por el castrismo, y los que tienen hambre
de justicia vuelan al paraíso y conviven con los redentores, hasta que
los ahoga la realidad. Poner en evidencia los horrores y los errores del
castrismo es el primer deber de todo el que los conoce; señalar las máscaras
de la gran farsa; pero eso no quiere decir que se debe negar lo positivo
del proceso revolucionario, que ahí está la debilidad de quien se le
opone. Cierta pereza lleva a confundir la infamia con lo que exige la
mejor tradición.
El libro de Luis Ortega Yo
Soy el Che, es un empeño para desnudar al argentino de sus
elementos míticos. El proceso seguido es exactamente el opuesto al de
la formación de una leyenda; en ésta se magnifican los escenarios y se
abultan las proezas: Luis Ortega lleva la vida del Che hasta su real
dimensión cuando no la disminuye: invierte el vidrio de aumento y las
figuras se mueven diminutas y ridículas. Sería un procedimiento muy
burdo si nos presentara sólo la reducción del protagonista, de
Guevara, en los episodios de su vida; el libro tiene mayores ambiciones
y reduce la circunstancia dada para desinflar el “yo” a ella
vinculado. Como punto de referencia de ese estudiado rebajamiento queda
el lector testigo del milagro. Entre el Che del mito y el que dibuja
Ortega hay la misma distancia que entre el Amadís de Gaula naciendo en
las aguas de Escocia para la nobleza y con un porvenir heroico, y el pícaro
Lázaro de Tormes, hijo de Antona Pérez y Thomé González, que ve la
luz en el río de Salamanca para iniciar su vida de antihéroe.
En Yo Soy el Che vemos la política implantada en la Sierra, y después
del triunfo, como una extensión de los sistemas empleados por las
pandillas de pistoleros y gangsters;
los enemigos del Ejército Rebelde aparecen como seres frívolos y
torpes; los comunistas, los políticos norteamericanos y la sociedad
cubana se nos presentan en sus momentos más absurdos y risibles para
reducir la estatura de Guevara. Todo es grande o pequeño según lo
comparado; Luis Ortega reduce el patrón y los dioses falsos dejan ver
la trampa. Exagera al revés, con bastante frecuencia, aunque nunca
tanto como en la opuesta dirección el que crea el mito: ante la hipérbole
del Amadís la caricatura del Lazarillo.
Del autor se decía en Cuba,
recuerda Lino Novás Calvo en el prólogo de este libro, que “no cree
en nada”. Allí la generosidad del prologuista explica la incredulidad
de Luis Ortega como su preferencia por “la verdad escueta”. No lo
dudo, pero es que también, en el sentido literal de la frase, Luis
Ortega no cree en nada, y
subrayó el verbo porque en el creer hay un acto de fe, una afirmación
de algo alejado de la razón en la que no quiere él participar, y a la
que siempre teme. Si lo soltáramos en los campos de la Mancha, cerca
del loco de Cervantes, lo veríamos arremeter contra gigantes al tiempo
que Don Quijote contra los objetos que se lo parecían. Luis Ortega no
es del mundo de los molinos de viento. Hacen falta estos hombres en
nuestros pueblos de hambre y poesía; y no hay que temerlos, que cuando
el sueño del héroe auténtico prende en la realidad no hay lanza ni
espada que la lastime. El peligro no está en el único camino que se
abre en el futuro de Cuba y que se ha venido persiguiendo desde hace más
de un siglo: la realización de un ideal, sino en la idealización de
una realidad repugnante como la del castrismo que se nutrió de las
esperanzas frustradas de un pueblo y de la buena propaganda de un
partido.
Uno de los pocos méritos de
la revolución de 1959 fue el de presentar ante los ojos espantados del
país la podredumbre de muchas de sus instituciones y la fragilidad de
muchos falsos valores. El libro de Luis Ortega es revolucionario en
cuanto que “desmitifica” un proceso y a una de las figuras de ese
nuevo mundo instalado en Cuba, tan desconocido y falso como aquel otro
que trataban de vender al turista ingenuo los gobernantes anteriores a
Castro.
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