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CUBA
Y SU IGLESIA
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Con
el título Entre la ideología y
la compasión. Guerra y paz en Cuba, 1895-1903, se publicó hace
poco un libro en la República Dominicana. Su autor es el joven jesuita
Manuel P. Maza. Trata de la Iglesia católica durante la última guerra
de independencia, la intervención en Cuba de los Estados Unidos y los
comienzos de la República. Y es también un esfuerzo gallardo a fin de
explicar, o de encontrarle justificación, a la torpe actitud del
catolicismo respecto a Cuba durante esos años.
La
ocasión no puede ser más propicia para recordar esa torpeza eclesiástica
hace un siglo, y para medir sus consecuencias. Hay ahora otro Valeriano
Weyler en la isla, con la misma maldad, miseria y soberbia. Y la Iglesia
cubana, si no en abyecto contubernio con la tiranía, como entonces,
vacilante hoy, débil y sumisa, y hasta, a veces, con nobles
excepciones, de alguna manera cómplice.
En
un reciente acto se escogió a Félix Varela como telón de fondo para
confundir al exilio respecto a la realidad cubana. El fin es moverlo
para que vaya a Cuba durante la visita del papa. ¿Habría ido el padre
Varela a Cuba por una visita del pontífice? No, con toda seguridad no
hubiera ido. Varela es el más patriota e intransigente sacerdote que ha
dado la isla, ¿como iba a ir para con su presencia sancionar el
gobierno que oprimía a su pueblo? Cuando en 1979 y 1983 Juan Pablo II
fue a Polonia, bajo el comunismo, no se le pidió a ningún polaco
exiliado que allá fuera a verlo, ni se invitó a nadie del extranjero
para agrandar el número de fieles en los actos religiosos. ¿Por qué
pedirle ahora al cubano en el extranjero que vaya a ver a ese mismo Juan
Pablo II durante su visita? Más que nada es para congraciarse la
jerarquía eclasiástica con el gobierno, una especie de chantaje a fin
de que, con la presencia del exilio en la isla, desacreditar la oposición
interna y del exterior. “¡Ven!”, dirán las autoridades ante el
mundo, “¡Aquí no pasa nada!”. Además, ese turismo piadoso allegará
dólares a la podrida economía del país, como la moneda convertible de
los mofletudos alemanes y gallegos que van a la isla a fornicar con el
hambre y la impotencia de la población. Y se podrá enviar a Cuba,
anuncian ahora, cuanto se necesite para el acontecimiento, “hasta
equipos de Fax” ha dicho el New
York Times; serán estos peregrinos algo como unos nuevos
“pastores por la paz”. Y las agencias de viaje podrán ofrecer
excursiones a precio reducido incluyendo la misa del pontífice y una
visita a la tumba del Che. Y será un escarnio para la resistencia. ¿”Y
es ése el exilio?”, se preguntarán los presos, los disidentes y la
mayoría del pueblo, “¿ésos nuestros hermanos que deben dar ejemplo
de su repudio al sistema?” “¿Qué hacen aquí junto a tantos
agentes de la Seguridad disfrazados de fieles con rosarios y rezos
mientras los vigilan?” Y quedará la emigración más dividida: los
que hasta ahora resistieron el deseo de visitar su tierra verán con
pena, si no con justo rencor, el viaje de los que aprovechan la ocasión
para verla.
También
en tiempos del padre Varela quisieron convencerlo para que fuera a Cuba,
de que era su deber como sacerdote y como cubano. Pero no fue: le
respondió en carta a su hermana que le urgía el viaje: “Yo vivo
feliz lejos de los míos, y sólo sería desgraciado entre ellos.
Suponte que anuncian mi llegada a la bahía de La Habana. ¿Crees tú
que una juventud cuya imaginación ha exaltado en mi favor la amistosa
imprudencia de mis elogiadores no saldría a recibirme? ¡Qué! ¿El que
salió de su patria seguido de las miradas del aplauso volverá a ella
para recibir las de la conmiseración?... Mi separación de mi patria es
inevitable, y en esto convienen mis más fieles amigos. Acaso yo he
tenido la culpa por haberla querido demasiado, pero he aquí una sola
culpa de que no me arrepiento”. Y murió pobre y olvidado en San Agustín,
en la Florida: el más santo, el más católico, el más grande
religioso, por su ejemplar caridad y su talento, que ha dado Cuba, y
quizás todo el continente.
En
la preparación de su libro el padre Maza consultó archivos y
bibliotecas en Roma, Madrid, Washington y Nueva York, lo que le dio
datos valiosos que maneja con habilidad y que enriquecen el conocimiento
de su asunto. Útil le hubiera sido consultar también libros españoles
de la época con datos sobre la iglesia allá: entre otros, los cinco
tomos de la Crónica de la Guerra
de Cuba, de Rafael Guerrero (Barcelona, 1895-1897), y los seis de La guerra de Cuba, de Emilio Reverter Belmás (Barcelona, 1899).
Habría dado una más clara visión de la malevolencia de las
autoridades eclesiásticas de la metrópoli, reflejo de la no menos
torpe e injusta posición del Vaticano ante el conflicto de Cuba. En la
obra de Reverter Belmás, aparece este ejemplo: el obispo de Oviedo, Ramón
Martínez Vigil, organizó un batallón de mil voluntarios armados y
equipados, que embarcó para Cuba. La suscripción provincial recaudó
los fondos para la empresa: a dicho efecto publicó una proclama en la
que se leía: “La que venimos llamando Perla de las Antillas,
engarzada en la tradicional diadema de la patria española, parece próxima
a caer en el fango de la desmoralización y de la barbarie...Hombres y
dinero hacen falta; hombres y dinero daremos. Nutrido con hermanos
nuestros, equipado, armado y sostenido a nuestras expensas, queremos
enviar a Cuba el Batallón del Principado, un batallón que lleve sobre
su pecho la Cruz de Covadonga...” Ese batallón salió de Cádiz, con
destino a La Habana, en el vapor “León XIII”. Y así también
tropas reclutadas, entre otros, por los obispos de Valladolid, Madrid,
Santiago de Galicia, Sevilla, Granada, Zaragoza.
Por
otra parte, en la Crónica de la
Guerra de Cuba aparece el discurso del cardenal Sancha, de Valencia,
al despedir un regimiento que iba a la guerra de Cuba; le dijo a los
soldados: “Siempre he sido admirador entusiasta y cariñoso amigo del
ejército... De aquí que no pueda ser indiferente ni pueda mirar
impasible la marcha del batallón de Mallorca a la perla de nuestras
Antillas para defender el pedazo de tierra que intentan arrebatar a la
madre patria cobardes, traidores e ingratos insurrectos cubanos... ¿Cómo
temeréis vosotros a los que han sido dos veces ingratos, cobardes y
traidores?... Id, pues, a defender la integridad de la patria. Os
bendice para ello León XIII; os admira nuestra reina; la patria entera
os saluda con entusiasmo... Id allá y que Dios os bendiga. ¡Viva el
rey! ¡Viva la reina! ¡Viva el ejército español! ¡Viva la religión!”
Bastan
esos ejemplos para explicar el juicio del coronel Bernabé Boza, Jefe
del Estado Mayor de Máximo Gómez, en su Diario de Guerra, en junio de 1896: “Su Santidad el Papa ha
escrito una carta a la Reina Regente dándole las gracias por las frases
del mensaje de la Corona, en que se habla de la bendición que su
Santidad dio a la tropas que han ido a Cuba a defender la integridad
nacional...¡Hasta la Gran Sotana lo tenemos en contra nuestra!”
El
encomiable esfuerzo del padre Maza no logra, ni lo pretende, reducir los
juicios que sobre la iglesia católica de esa época emitieron, entre
otros cubanos ilustres (como Enrique José Varona, Manuel Sanguily, José
Antonio González Lanuza, Raimundo Cabrera, Francisco González del
Valle y Emilio Roig de Leuchsenring). Había afirmado González del Valle
en su estudio “El clero en la Revolución Cubana”: “La actitud
adoptada por la iglesia española, aplaudida y aprobada por el Papa,
durante nuestra última guerra de Independencia, ¿no es una prueba de
que Roma sigue la conducta que los gobiernos políticos de las naciones
señalan a sus respectivas iglesias y súbditos? Por ser Cuba, entonces
una colonia y no tener gobierno propio, el Sumo Pontífice no se creyó
en el deber de protestar, siquiera, de las medidas inhumanas que la católica
España tomó para exterminar a los cubanos...” Y Emilio Roig, en Por
la República, contra la Anexión y la Enmienda Platt opinaba: “El
clero católico español, sostén y cómplice del despotismo
metropolitano en Cuba durante nuestras luchas independentistas, no
abandonó su actitud anticubana, en el empeño, logrado en mucho, de
seguir disfrutando de los privilegios y granjerías de que usó y abusó
en la colonia...” Y en otro libro de Roig, La
Iglesia Católica y la Independencia de Cuba, concretaba su actitud
en el asunto; dijo: “Ataco sí, con dureza, aunque imparcialmente, y
basándome en realidades históricas innegables, a la Iglesia Católica
Romana como organización política militante al servicio del régimen
colonial español y abierta, desaforada y contumazmente enemiga de la
independencia de esta tierra...”
Puede
uno preguntarse, ¿cuánto de esa actitud perversa e insensible de la
Iglesia fue responsable de que no prosperara sólida la fe en Cuba? ¿Cuánto
hizo del catolicismo cubano una pose entre el pueblo, algo como una
moda, y no más, por lo que cayó destruido al primer soplo del
marxismo-leninismo? ¿No había sentido como afrenta el alma cubana, por
ejemplo, que cuando murió Luz y Caballero, al dictar tres días de luto
el gobierno español, los jesuitas se negaran a cerrar el colegio porque
no les gustaban las doctrinas liberales del venerable maestro? ¿O
cuando la Iglesia en la isla autorizó convertir las parroquias en
cuarteles para combatir a los mambises; o cuando Valeriano Weyler
propuso el ascenso eclesiástico del padre Pedro Caballer por haber
tiroteado a los insurrectos desde su parroquia en la Esperanza, ascenso
que le negaron no por la infame recomendación que lo amparaba sino
porque el mencionado cura vivía públicamente con una negra con la que
tenía varios hijos? ¿O cuando el obispo de La Habana, Manuel
Santander, celebró con un Te Deum
la muerte de Martí y con otro la de Antonio Maceo, y le prohibió a
las iglesias de la capital que repicaran las campanas para saludar la
entrada victoriosa del Ejército Libertador encabezado por Máximo Gómez?
¿No fue ganarse la antipatía cubana, aunque se escondiera por no ser
entonces de buen gusto, el que en el Álbum
Conmemorativo por el cincuentenario del Colegio de Belén, en plena
República, en 1904, apareciera a toda página un cuadro de Isabel II,
cuyo nombre llevaba el regimiento que fusiló en Camagüey a Joaquín de
Agüero y a Fernando Hernández Echarri en Trinidad, y que en el banquete
de clausura de los actos celebrados en dicha ocasión el padre Vicente
Leza, rector del colegio, brindara por esa reina, símbolo de la monarquía
que tanto hizo sufrir al pueblo cubano?
Hablan
ahora de un tímido renacer del catolicismo en Cuba: ¿no será eso más
que otra manera de manifestar la población su repudio al gobierno, del
gobierno que asesinó, con tantas otras tradiciones del país, el
cristianismo y la libertad de cultos? Y si es un auténtico renacer de
la fe religiosa, que no se lo tuerza la incapacidad o la cobardía de la
Iglesia de hoy, que no olvide el daño que le hizo al país el clero
colaboracionista en tiempos de España, durante la intervención de los
Estados Unidos, y en los primeros pasos de la República. Que le lea a
los fieles, en las iglesias, con los Evangelios, las Cartas
a Elpidio del padre Varela, nuestro evangelio cubano, allá donde le
decía a sus compatriotas: “La fuerza es el apoyo de la tiranía, y la
religión no puede servirla de pretexto, sino empezando por experimentar
ella misma el mayor de los ultrajes... ¡Defensores del trono y del
altar, quitaos la máscara! ¡Vosotros podréis servir de apoyo al
primero, mas la sagrada víctima que se sacrifica en el segundo abomina
vuestra hipocresía y detesta vuestra impiedad!... La libertad y la
religión tienen un mismo origen, y jamás se contrarían porque no
puede haber contrariedad en su autor. La opresión de un pueblo no se
distingue de la injusticia, y la injusticia no puede ser obra de
Dios...”
Lograda
la independencia no cesó de manifestarse la animadversión a lo cubano
del catolicismo, el cual, sobre el valiente repudio del clero nacional,
apoyó las pretensiones anexionistas de los norteamericanos. Como afirmó
Herminio Portell Vilá en su Historia
de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos (cuya obra aparece
en la bibliografía del libro de Maza, pero que la ignora en el texto):
“Ya hemos señalado en más de una ocasión con qué facilidad el
clero católico en Cuba, especialmente la jerarquía eclesiástica, se
había inclinado en favor de la ocupación militar norteamericana y
obtenido favores de la misma, en reciprocidad. La política de la curia
romana había sido ésa, también, en parte para satisfacer los
intereses españoles, como había hecho por espacio de muchos años, y
en parte por temor al laicismo y a las ideas radicales de los cubanos de
la revolución. La idea de la república seguía siendo anatema como en
los tiempos de Pío IX... La Iglesia Católica en Cuba, una vez vencida
España, prefirió a los Estados Unidos antes que a Cuba...”
Mejor
que Entre la ideología y la
compasión podría titularse este curioso y útil recuento histórico
“entre la intolerancia y la falta de caridad”, porque por esos
caminos se movió más la Iglesia católica en la época que se estudia
en el libro. La “compasión”, en realidad, no aparece más que en el
tratamiento del padre Maza de su asunto y de sus personajes culpables.
Además del esfuerzo al exponer con honradez el resultado de sus
investigaciones, merece aplauso su cubanía, que no logra opacar su
compromiso religioso. Nada estorba a la religión el patriotismo, al revés,
debe fortalecerla, como cualquier otra virtud: ése es el gran ejemplo
de nuestro santo, el padre Varela. Si la Iglesia católica hubiera
respetado las más nobles aspiraciones de los cubanos durante la época
que estudia Maza, si hubiera estado más junto al “altar”, usando la
palabra de Varela, hubieran tenido mejor fortuna la nación y su
Iglesia.
Que
aprenda la actual jerarquía religiosa, la de allá y la de aquí, y aun
la de Roma, el precio que se paga por la cobardía y el silencio ante la
fuerza y la injusticia, donde quiera que se las encuentre, y por la tácita
complicidad con el abuso y el crimen.
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