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MANUEL
DORTA DUQUE
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Aquel día de abril la
Reforma Agraria se llevaba todo el ganado de la finca. En la madrugada
una mano interesada separó los cinco animales que permitía la ley:
escogió los mejores. Al saberlo el dueño pidió al hijo: “Devuelve
las cinco vacas; eso es robar”. Y Manuel Dorta Duque guardó silencio
para advertir que no aceptaba réplica: él consideraba injusta la
requisa, pero, ni a un ladrón quita lo que ya no posee el honrado.
Castro, para aprovecharse del crédito del ilustre profesor le había
ofrecido la presidencia del Tribunal de Cuentas. Él no la aceptó: el
gobernante tiene diversas maneras de robar: acumula oro o acumula
fuerza: el fin es el mismo, el abuso del poder. Dorta Duque le vio las uñas
a la ambición. Ya había topado con dos tiranos, y ahora, al final, no
podía engañarse. Cuando Machado clausuró la Universidad y quedaron
sin empleo los profesores disidentes, él fue a los tribunales, abrió
las puertas de la Universidad y volvieron a sus cátedras los cesantes.
Cuando Batista destituyó al presidente Miguel Mariano Gómez porque le
limitaba su mando y arbitrio, otra vez se fue al Supremo para defender
la Constitución. Pero entonces fracasó: el imperio de la ley iba aún
a menos, y vio, donde nunca podía prosperar, el triunfo del delito.
Al revisar la obra escrita
de Dorta Duque encontramos al hombre en contacto con la realidad: el
abogado, el financiero, el legislador, el maestro. Sancho práctico, sin
egoísmos, que sabe y organiza el juego de la vida. Pero tras aquella
selva de contratos, códigos, cláusulas y programas iba el soñador
buscando la quimera: “Hay que poner de moda la virtud”, como quiso
Martí, en tierra nuestra donde llaman iluso, cuando menos, al que
trabaja; y en la política, donde la mentira es la última palabra, y el
interés el único fin. Y se dio al empeño con el ejemplo, que es la
mejor enseñanza.
Anduvo en gabinetes y escaños,
cortes y pleitos apretando los puños por la ira ante la maldad y el
vicio; pero siempre limpias las manos, a pesar de haberlas movido,
creadoras, no lejos de malversadores y pícaros. Como constituyente
quiso librar al hombre y a la nación de la esclavitud del dinero. Como
representante diseñó el camino para evitar los extravíos del poder. Y
cuando al Partido Republicano lo devoraba la inmoralidad del grausismo,
le negó su concurso. Entonces la indignación de Eduardo Chibás resumió
la de un pueblo burlado, y él prestó su mesura al cívico delirio
hasta que la aldaba rompió en el rebato la esperanza. La traición del
10 de marzo le hizo renunciar en la Cámara: se atrincheró en el
bufete, y en más de una ocasión le ganó en los Tribunales de Urgencia
batallas a la tiranía.
Sólo pecó de un exceso:
para hombre público fue demasiado ingenuo. Aquella alma mística no
distinguía bien entre el capricho dudoso del clero y el mensaje de
Cristo. Pero en su devota cruzada, por la autenticidad de su fe, Dorta
Duque se crecía, porque era como un ejercicio que la piedad impuso a su
espíritu. Fue militante porque encontró en los Evangelios molde para
sus principios; pero no fue bueno por religioso, sino al revés, y dio
prestigio al tibio y poco cristiano catolicismo de Cuba.
Yo lo recuerdo luchando
contra el sol, en el Patio de los Laureles, de la Universidad, con andar
apurado, y el pañuelo afanoso secándole la frente para salvar el dril,
como si su pureza estuviera mezclada con aquel blanco que destellaba en
el mediodía habanero. Un estudiante lo sigue con una pregunta, y él
contestaba muchas, sobre la última conferencia de Legislación
Hipotecaria, sin detenerse, pero afable, y los ojos dulces que llevaban
de la mano al alumno.
Yo lo recuerdo abnegado en
la tribuna, cuando esgrimía los principios morales que pudieron salvar
del desvío el honor nacional: Catón, empinado sobre el peligro, y
violentando con el empuje de su amor a Cuba la estrecha ribera del
pensamiento conservador. Y en el círculo más íntimo, entre familiares
y amigos, predicando la austeridad y el deber con la benevolencia
intransigente del justo.
Yo lo recuerdo cuando hago
inventario de esperanzas para el porvenir de Cuba. Vidas como la suya no
pueden ser inútiles: pasa la virtud y queda escondida la semilla entre
las arrugas de la piedra; luego la tempestad la arranca del abrigo estéril
para llevarla al labrantío.
Yo recuerdo a Dorta Duque
ahora que se cumplen diez años de su muerte, con los de su casta purísima
que honraron a Cuba, hombres escudos que desvían el revés del desánimo.
Hoy que el tiempo es ingrato a la esperanza tiene aún que hacer, como
aquel soldado, muerto, sobre su caballo, inmóvil y cubierto de luz, que
somete al enemigo con sola la imagen de su fama; hoy, hasta que por los
nuevos caminos, con los códigos del porvenir, pero con la rectitud de
los maestros, se les redima la patria en la libertad y en la justicia.
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