|
JOSÉ
A. PONJOÁN
|

|
Un amigo muere y con él se va una parte de nosotros: su
ausencia como que nos reduce el diálogo con la vida. En su compañía
éramos mayores: él daba luz a nuestras ideas, razón a nuestros actos
y fortaleza a nuestras resoluciones. Pero, por ese milagro único de la
amistad, cuanto perdemos renace luego más puro en nuestra alma: su
trato fue dejando la semilla, como mano de labrador, y cuando volvemos
de dejar su cuerpo entre las flores de la tierra, nos sentimos más
crecidos, más generosos, más seguros de nosotros mismos.
La muerte del amigo Ponjoán nos resta algo, pero más nos
deja en el espíritu. No es el momento, ni lo justo, de ponernos en
inventario de pérdidas, a recordar el calor de su cariño, su trato
afable, el regalo de su cubanía; sí de tener presente sus virtudes,
porque, ¿quién va a olvidar la lección del diácono vigilante, subido
al púlpito de la iglesia de Hoboken, recordando a los fieles sus
obligaciones, con Cristo a un lado y al otro la bandera de Cuba? ¿Quién
va a olvidar aquellos sermones suyos, —mitad arenga, porque no hay prédica
que valga si no mueve al hombre a su mejor ocupación— en los que señalaba,
juntos, el deber religioso y el deber cubano?
Lo hemos visto como el Jesús del Evangelio de San Juan
arrojando del templo, a golpes de cuerda y de azotes, a los que con su
conducta profanaban la iglesia, a los que con sus actos profanaban el
templo mayor, que es la patria. No entendía Ponjoán, no entendió
nunca, al igual que su admirado Félix Varela, cómo podía haber
desacuerdo entre el precepto cristiano y el deseo de justicia y de
libertad que a él lo había arrojado de Cuba; no entendía cómo una
curia asustadiza, sentada ante las víctimas de su patria, podía
ponerse a mercadear prebendas para ejercer su ministerio en la isla,
como si otro fuera el ministerio del religioso que el de enseñar el
triunfo del espíritu sobre el provecho inmediato.
Nunca fue más fuerte ni más hermoso el catolicismo que en
las catacumbas de Roma, clandestino y rebelde, cuajado de mártires, sin
otra liturgia que el desafío a los tiranos: por cada santo que ha dado
el cristianismo del contubernio con el poderoso, ha dado miles su compañía
con los perseguidos; hay muchos más cristianos en el paraíso por el
ejemplo de la iglesia incorruptible que por el esplendor de su imperio.
No fue nunca más grande el catolicismo de Cuba que cuando el
Padre Varela no quiso acomodarse con España y desafió la jerarquía
eclesiástica por no traicionar a su patria, y pagó el compromiso de su
conciencia con el destierro, la pobreza y el olvido a sus compatriotas.
Ni en mucho tiempo había sido tan grande el catolicismo de Cuba como
cuando, por los rifles asesinos en La Cabaña de Castro, antes de caer
con el pecho destrozado por las balas, lanzaban los cubanos su grito de
“¡Viva Cristo Rey!”.
Pero también Ponjoán, cristiano, recomendaba la caridad.
Sin importar la indignación que nos produce el extravío del prójimo,
hay que perdonar, porque no hay futuro para Cuba, y quizás para todo el
mundo, que no exija, más que ninguna otra virtud, la tolerancia. ¿Cómo
se podrá entrar en nuestra historia, pecadora antes y pecadora hoy, sólo
con el dedo acusador y en cobro de cuentas? Que odien allá, nosotros no
queremos odiar. Pero, por otra parte, ¿quién va a ir a Cuba, ciego
ante el abuso, a entrar entre un pueblo que mantiene la fuerza
arrodillado, a darle la mano a la fuerza, como quien vuelve a una
amistad por el acaso interrumpida? Una cosa es la piedad para el que
quiere reparar el error y otra es la humillación ante la soberbia y el
fanatismo.
La primera ley de la caridad ha de ser para los que tenemos más
cerca, para los que también, desde este lado de la guerra, combaten la
tiranía, aunque lo hagan mal, aunque hasta parezca que sirven con su
pifia al enemigo.
Hay un programa inédito, que nos dejó Martí, de esa
caridad, aún no puesto en práctica, y ante el recuerdo de Ponjoán hay
que mencionarlo, porque él sentía a Martí como padre, y lo estudió,
y le fue apóstol entre los jóvenes que disfrutaron su magisterio.
Como nosotros, Martí vivió en el destierro, y tuvo también
a su lado al cómplice y al débil, pero sobre ellos supo edificar la
patria, y nos trazó el camino en estas palabras que ahora resultan
oportunas; dijo de los que con él sufrían el destierro:
¿Qué cubano mirará como enemigo a otro cubano? ¿Qué
cubano, que no sea vil, se gozará de humillar a otro? Aunque yerre un
cubano profundamente, aunque toda el alma nos arda de indignación
contra su error, aunque sea traidor verdadero; aunque llegue a hacernos
tan abominable su presencia que nos venga a los labios al verlo o al
recordarlo la náusea que producen los infames; aunque arremetamos ante
él ciegos de ira, como un padre arremete contra el hijo que lo
deshonra, cáigansenos los brazos antes de herirlo, porque nos heriremos
a nosotros mismos. Ha podido errar, ha podido errar mucho, pero es
cubano. Que siempre esté la puerta abierta, de par en par, para todos
los que yerran. Sólo la grandeza engendra pueblos; sólo los fortifica
la clemencia.
Eso predicaba Martí, “grandeza” y “clemencia”, y al
noble cubano que fue Ponjoán, al hombre justo que vimos levantar sobre
la soledad y la nieve del exilio un hogar que lo honra, le decimos,
porque donde está nos oye, que con las cuerdas del Cristo sublime del
Templo continuaremos su lucha, pero también con toda la fuerza que se
requiera para someter la cólera que estorbe en la reconstrucción de su
patria.
|