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REQUIEM
POR ‘TOBÍAS’
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Ha muerto en Nueva York
Francisco Malvido. De la Biblia había tomado el noble anciano, para
cuidar la modestia de su pluma, el nombre de otro ciego venerable. En la
fragilidad del periodismo se perderán las columnas de su “Rincón
Ameno”, donde dejó tanto de su candor y de su inventiva, pero no se
perderán, entre los que le disfrutaron el trato, sus consejos de
caridad y fortaleza.
Nació Malvido en La Habana, en 1893, y sin las
trabas del aula ni el lastre de la erudición, se hizo sabio por donde
el conocimiento no padece de soberbia: en el bregar de una vida austera
y en la disciplina del estudio secreto, “Ganado el pan, hágase el
verso”, dijo Martí, y Malvido, tras el empleo comercial que le
ocupaba los días, visitaba la redacción de revistas para darle sosiego
a su vocación de escritor; otras veces iba a las estaciones de radio, y
allí entregaba sus ingeniosos libretos, algunos recogidos después en
el volumen que tituló Siete radio-comedias. Como desde niño había hecho costumbre la
humildad, firmaba sus escritos con el anagrama “Franco M.
d’Oliva”, y bajo el seudónimo, o sin firma, fue dejando sus
colaboraciones en la revista Romances,
y en la de misterios y cuentos policiales cuya “X”
en la cubierta anunciaba el tema.
Como tantos cubanos justos,
vio Malvido en la revolución una esperanza, pero cuando se le
enturbiaron los caminos a su patria, como si fuera el estiércol caído
en los ojos del hebreo, a él se le enturbió la vista, y quedó ciego.
Pero aún así le parecía preferible el exilio, y en 1964 pudo salir de
Cuba. Acompañado de sus dos hijas, y con sólo permiso de tránsito,
llegó a México para iniciar una de esas aventuras que entre nosotros,
por oídas y frecuentes, pierden el cariz de epopeya: en un descuido de
las autoridades, sobre una balsa cruzó Malvido la frontera del Río
Grande.
Vino luego el pan amargo del
destierro: el desamparo, la miseria, y encontrar la mano de la
Providencia en un techo, en una manta o en un plato de comida. Pero él
pensaba, como su homónimo del Antiguo Testamento, que “mejor es poco
en la justicia que mucho en la iniquidad”, y las dificultades las sentía
como escalones del paraíso.
Se fue a vivir a Nueva York,
otra Nínive, y al amparo de sus hijas, construyó un hogar sencillo que
él volvía suntuoso. Allá iban a verlo sus amigos: una niña le
recitaba oraciones, un clérigo le leía el Evangelio, un caballero le
hablaba de los avatares del mundo. Allá llevaba el músico una guitarra
para evocarle los aires de su tierra; y el poeta, baladas, que rimaban
mejor al conjuro de su aplauso; y los cantantes de nombre iban a
entretener al huésped amable que tarareaba con ellos, entera y
graciosa, “La verbena de la paloma”.
Con el gusto de la vista íbamos
todos como quien hace favor, con algo de compasión y de piedad en el
bolsillo, a consolarlo, pero ante él cambiaba la escena y quedábamos
como en visita petitoria, encogido el regalo, recibiendo del tesoro de
su bondad. Como Job y Tobías, Malvido encontraba gracias del cielo en
el lugar del quebranto. La resignación es el hábito de los hombres
superiores, pero más lejos, como en un monte de ángeles, anidan los
que en el crisol de la fe hacen de la queja alabanza ¡Qué admirable la
lógica de su infortunio! Nosotros eramos la sombra, los derrotados; él,
el escogido de la divinidad que en su designio le hacía caricia el látigo,
y el castigo premio. No es otra cosa la virtud que el poder de elevar a
quien ella se expone, y del lado de Malvido nadie salió sin sentirse
crecer el espíritu. Y para que no se dudara de su alegría, se dio en
hacer la de los demás, y en el silencio de sus últimos años hilvanaba
letras en crucigramas y adivinanzas con la ayuda cariñosa de una hija.
Bajo el nombre de “Tobías” llamó a aquellos juegos que aparecieron
en el periódico La Voz, de
New Jersey, “Rincón Ameno”, y los lectores creían que el título
era un reflejo del minuto solaz que allí hallaban, sin saber que el
“rincón ameno” era el lugar donde el noble anciano, como un niño
embriagado de luz, jugaba con las que él llamó, muy en su estilo,
“palabras generosas”.
No tuvo este Tobías, como
el de la Biblia, la hiel del arcángel que le volviera la vista. O quizás
nosotros, en verdad los ciegos, no vimos el milagro, y cuando se le
desprendieron las capas que le cubrían los ojos, lo dimos por muerto...
Ego sum lux et veritas et vita.
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