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ANDRÉS
VALDESPINO
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Recordar es siempre un acto
de generosidad: evocamos un minuto amable y se nos aparece aun más
hermoso de lo que fue, como si el tiempo le hubiera suprimido las
sombras, toda imperfección. De ahí la leyenda de aquellas inmortales
endechas que proclamaban que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.
Cuando no está ya junto a nosotros, aumenta en él la gracia con la
cual lo veíamos, el amparo con el que nos abrigaba. Se dice, con
razón,
que “recordar es volver a vivir”, pero es un vivir más de poesía
que de historia, porque el recuerdo ordena el pasado a capricho, más
cerca del sueño que de la realidad. No es ahora el momento de discurrir
sobre si nos engañamos al ver o nos engañamos al recordar —quizás sólo
en lo ausente funciona equilibrado nuestro juicio—, pero sí parece
necesario advertir que no son producto de ese efecto —a lo mejor
defecto— de la memoria lo que aquí digamos de Andrés Valdespino.
Hay en estos actos el
peligro de crear una especie de mito a costa de un ser humano. Nos
dejamos llevar de la imaginación y del cariño, e inventamos una figura
irreal y deshumanizada que se aleja del mismo objeto del culto. Yo conocí
bien a Andrés Valdespino, y les puedo asegurar que nada le hubiera
disgustado más que verse en un altar, adornada su existencia a impulsos
de la fantasía; y por dos razones: por la sencillez de su espíritu,
que le estorbaba esa vanidad, y porque dicha falsificación habría ido
contra lo que fue su vida, como ejemplo de conducta. Hay modestias de
varias clases, hasta ilegítimas, pero la de él era sincera y purísima;
lo mismo que no prodigaba el elogio, era corto en recibirlo; hombre de
talento, sabía que en el comercio del halago puede triunfar la
soberbia; hombre de gusto, no ignoraba que la lisonja es la madre de la
pedantería; y él nada tuvo de soberbio ni de pedante. Además,
empiezan a acumularse los años de su muerte, y entran en esta escena
los que no lo conocieron, y pensarían que hablamos de un ser extraño,
como de una criatura superior ajena a nuestro quehacer diario.
Si Andrés Valdespino merece
el homenaje que supone este acto, no es porque fue distinto de nosotros,
porque la vida le regaló alientos que nosotros desconocemos, sino
porque se hizo distinto a fuerza del programa que se impuso. Ésa es la
imagen que debe prevalecer en este homenaje. Por eso me ha parecido un
acierto de la profesora Zenaida Gutiérrez, traer todos los años, a la
entrega del premio que lleva su nombre, a alguien que muestre aspectos
de aquel ser singular, salvándole del inútil panegírico, para que
pueda cumplirse algo más la razón de su vivir.
Están aquí su familia, sus
compañeros de trabajo y algunos de sus alumnos. En su día les tocará
a ellos hablar del deudo, del colega, del maestro. Yo les voy a hablar
del amigo. Y puedo asegurar que su amistad fue grande porque sobrevivió
un empeñó académico en colaboración. Nada me parece más difícil
prueba en la relación humana que escribir entre dos una antología con
las pretensiones de la nuestra, la Antología
Crítica del Teatro Hispanoamericano. Nunca es fácil la
selección de textos. Cuando uno la hace solo lucha consigo mismo. ¿Qué
eliminar? ¿Cuál es la obra más representativa? ¿Qué pasaje es el de
mayor mérito? Se desvela el antólogo hasta que decide el material y
termina esa parte del trabajo; pero cuando es decisión de dos se hace más
difícil el asunto. ¡Cuántas horas pasé con Valdespino discutiendo
sobre los textos! A él le gustaba más una comedia de Sor Juana, y a mí
otra; prefería la tragedia de Fernández Madrid y yo la de Juan Cruz
Varela. Y no era flojo en el ceder —y yo lo soy aún menos—, pero me
vencía con su buen juicio, o se reducía —que es otra forma de
vencer, y no la menos noble— sin que quedara de aquella disputa una
herida, una reserva. Era ése su arte de tratar a los demás: yo no
conocí entonces a un Valdespino vencedor y a otro vencido, sino siempre
al mismo, porque él no sabía andar ni de mandamás ni de mandamenos,
sino al nivel de sus semejantes, que es la manera natural del hombre
virtuoso.
Nunca olvidaré la
experiencia que tuve cuando, ya enfermo, lo sustituí en un curso que no
pudo concluir. Los alumnos aceptaron el cambio, pero debo confesar que
me sentí un poco como intruso. Yo conocía los textos, eran los de
nosotros, y el tema, pero entre aquellos estudiantes y el profesor que
tuvieron antes había un vínculo más allá del ejercicio normal de la
enseñanza: ellos no sólo admiraban la capacidad magisterial de
Valdespino, sino que lo querían con ese afecto y esa lealtad que
disfruta quien no se ampara en jerarquías para influir en el alumno. En
aquellas semanas tuve esa otra prueba de su condición superior: iba de
la clase a visitarlo, y le contaba mis impresiones, y él despachaba
como bromas la sincera sorpresa mía con la que le llevaba del aula los
mensajes de cariño. No es rara la injuria en este mundo de pequeñas
envidias y grandes pasiones, pero yo no le oí a Valdespino una palabra
mala de nadie, y tampoco la oí sobre él. Se hacía querer de todos, y
así pasó entre nosotros como doctrina viva, que es mejor que toda
palabra.
Valdespino, ustedes lo
saben, se inició en la cátedra de Leyes, y derivó hacia la literatura
más que por vocación por necesidad. Su amplia cultura, y su talento,
le allanaron el camino en la nueva materia, y como la garantía de la
buena enseñanza está más que en el saber en el arte del educador, él
se hizo otra vez un notable maestro. Yo le vi preparar las clases. El
trabajo que nos ocupaba urgía, pero él nunca le quiso sacrificar un
minuto de sus obligaciones, lo que entendía como su deber primero.
La parte más polémica en
la preparación de una antología es el análisis crítico y el aparato
erudito que lo justifica: requiere el mayor esfuerzo, la más continua
dedicación. Por razones personales nuestra obra le importaba más a él
que a mí —yo había empezado antes y tenía mis publicaciones; él
andaba con las angustias del tenure y del publish or perish,
esas metas y normas, crueles a veces, no siempre justas, en las
universidades de este país—, pero él ponía cada cosa en el lugar
que le dictaba la conciencia, y leía incansable las novelas y los
ensayos que iba a explicar en las clases, sobre las notas que había
acumulado en meses de preparación. Se salía de los manuales y de los
lugares comunes, y sin pretender impresionar a la clase con sorpresas y
juicios rebuscados, presentaba la literatura con ese razonamiento
ordenado del que sabe no excluir lo inefable del arte. Él se adentraba
en el misterio y salía con lo necesario para la explicación, y lo
armaba de nuevo ante los ojos agradecidos de sus alumnos.
¡Cuántos ejemplos les podría
ofrecer de su amistad, junto a los del intelectual y del maestro! Hay
otras aristas que quedan intocadas, el hombre público, el creyente,
pero no quiero terminar estas palabras sin decir una más sobre el
amigo. No es otra cosa la amistad que el arte de hacer más llevadera
la vida a un semejante, una vez con el elogio, otra con el consejo,
hacerla mejor. Decía un novelista francés, con marcada ironía, que la
receta de la amistad era “tener los mismos gustos y distintos
oficios”: era de la opinión que de esa manera quedaba segura la
comunión del placer sin el peligro de los intereses encontrados. Andrés
Valdespino y yo, sin embargo teníamos pocos gustos comunes y oficios
iguales, y fuimos buenos amigos. La excepción era posible por su
sinceridad y por su tacto. Yo había hecho costumbre darle mis escritos
antes de que llegaran a la imprenta; él me los enjuiciaba con severidad
y me regañaba el estilo, y a mí, que no me sobra la paciencia, me
pareció siempre regalo su crítica, nunca capricho, y más de una página
mía lleva culpa por no haberle seguido el consejo.
Ése es el hombre que yo he
querido evocar, el que merece este homenaje. Así hubiera querido él
que se le recordara, como cualquiera de nosotros, el más humilde, pero,
eso sí, empinado sobre la mayoría por el deber y el trabajo; y también
hubiera querido que, detrás de esta liturgia necesaria, con su memoria
presente, saliéramos de aquí mejores, moldeados un poco a su hechura y
a sus principios.
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