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LENIN: EL ASESINO ADMIRADO POR CASTRO  


El Lenin desconocido

Castro y Lenin

El parque Lenin

Lenin en la filatelia cubana

Lección y advertencia

 

Con todo acierto afirmó George Orwell que “Lenin fue un político que logró inmerecida fama por el simple hecho de haberse muerto a tiempo”. Y cuando dijo eso Orwell aún no se conocía más que parte de su fracaso como gobernante, de lo incorrecto que estuvo en sus predicciones sobre el Estado socialista y de lo equivocado que resultó su análisis de la realidad internacional: ni el imperialismo ha sido la última etapa del capitalismo ni el antecedente obligado de la revolución proletaria.

Lenin supo presentar su lucha contra la injusticia y la opresión que lo precedió como una noble cruzada, pero su empeño obsesivo, su resentimiento vesánico contra el viejo mundo burgués que había ahorcado a su hermano por atentar contra la vida del zar, lo llevó a confundir el crimen con la virtud, dándole a aquél, cuando conseguía lo propuesto, el crédito que sólo merece la más sana conducta. Con todas sus monstruosidades, Stalin no fue más que un perfecto leninista. La pena de muerte y los severos castigos que decretó Lenin contra cuantos “realizaran propaganda o pertenecieran a organizaciones apoyadas por esa parte de la burguesía internacional que se negaba a reconocer... el sistema comunista”, es lo que sentó las bases para el Artículo 58 del Código Penal por el que millones de ciudadanos fueron a dar a las cárceles y a los campos de concentración. Y al crear Lenin la Cheka, en 1918, el órgano punitivo al servicio de la dictadura, quedaron sentadas las bases para las grandes purgas de Stalin entre 1935 y 1938: a raíz de su fundación: Latsis, uno de sus jefes, con la anuencia de Lenin, publicó un edicto en Pravda, en el que le ordenaba a sus subalternos: “No pidan pruebas de que el imputado haya hecho oposición al gobierno soviético con las armas o con la palabra para poder incriminarlo. Vuestro primer deber es preguntarle a qué clase social pertenece, cuáles son sus orígenes, su instrucción profesional; estas preguntas bastan para decidir el destino del acusado...”: el propósito era, por supuesto, eliminar físicamente a la oposición. ¿Y no  fue el primer director de la Cheka, Felix Dzerzhinski, el hombre de confianza de Lenin, quien dijo que sus “convicciones políticas” le impedían tener “ningún tipo de compasión por sus semejantes”, por lo que jamás la tuvo? Aunque algunos llegaron a creer que los excesos del estalinismo habían sido un desvío del programa de Lenin, puesto que se escondió su invención de ellos,  lo cierto es que fue la paranoia de Lenin por lo que llamaba la “felicidad del proletariado”, a costa de violencia y sangre, lo que dio fundamento a cuantos crímenes se cometieron después de su muerte a nombre del marxismo-leninismo.  

Izquierda: Lenin poco antes de su muerte, con su hermana y su médico, el Dr. O. Förster,  en una foto sin retoque. La publicó la revista L ‘Express International a fines de 1994, donde se dice que aparece con su cara destrozada por su "locura silenciosa” (sa folie silencieuse). Derecha: foto del mismo día retocada por la censura, en la que aparece con el Dr. Fëdor Gete y el Dr. O. Förster, esta última foto tomada del libro de Robert Service Lenin: A Biography, Harvard University Press, 2000.

La “fama inmerecida” de que habló Orwell, además de por su temprana desaparición, la logró Lenin por el hábil manejo, y el de los que lo sucedieron, de cuantos datos y documentos se relacionaban con su vida. El propósito era presentarlo como un santón que sirviera de modelo del perfecto revolucionario, y no como el embustero y el delincuente que fue: “el apóstol del comunismo”. El postulado marxista de que lo personal debe someterse a lo social, le sirvió siempre a los soviéticos para ocultar los defectos y disparates de las autoridades de mayor jerarquía. Al igual que en Cuba hoy, los funcionarios menores sí tenían que exponerse a la vigilancia pública, pero los miembros del Buró Político y los altos oficiales del ejército, así como sus familiares, mientras no cayeran en desgracia, no tenían que rendir cuentas de sus actos, por lo que nadie se enteraba de los privilegios de que disfrutaban, del dinero, los viajes, los lujos, los autos y los sueldos de que disponían, ni de su conducta privada ni de su responsabilidad directa en los abusos del poder. Pero con el desplome del campo socialista buena parte de lo oculto en la Unión Soviétca ha subido a la superficie, y las más altas figuras empiezan a conocerse en su culpable y bochornosa dimensión. El mejor ejemplo es la reciente biografía de Lenin que escribió el general Dimitri Volkogonov, la cual lo deja ver como un obsesivo asesino.  

En su visita a Pravda, en 1963, Fidel Castro, para identificarse con el líder soviético, se hizo retratar ante el cuadro de Lenin leyendo ese periódico.

Hace poco, el primero de agosto, el New York Times publicó una entrevista con ese general, historiador y antiguo jefe del departamento de la guerra sicológica del ejército, el cual se ha dedicado durante los últimos años a estudiar los horrores del marxismo-leninismo. “La historia”, dijo, “me llevó a renegar de todo lo que había dado fundamento a mi existencia... De lo único que puedo sentirme orgulloso —mi más grande mérito— es el de haber podido cambiar fundamentalmente mis puntos de vista. Me siento muy feliz de que al final de mi vida me haya podido librar de la pesadilla [comunista]”.

Volkogonov fue uno de los primeros militares en apoyar al presidente Boris Yeltsin, de quien fue su asesor hasta que en diciembre de 1993 lo eligieron miembro del Parlamento. Dijo en sus declaraciones al New York Times que en tiempos de Leonid Brezhnev empezó a enterarse de las atrocidades de la vida soviética, y que se desencantó del sistema por los documentos de que tuvo noticia en los archivos secretos del Partido Comunista. Luego fue, como jefe del Departamento de Propaganda Especial, entre otros países, a Angola y Etiopía, donde tuvo que ver morir a numerosos soldados cubanos allí enviados por los pujos internacionalistas de Castro, y comentó que los aliados de Moscú, como le pasó a Cuba, lograban cuanta ayuda militar solicitaban, “pero que todos se empobrecían mientras su situación económica se desintegraba...”; así llegó a la conclusión de que “el modelo marxista era un callejón sin salida”, y que ellos mismos estaban “presos en esa trampa”.

El punto culminante de la conversión de Volkogonov fue el descubrimiento de una orden firmada por Lenin en la que pedía que se ahorcaran a numerosos campesinos, y que sus cuerpos se dejaran en la horca para que la masacre sirviera de escarmiento a la población. Otros secretos terminaron por abrirle los ojos respecto a la realidad soviética, entre ellos, la orden escrita por Stalin para asesinar a Tito; el encuentro de una caja fuerte que perteneció a Konstantin Chernenko repleta de dinero robado; la admisión de terroristas árabes como estudiantes en las universidades de Moscú; el diario de Brezhnev que ponía en evidencia su pueril y enfermiza pasión por los automóviles, los relojes, las condecoraciones (de las que llegó a tener hasta un centenar poco antes de su muerte) y de las armas de fuego (durante su visita a Cuba, Castro le regaló las pistolas de Napoleón que habían pertenecido a un coleccionista de La Habana). Brezhnev, quien gobernó la Unión Soviética entre 1964 y 1982 (el más largo término después del de Stalin) es otra de las figuras recientemente desinfladas por una biografía, la de su sobrina Luba Brezhneva, The World I Left Behind, quien habla de su alcoholismo, de la corrupción administrativa que estimulaba, del estancamiento que provocaron sus disparatados planes económicos, y de su falta de fe en el marxismo-leninismo: “Es un cuento de hadas para consumo popular”, decía en la intimidad de la familia; y así, con ese “cuento de hadas” se engañaba al pueblo y se mantenían los gobernantes en el poder. Por su parte Alexander Yakovlev, uno de los arquitectos de la perestroika, también en son de burla, comparó a Brezhnev en su libro de 1993, The Fate of Marxism in Russia, con uno de los personajes de Nikolai Gogol, el cual, por sus manejos, y con la ayuda de sus admiradores, pudo dar la impresión de haber sido un gran hombre, pero cuando se descubrió lo que en verdad había sido, “lo único importante que se pudo decir de él fue que tenía muy pobladas las cejas”.

El Lenin desconocido

El libro de Volkogonov se titula  Lenin: A New Biography, y fue publicado hace unos meses en la traducción de Harold Shukman, de la Universidad de Oxford. Es, en verdad, una nueva biografía ya que el general, por su privilegiada posición, pudo hacer uso de miles de documentos de los archivos del Partido Comunista, que permanecían escondidos en el sótano de un refugio antiaéreo con paredes de acero, los cuales revelan hasta qué extremos llegó la manipulación oficial para hacer aparecer a Lenin de acuerdo con lo que el Partido creyó conveniente, y para ocultar cuanto estimaron no convenía a su imagen. Algunos ejemplos bastarán aquí para entender el proceso de las mentiras.

Desde hacía tiempo se sospechaba que el abuelo materno de Lenin, Alexander Blank, era judío, pero oficialmente esa realidad se negaba por considerarla de “peligrosidad ideológica”: a pesar de que muchos de los colaboradores de Lenin eran de origen hebreo —Trotsky [Bronstein], Kamenev [Rosenfeld], Zinoviev [Apfelbaum], Radek [Sobelson], y Sverdlov (el que organizó el asesinato de la familia imperial), entre otros—, hubo después de la muerte de Lenin, una viva corriente de “antisemitismo y antizionismo estalinianos” que aconsejaba no revelar esa verdad; Volkogonov descubrió que, efectivamente, el abuelo de Lenin era judío. Y por razones similares se mantuvo en secreto, su parentesco con un comandante de la Alemania nazi. También se ocultaron las relaciones amorosas de Lenin, en particular con Inessa Armand, quien trabajó para él entre 1910 y 1916, quien siempre se presentaba ante los lectores como “destacada personalidad del movimiento comunista y obrero internacional” y “colaboradora” de Lenin, y no como su amante, puesto que a principios del gobierno bolchevique se quiso inculcar en el pueblo la idea de que las relaciones sexuales no debían tener importancia; de esta feminista francesa se supo algo por las memorias de la esposa de Lenin, la Krupskaya, que tampoco permitieron publicar, como las de Lydia Fotieva, la secretaria de Lenin, hasta 1988. También pudo comprobar Volkogonov que era cierto que Lenin había muerto en brazos de Nikolai Bujarin, su más querido y cercano colaborador, lo que ocultaron las autoridades porque esa realidad dificultaba presentarlo como un “desviacionista” y traidor al leninismo cuando lo mandó asesinar Stalin en 1938.

Respecto a los hechos de sangre en que tuvo directa participación Lenin, que es lo que aquí más interesa, también para justificar la palabra “asesino” en el título de estas páginas —el que “causa viva aflicción o disgusto”, o mata “a una persona alevosamente (con ‘perfidia y sin riesgo del delincuente’) y con premeditación”— el antiguo general soviético presenta en su libro documentos en los que se descubre cómo Lenin insistía en que se fusilara, se ahorcara y se tomaran rehenes para amedrentar a la población: en una oportunidad ordenó el fusilamiento de varios cientos de oficiales de los guardias blancos, durante la guerra civil, para después acusar de esos crímenes a los guerrilleros que se oponían a su gobierno.  Durante el levantamiento de los kulaks en 1918, de los campesinos acomodados o que no apoyaban a los bolcheviques, Lenin, con estas palabras, otra vez para sembrar el terror, dio la siguiente orden —de la que habló Volkogonov en su entrevista con el Times—: “Cuelguen, quiero decir que cuelguen para que todo el mundo los vea, no menos de 100 kulaks conocidos, de esos ricos chupadores de sangre... Háganlo de manera que por cientos de millas alrededor, la gente vea, tiemble y sepa y grite: ‘¡Están matando, y van a seguir matando a los kulaks, chupadores de sangre!’“ En otro escrito, Lenin instruye al Buró Político para que se aproveche de la resistencia de la iglesia a entregar sus riquezas y así imponer la confiscación de todas sus propiedades, y recomendaba también ejecutar “el mayor número” de reaccionarios en Moscú y en varios “centros eclesiásticos”.

Con otros papeles y expedientes que tuvo en  sus manos Volkogonov se comprueba la maldad y la inconsciencia del líder soviético al haber vaciado el tesoro ruso, sus reservas de oro, en los partidos comunistas del mundo, para hacer propaganda a favor de los bocheviques, a pesar de la hambruna de 1921, en los mismos meses en que la Unión Soviética vivía gracias a la caridad del mundo capitalista. Cuando en 1918, en Petrogrado, los enemigos de Lenin mataron en un atentado a Volodarsky, el Comisario de Propaganda, y las autoridades locales no tomaron medidas represivas suficientemente duras, Lenin les escribió una recomendación que puede considerarse como un antecedente de los “actos de repudio” que hoy se practican en Cuba; les dijo: “He sabido que los obreros de Petrogrado querían responder a la muerte de Volodarsky con el terror, y que los líderes del Partido ahí los detuvieron. Protesto resueltamente contra esa decisión. Eso es im-po-sible [destacando así la palabra]. Los terroristas van a pensar que somos débiles. Esta es una ocasión única. Debemos mostrarnos enérgicos y desatar un total terror frente a los contrarrevolucionarios. Estamos contradiciéndonos: nuestras directrices proponen un terror masivo, pero cuando llega el momento de imponerlo, nosotros detenemos la completamente justificada [subrayado en el original] iniciativa revolucionaria de las masas “; y así se cumplieron sus órdenes con “actos de repudio”, cárceles y fusilamientos. Cuando Estonia y Lituania declararon su independencia, también para aterrorizar a los patriotas de aquellas regiones, Lenin dio esta orden al ejército: “Crucen la frontera en algún lugar, aunque sea solamente media milla, y cuelguen cien o mil ricos y a sus criados...”  

Con ejemplos como estos Volkogonov concluye: “Lenin fue el padre del terrorismo ruso, totalitario, sin consideraciones de ninguna clase... Todo lo que sucedió en Rusia después de la muerte de Lenin se hizo según sus planes, sus preceptos y sus principios: el Estado totalitario, la sociedad burocrática, el dominio de una sola ideología, el ateísmo militante, la economía planificada, la explotación obrera, la militarización continua...” Y al hablar del Gulag y de las purgas de Stalin en los años 30, insiste: “...el verdadero padre de los campos de concentración bolcheviques, de las ejecuciones, del terror, y de los organismos que tenían que estar sobre el Estado, fue Lenin”.

Aunque la responsabilidad directa de Lenin en los crímenes de su época, como se ve ahora,  siempre se escondió para dar la impresión de que él no estaba enterado de ellos, no se ocultó la teoría leninista en que se amparaban, necesaria para justificar las medidas más crueles: en un artículo suyo, de 1920, dijo: “La dictadura [proletaria] significa, y tómese nota de esto de una vez y para siempre, el ejercicio del poder basado en la fuerza, no en la ley”; y cuando en ese mismo año el anarquista Peter Kropotkin le escribió para que suspendiera la matanza de rehenes, y le preguntaba en una carta, “¿No se dan cuenta ustedes [los marxistas-leninistas] de que esas medidas represivas significan volver a los peores tiempos de la Edad Media y a la guerras religiosas, y que no merecen pertenecer a la gente que se ha impuesto crear la sociedad del futuro?”, Lenin no le hizo caso, ni le contestó, y fríamente puso en el margen de la carta estas palabras: “Para los archivos”, y allí la encontró setenta años más tarde el general Volkogonov.

La inspiración de Stalin fue Sergei Nechaev (1847-1882), el autor del Catecismo del revolucionario, quien decía que “todo lo que sirve para triunfar es moral, y todo lo que impide el triunfo de la revolución es criminal”, por lo que siempre “el fin justifica los medios”. Lenin, por su parte, se inspiró también en Nikolai Tchernuishevsky,  revolucionario, intransigente hegeliano, autor de la novela ¿Qué hacer?, título que usó Lenin en su estudio de 1902 sobre la forma de crear una organización revolucionaria: este agitador que pasó 20 años en la prisión de los zares, que habló del “hombre nuevo” que habría de crear un “distinto orden social” y cuyo héroe comía carne cruda y  dormía sobre clavos para fortalecerse, dijo que “un hombre con ardiente amor por lo correcto y justo, no podía ser sino un monstruo sombrío”. A la luz de lo que ha expuesto ante el mundo el general Volkogonov, se confirma que Lenin, con el disfraz de un “ardiente amor por lo correcto y justo”, fue cabalmente “un monstruo sombrío”.

Castro y Lenin

Más que de las ideas de Lenin, Castro se enamoró de los métodos del dirigente bolchevique para mantenerse en el poder. Al proclamarlo como guía y mentor de la revolución de 1959, además, se aseguraba la ayuda de Moscú. A continuación se transcriben unos pocos pasajes de su discurso en el teatro Chaplin el 22 de abril de 1970, al cumplirse el centenario del nacimiento de Lenin, que sirven para poner en evidencia la admiración de Castro ante el líder soviético —discurso también digno de memoria por los insultos que le dedicó a la Organización de Estados Americanos, ahora apurada por sentarlo en su seno: “...Cuba jamás aceptará ingresar en esa basura indecente que es la OEA... ese prostíbulo político que es la OEA... Cuba ingresará en la OEA el día en que la OEA expulse a Estados Unidos de la OEA...”—; y sobre Lenin, Castro dijo, adulón, servil y mentiroso, ante una nutrida representación de diplomáticos rusos y de miembros de la Sociedad de Amistad Soviético-Cubana:

No nos atreveríamos a hacer un panegírico de Lenin, porque siempre nos quedaría la preocupación de que las ideas no fuesen capaces de expresar todo lo que realmente la admiración encierra... Lenin es de esos casos humanos realmente excepcionales. La simple lectura de su vida, de su historia y de su obra, el análisis más objetivo de la forma en que se desenvolvió su pensamiento y su actividad a lo largo de su vida, lo hacen en realidad, ante los ojos de todos los humanos, un hombre verdaderamente excepcional... Cuando se haga una evaluación superior de las personalidades de la historia, Lenin, junto a Marx, descollará entre los hombres, los pensadores que mayor trascendencia habrán tenido en la historia de la humanidad... Al lado de ellos las anteriores personalidades no serán personalidades históricas, sino personalidades prehistóricas...

Hay que decir que el pensamiento de Lenin ha tenido una gran influencia en el proceso revolucionario cubano. Que las ideas de Lenin, a raíz de la Revolución de Octubre, se divulgaron ampliamente por el mundo, y que en nuestro país encontraron una tierra fecunda, encontraron seguidores que se inspiraron en ese pensamiento. Y que ya en el proceso revolucionario de lucha de 1930 y 1933, los revolucionarios cubanos estuvieron profundamente influidos por el pensamiento de Lenin. Y algunas de sus obras fueron para algunos de nosotros guía, doctrina, medio de comprensión sin los cuales habríamos estado desprovistos de verdades absolutamente esenciales en un proceso revolucionario. Recordamos cuando por aquellos meses que precedieron al 26 de julio de 1953, la mayor parte del pequeño grupo de compañeros que estábamos dedicados a aquellas tareas, andábamos siempre con los libros de Marx y Lenin. Y recordamos que algunos de esos libros de Lenin, porque fueron los de Lenin, cayeron en manos de la policía en los registros que hicieron después del Moncada... Un grupo de los que habíamos organizado aquel movimiento estábamos fuertemente impregnados del pensamiento marxista-leninista...

Un estudio realmente objetivo de la historia no admite comparación posible, ¡no admite comparación posible!, no admite poner al lado de Lenin ningún otro pensamiento, porque el pensamiento de Lenin descuella desde el principio hasta el final...  Hoy, como se sabe, hay superrevolucionarios teóricos, superizquierdistas, verdaderos ‘supermanes’... [que] se olvidan de los problemas de Cuba, de Viet Nam, del mundo árabe. Es decir, dondequiera que el imperialismo está allí llevando a cabo sus zarpazos, se encuentran un país, un Estado [la Unión Soviética] que envía las armas en las cantidades necesarias para que los pueblos puedan defenderse contra ese imperialismo. Nuestro caso: ¡mil quinientos millones de pesos en armamentos recibidos de la Unión Soviética! Y de ninguna manera creemos que seamos los que más hayamos recibido... Quiero decir que se cuenta por miles de millones el valor de los armamentos recibidos gratuitamente por países que voy a decir el caso nuestro: ¿qué habríamos hecho nosotros sin esas armas...?

El porvenir nos pertenece por entero. Al imperialismo pertenecen la crisis y la derrota: a la oligarquía, enfrentarse al fenómeno revolucionario que, como un fantasma, recorre el mundo, y en especial recorre este continente. De manera que ya no hay interés imperialista seguro en este continente... Digamos nosotros un viva eterno al inmortal Lenin, y un viva eterno a la amistad entre los pueblos de la Unión Soviética y Cuba. ¡Patria o muerte. Venceremos!

El parque Lenin

Con el mismo propósito de ganarse el apoyo económico y militar de la Unión Soviética, y también en un alarde de mentalidad colonial, desde 1968 el gobierno de Castro se propuso hacerle un homenaje único al jefe bolchevique, y se inició la construcción del Parque Lenin, inaugurado oficialmente en abril de 1972 en presencia de Castro, miembros del Comité Central y del embajador soviético en Cuba, Nikita Tolubeev, cuando se cumplían los 102 años del nacimiento de Lenin. El Parque es un gigantesco centro de recreación —especie de menesteroso Disney World socialista— que ocupa 700 hectáreas y tiene capacidad para 60 mil personas. Se encuentra cerca del aeropuerto de La Habana, lindando con la carretera de Bejucal, y cuenta con un cine de 8 mil asientos y pantalla de 18 por 36 metros, campos de equitación, atletismo, un tren de 10 vagones para 400 personas y vía de 9 kilómetros. Una cafetería del lugar se llama “El Galápago de Oro”; un restaurante, “La Faralla”, y el principal, “Las Ruinas”, porque está construido sobre un ingenio que destruyó el general Antonio Maceo durante la guerra de independencia —el cubano, con su buen humor, dice que el nombre del restaurante no lo debe a ese antecedente histórico, sino a que si uno come  allí, por sus altos precios, se “arruina”— Ya hoy, por la situación económica del país, por la falta de abastecimientos, energía y transporte, muchas de las facilidades del Parque no funcionan.  


Monumento a Lenin en el Parque de su nombre, en La Habana. Fue develado en 1984. Al pie de la estatua, como si fuera un pensamiento de gran profundidad, están grabadas estas palabras de Fidel Castro: “Lenin fue desde el primer instante no sólo un teórico de la política, sino un hombre de acción, un hombre de práctica revolucionaria constante e incesante”. La foto es de abril de 1989 cuando Gorbachov visitó el lugar acompañado de Fidel Castro.

Para completar el homenaje, se instaló en el lugar de mayor elevación una enorme cabeza de Lenin, junto al bosque tropical José Martí, donde están las plantas que mencionó en sus escritos —siempre Martí tiene que servirle de taparrabos al extranjerismo de los gobernantes de Cuba—. Se llevó desde la Isla de Pinos una roca de 3 metros, y sobre ella esculpió la figura el escultor Lev Kerbel, especialista en Lenin. El monumento se develó a principios de 1984 ante los hermanos Castro, Armando Hart y otros de sus esbirros y guatacas, y como invitado especial estuvo presente un miembro del Buró Político de la URRS. Al pie de la estatua, como si fuera un pensamiento de gran profundidad, o de singular belleza, están grabadas estas palabras de Fidel Castro: “Lenin fue desde el primer instante no sólo un teórico de la política, sino un hombre de acción, un hombre de práctica revolucionaria constante e incesante”.

Lenin en la filatelia cubana

Los sellos de correo sirven para conocer el derrotero de un país, el mensaje que se quiere difundir en la población y las figuras que merecen el recuerdo y la gratitud nacional. Una revisión de los emitidos a partir de 1959 dice mucho de la voluntad de Castro de sovietizar la isla. A medida que se fue rindiendo al expansionismo del Kremlin, alejándola de su tradición e imponiéndole doctrinas y hombres ajenos a su historia, más tuvo oportunidad de exhibir su admiración por Lenin.  

Se impone una comparación con los sellos de correo emitidos antes de después de la toma del poder por Castro. A pesar de la favorable corriente hacia los Estados Unidos, y de la fiebre “plattista” que existió desde la inauguración de la República hasta 1959, se hicieron solamente dos sellos para honrar a presidentes americanos de este siglo: en 1947, a Franklin Delano Roosevelt, al cumplirse el segundo aniversario de su muerte; y a Theodore Roosevelt, en el centenario de su nacimiento, en 1958. Otros norteamericanos de nombre que merecieron sellos, fueron Abraham Lincoln, en 1937, con un grupo de grandes figuras de América (Simón Bolívar, Franciso de Paula Santander, Juan Montalvo, Rubén Darío, José Enrique Rodó, Franciso Morazán, etc.), y de nuevo en 1942 (junto a Maceo, Bolívar y Juárez); Benjamin Franklin, en 1956, al cumplirse los 250 años de su nacimiento; Charles Lindbergh, en 1928, por su vuelo a la América del Sur; Clara Louise Maass, en 1951, mártir de la fiebre amarilla; y Jeanette Ryder, en 1957, fundadora del Bando de Piedad en Cuba.

El primer sello consagrado a un patriota cubano fue el del general Antonio Maceo, emitido en 1905; luego siguieron, a partir de 1910, docenas de figuras de la historia nacional: patriotas —Masó, Gómez, Sanguily, Agramonte, Calixto García, Carlos Manuel de Céspedes, Martí—; escritores, médicos, educadores, científicos, abogados, músicos, pintores, periodistas, etc.; los deportes, los monumentos, las fechas nacionales, la fauna y la flora. Un solo presidente se permitió poner su retrato en un sello, Gerardo Machado, en 1928; Fulgencio Batista no se atrevió a más que a incluir su nombre en uno de 1954 con la foto de Topes de Collantes, al que se le puso “Sanatorio General Batista”. Numerosos sellos se dedicaron a José Martí, y siempre en grandes tiradas, y con frecuencia repetidas: desde el primero de los “Patriotas Cubanos”, que apareció en 1917, hasta la serie de los 11 que se emitieron en 1953 con motivo del centenario de su nacimiento.

Una también breve revisión de los sellos cubanos a partir de 1959 muestra la especie de contrapunto que se produjo entre la sumisión a Moscú y el culto de lo propio para disimular el extranjerismo. En febrero de 1963 se emitió una serie de los astronautas rusos —Gagarin, Titov, Nikolaev, Leonov—, que siguen hasta 1966 mezclados con revolucionarios y viejos comunistas desaparecidos —Camilo Cienfuegos, Jesús Menéndez, Abel Santamaría, Menelao Mora, Ñico López—; poco después, en abril de 1963, por invitación de Jruschov, visitó Castro la Unión Soviética: a bordo del avión ruso que lo llevaba, Castro hizo conmovidas declaraciones a un periodista de la agencia TASS; le dijo:

A medida que nos avecinamos a la tierra soviética me siento cada vez más emocionado. La emoción se apodera de todos nosotros. Todos los cubanos estamos viviendo minutos inolvidables y particularmente yo que, por primera vez, tengo la oportunidad de visitar la Unión Soviética, de conocer al pueblo soviético y sus grandes realizaciones... A medida que nos acercamos a la Unión Soviética yo siento lo fuertes e indestructibles que son los lazos que unen a nuestros dos países. Estos lazos son cada vez más fuertes y verdaderamente fraternales...

En noviembre de 1964, en el 40 aniversario de la muerte de Lenin, imprimieron la serie inicial de sellos en su honor y, enseguida, al mes siguiente, el taparrabos: el homenaje “A los héroes de la guerra de independencia”: Martí, Maceo, Gómez y Calixto García. En 1966 aparece la primera manifestación en los sellos al capricho estalinista del “culto a la personalidad”: uno, aéreo, dedicado a La historia me absolverá, de Fidel Castro: es el de mayor valor, 13 centavos, y forma parte de una serie sobre las supuestas conquistas de la revolución: la Reforma Agraria, la Urbana, la Educación, la Salud Pública y la Erradicación del Desempleo... En ese mismo año, para honrar “la amistad cubano-soviética”, aparece un sello del “Hospital Lenin” y otro del “Puente petrolero”, los barcos que llevaban combustible a Cuba.

En 1967, en julio, por la polémica con la Unión Soviética, y para irritar a los dirigentes rusos que habían criticado el “Salón de Mayo”, de París, Cuba emite 25 sellos con cuadros y esculturas avant-garde no gratos a Moscú, donde se tenían  esas obras de arte como pruebas de “colonialismo intelectual”: Picasso, Miró, Max Ernst, Portocarrero, Lam, entre otros; y para disimular la pequeña herejía, en octubre de ese año, al cumplirse el cincuentenario de la revolución bolchevique, aparece una serie de 7 sellos con cuadros de asuntos soviéticos —la toma del Palacio de Invierno, Lenin en la segunda sesión de los Soviets, Lenin hablando a los soldados en 1919,  Lenin explicando ante un mapa la electrificación del país, el comienzo del plan quinquenal, un alto horno y la victoria bolchevique. Esta demostración de simpatía, sin embargo, no bastó para acallar el disgusto soviético por los atrevimientos de su pequeña colonia en el Caribe, y la presión económica se hizo sentir hasta que Castro se vio obligado en 1968 a apoyar la invasión rusa de Checoslovaquia.

La gran explosión del culto a Lenin ocurrió en 1970. Coincidía el centenario del natalicio del líder ruso con el fracaso de “la zafra de los 10 millones”, por lo que el gobierno de Cuba se vio más sometido a Moscú: en esa ocasión se hizo circular una serie de siete gigantescos sellos dedicados a Lenin, con cuadros sobre distintos momentos de su vida y citas de sus obras. Jamás en la historia de Cuba se habían hecho sellos tan lujosos en tamaño mayor: tres de 67 2 x 46 mm., y cuatro de 67 2 x 32 mm.; ni nunca el gobierno de Castro ha dedicado una serie de siete sellos a ninguna figura cubana —siete también tuvo Ho Chi Minh, en 1970, por los 80 años de su nacimiento.

En 1974 se produjo en los sellos de Cuba la más cínica falsificación de Martí, y la más vejaminosa presentación de un gobernante del país: ya se había emitido un sello de Lenin a principios de ese año, por el 50 aniversario de su muerte, pero, con motivo de la visita de Leonid Brezhnev a La Habana se emitió otro con Martí al lado de Lenin —como si fueran iguales el apóstol y el asesino; la “rosa blanca” y el “monstruo sombrío”; “la personalidad prehistórica”, como llamó Castro a cuanto pensador precedió a Lenin, y su admirada “personalidad histórica”: Lenin —y un tercero de Fidel Castro cogido de manos con el soviético: los dos tiranos, de los que la posteridad, cuando se conozcan completas sus biografías, sólo se podrá decir en elogio, como con el personaje de Gogol, que tenían “muy pobladas las cejas”.

De nuevo en 1977 Cuba le dedicó sellos a Lenin, y también en 1982, 1984, 1985 y 1987. Martí, como héroe nacional, ha recibido mucha menos atención, y cuando lo han presentado ha sido en apoyo de alguien o de algo extraño a su ideología; por ejemplo: con Ho Chi Minh, en 1970; con Castro, en 1979; como “autor intelectual del Moncada”, en 1983; por el 25 aniversario de la “Declaración de La Habana”, en 1987; en 1991 con motivo del 30 aniversario de la revelación del “carácter socialista de la revolución”...  


Sellos en honor de Lenin. Desde arriba: Martí y Lenin,  Castro, Martí y Ho Chi Minh; Martí en apoyo de, “la gesta del Moncada”, la “Primera Declaración de La Habana” y la revelación del “Carácter Socialista” del castrismo. Lenin por los 5O y los 60 años de su muerte, por “La Revolución de Octubre”, por su centenario; su mausoleo en Moscú, y junto a Marx; por la visita de Brezhnev a Cuba, donde éste aparece cogido de manos con Fidel Castro.

A partir del colapso del mundo socialista europeo el culto a lo extranjero ha cedido, y se quiere aparecer, hipócritas, sin renunciar a la doctrina importada que les conviene, más cerca de lo nacional: de esa manera en 1991 aparece Martí por el centenario de los Versos Sencillos, al año siguiente, por el de la fundación del Partido Revolucionario Cubano, y en éste, con motivo del centenario de su muerte, se hizo una pobre y desteñida serie de cinco: el Manifiesto de Montecristi, el desembarco en Cajobabo, La Mejorana, Dos Ríos y el mausoleo del cementerio de Santa Ifigenia.

Lección y advertencia

También como Lenin con el general Volkogonov, los gobernantes de Cuba pronto tendrán sus biógrafos independientes, asimismo salidos de sus propias filas, los cuales, con acceso a archivos secretos y otras fuentes de información, habrán de descubrir en documentos y testimonios los crímenes y los errores que tuvieron que ocultar el Partido y las autoridades para mantenerse en el poder —desde la desaparición de Camilo Cienfuegos y la responsabilidad de Castro en la muerte de Kennedy, hasta el contrabando de drogas, el lavado de dinero y la corrupción oficial.

La estatua del Parque Lenin no se debe destruir, como se ha hecho con las numerosas que había en la Unión Soviética y en sus colonias europeas; conviene conservarla, además, como ejemplo de la abyección de un gobierno, y para frenar la mentalidad colonial que domina la isla desde tiempos remotos, también como monumento a la estupidez de Fidel Castro y de los suyos, por haberse deslumbrado con un sistema que era innecesario para resolver los problemas del país, y que por necesidad iba al fracaso; y por haber impuesto sobre los auténticos héroes de Cuba, de sus hombres y mujeres mayores, y de su conducta y doctrinas, el ejemplo y la prédica de un fanático asesino que llevó, igual que ellos, por un camino de violencia y de sangre, al infortunio y la vergüenza en que hoy vive, su desgraciada tierra.