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EL
OTRO FIDEL CASTRO
Elogio
a la verborragia
La
falsificación de Martí
El
autobombo
Fidel
según Fidel
El
hogar y la familia
Belén
en Fidel Castro
Aplicación
y conducta
Religión
y apostolado
El
“atracón de gofio seco”
Lujuria de dominio
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Fidel;
My Early Years, es
el libro que se publicó con la ayuda del Consejo de Estado de
Cuba. A base de mentiras y falsedades, en él se presenta a Castro
como una mezcla de Espartaco, el Cid, Robin Hood, Bolívar, Martí,
Lenin y Churchill: redentor, valiente, astuto, combativo, apóstol,
revolucionario y estadista. |
A principios del pasado mes de octubre [de 1998] se publicó en Miami un
trabajo con el título “Explicando a Fidel Castro”. Partía del libro Explaining
Hitler; The Search for the Origins of His Evil, de Ron Rosenbaum, que
acababa de aparecer, y era un breve análisis sobre los orígenes de la
maldad de Hitler en comparación con la de Castro. Se destacaba allí lo
que alguna vez habían indicado otros escritos: la reserva de los dos
respecto a su niñez y a su juventud, como si en esos años hubiera
secretos que los rebajara, o que eran perjudiciales a la imagen que querían
proyectar. Y en aquel examen de su conducta obsesiva y culpable, al margen
de lo que la naturaleza les dio, producto de los genes, se mencionaban las
causas que pudieron condicionar sus vidas: los padres, la educación, sus
frustraciones, su psicosis y sus complejos.
Un mes más tarde se anunció en Nueva York la salida de un libro de
Fidel Castro con el título de My
Early Years. Podía parecer que era una respuesta a los que le señalaban
su silencio, que Castro iba a desmentir con esa autobiografía la reserva
que se le imputaba. El recuento de su temprana juventud lo publicaba la
editorial Ocean Press, de Melbourne (Australia), con oficinas en La
Habana, Chicago, Ontario, Londres, y Johannesburg. Tiene esa editorial un
catálogo con una veintena de títulos, todos en inglés, que muestran sus
intereses: un libro de lectura con obras de Fidel Castro, otro del Che
Guevara, varios sobre las actividades del FBI y de la CIA en contra de los
dirigentes cubanos, y aún otros sobre momentos varios de la revolución
castrista.
Ya a finales de enero estaba a la venta My Early Years, “by
Fidel Castro”, con un prólogo de Gabriel García Márquez. Consta de
141 páginas de texto, más 14 de ilustraciones, facilitadas, dicen los
editores, por el “Consejo de Estado” de Cuba, en papel cromo, muy bien
impreso, con encuadernación en rústica y cubiertas a dos tintas. El
libro no contiene ningún trabajo nuevo o desconocido que responda a lo
que anuncia el prefacio, donde se lee “Este libro es único en su género
toda vez que ofrece la primera colección de bocetos autobiográficos [‘autobiographical
sketches’] de Fidel Castro, un hombre que ha mantenido en secreto su
vida privada, en especial el período de su niñez y de su juventud...”
Y añade: “My Early Years se
concentra en sus años formativos para dar al lector, en las palabras de
Fidel, un resumen de su niñez y de su juventud rebelde...” Y para
justificar la publicación del libro reproducen la advertencia de Lee
Lockwood al presentar la entrevista que le hizo a Castro en 1969: “Si
Castro es nuestro enemigo, y tan peligroso como se nos dice, parece
evidente que debemos conocer de él todo lo posible... Estemos o no de
acuerdo, la mejor manera de entenderlo es oír lo que tiene que decir [‘by
listening to what he has to say’]”. Se verá aquí que, en
realidad, para “entenderlo”, hay que conocer también lo que nunca ha
querido decir.
My
Early Years
está formado por: (1) el prólogo de García Márquez, “A Personal
Portrait of Fidel”, que es el que tenía el libro Habla
Fidel (1988) con la entrevista a Castro del periodista italiano Gianni
Minà; (2) extractos del libro Fidel
y la religión: parte de las “conversaciones” que tuvo en 1985 con
el sacerdote dominico, del Brasil, Frei Betto; (3) unas páginas de la
entrevista que le hizo el colombiano Arturo Alpe, publicada en su libro El
Bogotazo. Memorias del olvido (1983); y (4), el discurso de Castro al
cumplirse los cincuenta años de su ingreso en la Universidad de La
Habana, aparecido en Granma en
los primeros días de setiembre de 1995.
El común denominador de esta colección es presentar una imagen heroica
del personaje, y hasta providencial: una especie de Mein Kampf, del Führer
(conductor) criollo, con igual cosecha de mentiras e inexactitudes que el
libro en alemán, para justificar el mito del “líder” que se
necesitaba en Cuba. Ante el fracaso de su dirección política, evidente
en la ruina actual del país, y ante sus frustraciones como
internacionalista, Castro quiere asegurarse un papel en la historia.
Resulta así en este libro una mezcla de Espartaco, el Cid, Robin Hood,
Bolívar, Martí, Lenin y Churchill: redentor, valiente, astuto,
combativo, apóstol, revolucionario y estadista.
La portada de My Early Years
tiene la foto de Castro que le hizo al principio de su gobierno el fotógrafo
americano Lester Cole, en la que aparece con una mirada transida de bondad
y determinación, y sus barbas nazarenas. Y en la primera página, y en la
contraportada, el juicio de los jesuitas (algo alterado, como se verá
luego) cuando su graduación en el Colegio de Belén: “... No dudamos
que ha de lograr para sí un nombre brillante. Fidel tiene lo que se
necesita [para triunfar en la vida] y se convertirá en algo
[importante]” (“Fidel has what it takes and will make something of himself”); y un
pasaje del juicio de García Márquez: “Fidel Castro es un hombre de
costumbres austeras e ilusiones insaciables, con una educación formal a
la antigua, de palabras cautelosas y modales sencillos [‘simple
manners’], e incapaz de concebir ninguna idea que no sea
descomunal”.
El libro es parte de la bien orquestada propaganda que sirve para
complacer la vanidad del personaje y para asegurarle la ayuda de quienes
lo temen, y ganarle el aplauso de los que no lo conocen o padecen de sus
mismos complejos. Y le es a Castro muy oportuno ahora que crecen las
rajaduras a su imagen de revolucionario, y a su mando totalitario,
obligado a vergonzosas concesiones por el fracaso de su socialismo
clasista y el hambre de dólares en el país.
My Early Years logra en parte su objetivo con verdades a medias y
mentiras enteras porque “el otro Fidel Castro”, con sus limitaciones y
sus crímenes, no se llega a presentar ante el mundo de manera
consistente. Lo poco que se hace para dar a conocer su cabal dimensión
casi nunca trasciende el cotarro del exilio y el de sus escasos amigos. Y
nos preguntamos con disgusto por qué en el extranjero le hacen la corte
al déspota, y le dan palmaditas en la espalda, o se las dejan dar por él,
o le aprietan la mano cariñosa, o lo ayudan con inversiones a mantenerse
a flote. Buena parte de la culpa es de ellos, indiferentes y cómplices,
pero mayor es la nuestra, por nuestra incapacidad y general inacción.
Mucho daño le hizo al patriotismo cubano que en los primeros tiempos del
gobierno de Castro muy reducidas fueran las actividades para combatirlo
que no tuvieran la sanción y la subvención de agencias del gobierno de
los Estados Unidos. Luego, también como herencia de esa “mentalidad
colonial”, presente entre nosotros desde el nacimiento de la República,
se redujo de manera considerable la denuncia a escala mayor. Así, menos aún
ahora se puede realizar lo que conviene por la miopía del Pentágono al
concluir que Castro no constituye una amenaza, como si sólo en la
abundancia de armas y soldados estuviera el peligro, y no también en la
serpiente que, a la sombra de un desbocado capitalismo, ya hoy sin la
brida del “fantasma” del Manifiesto
de Marx (“Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”), y
de corrompidos gobernantes,
va sembrando su veneno en las frágiles democracias de Latinoamérica, y
quizás en África, y aun en países cuya soberbia los hace creerse
inmunes a todo desvío.
Elogio
a la verborragia
El prólogo de García Márquez en My
Early Years, que había titulado en 1987 “Fidel Castro: el oficio de
la palabra hablada”, no es mucho más que una apología del habla de
Fidel Castro. Viene así a ser una forma de agradecerle el “nobelista”
los privilegios de que disfruta en La Habana. García Márquez se refiere
a la obsesión de Castro por hablar como si se tratara de una virtud
superior. No advierte que el habla compulsiva puede ser, como en este
caso, un escondrijo para ocultar la verdad, y aun síntoma de
desequilibrio mental. Esquilo, el dramaturgo griego, afirmaba que “las
palabras eran la medicina de las mentes enfermas”; y
Lin Yutang recordó en uno de sus libros al filósofo Chuang Tzu,
del siglo IV antes de nuestra era, quien dijo: “Un perro no se considera
bueno por lo mucho que ladra, ni a un hombre se le ha de creer inteligente
por lo mucho que habla”. En un trabajo que tituló “Fidel in the
Evening”, publicado en el New York
Review of Books el 22 de octubre pasado, la escritora mexicana Alma
Guillermoprieto comentaba una comparecencia
de varias horas de Castro ante la prensa, y, sorprendida por sus
inacabables divagaciones, le preguntó a un amigo si aquello se debía a
que el comandante estaba enfermo; “No”, le contestó el otro riéndose,
“Nadie supera a Fidel en hablar y hablar sobre nada cuando hay algo que
no quiere decir”.

Fidel
Castro —arriba, el segundo a la izquierda, en la primera fila—
en el colegio de Dolores, de Santiago de Cuba, con el prefecto, el
padre Domínguez. Abajo, ya en La Habana, —a la derecha—
cuando con tres compañeros de Belén ponía una ofrenda floral en
memoria de los estudiantes fusilados por los españoles en 1871. Años
más tarde, ya en el poder, con otras fechas nacionales, suspendió
actos patrióticos como ése.
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Cuenta García Márquez en su prólogo, tomado de la versión española
de la entrevista de Minà, la cual tenía el título de Habla Fidel (1988): “...Refiriéndose a un visitante extranjero
al que había acompañado durante una semana en una gira por el interior
de Cuba, Fidel Castro dijo: ‘¡Cómo hablará ese hombre, que habla más
que yo!’. Basta conocer un poco a Fidel Castro para saber que era una
exageración suya, y de las más grandes, pues no es posible concebir a
alguien más adicto que él al hábito de la conversación. Su devoción a
la palabra es casi mágica. Al principio de la revolución, apenas después
de su entrada triunfal en La Habana, habló sin tregua por la televisión
durante siete horas. Debe ser un récord mundial... Tres horas son para él
un buen promedio de una conversación diaria. Y de tres en tres horas los
días se le pasan como soplos... Las fiestas privadas son contrarias a su
carácter, pues es uno de los raros cubanos que no cantan ni bailan, y las
muy pocas a que asiste cambian de naturaleza cuado él llega... los bailes
se interrumpen, se suspende la música, se aplaza la cena y la
concurrencia se concentra en torno suyo para incorporarse a la conversación
que entabla de inmediato... Fatigado de conversar, descansa conversando...
En las muy pocas entrevistas formales suele conceder el tiempo que le
soliciten, aunque él mismo lo prolonga después con una elasticidad
imprevisible, estimulado por la dinámica del diálogo... A veces las dos
horas previstas se convierten en cuatro y casi siempre en seis. O en
diecisiete, como fue el caso de esta entrevista que Gianni Minà le ha
hecho para la televisión italiana, y que es una de las más largas que ha
concedido”.
Y en esos comentarios teje García Márquez cálidos elogios de Fidel
Castro: a su fuerza de voluntad: “De media caja de puros que se fumaba
en un día pasó a la abstinencia absoluta, sólo por tener autoridad
moral para combatir el tabaquismo... Sus cóleras homéricas pero momentáneas
son ahora fábulas del pasado, y ha aprendido a disolver sus humores
oscuros en una paciencia invencible. Total: una disciplina férrea...” A
su combatividad: “Esté donde esté, como esté y con quien esté, Fidel
Castro está allí para ganar. No creo que pueda existir en este mundo
alguien que sea tan mal perdedor...” A su aplicación y a su saber:
“Semejante molino verbal, desde luego, requiere el auxilio de una
información incesante, bien masticada y digerida. Su auxiliar supremo es
la memoria, y la usa hasta el abuso para sustentar discursos o charlas
privadas con raciocinios abrumadores y operaciones aritméticas de una
rapidez increíble...” A su americanismo: “Su visión de la América
Latina en el porvenir es la misma de Bolívar y Martí: una comunidad
integral y autónoma capaz de mover el destino del mundo...” A su
inteligencia: “Conoce a fondo los veintiocho tomos de su obra [de Martí],
y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguíneo de
una revolución marxista...”
La
falsificación de Martí
No fue cuestión de “talento” el mezclar a Martí con el
marxismo-leninismo, como dice García Márquez, sino de osadía y poca
vergüenza. Los marxistas mayores de Cuba habían señalado la distancia
que separaba a Martí de Marx y Lenin: Juan Marinello calificó a Martí
de “abogado de los poderosos”, y de “gran fracasado”. Pero Castro
en el poder muy pronto descubrió que encontraría en la “revolución
marxista” el caldo de cultivo ideal para sus impulsos enfermizos, y para
hacérsela más fácil de digerir al pueblo se le ocurrió vestirla con
ropaje martiano. Pero como Martí y el marxismo-leninismo son
incompatibles, sin que nadie en Cuba le pudiera denunciar la profanación,
se dio Castro a inventar un Martí que le sirviera para la trampa.
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"Nuestro gran
Fidel Castro ganador de los 800
m. en las
competencias
intercolegiales".
"Fidel
Castro que por su amor al Colegio y el entusiasmo con que defendió
el Pabellón Belemita en casi todos los deportes oficiales del
colegio, ha sido proclamado el mejor atleta colegial del
curso".
Fotos
de Fidel Castro tal como aparecieron en la revista Ecos de Belén, cuando algunos de sus profesores lo elogiaban por su
devoción al colegio y por sus actividades en el deporte. |
A partir de un Martí antiimperialista y justiciero se creó un Martí,
usando la terminología dialéctica, “en tránsito” hacia el
marxismo-leninismo. Para dirigir la campaña nacional de falsificación se
creó un organismo que llamaron Centro de Estudios Martianos. Unos cuantos
especialistas quedaron amordazados, otros guardaron prudente silencio, y
un buen grupo se prestó a la tarea de falsificar a Martí. El decreto que
creó ese organismo advertía que su propósito era “auspiciar el
estudio de la vida, la obra y el pensamiento de José Martí, desde el
punto de vista de los principios del materialismo dialéctico e histórico”.
Y cuando en 1977 fue inaugurado el Centro, el Ministro de Educación dijo
en un discurso: “Orientado por el materialismo histórico, e inspirado
en la enseñanza de Fidel en el Moncada, el Centro de Estudios Martianos
debe cumplir el compromiso de estudiar las relaciones entre el pensamiento
de José Martí y las tareas de la revolución socialista. Grande y
valioso aporte hará el Centro de Estudios Martianos si con el pensamiento
de José Martí y con el instrumento científico del materialismo histórico
logra exponer, con información y datos concretos, los lazos que unen el
movimiento democrático y revolucionario del Maestro con el ideario
socialista de Marx, Engels y Lenin...” Pero como no hay “lazos” que
unan el pensamiento de Martí con
el “ideario de Marx, Engels y Lenin”, se dio el Centro de Estudios
Martianos a inventarlos, y divulgaron una serie de mentiras sobre un Martí
apócrifo: antidemocrático, unipartidista y dictatorial.
No, no es verdad que Fidel Castro, como dijo García Márquez, “conoce
a fondo los veintiocho tomos de la obra” de Martí. Fidel tuvo en su
juventud el conocimiento que tenía de Martí cualquier persona
medianamente culta en Cuba, pero la necesidad de disimular su mando
totalitario y sus crímenes le hizo recurrir al innoble artificio de
falsificar la doctrina de Martí.
En las páginas de My Early Years
que recogen su entrevista con el dominico brasileño, Castro le dijo:
“Antes de ser marxista, fui un gran admirador de la historia de nuestro
país y de Martí, fui martiano. Los dos nombres empiezan con M, y creo
que los dos se parecen mucho. Porque estoy absolutamente convencido de que
si Martí hubiera vivido en el medio en que vivió Marx, hubiera tenido
las mismas ideas, más o menos la misma actuación. Martí tenía un gran
respeto por Marx; de él dijo una vez: ‘Como se puso del lado de los débiles,
merece honor’. Cuando murió Marx escribió cosas muy bellas sobre él.
Yo digo que en el pensamiento martiano hay cosas fabulosas y tan bellas,
que uno puede convertirse en marxista partiendo del pensamiento
martiano...” No es cierto: uno no “puede convertirse en marxista
partiendo del pensamiento martiano”, sino todo lo contrario: uno repudia
el marxismo “partiendo del pensamiento martiano”; a esa conclusión
llegó casi todo el comunismo criollo antes del castrismo.
Y también miente Castro al afirmar que “Martí tenía un gran respeto
por Marx”: aparte de esa mención que hizo de él cuando su muerte, en
un pasaje que ocupa menos de una sexta parte del artículo que trata de
otros asuntos, Martí sólo lo menciona dos veces más en todos sus
escritos: en uno de sus Cuadernos de Apuntes, cuando relaciona
los programas de gobierno que podrían seguir al triunfo de los
nihilistas en Rusia, junto a Bakunin, Fourier, Comte, Proudhon y Gagneur.
Y la otra al condenar en La Nación,
de Buenos Aires, el extravío de proponer doctrinas exóticas para los
problemas americanos: “Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo ni
Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo...”; y cuando manda ese
mismo artículo a El Partido Liberal,
de México, emplea reducida la fórmula: “Aquí [en los Estados Unidos],
como los de la Flor [de Mayo], resolvemos con nuestra cabeza los problemas
que salen en el cuerpo. A opresión, emancipación. Ni Fourier, ni Karl
Marx. Las reformas que nos vengan al taller...”
No existe, pues, ese “gran respeto” de Martí por Marx, del que habla
Castro, como se prueba también al comparar sus menciones del alemán con
las más de cien veces que menciona en elogio a Bolívar, a Washington o a
Lincoln. Sí, en 1883, cuando murió Marx escribió Martí esas palabras,
pero Fidel Castro no dijo las que seguían inmediatas, que eran: “Pero
no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de
ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la
tarea de echar a los hombres sobre los hombres...”; y al referirse a los
que asistieron a la velada en el Cooper Union, de Nueva York, a la que él,
por supuesto, no fue, agrega profético: “... No son aún estos hombres
impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimiento
al mundo nuevo...” Y aun esos breves pasajes que Martí dedicó a Marx,
dejan ver la distancia y el despego de Martí por la figura y el
acontecimiento. Debió informarse sobre su asunto en fuentes de segunda
mano, pues hasta equivoca los nombres de los que asistieron a aquel acto:
llama “Lecovitch” al anarquista Sergius E. Shevitsch; “Swinton” a
secas, a John Swinton; “Millot” a Théophile Millot, y “Magure” al
irlandés Patrick McGuire... De quien habla Martí sin reservas en ese artículo
es de su admirado Henry George, enemigo del marxismo, del “socialismo de
Estado”, como lo llamaba, al que calificó de “idea infantil que no
puede florecer en tierra americana”; a él se refirió Martí con estas
palabras: “Leen carta de Henry George, famoso economista nuevo, amigo de
los que padecen, amado por el pueblo, y aquí y en Inglaterra famoso”.
Puede decirse que Martí respetaba a Henry George, quien aparece citado
con elogio medio centenar de veces en sus escritos, no a Carlos Marx.
Han apoyado a Castro, sin embargo, en esa labor de falsificación, buen número
de intelectuales, pues como advirtió el propio Martí, “Todas las tiranías
tienen a mano uno de esos cultos, para que piense y escriba, para que
justifique, atenúe y disfrace: o muchos de ellos, porque con la
literatura suele ir de pareja el apetito del lujo, y con éste viene el afán
de venderse a quien pueda satisfacerlo”. Así, por ejemplo, el que
nombraron presidente del Centro de Estudios Martianos, Roberto Fernández
Retamar, llegó a decir que Castro había leído a Martí de “manera ávida
y torrencial”, y que por esa acción podía pensarse en el Apocalipsis,
el cual recomendaba “comerse el libro”, y de esa manera Castro había
hecho de Martí “carne de su carne y sangre de su sangre”. Pero Martí,
con el crédito de su palabra, sigue denunciando los atropellos y abusos
del régimen, como prueban estos pensamientos suyos entre los muchos que
con ese propósito se podrían citar: “Democracia no es el gobierno de
una parte del pueblo o una clase del pueblo sobre otra, porque eso es
tiranía”. “El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del
ente más infeliz, es mi fanatismo: si muero, o me matan, será por
eso”. “La tiranía es una misma en sus varias formas, aun cuando se
vista en algunas de ellas de nombres hermosos y de hechos grandes”.
“Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar
y a hablar sin hipocresía”. “Como el hueso al cuerpo humano, y el eje
a una rueda, y el ala a un pájaro, y el aire al ala, así es la libertad
la esencia de la vida. Cuanto sin ella se hace es imperfecto”. “Me
parece que me matan un hijo cada vez que privan a un hombre del derecho de
pensar”. “El hombre ama la libertad, aunque no sepa que la ama, y anda
empujado de ella y huyendo de donde no la halla”. “El animal anda en
manadas, el hombre con su pensamiento libre”. “Asesino alevoso,
ingrato a Dios y enemigo de los hombres es el que, so pretexto de dirigir
las generaciones nuevas, le enseña un cúmulo aislado y absoluto de
doctrinas, y les predica al oído, antes que la dulce plática de amor, el
evangelio bárbaro del odio”.
El
autobombo
El culto de la personalidad, tal como lo practican los esbirros en las
dictaduras, es hasta cierto punto disculpable ya que el halago asegura al
adulón el favor del déspota. Pero supera la frontera del mal gusto
cuando es el propio tirano quien se pone a enumerar sus méritos. El
discurso al cumplirse los cincuenta años de entrar en la Universidad, y
la entrevista de Castro con Arturo Alpe sobre el Bogotazo, son muestras de
su engreimiento. Dijo en las que Alpe llamó “Reflexiones de Fidel”:
Figúrate que yo entonces [cuando la muerte de José Eleicer
Gaitán] tenía veintiún años, yo creo que lo que hice allí [en Bogotá]
fue realmente noble. Yo por mi parte me siento orgulloso de lo que hice...
Creo que la decisión de quedarme allí aunque estaba solo, y cuando todo
aquello me parecía un gran disparate táctico, lo que estaba ocurriendo
aquella noche, creo que fue una gran prueba de desinterés, una gran
prueba de idealismo, una gran prueba de quijotismo en el mejor sentido...
Yo diría que mi comportamiento fue intachable. Fui disciplinado; aun
sabiendo que aquello era un suicidio me quedé allí... Fue por un sentido
de honor, por un idealismo, por un principio, por una moral... Iba a morir
anónimamente allí y sin embargo me quedé. Yo personalmente estoy
orgulloso de eso, porque actué consecuentemente, actué con principios,
actué con dignidad, actué con una moral correcta, actué con dignidad,
actué con honor, actué con disciplina y actué con un altruismo increíble...
Aquella noche que me planteé el problema de conciencia, me pregunté qué
hacía allí, me planteé que estaban equivocados militarmente, que no era
mi patria, que estaba solo, y sin embargo decidí quedarme, eso fue lo que
hice después toda mi vida. Reaccioné entonces como reacciono ahora,
exactamente igual. Te das cuenta que yo reaccioné entonces, aquellos días,
como reaccioné después y reaccioné siempre y reacciono ahora. Yo puedo
sentirme orgulloso de mi conducta en aquellos días... Yo seguí mi
ulterior evolución política, mi ulterior evolución revolucionaria, seguí
siendo como fui en aquel momento, pero pocas veces en mi vida he sido tan
altruista y tan puro, como fui durante esos días...
Su largo discurso en el Aula Magna de la Universidad, doce años después
de esas palabras, ofrece también una rica colección de jactancias y
falsedades; bajo el título de “Fidel en la Universidad: un acto de cariño”,
y, al siguiente día, bajo el de “Universidad: testigo y forja”, en el
periódico Granma, se lee:
“... Mis padres eran
campesinos semianalfabetos y vivían en el campo, campesinos con tierra y
comercio, no eran campesinos pobres... Yo vi cómo vivió la gente, yo sí
tengo una estampa imborrable de lo que era el capitalismo en el campo, cómo
fue hasta el triunfo de la revolución... Como lo había vivido, conocía
todo aquello y tenía experiencia de lo que era nuestro país, eso fue lo
que a mí, realmente, me hizo ya revolucionario. Yo podía haber sido un
revolucionario romántico, un utopista, pero creo que realmente me hice
revolucionario cuando adquirí una doctrina política y una concepción de
la sociedad y llegué a la convicción de que el socialismo era el sistema
más justo...” Y sobre sus días en el colegio de Belén, otra vez
haciendo alarde de su autosuficiencia y de sus esfuerzos, dijo: “Yo
estudié Matemáticas, Física y Ciencia yo solo, cuando se acercaba el
fin del curso, y lograba buenas notas, muy por encima de los mejores
estudiantes del año... Recuerdo que un día al salir del comedor, un
sacerdote que era muy severo me dijo, con su acento español: ‘¿Sabes
la nota que has sacado en Física?’, y yo me hice el tonto y dije que
no; y él dijo ‘¡Cien!’; el alumno mejor de la clase sólo había
sacado 90... En Geografía de Cuba nada más que un estudiante había
sacado 90, y ése fui yo, tuve ese honor, todos los demás sacaron
menos...”
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Primera
página del examen de Fidel Castro sobre Literatura Española, que
conservaba su profesor el padre José Rubinos S.J., quien se lo llevó de
Belén como un curioso recuerdo cuando fue expulsado con los otros
jesuitas de Cuba. |
Y más adelante, glosando el discurso, comenta el periódico: “Desde su
ingreso en el primer año de la Escuela de Derecho, Castro se vio envuelto
en las lides eleccionarias estudiantiles. Las distintas fuerzas que se movían
en el recinto universitario querían ‘captar’ a los noveles. Fidel fue
el blanco de todos y le interesó la posibilidad de convertirse, como así
fue en definitiva, en delegado de su curso... En tales lides de
enfrentamiento intramuros y extramuros fue modelándose la naturaleza
rebelde del joven Fidel. Fue creciendo su prestigio y su influencia en su
curso y en otros. Comenzaba a perfilarse el dirigente estudiantil que en
breve tiempo se convertiría. Germinaba la semilla del líder político...”
Y siguen las palabras de Castro, sin hacer alusión a sus actividades de
pandillero en la Universidad, que culminan en un atentado para ganarse las
simpatías de Manolo Castro y del Movimiento Socialista Revolucionario, y
en su abierta participación luego en las actividades del grupo contrario,
la Unión Insurreccional Revolucionaria, que dirigía su admirado Emilio
Tro. Y vuelve, a precio de la
mentira, a destacar su valor personal y cuánto se bastaba a sí mismo;
dijo: “En la universidad me sentí solo, absolutamente solo, y cuando en
el proceso electoral me enfrenté con toda la mafia que dominaba la
universidad... Todo eso representaba un gran peligro para mí, por el
ambiente que reinaba de fuerza, miedo y armas... Y me encontré solo en
lucha abierta contra esas fuerzas...” Cuenta entonces cómo le
advirtieron que no volviera a la universidad, pero que él volvió armado
y en compañía de unos pocos amigos: “Nos encontramos en lo que era la
cafetería de la Escuela de Derecho... Y llegamos de pronto, y la gente
allí, unos 15 o 20, empezaron a temblar. Nunca me había pasado por la
mente que representábamos para ellos un reto tan poderoso...”
“Toda mi vida”, agregó, “antes del golpe del 10 de marzo de 1952,
el trabajo con la gente lo realizaba personalmente, y tuve ese contacto,
todo el tiempo, como estudiante universitario, cuando empecé a destacarme
como dirigente estudiantil, más adelante como dirigente político, después
del 10 de marzo de 1952, como organizador del proceso revolucionario, y en
todas esas cosas trabajé como un esclavo, personalmente. Esos hábitos
los he mantenido a lo largo de más de 30 años del triunfo de la revolución...”
Y en otro alarde de su “yoísmo” desenfrenado añadió: “Tuve que
autoforjarme yo mismo, y por lo tanto, utilizando la terminología
moderna, tengo que ser autocrítico con mi autoforjamiento, ya que no tuve
la suerte de disponer de mentores. Yo mismo tuve que hacer de mentor de mí
mismo, con mis defectos. Tal vez porque tenía algunos genes políticos,
un temperamento rebelde y porque vivíamos en una sociedad muy injusta, me
hice revolucionario. Yo no puedo decir que me hicieron. Me hice
revolucionario a partir de las realidades que veía. Y me inicié
relativamente joven, tenía unos 18 o 19 años...”
Fidel
según Fidel
Pero es en las “conversaciones” de Castro con Frei Betto donde mejor
se descubre lo que ahora interesa. Se transcriben, para comentarlos,
varios pasajes de Fidel y la religión
(1985), los que traducidos ocupan buena parte de My
Early Years. Allí afirmó Castro: “Podría decir que vine de una
nación religiosa, en primer lugar, y, en segundo lugar, que vine también
de una familia religiosa. Al menos mi madre, más que mi padre, era una
mujer muy religiosa, profundamente religiosa... Pienso que su religiosidad
provenía de alguna tradición familiar, de los propios padres de ella,
sobre todo de la madre, mi abuela, que era también muy religiosa... Mi
madre era creyente fervorosa, rezaba todos los días... Aparte de mi
madre, también mis tías y mi abuela eran muy creyentes...”

Fue
famosa en La Habana la visita del indio del Putumayo, Colombia,
territorio en el que había varios misioneros. Lo invitaron a
visitar el colegio de Belén, y aquí aparece rodeado de alumnos y
profesores. En el extremo izquierdo de la foto está el Hermano Lasa, del
Observatorio; el próximo sacerdote es el padre
José Rubinos, profesor de Literatura Española; y en el
extremo opuesto el Hermano Magdaleno, de la Escuela de Niños.
Detrás del Indio Putumayo, hacia su derecha, se ve a Fidel
Castro, indicado con una flecha.
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Y poniendo en evidencia cuánto debió molestarle su condición de
bastardo y el concubinato de sus padres, origen posible de muchos de sus
complejos, al que con disimulo llama “segundo matrimonio”, y que lo
consideraran judío (factores que debieron contribuir a su odio a la
sociedad burguesa que luego destruyó), insiste de manera reiterada en el
asunto y dice:
Al que no estaba bautizado le decían ‘judío’, lo
recuerdo bien... Yo estaba sin bautizar, y recuerdo que me decían ‘judío’.
Decían: ‘Éste es judío’. Yo tenía 4 o 5 años, y me criticaban
diciendo que era ‘judío’. Yo no sabía lo que era judío, pero
indiscutiblemente me lo decían con una connotación peyorativa, como una
condición bochornosa, por el hecho de no estar bautizado, y yo no tenía
realmente ninguna culpa de eso... Como yo estaba allí [en Santiago de
Cuba] y mi padrino rico [Fidel Pino] no acababa de aparecer por ninguna
parte, ni se efectuaba la ceremonia del bautizo y yo tenía ya como 5 años
y era —como decían— ‘judío’,
porque no estaba bautizado, y ni siquiera sabía qué quería decir
eso, había que buscar una solución al problema. Pienso que el
calificativo de ‘judío’ está relacionado también con ciertos
prejuicios religiosos... Entonces me bautizaron, y mi padrino fue el cónsul
de Haití... Déjame decirte que nosotros éramos hijos de un segundo
matrimonio. Había habido un primer matrimonio. Recuerdo que teníamos
relaciones con los hermanos del primer matrimonio...
De aquel colegio [de Dolores, en Santiago de Cuba] yo decido,
por mi cuenta, ir a la escuela de los jesuitas de La Habana. Allí [en
Dolores] no había tenido conflictos; tengo éxito total en los estudios,
en el deporte, no tengo dificultades ni en el sexto grado ni en séptimo,
ni en el primero ni en el segundo año del Bachillerato, pues allí estuve
hasta concluir este curso. Yo decido de manera consciente buscar nuevos
horizontes. Pude haber estado influido por el prestigio de la otra escuela
de la Habana, los catálogos de la escuela, los libros sobre aquella
escuela, los edificios de aquella escuela, y me sentí motivado a salir de
aquella escuela y pasar a la otra; tomo la decisión, lo propongo en mi
casa y me aceptan el traslado a la otra escuela... Aquella escuela [Belén]
se convirtió en un instituto tecnológico después del triunfo de la
Revolución, y hoy es un instituto superior de tecnología militar, el
Instituto Técnico Militar, de nivel universitario. Es hoy una gran
instalación, que ha sido ampliada, una universidad militar... Allí llegué
y me encuentro un amplio campo en que mi actividad fundamental era el
deporte y la exploración...Yo no sabía que me estaba autopreparando para
la lucha revolucionaria, ni lo podía imaginar en aquel momento....
No hay duda de que en la enseñanza que nos daban había una
ética, la que nos daba mi madre, la que nos daba nuestro padre, la que
nos daba la familia, había una ética incuestionablemente... No pudieron
inculcarme una fe religiosa a través de los métodos mecánicos, dogmáticos
e irracionales en que se me trató de inculcar ésa. Si alguien me
pregunta, ‘¿Cuándo tuvo usted una creencia?’, digo: ‘Bueno,
realmente nunca la tuve’. Es que nunca llegué a tener verdaderamente
una creencia y una fe religiosa, no fueron capaces en la escuela de
inculcarme esos valores...
Hay algo que tal vez me faltó añadir cuando te hablé de mi
padre y de Birán. Mi padre, aunque tenía extensas tierras, era un hombre
muy noble, sumamente noble. Sus ideas políticas eran ya desde luego, las
ideas que se correspondían con las de un terrateniente, las ideas de un
propietario, porque él sí había adquirido ya su conciencia de
propietario y tendría que ver el conflicto de intereses entre sus
intereses y los intereses de los asalariados; pero fue hombre que jamás
le dio una respuesta negativa a alguien que llegara a pedirle algo, que le
solicitara una ayuda. Esto es muy interesante... A mi padre tenían
acceso, le decían: ‘Yo tengo un problema, tenemos hambre, necesitamos
algo, una ayuda, un crédito para la tienda’, por ejemplo... No recuerdo
nunca que a mi padre fuera nadie a pedirle algo y que él no le buscara
una solución. A veces protestaba, refunfuñaba, se quejaba, pero siempre
demostraba generosidad; era una característica de mi padre...
El
hogar y la familia
Según la descripción que hizo de los suyos, Castro se nos aparece ahí
como hijo de un padre “noble, muy noble”, a quien, en consecuencia, él
respetaba; y de una madre “muy religiosa, profundamente religiosa”, y
en un hogar armonioso donde había una moral paralela a la que encontró
en los colegios de los jesuitas. No es ésa la imagen que han ofrecido los
que conocieron la familia, ni algunos de sus parientes más cercanos; véanse
estos ejemplos, dos de hace años, de sus hermanas, y uno reciente, de su
hija. En los artículos del Diario
de Nueva York, en abril y mayo de 1957, que cita Nathaniel Weyl en su
libro Red Star Over Cuba (1960),
la hermana y la media hermana de Fidel Castro hablan de los disgustos
entre el padre y su hijo (“las malas relaciones entre los dos”): “La
oposición paternal”, dijo Weyl, “es evidente en la biografía que
prepararon Emma y Lidia Castro. Sus hermanas trataron de que el conflicto
apareciera como una prueba del interés de Fidel en la justicia
social...” Contaron: “Un día, cuando papá lo regañó, con el apoyo
de mamá [porque había dicho que la tierra le pertenecía al pueblo y no
a los terratenientes como su padre], Fidel le contestó: ‘Yo estoy
estudiando leyes en la Universidad... y defiendo los derechos de los
oprimidos contra los que abusan de los poderes que le ha arrebatado la
gente con falsas promesas’“. Por los pleitos de tierras robadas que
tenía Ángel Castro con sus vecinos, aún Fidel adolescente, pero ya
hablantinoso y bocón, según ellas, la madre le dijo: “Fidel, tienes
que estudiar y ser diligente, pues con todo lo que hablas puede ser que un
día llegues a ser abogado...”
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Fidel
Castro en su discurso de 1945 defendiendo los intereses
conservadores del país, y en contra de un proyecto de ley para
nacionalizar la enseñanza privada. Esta foto del orador, tal como
apareció en la revista de Belén, fue reproducida en el libro My
Early Years, pero sin decir, por supuesto, que por su cálida
posición reaccionaria, Hoy, el
periódico del Partido Comunista, situó a Castro “entre los
pelagatos más profundamente infectados por la propaganda
nazifalangista”, el cual, con su discurso, se había dado un
formidable "atracón de gofio seco”. |
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Años más tarde, ya con Fidel Castro en el poder, contó su hermana
Juana en un artículo publicado en la revista Life
(28 de agosto de 1964): “Yo no soy tonta, pero hasta que él mismo
confesó que era comunista, nunca pensé que Fidel Castro pudiera serlo.
Él es mi hermano, y lo conozco bien. Es nervioso y brillante, capaz de
enormes arrebatos de cólera y de violencia. Tiene, y ha tenido, algunos
de los atributos temperamentales de un hijo malcriado... Fidel jamás
mostró el menor interés en los derechos de los trabajadores. De hecho,
él le reprochaba a mi padre que fuera tan generoso con los guajiros que
trabajaban para nosotros. Lo criticaba porque les daba dinero, y crédito
en nuestra tienda en tiempo muerto. Teníamos como 500 guajiros en la
finca, y Fidel era de la
opinión que casi todos querían robarle...” Y sobre su afirmación de
ser comunista, dijo Juana: “El 2 de diciembre de 1961 Fidel por fin
declaró que él era y siempre había sido un marxista-leninista. Mientras
lo oía pensé que en realidad era un magnífico actor. Había engañado
no sólo a sus amigos, sino también a su familia. En ese discurso dijo
que había sido comunista prácticamente toda su vida. Sin embargo, ¿cómo
Fidel, a quien se le dio lo mejor de todo, podía ser comunista?”
El testimonio más reciente sobre el hogar de los Castro aparece en el
libro Alina; memorias de la hija
rebelde de Fidel Castro (1997). No
sólo allí acusa a su abuelo de ser ladrón, sino que también lo acusa
de ser un asesino; cuenta cómo se aseguraba “la mano de obra más
gentil y barata: contrataba a sus lejanos conocidos del pueblo galiciano
por tiempos de cuatro años. Les prometía cuidarles sus ahorros, haciéndolos
comprar con vales en bodega propia. Y después, cuando ya habían cumplido
su temporada, los llevaba a un lugar apartado y los mataba”.
Y respecto a su abuela Lina Ruz, por quien le pusieron a ella Alina,
confirmando la opinión de quienes la trataron, presentó una imagen que
estaba muy lejos de la mujer que le describió Fidel a Frei Betto; dice
que su abuela era hija de un turco que, de niño en Estambul, le robaba a
los ciegos. Se llamaba Francisco Ruz, después de haberle “borrado una
letra a su apellido” (posiblemente era Rusé,
del turco Ruschuk o Russe, como la
ciudad al norte de Bulgaria, en el puerto del Danubio); emigró a Cuba, se
estableció en Pinar del Río casándose con la criolla Dominga.
Atribulados por la necesidad, y ya con tres hijas, fueron desde Artemisa
hacia el Este en busca de mejor fortuna hasta llegar a la finca de Ángel
Castro, quien estaba casado con una maestra de escuela, con la que tenía
dos hijos: Pedro Emilio y Lidia. Dominga le dijo al dueño del lugar:
“Don Ángel, lo único que tenemos son mis brujerías y estas hijas.
Escoja una de las tres, y déjenos vivir en el bohío de arriba”. Don Ángel
escogió “la más chiquita... hija de turco y de cubana hechicera
mezclada con mandinga, congo o carabalí”, la cual tenía la misma edad
que su hija. Empezaron a nacerle hijos a Lina, hasta siete: —Emma la
mayor; el tercero fue Fidel (quien con sus hermanos “vivió sus primeras
anochecidas en el bohío de paja al norte de la finca... [y cuya] primera
humillación fue ver a su medio hermano, Pedro Emilio, montado a caballo,
orondo al lado de su padre, mientras ellos tenían que mantenerse aparte
como una mancha oscura”; el cuarto Juana y el sexto Raúl), hasta
desplazar a la esposa, “abandonada por la querida”, con sus dos hijos.
Continúa Alina el retrato de su abuela al contar cómo Fidel y Raúl se
salvaron de la masacre del Moncada “por algún motivo oscuro que
precisa, tal vez, la intervención de los Santos de Lina y las prendas
congas de Dominga, que no dejaron de sacrificar cabras y pollos desde que
se enteraron de la noticia...” Y cuando el desembarco del Granma,
fue la abuela a tranquilizar a la madre de la pequeña Alina, pues le
aseguró sobre la suerte de Fidel: “No tengas miedo, m’hija. Anoche se
me apareció Santiago Apóstol en un caballo blanco y me dijo que mi hijo
está vivo...”
Belén
en Fidel Castro
Con toda intención este epígrafe que trata de los años de Castro en el
colegio de La Habana, quiere destacar cuánto de su persona se forjó allí,
y cuánto de lo que allí hizo niega la imagen que ofrece de su persona.
Ningún momento de su biografía lo ha ocultado con mayor insistencia, o
le ha hecho mentir más, que su vida de pupilo en Belén. Nada le desluce
tanto la imagen izquierdizante y rebelde desde su adolescencia, que quiere
proyectar, la imagen del “revolucionario profesional” que gustaba a
Lenin, como sus creencias religiosas de aquellos años y su identificación
con la ideas derechistas del colegio. Al hablar de su paso por Belén no sólo
se confirma su capacidad para la mentira sino su cobardía al negar esos años
en que fue un ferviente católico y un militante de la reacción
conservadora.
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Arriba,
la presidencia del acto, con el vicepresidente de La República,
Raúl de Cárdenas, y el alcalde La Habana, Raúl Menocal. Con
no menos fervor que Fidel Castro, el padre Daniel Baldor,
rector del Colegio (a la izquierda), atacó el proyecto de
Juan Marinello para regular e inspeccionar la enseñanza
privada. Dijo que en aquella noche estaban allí reunidos los
factores que intervenían en la formación de la juventud: la
Iglesia, la Familia y el Estado, "todos cooperando a la más
completa educación de los futuros ciudadanos de la Patria”. |
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En la entrevista de Minà, antes mencionada, al preguntarle a Castro
sobre Carlos Franqui, respondió: “Franqui había sido miembro del
Partido Comunista de Cuba, y en un momento determinado abandona el Partido
Comunista, lo abandona, o lo botan o tiene conflictos con el Partido
Comunista. Y yo toda mi vida he sido desconfiado de alguna gente que
adopta una posición, adopta una ideología, y luego abandona esa
causa”. Debe así desconfiar Castro de sí mismo, pues pocos han dado
tantos cambios como él buscando satisfacer sus intereses. Uno de los más
antiguos, y el menos conocido, es el del paso del alumno de los jesuitas
al gángster en la Universidad de La Habana, para luego hacer política en
el Partido Ortodoxo, emprender algunos negocios y ejercer de abogado en un
bufete particular.
En 1965 Robert Merle publicó en París un libro que tituló
Moncada, premier combat de
Fidel Castro, con unas palabras de Raúl Castro quien dijo
distinguiendo su rechazo del colegio religioso (tal como había hecho
Stalin en el seminario jesuita de Tbilisi, donde lo había puesto su
madre) al compararlo con la aceptación de su hermano: “... No, no me
gustaba el colegio, para mí era como una prisión. El colegio era para mí
el rezo, la corbata, el temor a Dios. Se rezaba de la mañana a la noche.
Fidel era diferente. Él dominaba la situación... [‘Fidel
c’était defférent. Lui, il dominait la situation’]...” Sí,
dominó la situación, pero sometiéndose a ella, o abrazándola, que eran
los únicos caminos para continuar en ese colegio. Peleaba con sus compañeros
por cualquier cosa, por una novia que le robaron, porque quiso apropiarse
de una bicicleta ajena, porque no le hacían en el juego de Basket
los pases necesarios para él anotar más puntos. Peleaba por todo;
contaba Capi Campuzano, el entrenador de deportes en Belén, que para
burlarse de Castro, conociendo sus compañeros la enfermiza belicosidad
del sujeto, cuando pasaba un hombre fuerte cerca del Colegio, le decían:
“Fidel, ese tipo que va por allí dice que tú le tienes miedo, que tú
no te fajas...”; y allá corría Fidel a enfrentarse con el individuo, y
se le plantaba delante y lo increpaba: “¿Usted dice que yo no me
fajo?” “Pero niño”, le contestaba el otro, “si yo nunca te he
visto en mi vida...” Y Fidel insistía, “Pero yo quiero que usted sepa
que yo me fajo con cualquiera...”, y el sujeto seguía su camino
moviendo la cabeza como quien da con un niño majadero. Se “fajaba”, sí,
usando el curioso cubanismo por pelear, pero se sometió a la rígida
disciplina del Colegio y defendió la enseñanza religiosa.
Se pasa por alto, por ejemplo, sin concederle su verdadero valor, el
hecho de que, además de recibir la categoría de “dignidad” (por la
que se depositaba particular confianza en los más modosos y obedientes
alumnos), llegó a ser miembro de la Congregación Mariana de San Luis
Gonzaga. Lo dice el juicio que se publicó en la revista del colegio, Ecos
de Belén, en 1945, el año en que se graduó; allí se lee que fue
“congregante” (“member of the
congregation”, así sin mayúscula, dice la traducción en My
Early Years), pero con sola la palabra en inglés se puede entender
que pertenecía a un grupo no relacionado con lo religioso. Sin embargo,
en la traducción francesa de ese mismo pasaje, en el libro de Merle antes
citado, donde también se presenta a Fidel Castro como un revolucionario
al estilo de los “charbonniers”,
de la época de Louis XVIII, anticlerical y progresista, como en ese
idioma la palabra “Congrégation”
trae a la memoria del lector el grupo monárquico y antiliberal que
fundaron en contra de los carbonarios los jesuitas de Francia, se suprime
por completo la palabra (“C’est
un véritable athlète que a toujours défendu avec courage et fierté le
drapeau de l’école. Il a su gagner l’admiration...”, etcétera, pero pasa por alto lo de “congregante”).
Para ser congregante en Belén había que ser un alumno piadoso que
frecuentaba los sacramentos y daba pruebas de tener una sólida fe.
Pertenecían a esa Congregación Mariana alumnos aventajados y alumnos
menos capaces, atletas y no atletas, pero siempre con la recomendación de
un confesor, de su padre espiritual o de algún sacerdote que lo conociera
bien. En una reunión de antiguos alumnos de Belén, según reseña
publicada en The Miami Herald el 26 de agosto de 1974, contó el padre Amando
Llorente que se cayó a un río crecido durante una excursión en que iba
Fidel Castro, quien, al verlo en peligro de ahogarse, se tiró al agua y
le salvó la vida. Una vez en la orilla le dijo al sacerdote: “Padre,
esto ha sido un milagro, recemos tres Avemarías a la Virgen”, y
arrodillados las rezaron. En esa misma ocasión habló el padre del
apetito de poder en Castro; se lee allí: “Llorente dijo que Castro tenía
desde niño una inextinguible sed de poder y ansias de sobresalir, y que
buscaba el poder y sobresalir ‘sin considerar las consecuencias’ [‘without
regard for what happened’]”.
El episodio de Acción de Gracias dirigido por Castro lo contó otra vez
el padre Llorente a Georgie Ann Geyer, según consta en su libro
Guerrilla Prince: The Untold Story of Fidel Castro (1991), y lo repitió
el pasado mes de noviembre en el homenaje que le hicieron al cumplirse los
cincuenta años de su ordenación sacerdotal. Y también le dijo a la
Geyer que cuando veía a Fidel rezando en la capilla del colegio, pensaba
que lo hacía, además de por devoción natural, para lograr el mayor
triunfo en alguna de sus actividades deportivas o académicas. Fue el
padre Llorente, según propia confesión, quien escribió el conocido
elogio de Fidel junto a su retrato de graduado, que en su totalidad dice:
“Se distinguió siempre en todas las asignaturas relacionadas con las
letras. Excelencia y congregante, fue un verdadero atleta defendiendo
siempre con valor y orgullo la bandera del Colegio. Ha sabido ganarse la
admiración y el cariño de todos. Cursará la carrera de Derecho y no
dudamos que llenará con páginas brillantes el libro de su vida. Fidel
tiene madera y no faltará el artista”.
¿”Artista” que le dé forma, como “la mano de nieve” sobre
“el arpa” de las Rimas de Bécquer? Sus
inhibiciones y complejos han sido el “artista”, y le dieron el molde
que les convenía. “Artista”, sí, además, por su capacidad para la
representación, como el actor de teatro, para hacer el papel que le
convenga y engañar a todos, hasta a sí mismo, porque en último análisis,
como sucede con los grandes embusteros, Fidel llega a creerse sus propias
mentiras. Es por esa autenticidad, como sucede con los buenos actores en
la escena, que logra conmover y convencer. Recuerda así su vida la
tragedia Enrico IV, de Pirandello, en la que el protagonista, por un golpe
que se da en la cabeza al caerse del caballo (también Fidel Castro se
trastornó, dicen, por un golpe semejante al chocar con una columna en Belén,
montando bicicleta) cuando representaba al emperador en una cabalgata histórica,
llegó a creerse que en realidad él era su personaje. Años más tarde se
descubrió que su locura había sido una farsa, y que se hacía el loco
para acrecentar su odio y facilitar su venganza contra el barón Belcredi,
quien le había robado el amor de la marquesa Matilde de Toscana. Enrico
al final de la obra hiere con su espada al traidor el cual, agonizante, al
ver la razón del castigo, descubre desesperado que la locura sólo ha
sido un instrumento de la justicia, y le advierte a gritos a otro
personaje: “Non sei passo! Non è pazzo!
Non è pazzo!” (“¡No está loco!”).
Aplicación
y conducta
Según los premios recibidos en sus últimos años de Belén, no puede
decirse que Fidel Castro fuera el estudiante de que hablan sus
apologistas, o él mismo, ni el que pinta el padre Llorente. Ni fue
“Excelencia” en su Cuarto Año del Bachillerato, ni fue
“Expediente” en el Quinto, el Pre-Universitario. En la lista de
premios recibidos en 1944 aparece con sólo un primer premio, en
Agricultura, y un quinto en Español, mientras que allí hay varios
alumnos premiados en todas o casi todas las siete asignaturas del curso; y
en 1945 sólo ganó un segundo premio en Sociología, y tampoco fue de los
primeros de la clase. Al emitir
su juicio encomiástico pudo haber movido al padre Llorente, como a algún
otro de sus profesores, la esperanza de que Fidel Castro iba a ser un
defensor del Colegio como lo había sido en los deportes; o pudo influir
en Llorente la gratitud porque lo salvó de ahogarse en la famosa excursión
de las Tres Avemarías, y aun, quizás, porque pudieron ver en él, a un
posible seminarista, y, ¿por qué no?, hasta a un jesuita. En el pie de
grabado de una de las fotos de Castro, al terminar la carrera de 800
metros, en la que quedó en primer lugar, se lee (y adviértase el
pronombre posesivo y el epíteto): “Nuestro gran Fidel Castro, ganador
de los 800 m. en las competencias intercolegiales”. Y aún para
camelarlo más, en la crónica del año sobre los “Deportes”, quizás
escrita por el padre Francisco Barbeito, otro de sus confundidos
protectores, al hablar de Base Ball,
se lee: “... la labor del Box
pesaba sobre el ‘Oriental’ Castro, el rey de la curva y destacado pitcher
del equipo de menores de 18 años del Colegio...”; y en el Basket Ball escribió el cronista: “Desde estas páginas felicito
a nuestro coach el insustituible
Fidel, que pese a que no lo dejaron jugar por el miedo terrible que le tenían,
ya había sido designado All Star
de los colegiales, supo llevar a la perfección su fama como
entrenador...”
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Fidel
Castro, alumno del Colegio entre 1942 y 1945, en su foto de
graduado, tal como se publicó en la revista Ecos
de Belén, con
el juicio que la acompañaba, sobre su amor al Colegio y su futuro
como abogado.
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Se revisan los rasgos sicológicos del futuro San Ignacio, antes de su
conversión, durante su juventud y su etapa en Pamplona, siguiendo el
estudio del padre W. W. Meissner, S.J., The
Psychology of a Saint; Ignatius of Loyola (1992), y se puede entender
la ilusión de algunos de los profesores de Fidel Castro en Belén: por el
deseo de gloria en el joven Ignacio; por su incapacidad de darse por
vencido; por su agresividad, su osadía y altivez; por su autoritarismo y
sueños de grandeza; por su narcisismo y su exhibicionismo. Pero lo que en
el Santo fue un proceso de conversión mientras se curaba en Loyola de su
herida en la pierna, por sus lecturas de la vida de Cristo y del Flos
Sanctorum, donde vislumbró la gloria que podía alcanzar al servicio
de la religión, en el joven Castro lo fue, al entrar en la Universidad,
de abjuración de las creencias adquiridas en el colegio. Los dos caben,
sin embargo, entre los que tienen una “personalidad narcisista fálica”,
la cual, según Freud, se desarrolla entre los tres y los cinco años (que
es la edad en que humillaban al niño Fidel Castro llamándolo “judío”,
y cuando vivía con la madre y sus hermanitos en un “bohío de paja al
norte de la finca”, porque en la casa principal vivía el padre con su
legítima esposa), pero mientras el Santo, después de su conversión,
practicó en la cueva de Manresa lo que le reducía las pasiones (su
famoso “agere contra”:
imponerse un vivir en el “territorio contrario” a sus malas
inclinaciones), Fidel Castro les dio rinda suelta en el gangsterismo y la
política, y luego en el gobierno (una especie de agere
propitius para su crecimiento): se dio cuenta de que para su ambición
de poder, y para satisfacer sus complejos, le resultaba más útil la
pistola que el rosario.
Siguiendo la opinión de Freud en su estudio de 1931 sobre el desarrollo
de la libido, el padre Meissner afirma: “Los sujetos con esas características
[fálicas] tienden a ser individualistas, independientes, difíciles de
intimidar, con frecuencia atrevidos, prontos a entrar en acción, fuertes
personalidades que están siempre listas y dispuestas a asumir la posición
del líder” (“Individuals with
these character traits [phallic] tend
to be self-centered, independent, difficult to intimidate, often fearless,
ready to spring into action, strong personalities that step readily and
willingly into positions of leadership”). Pero con los mismos rasgos
sicológicos pudo un hombre ser Atila y otro Constantino; uno Churchill o
DeGaulle y otro Mussolini, uno Adolfo Hitler y otro George Patton.
Parece que en los exámenes ayudaba a Fidel Castro más la memoria que la
inteligencia. Una muestra de la primera aparece en un examen suyo que tuvo
la gentileza de facilitarme poco antes de su muerte, en 1963, mi profesor
de Literatura en Belén, el padre José Rubinos. Eran dos
“comentarios”: uno sobre “La flor del Gnido”, de Garcilaso de la
Vega, y otro sobre la “Oda a la música”, de Fray Luis de León; y una
“comparación” entre los estilos de Garcilaso y de Jorge Manrique.
Dicen así las primeras líneas de este escrito de Fidel Castro que nunca
han visto la luz pública y que, por curiosas, se transcriben aquí: “1)
Comentario sobre la flor del nido [sic].
La Flor del Gnido. Esta magnífica canción conocida por la canción de la
flor del Gnido es la obra cumbre de las compuestas por Garcilaso. Hecha
probablemente en honor de Doña Violante Sanseverino, dama célebre por su
hermosura, que vivía en el aristocrático barrio del Gnido en Nápoles.
El poeta italiano Fabio Galeota, prendado de la dama, reconociendo la
superioridad de Garcilaso, que era su amigo, le rogó que le hiciese esta
oda. Está escrita en Liras,
aunque no introducidas éstas por Garcilaso y llamada así porque el
primer verso de esta canción es ‘Si de mi baxa lira’. Garcilaso
expone ejemplos de la mitología clásica como la de la ninfa Anaxarete
condenada a piedra en castigo de su desamor y recomienda a la dama que no
sea desdeñosa con Galeota. No sabemos qué efecto causó la canción a la
dama [y] muy raro sería que no amase a Galeota y resistiese el don de
persuación [sic] de Garcilaso”.
El texto con el que enseñaba al padre Rubinos era la Historia
de la Literatura Española de Juan Hurtado y Ángel González
Palencia, y de ahí se copia lo que sigue para mostrar cómo Castro seguía
el texto impreso, el cual dice: “Entre sus canciones,
la más famosa es la dirigida A la
flor del Gnido, probablemente doña Violante Sanseverino, dama hermosísima
del barrio de Gnido, en Nápoles, de la cual estaba prendado Mario
Galeota, amigo del poeta, quien por complacer a éste y por encargo suyo,
dirigió a aquella beldad su poesía, sembrada de rasgos mitológicos, en
la que recomienda a la dama que no se muestre desdeñosa con su galán,
recordándole el caso de la ninfa Anaxarete, que fue convertida en piedra
por los dioses en castigo de su desamor”.
El resto del examen repite los lugares comunes de la otra obra y del otro
autor; escribió Fidel Castro sobre “la oda a la música”: “Esta oda
la compuso Fray Luis de León en honor de su amigo Francisco Salinas,
‘el clérigo maravilla’, profesor de música de la Universidad de
Salamanca. En una ocasión invitado por el ciego a su casa, extasiado e
inspirado los sonidos divinos y profundos que arrancados por el ciego al
arpa penetraron su alma susceptible y compuso con increíble habilidad
esta prodigiosa oda...” Y al comparar los estilos de Garcilaso y de
Jorge Manrique, opina: “Existen marcadas diferencias sustanciales entre
los estilos de estos dos grandes poetas. En primer lugar la escuela de
Jorge Manrique es la galaico-portuguesa y su estilo trobadoresco el
predominante en su tiempo. Garcilaso por el contrario es discípulo por
excelencia de la escuela italiana, y a él cabe la gloria de haber
introducido definitivamente en nuestras poesías las formas italianas
introducidas por Boscán...” La nota que mereció del padre Rubinos esta
“Composición de Español”, de Fidel Castro, en 1944, fue de 96
puntos.
Religión
y apostolado
En una de sus “conversaciones”, reproducidas en My Early Years, Castro le habló muy mal a Frei Betto de los
Ejercicios Espirituales que recibió en Belén. “Consistían”
dijo,”en recluir a los alumnos de ese curso, durante tres días, para
conferencias religiosas, meditación, recogimiento y silencio, que era en
cierta forma la parte más cruel que tenían los retiros aquellos, porque
de repente uno tenía que caer en la condición de mudo absoluto, no se
podía hablar...” Los llama “terrorismo mental”, por las
meditaciones sobre el pecado, el infierno y la eternidad, y por los
ejemplos que se usaban para explicarlos. Y concluye sobre su educación
religiosa, para lucir un tan falso como cobarde ateísmo desde la niñez
que gusta exhibir como acabado marxista: “Si alguien me pregunta, ‘¿cuándo
tuvo usted una creencia?’, digo: ‘Bueno, realmente nunca la tuve’.
Es que nunca llegué a tener verdaderamente una creencia y una fe
religiosas...” Y se pregunta uno, ¿cómo fue que sin una “creencia y
una fe religiosas” pudo resistir durante ocho años (cuatro en Santiago
de Cuba y cuatro en La Habana), de pupilo en colegios jesuitas, una
intensa vida de catolicismo, con misa diaria, confesión y comunión
frecuentes, el rezo constante y los retiros espirituales? Y aun cantar a
menudo en los actos del Colegio el Himno de San Ignacio de Loyola, que
todavía recuerda, puesto que lo cantó a dúo el pasado mes de enero con
Alberto Casas, el ministro de cultura de Colombia, también antiguo alumno
de los jesuitas, en una reunión en La Habana: “Fundador sois Ignacio y
General/ De la Compañía Real/ Que Jesús con su nombre distinguió./ La
legión de Loyola con fiel corazón/ Sin temor enarbola la Cruz por pendón./
Lance, lance a la lid fiero Luzbel...”

Como
prueba de su militante irreligiosidad, cumpliendo instrucciones
del Kremlin, Castro convirtió la capilla de Belén (arriba),
donde tantas veces él rezó, en la biblioteca que se ve abajo.
Luego, con el colapso del ateísmo marxista-leninista, necesitado
de la ayuda del Vaticano, con la supervisión de un jesuita de La
Habana, ha restaurado el hermoso mural de la Virgen que había
ordenado cubrir.
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¿Estará tirando el pasado a Fidel Castro, ahora, ante el descrédito y
la crisis de su gobierno? ¿O serán actos de su gran comedia para
asegurarse el apoyo de la Iglesia de Cuba, casi toda ella cobarde,
complaciente y consentidora? En su último viaje a la ciudad de Miami, el
padre Federico Arvesú, S.J., que acaba de morir en La Habana, dijo que
Castro había restaurado la capilla de Belén. Al convertirla en un salón
de lectura, en uno de sus primeros pujos antirreligiosos, había hecho
cubrir el hermoso mural con la Virgen de Belén que estaba sobre el altar,
y contó Arvesú que le consultó detalles de la obra original al volverla
a su primitivo estado... Castro ha sido en su proceso político, usando
como etapas personajes de la historia de Rusia, aunque en la pequeña
escala que le corresponde, un Bakunin, un Kerenski, un Lenin, un Trotsky,
un Bujarin, un Dzerzhinsky, un Stalin, un Brezhnev y un Jrushchov, y, a la
fuerza, hasta un tímido Gorbachov... ¿Lo tentaría también ser un
Yeltsin? ¿Se atreverá a entrarle a cañonazos a la Asamblea Nacional del
Poder Popular si encuentra resistencia a los cambios que se imponen, como
hizo Yeltsin con el Parlamento ruso? ¿Lo dejarían cambiar el sistema los
estalinistas “comecandelas” que él embarcó en sus disparatadas
aventuras, y que lo han ayudado en sus abusos y en sus crímenes?
Durante su visita a Chile, según el artículo “Fidel y los
cristianos”, publicado en la Pastoral
Popular de ese país, en noviembre de 1971, un sacerdote le preguntó
a Castro sobre su “crisis religiosa”, y él respondió, otra vez hipócrita
y mentiroso: “El problema es que no tuve educación religiosa, era
superficial...”; y más adelante añadió: “¿Sentido religioso? No
tenía ni el 10%”. Así, para entender la permanencia, y los
“triunfos”, de Fidel en los colegios de Dolores y de Belén, durante
ocho años, tendríamos que hacer de él un falso devoto y un impostor
como el Tartuffe de la comedia de Molière, quien decía: “Yo no soy
nada menos que lo que de mí [hago que] piense la gente” (“Je ne suis rien moins, hélas! que ce qu’on pense”). ¿A los 16,
17 y 18 años? Y ¿por qué no, objetará alguno, en un sujeto con mayor
facilidad para mentir, en el actor que vive en él?
Pero es que hay otras actividades suyas en Belén, también hoy
olvidadas, o escondidas por sus defensores, las cuales evidencian que, en
aquellos años, aunque le diera después vergüenza confesarlo, no sólo
tuvo fe religiosa sino que se identificó con la ideología reaccionaria
de sus maestros.
En la entrevista con Frei Betto dijo de los padres del colegio: “Todos
estos sacerdotes, y los que no habían sido todavía ordenados que ya
participaban en la docencia, desde el punto de vista político eran
nacionalistas, digamos más francamente franquistas, todos, sin excepción...
Aquellos jesuitas eran todos gente de derecha... su ideología era
derechista, franquista, reaccionaria. Eso te lo digo sin una sola excepción...”
Así estuvo el Colegio de Belén, en 1945, contra el proyecto de Juan
Marinello, presidente de los comunistas, que quería nacionalizar la enseñanza.
Como senador de la República había presentado una Proposición de Ley en
la que pedía la “Inspección y Reglamentación de la Enseñanza
Privada”. Se basaba en un artículo de la Constitución de 1940 por el
que se disponía que, a pesar de la libertad de enseñanza, el Estado se
obligaba a inspeccionarla y reglamentarla; y aún otro artículo mandaba
que “en todos los centros docentes, públicos o privados, la enseñanza
de la Literatura, la Historia y la Geografía cubanas, y de la Cívica y
de la Constitución”, tenían que “ser impartidas por maestros cubanos
por nacimiento y mediante textos de autores” que fueran también del país.
Y más adelante, sobre la cultura, ordenaba también: “Toda enseñanza pública
o privada estará inspirada en un espíritu de cubanidad y de solidaridad
humana, tendiendo a formar en la conciencia de los educandos el amor a la
patria, a sus instituciones democráticas y a todos los que por una y
otras lucharon”. De cierta manera venía a ser una protesta contra la
ideología del franquismo que en general no habían condenado los colegios
religiosos de Cuba, y mucho menos Belén. Es que aún resonaban en los
corredores del Colegio, al terminar las misas por el triunfo de los ejércitos
nacionales de Franco, de poco antes, con los saludos del brazo en alto,
las notas del Himno de la Falange: “Cara al sol, con la camisa negra/Que
tú bordaste en rojo ayer...”
Además de por las simpatías en favor del Eje que mostraban los jesuitas
de Belén, defendía Marinello la necesidad de vigilar la enseñanza por
un texto de Geografía editado y usado por el Colegio, del hermano Alberto
Martínez, en el cual, según dijo, “se atenta contra la cubanidad, al
contener expresiones depresivas de nuestras características psicológicas,
se agrede con violencia a la solidaridad humana; cuando se admite como
bueno el dominio de unos pueblos sobre otros. Y se ataca gravemente a las
instituciones democráticas, al hacerse el más encendido elogio de
quienes hacen armas contra ellas: Hitler, Mussolini, Franco e Hirohito”.
Y en un trabajo que publicó sobre su Proyecto de Ley aclaraba Marinello:
“No denunciamos allí la huella religiosa, siempre respetable, sino la
marca nazista, fascista y falangista, siempre repudiable”. Su proposición,
en síntesis, y en eso con justicia, pedía que fueran ciudadanos cubanos
los profesores de varias asignaturas en la enseñanza privada, y que éstos
tuvieran los mismos títulos que se les exigía a los maestros para
ejercer la docencia pública.
Defendieron el proyecto de Marinello, entre otros, desde el periódico Noticias
de Hoy, del Partido Socialista Popular, Ángel Augier; en la revista Metal, Amado Hernández; en Mella,
Luis Escalona y Carlos Franqui. Muchos más protestaron contra él, como
era de esperarse, en particular los representantes de las clases más
conservadoras del país, y se creó un poderoso movimiento que llamaron
“Por la Patria y por la Escuela”. El 30 de enero de 1945, el Diario de la Marina publicó con grandes titulares en su primera página,
con la firma de uno de sus voceros, Eugenio de Sosa Jr., un artículo en
el que calificaba el plan de Marinello como una “maquinación más del
partido de la hoz y del martillo contra la Iglesia Católica... [y] un
ataque sin tapujos a la libertad de enseñanza...” Su argumento más sólido
era que el propio Marinello, por su cargo en el Consejo Nacional de
Educación y Cultura, iba a ser quien determinara los textos que podrían
emplearse en los colegios privados, y que así, decía, sólo se iban a
autorizar “obras como El Capital,
de Carlos Marx, y las de Rosa Luxemburgo, de Engels, de Bujarin, de
Plejanov u otros connotados evangelistas del comunismo”. Una de las más
respetables figuras del catolicismo cubano, Manuel Dorta Duque, publicó,
también en el Diario de la Marina,
el 6 de febrero de 1945, una “defensa de las escuelas y colegios
privados, de la libertad de conciencia y de la libertad de enseñanza...
denunciando los errores, contrasentidos e inconstitucionalidades de la
proposición de ley sobre la supervisión de la enseñanza privada”. El
2 de marzo, también en la Marina,
dijo Gastón Baquero: “Mucho se lleva escrito en torno al desdichado
proyecto de ley para la reglamentación de la enseñanza privada... [con
el que] diciendo que se habla en nombre de la democracia, se prepara
arteramente la destrucción de la democracia... Es un nuevo combate que
presenta el bolchevismo, dentro de la casa, a la libertad... Ellos [los
comunistas] no hacen nada que no vaya hacia su fin; ellos no duermen
nunca. No durmamos nosotros tampoco, pues la serpiente, como dice nuestra
Santa Biblia, se esconde entre las hierbas...”
El
“atracón de gofio seco”
Mucho hubiera afectado a Belén, y reducido su prestigio e influencia, la
aprobación del proyecto de ley de Marinello. Coincidió la campaña para
combatirlo con los últimos meses de Fidel Castro en el Colegio, y el
entonces bravo y fiel discípulo de los jesuitas fue de los más
fervorosos voceros de la reacción a fin de condenar el plan de Marinello.
El acto principal de aquella campaña se iba a realizar el día de su
graduación, que presidieron Raúl de Cárdenas, vicepresidente de la República;
el alcalde de La Habana, Raúl Menocal; y varios representantes del
gobierno de Ramón Grau San Martín; un grupo de congresistas, entre
ellos, Manuel Dorta Duque, Emilio Núñez Portuondo y José Manuel
Cortina; el subdirector del Diario de la Marina; el rector de las Escuelas Pías; el presidente
del Centro Gallego; el arzobispo Manuel Arteaga, el padre vice-provincial
y el rector del Colegio.
De la revista, Ecos de Belén,
se transcriben a continuación pasajes de la reseña, escrita por uno de
los alumnos que se graduaban, Valentín Arenas Jr.; dijo: “Por fin llegó
el día ansiado, el día de nuestro último acto público como alumnos de
Belén, llegó el día de Graduación. Esa mañana asistimos, graduandos y
madrinas, a una Misa de Acción de Gracias. Allí, de rodillas ante Dios,
dimos gracias, mil gracias, al Maestro Bueno que nos trajo a un Colegio
donde se nos enseñaba la ciencia del cielo y la ciencia de la tierra...
La parte interior, espiritual, ésa que es la esencia de Belén, sin la
cual Belén no sería lo que es: un Colegio de educación integral,
humanista, estaba cumplida... Los alumnos de letras de la Preuniversidad,
que muy pronto saldrán a defender en la vida pública los principios y
doctrinas aprendidos en el Colegio, se hicieron eco [para denunciarlo] del
proyecto de ley presentado a la consideración del Honorable Senado de la
República, limitando la libertad de expresión y más en particular la
libertad de enseñanza...”
Se representó como en un “debate parlamentario” la discusión del
proyecto de Marinello, y cuenta el cronista: “Fidel Castro inicia la
segunda parte del acto y explica agradablemente al público el otro gráfico
expresando cómo la intervención del Estado en la enseñanza privada en
los diversos países va desde la más completa libertad, y a veces ayuda
[como en los Estados Unidos], hasta la más absoluta centralización, como
ocurre en Rusia [comunista] y Alemania [nazi]...” Enseguida se recogen
en la crónica algunos comentarios de la prensa habanera sobre el acto, y
del periódico Información aparece este juicio: “El debate sirvió para poner
una vez más en evidencia la preparación intelectual y social que los
hijos de San Ignacio prestan a sus discípulos, y al mismo tiempo para
resaltar la improcedencia de algunos proyectos de Leyes relacionados con
la enseñanza, próximo a discutirse por nuestras Cámaras
Legislativas...” Y agrega el cronista: “La opinión de [Noticias
de] Hoy
[órgano oficial del Partido Socialista Popular (comunista)], novato de la
prensa cubana [se había fundado en 1937], no podía faltar. La
importancia que nos dieron quedó demostrada al dedicarnos una columna
entera de su plana editorial. Titulaban su poco feliz artículo
‘Estupendo Show’, y entre sus párrafos más interesantes citaremos el
siguiente: ‘Los parlamentarios fueron escogidos cuidadosamente entre los
pelagatos más profundamente infectados por la propaganda
nazifalangista... y después de entregárseles el tema que debían tratar
y de indicárseles la forma en que debían hacerlo y los argumentos que
tendrían que emplear en la mojiganga ridícula, se les soltó la rienda y
allí se dieron a desbarrar de lo lindo aquellos pobres diablos... Fidel
Castro se dio un formidable ‘atracón de gofio seco’...”
Ignorando este episodio, los editores de My Early Years, al igual que otros admiradores de Castro que quieren
presentarlo como un revolucionario y un socialista casi desde la cuna,
interpretando sus rebeldías de niño malcriado y sus guaperías durante
la adolescencia como las raíces del marxista-leninista que llegaría a
ser, reproducen la foto del personaje en ese acto, en el momento de su
discurso en el que hizo causa común con las figuras más conservadoras de
Cuba. Pero esa imagen falsa del temprano revolucionario es la que Castro
cultiva para la posteridad, y de sus años jesuitas habla poco, y menos
habla de su religiosidad, y jamás de haber sido uno de “los pelagatos más
profundamente infectados por la propaganda nazifalangista” de Belén, ni
de su “atracón de gofio seco” el día en que se graduó. Así, como
una vergüenza, sintió aquellos años al llegar a la Universidad, donde
la mayoría del estudiantado era progresista, liberal y antifascista, y
aun de la izquierda revolucionaria los más connotados dirigentes.
Lujuria
de dominio
En el libro de Lionel Martin The
Early Fidel (1978), que apareció en 1982 traducido al español con el
título El joven Fidel. Los orígenes
de su ideología comunista, se transcriben estas palabras de Alfredo
Guevara, militante de la Juventud Comunista, que había ingresado en la
Universidad el mismo año que Fidel Castro: “... Procedía del colegio
religioso de Belén, y yo lo veía como una amenaza política. El
amenazante espectro del clericalismo sobrevolaba el campus, y yo creía
que Castro iba a ser su instrumento”. Y Castro, para “limpiarse” de
esa imagen que proyectaba su pasado, usando la terminología del creyente
en las religiones africanas, fue adentrándose en los grupos de acción
hasta llegar al atentado contra Leonel Gómez, en diciembre de 1946. Y, ¿no
ha sido la carrera política de Fidel Castro, hasta hoy, un alarde de
guapería, una disposición a “fajarse”, en casa y en el extranjero,
con cualquiera, un reto al que lo limita, como si fuera para demostrarle
al mundo, y a sí mismo, que él no es el niño “bitongo” salido de
los jesuitas, el del “atracón de gofio seco”, “el amenazante
espectro del clericalismo”, que es como lo vio la gente de acción del
estudiantado universitario?
En los comentarios de García Márquez, antes citados, al referirse al
gusto de Castro por la pelea, escribió: “... Nadie puede ser tan
obsesivo como él cuando se ha propuesto llegar al fondo de una cosa... Y
en especial si tiene que enfrentarse a la adversidad. Nunca parece de
mejor aspecto, de mejor talante, de mejor humor. Alguien que se cree
conocerlo le dijo: ‘Las cosas deben andar muy mal, porque usted está
rozagante’“ (“... Things must be going very badly, because you look radiant”). ¡Qué
triste es que haya podido hacer tanto daño por un complejo que en persona
no enferma hasta esos extremos hubiera podido resolver de manera menos
dolorosa! Y ¿cómo puede esperarse un arreglo con quien se realiza
existencialmente en la pelea, con quien logra su “mejor aspecto”, según
cuenta García Márquez, su “mejor talante” y su “mejor humor”,
cuando tiene que pelear? Todo acuerdo trae como consecuencia un cese en la
lucha: dice el refrán que “con uno que no quiere, dos no pelean”,
pero también es cierto que con uno que la quiere jamás llega a su fin la
pelea.
Contó también Alfredo Guevara que un día, a poco de conocer a Fidel
Castro, éste le confesó, como en broma, que él estaría dispuesto a
hacerse comunista, pero con una condición: “Si puedo llegar a ser Stalin”, le advirtió. Ya en el gobierno se dio cuenta que nada como el
marxismo-leninismo podía satisfacer su patología, puesto que en último
análisis no es más esa doctrina que una lucha a fin de
conseguir el poder por cualquier medio, y de mantenerlo después a
toda costa.
La vida oscilante de Fidel Castro tiene así un común denominador, el
cual confirma, como se ha visto, el perfil sicológico de sus años
juveniles: ser siempre el primero, destacarse, dominar: lo que resume en
Cuba el vocablo cheche, de
origen yoruba, según Fernando Ortiz: el vencedor, el más atrevido, el más
valiente: el cheche. Y todo por su propio esfuerzo, por lo que en Castro es
notable su abuso del elemento compositivo “auto” que destaca la acción
hecha por uno mismo: si alguno de sus triunfos los debiera a otro, le
reduciría el tamaño: como en la de Adolfo Hitler, ha sido su
“lucha”, propia, (Mein Kampf):
nada le debe a nadie el agonista. Véanse estos ejemplos de los varios
pasajes citados aquí: en Belén, aunque sin darse cuenta, se estaba
“autopreparando” para la guerra de guerrillas, y aprendía sin ayuda
de nadie las lecciones, como si no hubiera clases a las que asistió
regularmente: “Yo estudié Matemáticas, Física y Ciencia yo solo...”
Cuando el Bogotazo, al describir su actuación, dijo, mintiendo: “...
que estaba solo”, por lo que añadió: “Pocas veces en mi vida he sido
tan altruista y tan puro...”, cuando lo cierto es que en su viaje a
Colombia lo acompañaron el presidente de los estudiantes, un miembro de
la UIR y Alfredo Guevara. Y de sus años en la Universidad, habla de su
“autoforjamiento”: tuve que “autoforjarme”, por lo que se hizo
“autocrítica”, y agrega: “No tuve la suerte de disponer de
mentores. Yo mismo tuve que hacer de mentor de mí mismo”. Y de sus
otras actividades allí, repite: “En la universidad me sentí solo,
absolutamente solo, y cuando en el proceso electoral me enfrenté con toda
la mafia que dominaba la universidad... Y me encontré solo en lucha
abierta contra esas fuerzas...”
Esa morbosa obsesión de preeminencia, si no se controla, se halla
siempre dispuesta a atropellarlo todo para lograrla, por lo que resulta
tan peligrosa. Es lo que le sucedió a Hitler, en quien el poder actuaba
como un “afrodisíaco”, según la acertada opinión de Ian Kershaw en
su reciente libro Hitler; 1889-1936:
Hubris (1999) (usando la palabra “hubris”, derivada del griego,
donde significa orgullo, arrogancia y violencia); dice este autor: “No
hay que disminuir cuánto contribuyó el carácter de Hitler a su
conquista y a su ejercicio del poder. La obsesión, la inflexibilidad, la
brutalidad al vencer obstáculos, la cínica rectitud, su arriesgarlo todo
por el todo al igual que un jugador profesional, todo eso le dio forma a
su ejercicio del poder. Estos rasgos de su carácter se reunían en un
impulso dominante: su ilimitado egocentrismo. El poder era el afrodisíaco
de Hitler. Para un sujeto tan narcisista como él era, el poder le daba la
razón de vivir que los contratiempos de sus primeros años le trajeron”
(“...Power was Hitler’s
aphrodisiac. For one as narcissistic as he was, it offered purpose out of
his purposeless early years, compensation for all the deeply-felt setbacks
of the first half of his life.”).
Ante esta observación del peligro del poder en las mentes enfermas,
viene al caso la conocida frase de Lord Acton en su carta de 1887 a
Mandell Creighton, luego obispo de la Iglesia de Inglaterra: “El poder
tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” (“Power tends to corrupt and absolute power corrupts absolutely”.).
El camino y los medios que se emplean para satisfacer el apetito de poder
no tienen importancia: el objetivo es triunfar; el cómo, en último análisis,
no tiene importancia. Así
tentaron a Fidel Castro José Antonio Primo de Rivera, Mussolini, Hitler,
Lenin, Stalin y Perón... Todos víctimas de lo que con acierto llamó
Salustio (86-35 a. de C.) “libidum
dominandi” (“lujuria de dominio”), al narrar la vida del
ambicioso soldado romano Catilina.
¿Cuál es, pues, “el otro Fidel Castro” que aquí se ha querido
presentar? No, por cierto, el del derrotero épico y luminoso que presenta
My Early Years, el rebelde
justiciador siempre enderezando agravios; sino ése que ahora necesita
tantas mentiras para lograr un puesto menos vergonzoso en la posteridad;
ése de trampas, abusos y crímenes, ése del socialismo clasista que ha
arruinado a Cuba pero que le complace su “lujuria de dominio”.
Martí previó ese tipo de personaje: en carta a Fermín Valdés Domínguez,
de mayo de 1894, cuando Fermín Valdés Domínguez preparaban en Cayo
Hueso actos en memoria de los anarquistas muertos en Chicago, le advirtió
profeta:
Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con el
que tratas, y tu respeto de hombre, a los cubanos que ahí buscan
sinceramente con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de
equilibrio indispensable en la administracíon de las cosas del mundo...
Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las
lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y
rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo
empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos
defensores de los desamparados.
Ése es el verdadero Fidel Castro, el “ambicioso”, el “de la
soberbia y rabia disimulada, que, para ir levantándose en el mundo”, le
dio “por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenético
defensor de los desamparados”.
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