De
dos maneras se han interpretado las nuevas disposiciones económicas de
Cuba: creen unos que con ellas se ha de destruir el gobierno de Castro;
otros piensan que así podrá resolver los graves problemas que
confronta; aquéllos se alegran porque también ponen en evidencia el
fracaso del sistema, mientras que los otros aplauden la decisión de los
gobernantes y piden que se les premie por sus actos. En ambos casos se
parte de la base de que hay un verdadero cambio, algo distinto que de
cierta manera sustituye a lo que había. Lo nuevo tendrá, pues, para
los primeros, un final diferente de lo anterior, más infausto,
inexorable, por lo que basta esperar para que se produzca; lo nuevo,
para los otros, al ser mejor, merece un tratamiento menos severo ya que
indica, por parte de las autoridades, una conducta promisoria y
consecuente. Los enemigos del régimen son optimistas: la mayoría se
cruza de brazos y sonríe satisfecha ante el colapso que considera
inevitable; los amigos, también confiados, andan pregonando la virtud
de las medidas que apartan a los autores de sus viejas culpas. Pero los
dos están equivocados al suponer que los cambios son substanciales y
que, por sí solos, pueden alterar el curso de los acontecimientos. Y
Castro disfruta del doble engaño: por una parte reduce y tranquiliza a
la oposición; por la otra alienta y da razones a quienes lo defienden.
En
un sistema como el de Cuba nada cambia si no hay un cambio político.
Por eso la intransigencia del gobernante, y su histérica irritabilidad,
cuando se le sugiere cambiar la estructura del poder y permitir la libre
opinión y directa intervención del pueblo en los asuntos públicos. El
cambio económico, con el mando totalitario, se puede manejar a
capricho, y hasta suspender cuando haya resuelto el problema que le dio
origen; él político, sin embargo, tiene una dinámica distinta y se
sale de los controles oficiales —las pruebas más recientes son la Unión
Soviética y Nicaragua, que hicieron cambios de esa naturaleza—.
El
cambio que no afecta a la política no pasa de ser un disfraz de cambio,
lo cual podría, en el caso de Cuba, considerarse como un cambio de
disfraz. No se puede olvidar al gran farsante. ¿Quién no recuerda al
guerrillero con la medalla de la Virgen sobre el pecho? Y luego la
oportuna consagración marxista-leninista, entre otros embustes y
disfraces. Ahora, los cambios económicos, y a aumentar los tapujos
nacionalistas y martianos. Antes, cuando no les hacía falta ninguna
disculpa, en la Constitución de 1975, decían estar “guiados por la
doctrina victoriosa del marxismo-leninismo”, y ahora en la nueva
Constitución, dicen estar “guiados por el ideario de José Martí y
las ideas políticas y sociales de Marx, Engels y Lenin”; y donde decían
que el Partido Comunista de Cuba era “marxista-leninista”
dicen ahora que es “martiano y marxista-leninista”. Disfraz
sobre disfraz.
Para
resolver la crisis económica que sufrieron entre 1977 y 1979, China y
Vietnam también se limitaron a realizar cambios en la economía, más
ambiciosos los de China, y han logrado sobrevivir. Con algunas variantes
entre los dos países, los cambios respetaban los “Cuatro Principios Básicos”
que enunció el dirigente chino Deng Xiaoping, resumen del programa
obligado para mantener a toda costa al gobernante comunista en el poder:
1) Seguir el camino del socialismo, 2) aceptar sin discusión el
liderazgo del Partido, 3 ) conservar el marxismo-leninismo como
programa, y 4) mantener la dictadura del proletariado. Se alivió así
la crisis económica, se apuntaló el partido y se redujo el peligro de
tener que realizar cambios políticos; y hasta se han mejorado las
condiciones de vida de una parte de la población, pero los abusos y
atrocidades que padece aumentaron, como se puso en evidencia en la plaza
de Tienanmen y en el éxodo de Vietnam .
El
oportunista desecha los principios que amenazan su ambición, y se
vuelve pragmático al considerar como verdad lo que le resulta
conveniente: en 1960 dijo Deng que no importaba si el gato era blanco o
negro con tal de que atrapara al ratón, porque eso es lo que hacía
bueno al gato; luego, cuando ascendió al poder, se dio cuenta de que el
color del gato podía amenazar su gobierno, pues en un sistema
totalitario hasta con ese simple cambio se puede envalentonar el ratón,
y hasta hacerse también gato, y el otro, al disminuir su ventaja, se
amilana y se vuelve ratón. Ante los ojos asombrados del mundo se vio en
Rumania, en pocas horas, la transmutación animal: el ratón se hizo
gato, y el gato, abusador y soberbio antes, se convirtió en ratón.
Con
ese notable desprecio que tiene Castro por la inteligencia, todos los
recursos de que pudo disponer en años anteriores los dedicó a empresas
militares, a hacer buenos soldados, de los que difícilmente salen
buenos administradores. Así sirvió a la Unión Soviética como
eficiente mercenario, pero hundió a Cuba. Pero por esa mentalidad
colonial no tiene hoy escrúpulos, también para su propia salvación,
en hipotecar la isla a la usura del capital extranjero. Y en disimulo
habla de salvar las “conquistas de la revolución”, que no pasan de
ser consecuencia de los inmensos subsidios soviéticos, con los que una
docena de países del Tercer Mundo hoy competirían con Suiza. La única
“conquista” auténtica de “la revolución”, en honor a la
verdad, es Fidel Castro y los suyos, y eso es lo que se quiere salvar
bajo el disfraz de la revolución.
El
comunismo cubano no ha inventado nada: con protestas de originalidad se
ha reducido a seguir las normas que le facilitaron los viejos miembros
del Partido. Y ahora, con los cambios económicos, vuelve a la única
fuente de sabiduría que conoce, a la Unión Soviética, a la fórmula
de Lenin cuando éste se vio en similar aprieto, para de ella tomar lo
que le conviene. Sin ningún comentario, y sin alusiones a la realidad
actual de Cuba, que harían pensar en cierta torpeza o falta de
imaginación en el lector por no ver el paralelismo, en las páginas que
siguen se hace un resumen de lo que aconteció en Rusia en 1917, de los
aprietos económicos en que se vio el gobierno bolchevique en 1921, de
las medidas económicas que inventó Lenin para salir de ellos, y de sus
aciertos e infortunios, para prevención de amigos y enemigos de Castro,
para que tengan una idea de lo que puede suceder en Cuba, en particular
para los que auguran mejores tiempos para sus inversiones y esperanzas.
Del zarismo al comunismo
En
marzo de 1917 se inició en Petrogrado (San Petersburgo) la revolución
contra Nicolás II, quien tuvo que abdicar cuando las fuerzas que mandó
para imponer el orden se les sumaron a los rebeldes. Un mes antes, el
pueblo hambriento en esa misma ciudad había asaltado las panaderías y
almacenes de alimentos. Uno de los primeros cubanos en celebrar el
triunfo fue el líder obrero Carlos Baliño, a quien los críticos en la
isla, para ganar méritos con el gobierno, o por cobardía, presentan,
por sus relaciones con Martí, como un consumado marxista desde su
juventud, cuando lo cierto es que, al igual que en 1892, aun en 1917, no
ocultaba sus simpatías por el anarquismo al citar a Bakunin, el
principal adversario de Marx y fundador del movimiento anarquista
internacional. En la revista Cuba
y América, de abril de 1917, y con el título de “En marcha hacia
la vida y la libertad” escribió sobre el regreso de los presos políticos
rusos detenidos en Siberia (todavía muy cerca de los ideales de Martí
sobre la integración nacional, ajeno a la lucha de clases y a la
supremacía proletaria) .
Todas
las clases sociales están representadas en esa muchedumbre de redimidos
que durante años enteros han estado recibiendo insultos, bofetadas y
azotes, y hoy reciben vítores y aclamaciones de su pueblo en un
despertar magnífico de la vida, de la libertad y el derecho, tras
largos siglos de opresión y vasallaje. Se encuentran entre ellos
labriegos, obreros, opulentos aristócratas y artistas literarios. Ningún
país del mundo ha dado a la causa de la redención humana un
contingente tan grande de miembros de las clases privilegiadas como la
tierra de los zares. Jóvenes de ambos sexos, ricos, talentosos, de
porvenir brillante, han abandonado las dulzuras y los goces de la vida
regalada y cómoda cortando todo lazo de comunicación con la clase
favorecida a que pertenecían, para ir a hacer propaganda revolucionaria
entre los rudos labriegos de la campiña. Dando la espalda a la doctrina
enervante predicada por el místico Tolstoi, han repetido una y mil
veces al oído de los oprimidos la palabra de Bakunin: “¡Rebélate,
rebélate, rebélate!”
Al
concluir aquel levantamiento popular se constituyó un gobierno en el
que estaban representados los diversos sectores opuestos al zarismo y
del que llegaría a ser jefe el socialista revolucionario A. Kerensky,
pero ocho meses más tarde, aprovechando el descontento de la población
por la guerra y el hambre, un grupo de bolcheviques, dirigido por Lenin
dio un golpe de Estado para imponer su interpretación de las doctrinas
de Carlos Marx. Desde 1914, cuando los rusos apoyaron a los serbios que
asesinaron en Sarajevo al heredero del trono de Austria, el país estaba
en guerra. Francia e Inglaterra se le unieron a Rusia, mientras que
Alemania se mantuvo junto a los austrohúngaros. Toda Europa se vio
envuelta así en aquel conflicto que fue la Primera Guerra Mundial. Ya
en 1915 se hizo evidente la inferioridad del ejército del zar cuando,
por falta de abastecimientos, la cuarta parte de los soldados que iban
al frente tenían que recoger las armas de sus compañeros muertos para
combatir al enemigo.
A
pesar de los desaciertos políticos de Nicolás II, y de los errores en
la dirección de la guerra, Rusia luchó con todo heroísmo, con sus 10
millones de soldados y marinos en el extenso frente desde el Mar Báltico
al Mar Negro. Pero el pueblo estaba cansado de tantos sufrimiento y
recibió con alegría la propuesta de los bolcheviques de lograr un
armisticio con Alemania. Era el 7 de noviembre (el 25 de octubre según
el antiguo calendario Juliano, por lo que se conoce el episodio como
“la Revolución de Octubre”), cuando, con la ayuda de algunos
militares y obreros atacaron el Palacio donde estaban reunidos los
representantes de aquel gobierno liberal: los arrestaron, y ocuparon el
poder. La resistencia fue poca y débil: no podían imaginar los rusos
que, con los comunistas, tendrían que renunciar a cuanto habían
logrado en aquellos meses: la libertad de pensamiento, de palabra, de
imprenta y la esperanza de mover el país hacia la justicia y el
progreso material. Pero Lenin determinó que la revolución burguesa que
había derrotado al zar tenía que dar paso a la revolución socialista
que iba a imponer el mando de los obreros y de los campesinos pobres:
“La historia no nos perdonará jamás si no tomamos el poder ahora”,
les dijo a los que vacilaban en espera de una oportunidad mejor para el
golpe de Estado.
En
La Habana la primera noticia de este acontecimiento la dio el Diario
de la Marina, en su edición del 8 de noviembre, en la que se lee:
“Un destacamento naval armado, cumpliendo órdenes del Comité
Revolucionario Maximista, ha ocupado el palacio donde el Parlamento
preliminar había suspendido sus sesiones en vista de la situación. No
se tienen noticias de que hayan ocurrido desórdenes hasta ahora,
exceptuando algunos desmanes de los apaches. La vida en general continúa
normal y el tráfico en las calles no ha sido interrumpido”. Al día
siguiente dijo el periódico La Discusión: “Petrogrado y los centros oficiales y de comunicaciones están a estas horas en manos
de los elementos radicales extremistas... A cuantos seguimos desde hace
algún tiempo el desarrollo de los acontecimientos en Rusia, no ha
podido sorprendernos el suceso del día, previsto desde que la guarnición
de Petrogrado se dejó influir manifiestamente por los radicales,
adversarios del precario gobierno provisional”. El día 10 completa la
información el Diario de la Marina, al reproducir un despacho sobre “La crisis
rusa”, desde Petrogrado, en el que se lee: “El Congreso de Delegados
de Obreros y Soldados apeló hoy al ejército ruso para que se mantenga
firme y proteja la revolución contra las tentativas imperialistas hasta
que el nuevo gobierno haya obtenido esa paz democrática... El nuevo
gobierno adoptará medidas adecuadas para asegurar todo lo necesario al
ejército y, por medio de enérgicas demandas a las altas clases, tratará
de aliviar la situación económica de las familias de los soldados...
El corresponsal agrega el siguiente extracto del mensaje de Lenin: ‘La
sagrada revolución se ha llevado a cabo. Ofreceremos una paz aceptable
al proletariado de todos los países... Ocuparemos todas las tierras y
estableceremos el control de los obreros sobre la industria. La
consecuencia será la tercera revolución...’“. Así, con la promesa
de “paz, tierra y pan” logró Lenin neutralizar las fuerzas que podían
oponérsele: la paz la querían los soldados, entre los que había un
millón de hombres de campo; la tierra, los campesinos pobres,
explotados por los grandes terratenientes; y el pan toda la población,
en particular los obreros urbanos.
La Guerra Civil
Entre
los primeros decretos del gobierno comunista estaba uno que disponía la
confiscación de las tierras que aún quedaban en manos de
latifundistas, de la Iglesia y de la antigua aristocracia, y las puso en
manos de los Soviets rurales, especie de consejos, los que las
repartieron entre los campesinos en espera de que se aprobara una ley
agraria. Dos meses después siguió la nacionalización de los bancos ya
que el pánico hizo que los depositantes extrajeran su dinero
dificultando las operaciones del gobierno, y, a pesar de las promesas en
contrario, las autoridades forzaron las cajas de seguridad y se
incautaron de todos los valores que allí se guardaban. Lenin había
proclamado: “Hay que robar todo lo que nos habían robado”. Así
pasaron las industrias a manos de los obreros, lo que produjo tal caos
en la producción que el gobierno se vio obligado a crear en diciembre
de 1917 un Consejo Económico Supremo: fue el primer paso para la gran
burocracia con la que siempre han intentado, sin éxito, en regímenes
de esa naturaleza, dirigir la economía.
El
celo revolucionario y la fidelidad al Partido Comunista, y no su
capacidad, o sus conocimientos, determinaban la posición de los
administradores: consta que en aquellos días de Rusia, por ejemplo, a
uno le dieron un cargo importante en la Oficina de Asuntos Exteriores
porque hablaba una lengua extranjera; a otro lo hicieron Comisario de
Finanzas porque estuvo empleado en un banco francés; y a un tercero lo
nombraron director del Banco del Estado por el hecho de que, años
antes, en Londres, había sido estudiante de Economía. Aún en 1927
menos del 10% de los miembros del Partido Comunista tenían educación
superior, menos del 8% una educación secundaria, y más del 2% eran
analfabetos —fue en buena parte esa falta de formación la que le
permitió a Lenin y su grupo, en 1917, y a Stalin, en 1928, dominar el
Partido, y con éste al resto de la ciudadanía, y la causa de buen número
de disparates y errores.
Aunque
les resultó muy fácil llegar al poder, los bolcheviques tuvieron que
esperar más de tres años para consolidar su gobierno. La guerra civil,
que empezó en el verano de 1918, puso frente al ejército rojo la
contrarrevolución armada, a la que pertenecían antiguos
oficiales y soldados del zar, los cosacos, la burguesía, la
juventud culta, los monárquicos y los socialistas revolucionarios. Al
principio de la contienda todo parecía favorecer a éstos, hasta el
extremo de que el gobierno tuvo que ordenar el asesinato de Nicolás II,
la zarina, su hijo y sus cuatro hijas, el 16 de julio de 1918, en
Ekaterinburgo, cuando las fuerzas blancas se acercaban al lugar en que
estaban detenidos. También en 1918 se produjo la intervención
extranjera: un total de 14 países tomaron parte en ella a favor de los
contrarrevolucionarios: cerca de 200 mil soldados enviaron Japón,
Francia, Inglaterra, Italia, Grecia y los Estados Unidos, pero en 1920
prácticamente ya habían vencido los bolcheviques. Su triunfo se debió
a la desunión y múltiples intereses de quienes se les oponían
(siempre enemigos en una larga lucha), y a la desganada participación
en el conflicto de los soldados extranjeros, frente a la unidad y el espíritu
combativo de que dio muestras repetidas el ejército rojo, dirigido con
la mayor diligencia y astucia por el Comisario de la Guerra, León
Trotsky.
La
revista Cuba Contemporánea
vio lo sucedido en Rusia de manera parecida a como lo vieron los
gobiernos de los países aliados, con una actitud despectiva y crítica
que auguraba el inminente fracaso del comunismo: en un artículo de
marzo de 1919 se lee: “La Guardia Roja, creación de esa gente [los
bolcheviques], es un verdadero atentado al orden público que debe
existir en todo pueblo civilizado. Se ha autorizado a los campesinos al
robo y al pillaje”. Dos meses más tarde allí publicó Juan Clemente
Zamora, profesor de Derecho Constitucional, de la Universidad de La
Habana, un artículo sobre “El bolchevismo”, en el cual, adelantándose
al juicio de Milovan Djilas en La
Nueva Clase, dijo: “La república rusa es esencialmente una
aristocracia que limita a una clase determinada de la nación el
ejercicio del poder soberano, sin derechos ni garantías para los
miembros de las otras clases y tendencias...” Y ya muy cerca de la
victoria militar soviética, en marzo de 1920, anuncia un trabajo de la
misma revista: “De una manera u otra el régimen bolchevique en Rusia
está destinado a desaparecer, es sólo cuestión de tiempo. Lo
importante es impedir que esta nueva peste roja transcienda a los países
no contaminados aún. Todos los esfuerzos de los gobiernos y los pueblos
deben encaminarse a este fin...”
Pero
entre muchos de los obreros de Cuba, al igual que en otros países, el
ejemplo soviético iba haciendo su obra. Por la torpeza y las
injusticias del capitalismo, a pesar de los excesos y los crímenes de
los bolcheviques, muchos defendían al programa de Lenin. Aunque el
presidente Mario García Menocal aseguraba que el gobierno no se iba a
detener “ante ningún obstáculo para reprimir a la secta antisocial
que gobierna en Rusia”, el proletariado cubano celebraba actos públicos
en apoyo de “La gloriosa revolución de Octubre”. Un informe de la
Policía Secreta, de 1919, publicado en Cuba en 1967, pone en evidencia
cuánto influyó en algunos sectores laborales: por un acto celebrado en
el teatro Payret, dice un informe dirigido a la Audiencia de La Habana:
Señor
Juez, en cumplimiento de lo ordenado por usted asistí a la asamblea que
celebraron los obreros el día primero del mes pasado [enero de 1918].
El teatro se hallaba completamente lleno: se comenzó tocando el himno
de los trabajadores, que cantaron tres hombres y dos mujeres de la raza
mestiza y cuyo himno lo oyó el público de pie, haciéndolo repetir;
después se dio lectura a telegramas del interior de la Isla, de
distintos gremios adhiriéndose a la celebración de la asamblea. Luis
Frabegat dio lectura a una comunicación de protesta contra las Naciones
Aliadas que han enviado tropas a Rusia con el fin de aplastar el
bolchevismo, porque los trabajadores fusilan a los burgueses...
Hizo
uso de la palabra Alejandro Barreiro, presidente de los Elaboradores de
Tabaco: dijo que había que acabar el actual régimen, donde unos
paseaban y otros trabajaban, que fijaran la vista en Rusia y que la imitáramos,
que había necesidad de sembrar el bolchevismo entre los obreros y
soldados... Habló Roberto León, presidente de la Asociación de
Empleados de Industria y Comercio: dijo que la última guerra no era por
ideales sino formada por los burgueses, que los capitales estaban
respaldados por las bayonetas, que había que destruir a las babosas y
parásitos de los salones. Habló Ángel Arias, por los Elaboradores de
la Madera; aprovecha los aplausos del público para pedir que éstos se
dediquen o se guarden para la próxima revolución social... Jesús
Arena, por los Carteros, dice horrores de la prensa que defiende a los
burgueses que dicen que el virus bolchevista ha venido del extranjero, y
que esto no es así, puesto que él antes era burgués, y aquí se ha
vuelto bolchevista; que los esbirros de la policía entraron en el
Centro Obrero y asesinaron a un compañero... Ricardo García por los
Planchadores anuncia el triunfo obtenido en el día de hoy, que en vista
de que el gobierno no ha hecho nada por los obreros, se siente
bolchevista y anarquista, debiendo prepararse para la lucha, echando
unos centavos a un lado para comprar armas que hagan una sola para la
defensa del obrero...
Aunque
los elementos conservadores en todo el mundo habían pronosticado la
derrota soviética, en lo político y en lo militar, el mando comunista,
al terminar la Guerra Civil, quedó asegurado. En lo económico, sin
embargo, la amenaza de un colapso que iba a destruir la revolución era
inminente. En 4 años la producción industrial se había reducido a 1/3
de lo que era en 1917, y el comercio exterior a una centésima parte;
menos del 35% de la tierra que se cultivaba en 1914 estaba en producción
en 1921, y entre esos años el rublo se había depreciado de 2 por un dólar
a 1,200 por un dólar. Como cerca del 80% de la población vivía en el
campo, al repartir la tierra el gobierno de Lenin tuvo el apoyo de la
mayoría del pueblo; luego, al requisar las cosechas por las necesidades
de la guerra y por el principio de centralización económica, sólo con
la fuerza y el terror pudo mantenerse en el poder. Ante la propaganda
oficial destacando que la revolución había repartido las tierras entre
los campesinos, éstos respondían con disgusto: “Sí, camaradas,
nosotros somos dueños de la tierra, pero el pan es de ustedes; las
cosechas son nuestras, pero el trigo es de ustedes; los bosques son
nuestros, pero las maderas son de ustedes. En realidad todo es nuestro,
pero no podemos morder ni un bocado”.
Entre
1917 y 1921, por el conflicto, el hambre, las epidemias, el frío y las
ejecuciones murieron más de 15 millones de rusos. El descontento no
disminuyó al terminar la Guerra Civil, al contrario, fue en aumento,
pues ya las autoridades no tenían manera de explicar el fracaso económico
y la escasez de alimentos. Explotó en la rebelión de marinos en el
puerto de Kronstadt, que por su participación en el levantamiento
bolchevique de 1917 se le llamaba “el orgullo y la gloria de la
Revolución de Octubre”. Se inició cuando se supo en la base naval
los horrores del gobierno al suprimir una huelga en Petrogrado. Citaron
a un mitin al que asistieron 16 mil personas, en el que se denunció el
carácter despótico del sistema, y, en aquella asamblea, se pidió que
se celebraran elecciones con voto secreto, que hubiera libertad de
pensamiento y de reunión, que se autorizara el multipartidismo, que se
pusieran en libertad a los presos políticos —obreros, campesinos,
militares y miembros de otros partidos socialistas—, que se prohibiera
la requisición de los productos agrícolas y que los campesinos
pudieran disponer de sus tierras con libertad: mucho de lo que habían
prometido Lenin y los suyos al tomar el poder. En el Manifiesto que
hicieron público con el titulo de “Por qué luchamos”, decían:
“La clase obrera esperaba que, al llevar a cabo la Revolución de
Octubre, iba a conseguir su emancipación. El resultado ha sido una
mayor esclavitud. El poder del Estado policial monárquico ha ido a
parar a manos de los usurpadores comunistas, los cuales, en vez de
libertad ofrecen a la población el miedo de ser llevados a los lugares
de tortura de la Cheka, muchas veces más horribles que los del tiempo
del zar... Pero el hecho más odioso y criminal de los comunistas es el
haber creado la esclavitud moral, ya que se meten hasta en la vida
privada de uno y lo obligan a pensar como ellos...”
En
aquellos primeros días de marzo 1921, cuando se produjo la rebelión en
esa fortaleza del Báltico, el Partido Comunista Ruso celebraba su Décimo
Congreso, y ante el peligro, toda vez que el ejército rojo no había
podido someter a los rebeldes, Lenin ordenó a los 300 delegados allí
presentes que se trasladaran al lugar para combatirlos y castigarlos. El
7 de marzo se inició el
bombardeo de la base y, diez días después, se rindió, siendo sus
ocupantes pasados por las armas. Ése no era el mejor camino para
combatir a los bolcheviques, una protesta local sin preparación
suficiente para derrotar en un conflicto armado a las fuerzas del
gobierno. Eran éstos malos administradores en asuntos relacionados con
la economía, pero había entre ellos excelentes asesinos cuyo fanatismo
los llevaba a ser crueles y eficientes soldados y policías en defensa
de sus ideas; centenares de miembros del partido comunista forzaron a
punta de pistola a los oficiales del ejército regular para que movieran
sus fuerzas contra los insurrectos; contaban además los bolcheviques
con todo el armamento que se había acumulado en el país desde 1914,
por la Guerra Mundial y luego por la Guerra Civil. Así acabó aquel
heroico levantamiento de revolucionarios de izquierda: el primero en la
historia contra un régimen comunista.
Era
evidente que el gobierno soviético se había equivocado, y que, en lo
económico, estaba en un callejón sin salida: su principal error fue
haber creído que, con la revolución de octubre, los países
capitalistas iban también a caer en el comunismo, y que de ellos
recibirían ayuda, en particular de Alemania: equipos y obreros
industriales, créditos y productos manufacturados. Pero el pueblo no
aceptaba disculpas: la imprevisión y la incapacidad de los gobernantes
había creado la crisis, y exigía, como los marinos de Kronsdadt, que
se les diera lo que le ofrecieron en 1917.
El
hambre era espantosa: en el verano de 1921 se empezaron a mezclar los
granos con paja y aserrín. En ese año las cosechas habían sido las
peores que se recordaban en Rusia. La gente no hablaba más que de
comida, y entre las familias se celaban para robarse unos a otros los
alimentos. Antes de la revolución buena parte del pueblo vivía en la
miseria, pero muy pocos morían por ella.
En
700 años de historia, Rusia había sufrido periódicas hambrunas pero
jamás tan horrible como aquella entre 1921 y 1922. Los bolcheviques le
echaban la culpa al bloqueo que sufrían los puertos, pero la población
acusaba a los gobernantes. Se llegó al canibalismo: así describe la
situación un historiador que visito Moscú diez años más tarde:
“Los padres, los hijos, los hermanos y hermanas se mataban. De las
calles se robaban a los niños y a las niñas, y a los jóvenes les
prometían comida para llevarlos a chozas donde los mataban a
hachazos”; y cuenta de una madre que se comió a su hija moribunda; de
una joven de 18 años que se comió a su hermana menor, y dijo en
disculpa: “De todas maneras se iba a morir, y yo tenía mucha
hambre”; de otra mujer que razonó así: “Era mi hijo, y yo tenía
derecho a matarlo para salvarme yo”; de otra que alegó en el juicio
por su canibalismo: “Todos tenemos que morir, y todo el mundo está
matando, por lo tanto nosotros también tenemos que matar...”

Mijail
Bakunin, a la izquierda, el anarquista ruso, y Carlos Baliño,
su admirador cubano, a quien han querido presentar en Cuba como
marxista al conocer en 1892 a Martí, cuando lo cierto es que,
al igual que en 1917, al principio de la revolución soviética,
aún defendía los ideales del anarquismo internacional.
|
Por otra parte, al desaparecer los alimentos disminuyó de manera
considerable la producción industrial, y, como no había nada que
comprar se produjo un exceso de moneda circulante que llevó a la mayor
inflación. Fue entonces que, ante el caos económico, la mayor amenaza
desde el inicio de su gobierno, Lenin inventó y puso en práctica la
Nueva Política Económica (la N.E.P., Novoia
Economicheskaia Politika), que no era, en su esencia, más que
volver de una manera u otra, a buena parte de lo que habían criticado
los bolcheviques, influidos por el marxismo: la propiedad privada, las
utilidades, las rentas, las comisiones, los negocios; en general, la
economía de mercado libre. Lenin vio en la misma burguesía que había
combatido, y que quiso que se destruyera en todo el mundo, en su manejo
de la economía, la salvación única del socialismo.
La Nueva Política Económica
Muy
pronto Lenin se dio cuenta de que las ilusiones que se había hecho
respecto a la administración del país, antes de la toma del Palacio de
Invierno y al principio del gobierno bolchevique, nada tenían que ver
con la realidad: en el colmo de su optimismo había dicho que
“cualquier cocinero era capaz de gobernar...” Los revolucionarios no
contaban con ningún plan concreto para dirigir la economía del país
—lo único que tenía escrito Lenin relacionado con el problema económico
era su folleto El imperialismo:
fase superior del capitalismo, en 1916, que bien poco trataba de la
economía socialista; tuvo así que improvisar caminos en un mundo que
no conocía.
En
abril de 1918, al analizar “las tareas inmediatas del gobierno soviético”,
dijo: “Tendremos que recurrir a los métodos burgueses.. . Es claro
que esos métodos no sólo significan detener la ofensiva contra el
capitalismo, sino también un paso hacia atrás de nuestro poder
socialista soviético... La posibilidad de construir el socialismo está
condicionada precisamente a nuestra competencia para combinar el poder
soviético, junto con su organización y administración, con los más
recientes logros capitalistas...” Pero la Guerra Civil y la lujuria
revolucionaria impusieron objetivos mucho más ambiciosos. Sin embargo,
ante la crisis que afrontaba el país en 1921 por la escasez, el hambre
y el disgusto de la población, puesta de relieve en el levantamiento de
los marinos de Kronstadt, fue necesario hacer concesiones económicas
para no tener que hacer concesiones políticas. De hecho la brutal
represión contra los alzados en el puerto Báltico no fue por los
cambios económicos que pedían, muchos de los cuales se iban a incluir
en la nueva política, sino porque también pidieron cambios políticos
que habrían de socavar el poder soviético.
Lenin
advirtió que a Robespierre lo había liquidado la burguesía francesa,
y que él evitaría similar destino sometiéndose a las demandas de los
agricultores; y dijo en abril de ese año: “Lo más urgente en la
actualidad es tomar las medidas necesarias que inmediatamente aumenten
las fuerzas productivas... El efecto de esas medidas será revivir la
pequeña burguesía y el capitalismo con motivo de cierta cantidad de
mercado libre. No hay duda sobre esto. Sería ridículo cerrar los ojos
ante eso.. ¿Qué hacer? ¿Tratar de prohibir el desarrollo privado... o
tratar de dirigirlo por el camino del capitalismo de Estado? ¿Son
compatibles? Por supuesto que lo son...”
Ampliando
su idea primitiva sobre el “capitalismo de Estado”, Lenin iba a
desarrollar la “Nueva Política Económica”, y, para tranquilizar a
los bolcheviques de izquierda que temían esas medidas, hizo en diversos
momentos de aquellos días críticos, estas observaciones que aquí se
reúnen como síntesis de su pensamiento:
...Están
condenados al fracaso los comunistas que se imaginan que es posible
llevar a cabo un cambio tan trascendental, como es el de fundamentar una
economía socialista, sin cometer errores, sin retroceder, sin cambios
en lo terminado, o en lo que se terminó de manera equivocada. Los
comunistas que no se hacen ilusiones y que no se desesperan, y que
mantienen su fuerza y su flexibilidad para empezar una y otra vez desde
el principio, no están condenados al fracaso, y con toda seguridad no
han de perecer...
Lo
nuevo para la revolución en el momento presente no es discutir si
estamos avanzando o retrocediendo del comunismo: el asunto es de salvar
o destruir el poder comunista. Actuar de esa manera no es más que un
acto de salvación: no olvidemos la experiencia de Kronstadt...
En
vista de nuestro aislamiento, nuestra tarea es mantener la revolución,
mantener en ella alguna forma de socialismo, no importa cuán débil sea
éste. Lo nuevo para la revolución en el momento presente es la
necesidad de recurrir a métodos reformistas, gradualistas y cuidadosos
en la cuestión económica.
Estamos
obligados a admitir cambios radicales en nuestra concepción del
socialismo. El cambio radical consiste en el hecho de que antes poníamos,
y tuvimos que hacerlo así, el mayor énfasis en la lucha política, en
la revolución, en la conquista del poder; ahora el mayor énfasis se ha
cambiado de tal manera que se dirige al trabajo pacífico, cultural y
organizativo...
La
Nueva Política Económica que iba a revivir el país para asegurarle la
continuidad del poder a los gobernantes, consistió en lo siguiente:
1)
Permitirle al campesino que vendiera por su cuenta las cosechas, después
de pagar un impuesto al Estado, con lo que terminaban las requisiciones
que hasta entonces había sufrido; y también que arrendara nuevas
tierras y hasta que contratara trabajadores para aumentar sus cultivos.
2)
Autorizar la práctica de oficios domésticos, privatizar las industrias
que tuvieran menos de 20 empleados, y dar en arrendamiento las que
tuvieran menos de 70 (por estas medidas, en enero de 1923 ya había
miles de negocios y comercios independientes del gobierno-- la tercera
parte administrados por sus antiguos dueños, y el resto por otros
individuos o cooperativas de artesanos).
3)
Formar “compañías mixtas” con capitales extranjeros a las que se
les hacían concesiones o se les arrendaban tierras, minas, industrias,
empresas y propiedades inmuebles para que, por su cuenta, las
explotaran.
4)
Arrendarles a sus antiguos dueños, por 12 años, propiedades urbanas
menores, permitiéndoles subarrendarlas siempre que las sacaran del
deterioro en que habían caído bajo la administración bolchevique.
5)
Crear una moneda dura, respaldada por una reserva de oro, que empezó a
circular junto a la antigua, la cual siguió usando el gobierno a pesar
de su enorme depreciación.
6)
Suprimir algunos de los servicios gratuitos que antes ofrecían: el
agua, la luz, el gas, el correo, los periódicos. Con la excepción de
la industria pesada y la mediana, el comercio exterior, los bancos y el
transporte, y todo lo que sin el control directo del gobierno amenazaba
su estabilidad, cuanto cayó en la órbita de la iniciativa privada,
durante un tiempo, funcionó con éxito. Se hizo evidente que, cuanto más
se apartaba del socialismo leninista la economía soviética, el
progreso era mayor. Pero ese mismo triunfo conspiraba contra su
mantenimiento: las prácticas burguesas y capitalistas hicieron
burgueses y capitalistas a los antiguos desposeídos, y, junto a la
burguesía tradicional, empezaron a obstaculizar el camino hacia el
comunismo.
Entre
1921 y 1922 la producción industrial se había reducido en casi un 20%
en comparación a la de 1913; y la agrícola a la mitad; pero tres años
más tarde aquélla aumentó un 70% y la agricultura un 80%. En 1927 ya
era sólo un recuerdo el hambre y las escaseces de cuando empezó la
Nueva Política Económica, y en casi todas las esferas de la producción
se habían alcanzado, o superado, los niveles anteriores a la Primera
Guerra Mundial. En las ciudades el progreso trajo como consecuencia el
aumento de la bolsa negra, la corrupción de los funcionarios, la
prostitución, el juego, el alcoholismo y, en general, la mentalidad
consuntiva (el consumerismo) y el individualismo, todo lo que disgustaba
a la izquierda bolchevique, enemiga de la N.E.P. y partidaria del más
“puro socialismo” donde todos los bienes debían de ser
comunitarios.
Marx
había dicho en el Manifiesto Comunista: “La teoría del comunismo
puede resumirse en una sola frase: la supresión de la propiedad
privada”—y, de una manera u otra, a esa propiedad parecía aspirar
peligrosamente toda la población. La regla básica del socialismo
rezaba: “De cada uno según sus posibilidades, para cada uno de
acuerdo con su trabajo”; y el precepto comunista era: “De cada uno
según su capacidad, a cada uno según su necesidad”; sin embargo, en
muchos aspectos de la vida soviética, la máxima rectora se había
convertido en algo como: De cada uno lo que pueda dar, para cada uno lo
que pueda comprar. Así renacían clases en función de su poder
adquisitivo, base de la desigualdad. Fue por eso que a aquella apertura
económica la acompañó un notable aumento de la represión. No era
casual que el mismo Décimo
Congreso, el que aprobó la N.E.P., se proclamara la necesidad de
suprimir toda disidencia: en la Resolución que se refiere a este asunto
se lee:
Este
Congreso advierte a todos los miembros del Partido que la necesidad y
solidaridad dentro de él es particularmente esencial en los momentos
presentes, cuando un número de circunstancias vienen a aumentar las
vacilaciones de la pequeña burguesía del país... La manera en que los
enemigos del proletariado se aprovechan de cualquier desvío de la
consistente línea comunista, se mostró con toda claridad en el motín
de Kronstadt, cuando los contrarrevolucionarios burgueses y los
anticomunistas del mundo entero empezaron enseguida a manejar los
postulados del sistema soviético con el propósito de asegurarse la caída
de la dictadura del proletariado en Rusia... Por lo tanto, este Congreso
declara disueltos y ordena la inmediata disolución, sin exceptuar a
ninguno, de todos los grupos que se han formado con base a una u otra
plataforma. El no cumplimiento de esta decisión será castigada con la
absoluta e inmediata expulsión del Partido...
De
esta manera se estaban sentando las bases del unipartidismo totalitario
de que se iba a aprovechar Stalin a fines de los años veinte para
destruir la N.E.P. y, años más tarde, para llevar a cabo las purgas
que le iban a aseguran el poder absoluto. En el siguiente Congreso del
Partido, en el XI, dijo Lenin como prueba de su intolerancia, y la del
gobierno bolchevique, y de la resistencia obstinada a realizar todo tipo
de cambio político: “Es inevitable castigar la más pequeña infracción
de la disciplina con toda severidad, crueldad y sin compasión... Cuando
en el ejército se impone una retirada se sitúan las ametralladoras en
la retaguardia, y en el momento en que el pánico la altera o desordena,
con toda razón se da el grito de ‘¡Fuego!’... Si un
contrarrevolucionario nos dice que ahora estamos retrocediendo, y que
ellos siempre estuvieron por eso, les decimos que estamos de acuerdo, y
retrocedemos juntos, pero por manifestaciones propias de la
contrarrevolución, los fusilamos...” Y en una carta de Lenin a
Kamanev, de marzo de 1922 (que no se dio a la publicidad hasta l959 para
no estorbar la canonización de Lenin), le advierte que el cambio económico
era posible que debilitara la seguridad del Estado, por lo que habría
que recurrir a métodos de violencia para salvar el sistema; le dijo:
“Es un error pensar que la Nueva Política Económica le pone fin al
terror; tendremos que recurrir otra vez al terror, y al terror económico”.
La Revolución desde arriba
Lenin
murió el 21 de enero de 1924: en el mes anterior le había dado una
embolia que le paralizó la mitad del cuerpo y lo dejó sin habla; tuvo
la primera en 1922, a raíz de la operación para extraerle la bala que
le disparó en 1918 la socialista revolucionaria Dora (Fanya) Kaplan.
Nunca se podrá saber cuál habría sido la actitud de Lenin ante los
acontecimientos que sucedieron después de su muerte. ¿Hubiera apoyado
el desarrollo de la Nueva Política Económica, que muchos llegaron a
considerarla como una “traición al socialismo”, siguiendo el juicio
de la izquierda bolchevique dirigida por Trotsky, o hubiera visto con
satisfacción los resultados de su plan, y disculpado sus tropiezos,
junto a la derecha bolchevique con Bujarin a la cabeza? Él sólo dijo
que apoyaba la N.E.P. “con toda seriedad y por largo tiempo”, pero
los resultados hacen pensar que, al igual que le sucedió entre 1917 y
1921, al imponer el “comunismo de guerra” y querer llegar a la
sociedad comunista sin una etapa de transición, estaba equivocado en
sus planes de construir el socialismo ahora por caminos opuestos, con la
ayuda de procedimientos capitalistas, o, según sus palabras,
“construir el comunismo con manos no comunistas”.
De
los seis líderes de que habló Lenin en su carta testamento, del 24 de
diciembre de 1922, cinco de ellos iban a ser asesinados por el sexto:
Stalin logró eliminar a Trotsky, Bujarin, Piatakov, Kamenev y Zinoviev.
Este último advirtió el peligro que entrañaba la Nueva Política Económica
puesto que iba creando una nueva y poderosa burguesía que poco a poco
se transformaba en la mayor amenaza para el socialismo; dijo en el XIII
Congreso del Partido, en 1924:
Marx
planteó la cuestión teórica de redimir a la burguesía con el triunfo
de la revolución. Pero ni él ni Lenin dijeron una palabra de lo que en
realidad iba a ser esa burguesía años después de llegar la revolución
al poder... Se está desarrollando una nueva burguesía. Es una clase
con características propias. La tiramos desde un quinto piso, pero se
puso de pie y hoy está viva. Ni es joven ni vieja. No tiene la cabeza
en proporción a su cuerpo, pero sería un milagro si no creciera en el
ambiente creado por la Nueva Política Económica... ¿No será que esa
política se ha salido de sus límites?
Y
advirtió que los nuevos burgueses se mostraban sin pudor enemigos del
gobierno soviético, y que hacían juicios sobre el socialismo que nadie
se hubiera atrevido a hacer años atrás. Y como prueba de la osadía de
la nueva clase, los estudios sobre esa época citan las palabras proféticas
de un orador de entonces, quien dijo en una asamblea de ingenieros en
Leningrado:
Los
comunistas aseguran que su régimen ha de durar una eternidad, lo que
constituye un error trágico. El régimen comunista es una medida económica
temporal. Su teoría de que el trabajo será el motor de la humanidad es
falsa. Es una artimaña para amarrarnos las manos, pues el motor de la
humanidad ha de ser el pensamiento libre del hombre libre; ese es el único
principio bajo el cual hemos de trabajar, y por lo que exigimos los
derechos del hombre...
Esa
nueva burguesía de que habló Zinoviev, ya con “resabios
capitalistas” fue la causa principal para la terminación de la N.E.P.
Muchos bolcheviques que habían estado a favor de ella, porque no
previeron sus consecuencias, y por el apoyo de Lenin, ya no resistían
aquella “odiosa retirada” que había creado una especie de sociedad
clasista y corrupta parecida a la que se destruyó en 1917. Era
necesario, por lo tanto, ponerle fin a aquel período de transición que
el propio Lenin habla calificado como “casi socialismo”, y volver a
la “ofensiva revolucionaria” de los primeros años de Gobierno. Además,
en 1928 se hizo evidente que la Nueva Política Económica era de una
peligrosidad alarmante: en ese año la producción privada disminuyó de
manera notable: la razón fue, entre otras, la baja de los precios del
grano impuesta por las autoridades, por lo que los cosecheros, en
venganza, redujeron sus entregas, lo que, a su vez, frenaba a la
industria. Frente a ese peligro, aunque Stalin había favorecido la
N.E.P., en cuanto tuvo el control del Partido, dijo que la misma había
perdido su fuerza original y que era necesario suprimirla e imponer el
colectivismo en la agricultura para evitar el chantaje de los campesinos
—así también podía destruir aquella poderosa clase formada por los
hombres de campo que se enriquecían, o querían enriquecerse, a quienes
calificaba de kulaks, como
llamaba el pueblo, desde el tiempo de los zares, a los terratenientes
ricos y egoístas. Aquella operación se llevó a cabo con métodos tan
eficientes como despiadados, y produjo en el país cerca de 10 millones
de muertes.
Con
el mismo desprecio por el costo en sacrificios y vidas humanas, Stalin
impuso un ambicioso plan de industrialización para el que era necesario
el más alto rendimiento agrícola, pues temía que aprovechándose del
descontento popular, los países capitalistas atacaran la Unión Soviética:
el desarrollo de la industria pesada lo vio así como imprescindible
para la defensa del país. Para ese efecto, de acuerdo a su plan
quinquenal, se dispuso que la producción de petróleo había que
duplicarla, y la de acero y hierro hacerla tres veces mayor. Se vivía
entonces un clima de violencia: los agentes del partido mataban a los
campesinos y obreros que se resistían a las disposiciones oficiales, y
éstos, en represalia, mataban funcionarios del gobierno .
Entre
otros acontecimientos similares, a principios de 1928, la antigua
“Comisión Extraordinaria para la Lucha Contra el Sabotaje y la
Contrarrevolución”, la Cheka, fundada por Lenin en 1918, ya con el título
de “Administración Política del Estado”, la G.P.U., dijo haber
descubierto una conjura en las minas de carbón de Shakhty, en la que
sus antiguos dueños, en complicidad con los ingenieros y agentes de
inteligencia extranjeros, saboteaban la producción: arrestaron a medio
centenar y, para escarmiento, fusilaron a unos cuantos de los acusados.
En 1928, en el pleno del Comité Central, producto de incidentes como el
de las minas de Shakhty, Stalin dijo que actos como esos representaban
“los nuevos métodos y las nuevas formas de la contrarrevolución
burguesa para destruir la dictadura del proletariado y el proceso de la
industrialización socialista”.
Ante
la salvaje y agresiva política de Stalin, Bujarin, el más capacitado y
fervoroso defensor de la N.E.P., la cabeza más lúcida de lo que
llamaban sus enemigos “desviacionistas de derecha”, se burló del
plan de Stalin diciendo que el empeño colectivista e industrializador
se proponía “alimentar a los obreros de hoy con los panes de mañana”;
y en la reunión del Comité Central, el 10 de julio de 1928, denunció
a su antiguo camarada con estas palabras: “Nuestra opinión es que la
línea de Stalin es la ruina de la revolución... Él es un intrigante
sin principios, y subordina todo para asegurarse en el poder... y como
resultado estamos creando un régimen policial. Esto no es asunto de
menor importancia, sino algo decisivo para la revolución...” Diez años
más tarde Stalin ordenó asesinarlo.
Por
su parte Trotsky había denunciado a Bujarin por su debilidad ante los kulaks y por querer implantar el socialismo “a paso de tortuga”,
pero como con su grupo también se opuso a Stalin, aunque éste le robó
parte de sus planes —el pasar del comunismo distributivo al comunismo
productivo— en 1927 se le expulsó del partido, y en 1940 Stalin lo
hizo asesinar en México.
Llegó
a su fin la Nueva Política Económica. Se procedió a expropiar los
capitales privados, se requisaron las cosechas y pasaron a manos del
gobierno las industrias, las empresas y las propiedades que se habían
cedido o arrendado a particulares; se nacionalizaron cuantos negocios
ajenos al gobierno habían ido creciendo entre 1921 y 1928, y se
anularon las concesiones hechas a los capitalistas extranjeros. Se volvía
así a los métodos radicales del “Comunismo de Guerra” que fueron
empleados entre 1918 y 1921, pero ya no había guerra, y se pudieron
silenciar con mayor facilidad las protestas pues el aparato represivo
había crecido en la misma medida que la oposición se redujo.
Con
todos los recursos políticos a su disposición, e ignorando los
compromisos por la Nueva Política Económica, fue posible imponer la
voluntad de Stalin y permitirle hacer su “Revolución desde arriba”,
la cual, analizada con la perspectiva del tiempo, fue destruirla, como
pronosticó Bujarin: “La ruina de la revolución”. Sí, pero entiéndase
bien, “la ruina” de las promesas de la Revolución de Octubre, de su
programa con un Estado antiautoritario, antiburocrático, justo y en
favor del igualitarismo, del que muy poco quedaba después de once años
de gobierno bolchevique, pero no “la ruina” del poder soviético,
que es otra cosa, en todo su monstruoso esplendor, totalitario,
centralista, abusivo y jerárquico que logró vivir 60 años después de
la desaparición de la Nueva Política Económica. Fue por sangriento
milagro de Stalin que hoy añoran sus marchitos admiradores, entre los
que merecen puesto de honor Fidel Castro y los suyos.
Epílogo
Siempre
censuró José Martí a los que en Latinoamérica, “de puro carácter
inepto y segundón, de pura impaciencia y carácter imitativo, se mandan
a hacer el alma afuera, como los trajes y como los zapatos”. Mucho le
ha costado a Cuba, y le cuesta, que desde 1959, superando el defecto que
le venía desde el nacimiento de la República, sus gobernantes, “de
puro carácter inepto y segundón, de pura impaciencia y carácter
imitativo”, se entregaran ciegos a una doctrina extraña a sus
necesidades, a su tradición y a su cultura para perpetuarse en el
poder, y pagar con la felicidad del país el capricho de mandarse “a
hacer el alma afuera, como los trajes y como los zapatos”, y ahora que
el marxismo-leninismo, desprestigiado, es el hazmerreír de todo
el mundo, y no tiene ni sastres ni zapateros, anda Cuba en harapos y
descalza.
Han
dicho en recientes declaraciones los voceros de Castro, que quieren
encontrar una solución nacional para sus actuales problemas económicos,
que no quieren imitar más, pero sus representantes van por China y
Vietnam averiguando sobre los remedios capitalistas para el maltrecho
socialismo. No hay otra medicina que la inventada por Lenin en 1921, la
Nueva Política Económica, y de ella, con algunas variantes, salen
todas. Pero no hablan del modelo que les sirve de orientación para que
no descubran los que se confunden con los cambios económicos el fin que
tuvieron en la Unión Soviética.
Hace
poco, en la inauguración de un Centro de Rinitis, en Santiago de Cuba,
le preguntó un reportero a Castro. “¿Cómo vamos a mantener la
sociedad socialista tomando medidas que corresponden a una economía de
mercado?” Y Castro le contestó calcando el razonamiento de Lenin
aunque escondiéndole la estirpe:
Esas
son concesiones que tenemos que hacer para salvar la revolución. Lenin
también quiso desarrollar el capitalismo bajo ciertas condiciones. Su
idea era desarrollar el capitalismo antes del socialismo, pero ése no
es nuestro caso... Nosotros debemos tener habilidad para adaptarnos a
esas condiciones, sacrificar lo que debemos sacrificar, y salvar lo que
tenemos que salvar para preservar nuestras posibilidades de avanzar en
el futuro...
Y
uno se pregunta: “¿Avanzar en el futuro”? Y la respuesta obligada
es avanzar hacia lo que ha sido la inspiración y la meta del
marxismo-leninismo en Cuba: al más puro estalinismo. Por eso
Castro se niega obstinado a realizar verdaderos cambios políticos, los
cuales, aunque le traerían el progreso y la tranquilidad al país, le
iban a impedir ese avance, y se limita a jugar con los cambios económicos,
que no son más que un remedio temporal, un disfraz que engaña a quien
le conviene y que puede quitarse cuando resulte oportuno hacerlo, como
hizo Stalin en la Unión Soviética en 1928.
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